El bar estaba medio vacío, como
si la tarde hubiera decidido marcharse antes de tiempo. Las luces cálidas
apenas lograban disimular el cansancio que lo impregnada todo. El camarero
limpiaba vasos con la misma resignación con la que uno acepta que la vida no
siempre sale como se imaginaba.
Ella entró envuelta en un abrigo que
había visto días mejores. Tenía cinco hijos, un marido que hacía años que no la
miraba de verdad, y una rutina que la había ido desgastando como una piedra en
el mar. No se cuidaba, no porque no quisiera, sino porque ya no recordaba cómo
se hacía. Había olvidado incluso qué cosas le hacían sentir viva. El abrigo marrón,
viejo y desgastado era el mejor anuncio de lo que abrigaba.
Pidió un café. No quería alcohol;
necesitaba claridad, no más niebla. Lo hizo con voz baja y un sentimiento de
culpa que llevaba días instalado en lo mas hondo de su corazón.
Fue entonces cuando lo vio. Un
hombre sentado solo en la barra, con un libro abierto y una expresión
tranquila, casi fuera de lugar en aquel sitio. No era especialmente guapo, pero
ni por unos instantes ella dudo de que fuera la persona que había ido a buscar.
¿Por qué no le había visto al entrar? Seguramente porque ella caminaba con la
vista clavada en el suelo, sumida en sus propios pensamientos que no eran más
que problemas cotidianos.
Él levantó la vista y sus ojos se
cruzaron. No fue una mirada invasiva, ni atrevida, ni incómoda. El desconocido
cerró el libro con suavidad y se acercó un poco, manteniendo una distancia
respetuosa.
-Hola, parece que has tenido un día duro -dijo
con una voz tranquila, sin juicio.
Ella soltó una risa breve, casi
torpe, como quien desempolva un gesto olvidado.
-Como casi todos los días -respondió.
Él sonrió, no con lástima, sino
con complicidad. Como si entendiera más de lo que decía. Se saludaron con dos
besos breves en la mejilla y tomaron asiento en lo mas alejado del bar.
Hablaron. De cosas pequeñas al
principio: del clima, del café, del libro que él leía. Pero poco a poco, sin
darse cuenta, ella fue aflojando los nudos que llevaba dentro. No le contó su
vida entera, pero sí lo suficiente para sentir que respiraba un poco mejor. El
hombre no intentó empujarla hacia ningún lugar, tampoco aconsejarla, ni ocupar
un lugar que no le correspondía. Solo escuchó. Y en ese gesto sencillo, ella
encontró algo que creía perdido: la sensación de que aún quedaba algo de sí
misma por recuperar. Una sensación que había comenzado a germinar meses atrás cuando
comenzó a hablar con ese mismo hombre desde la virtualidad.
La mujer sintió que en diez
minutos había conseguido un momento de intimidad más poderoso que con su esposo
en los últimos diez años.
-¿Estás nerviosa? -preguntó el sin
dejar de mirarla a los ojos.
-Demasiado. No sé qué estoy
haciendo aquí.
-Yo sí que lo se.
-Sabes mas de mi que yo misma,
entonces.
-Se que estás aquí precisamente
por todo cuanto acabas de contarme. La vida te pesa demasiado y eso es algo que
le sucede a mucha mas gente de la que imaginamos. Mi vida es mas sencilla, pero
entiendo tus motivos.
-¿Por qué crees que he decidido
entregarme a ti?
-No tiene nada que ver conmigo. Lo
que ha sucedido es que hablando conmigo desde hace días, has recordado que
todavía puedes cambiarte a tí misma.
-¿Y merece la pena ese riesgo?
Creo que es mas peligroso de lo que imagino.
-Convertirte en sumisa no es
peligroso, es una maravilla si es lo que deseas. El peligro es abrir una puerta
donde veas que esa versión de ti misma aún está ahí y quieras cambiar las
cosas.
-Nunca me separaría de mi marido.
-¿Por tus hijos?
-Por todo, no sabría que hacer
sola. Hace años que no trabajo, tengo cincuenta años y el piso está a nombre de
él.
-Pareces una mujer secuestrada.
-En cierto sentido, me siento así.
-Llevas toda una vida siendo la
sumisa de una situación vital, de tu vida.
-Supongo que si, quizás por eso
ahora quiero ser sumisa por mi misma. Por gritar, llorar, sudar y emocionarme
por motivos que sean propios. No ajenos.
-Es una buena explicación.
-¿Te has encontrado antes a
alguien como yo?
-Cada persona es diferente. Decir
que hay personas como tu es hacer una pincelada en la sociedad, pero con el
color uniforme. No todo es blanco, no todo es negro. Tu vida, además de ser diferente
a cualquier otra, también tiene colores hermosos. ¿Alguien como tú, dices? Tu
eres especial.
-Si esto fuese una novela sería
una novela rosa… me gustan leer las novelas rosas.
-Cuando te tenga desnuda y atada,
a mi servicio, se convertirá en otro tipo de novela.
Un estremecimiento
le recorrió su piel, como si un viento antiguo hubiera despertado algo dormido
en su interior. ¿De verdad estaba a
punto de entregarse al impulso que aquel desconocido despertaba en ella? ¿Rendirse
sin más a una intuición que no sabía nombrar?
¿Convertirse en sumisa? Su vida la empujaba hacia el abismo de esa
locura, mientras su mente levantaba muros desesperados en la eterna batalla: la
razón aferrada a su jaula, el corazón golpeando los barrotes.
-Entonces… que sea lo que tenga
que ser -susurró la mujer, apartando de un manotazo cualquier resto de lógica
que aún le temblara en la cabeza.
Podría parecer
una escena sacada de una novela rosa, una de esas historias que se leen a
escondidas. La historia de una mujer agotada por un matrimonio sin brillo, por
una vida que la había ido borrando, la historia de una mujer que se deja caer
en los brazos de un desconocido. Sí, sonaba cursi. Sonaba improbable. Sonaba a ficción barata.
Pero era
dolorosamente real. Y, en ese instante, era lo único que su alma cansada
deseaba.
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