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lunes, 10 de agosto de 2026

Respirar la derrota (relato)

Respiro deprisa, demasiado. Es curioso cómo el cuerpo puede convertirse en un pésimo aliado: mientras mi mente exige serenidad, los pulmones parecen haber decidido que ha llegado el momento de huir. Debo tranquilizarme. Inspirar por la nariz. Expirar por la boca. Regularmente. Como recomiendan esas personas que siempre parecen saber qué hacer en los reels de  Instagram pero que estoy segura de que nunca se han encontrado en mi situación: en una casa que no es la mía y con los ojos vendados.

Inspiro. Expiro.

Intento concentrarme en el aire, en su recorrido, como si tuviera algún propósito. No puedo ver nada. Llevo una venda sobre los ojos, lo cual, además de ser una circunstancia poco favorable para la serenidad, tiene la virtud de convertir cualquier ruido en una amenaza y cualquier silencio en una imaginación.

Mi corazón late de forma también acelerada, Demasiado deprisa. Y quizá tenga motivos porque estoy en la casa de un hombre al que nunca he visto. O, al menos, nunca lo he visto en persona. He hablado con él. Mucho, incluso. Durante dos semanas. Lo suficiente para que hoy en día consideremos que existe una intimidad, siempre que una esté dispuesta a aceptar que conocer las opiniones de alguien sobre literatura, cocina o sexo constituye alguna forma moderna de conocimiento. Lo llamamos una relación virtual, expresión que parece una novedad cuando no es más que la versión acelerada de las cartas que nuestras abuelas intercambiaban con desconocidos. La diferencia es que ellas necesitaban semanas para enamorarse de una caligrafía. Nosotras podemos hacerlo antes de que termine de cargarse una fotografía. Tan rápido que hace apenas quince días comencé a intercambiar mensajes con este hombre y hoy me encuentro en su casa, con los ojos cubiertos, intentando adivinar si estoy en el comedor o en algún escenario especialmente elaborado de mi propia mala conciencia.

Antes de que me pusiera la venda pude ver un pasillo. Eso fue todo. Después escuché unos pasos a cierta distancia. Luego sentí unas manos sobre mis hombros y alguien me condujo hasta otra habitación. Desde entonces, nada.

No sé dónde está.

No sé qué está haciendo.

Y, si he de ser completamente sincera conmigo misma, tampoco sé si el hombre que me ha acompañado hasta otra instancia se encuentra ahora en algún lugar de esta casa o incluso si es el mismo hombre con quien he pasado estas dos últimas semanas hablando. La confianza es una virtud extraordinariamente hermosa hasta que se practica con desconocidos.

Inspiro. Expiro. Intento tranquilizarme.

No lo consigo porque que pueden parecer excitantes si se contemplan desde la distancia, pero que pierden considerablemente su encanto cuando una las vive con una venda en los ojos. Y ésta, decididamente, no parece normal. ¿Estoy aterrorizada? Quizá. Sería absurdo fingir lo contrario. Mi corazón parece haberse tomado la situación como una emergencia nacional y no encuentra motivo alguno para guardar las formas. Debería tranquilizarme. Pero ¿quiero marcharme?

Curiosamente, no.

Hay algo desconcertante en el miedo cuando no te bloquea ni tampoco te hace salir corriendo. Este terror, esta incertidumbre acerca de lo que ocurrirá dentro de unos minutos, me agita de una manera que hacía años que nada ni nadie conseguía. Es casi ofensivo descubrir que una puede pasar tanto tiempo sintiéndose perfectamente segura y, al mismo tiempo, completamente muerta.

Quizá el miedo no sea la forma más sensata de sentirse viva. Pero, siendo sincera, es bastante más de lo que tenía antes de entrar en este piso.

El hombre me dijo que viniera vestida con una falda, medias oscuras, una camisa blanca de botones y una chaqueta. Y yo obedecí, claro, lo cual es una forma peculiar de descubrirse a una misma. Por un instante me imaginé convertida en la mujer ejecutiva que nunca fui: la jefa de una oficina llena de hombres sin personalidad, dictando órdenes con la seguridad de quien ha confundido el poder con la costumbre de levantar la voz. Pero hay una ironía en todo esto. Vestida así no me siento poderosa, sino aún más sumisa; no la dueña de una oficina, sino al servicio de un desconocido. Qué extraño privilegio el de obedecer creyendo, por un momento, que una se está vistiendo para mandar.

De repente siento un movimiento, unos pasos, una respiración cercana. Unas manos que comienzan a desabrochar lentamente mi camisa, botón a botón de forma tan lenta que creo que en cualquier momento voy a arrancármela yo misma. Me dijo que no vistiese ropa interior así que ahora mismo el hombre ha abierto mi camisa y debe estar observando mis pechos. ¿Le gustarán? A mí me gustan, pero entiendo que no son los pechos de una joven de 18 años. Tengo mas del doble de esa edad, bastante más. Pero no voy a avergonzarme por no tener el cuerpo de una joven, soy quién soy y he decidido venir hasta aquí a demostrar de lo que soy capaz. Mi cuerpo, como me dijo el hombre en nuestra primera conversación, es solo una herramienta. ¿Dónde queda la sensualidad en todo esto? De momento, la sensación me parece sensual. Aunque sigo aterrorizada.

Sus manos comienzan a manosear mis pechos, de forma nada amable, duele, pero es un dolor diferente, un tipo de dolor donde ninguna voz interna te pide que acabe de inmediato. Pellizca mis pezones. El dolor es mas intenso. Me doblo sobre mi misma.

Lo que está haciendo el hombre no es un capricho suyo, sino algo que habíamos acordado. Habíamos pasado una mañana entera intercambiando mensajes, plasmando con palabras el inventario de nuestros deseos: lo que haríamos, lo que no; aquello que nos intrigaba y aquello que no estábamos dispuestos a permitir. Hablamos de límites, de curiosidad, de consentimiento y de dolor, con esa meticulosidad casi absurda con la que dos adultos intentan ponerle reglas a algo que, por naturaleza, las detesta. Y, entre todas aquellas cosas, fui yo quien dijo que quería sentir dolor. En los pechos, en el cuerpo entero. Lo dije con la tranquilidad de quien cree que nombrar un deseo equivale a comprenderlo. Pero una cosa es desear el dolor y otra muy distinta descubrir qué aspecto tiene cuando deja de ser una fantasía y se convierte en una realidad. Quizá por eso, cuando obedecí al hombre y me vestí como me había pedido, comprendí la pequeña crueldad de nuestro acuerdo: yo había elegido cada una de aquellas reglas y, sin embargo, al cumplirlas, me sentía menos dueña de mí que nunca. La paradoja tenía algo de exquisitamente ridículo. Habíamos hablado durante horas de mi libertad para decir que no, y ahora yo descubría que precisamente porque podía decir que no, la obediencia resultaba inquietante.

Sus manos se deslizan por todas partes, levantando mi falda, manoseando mi culo, metiendo sus dedos por todos lados, besándome, mordiéndome, lamiéndome, dejándome completamente desnuda, excitada y deseando más, mucho más.

Y sucedió todo eso, sucedió mucho más. Tanto que jamás lo hubiese imaginado. Con los ojos vendados en todo momento. Al final tenía la voz ronca de tanto gritar y gemir, algunas partes de mi cuerpo estaban irritadas por sus latigazos. Mi vagina, mi culo, habían sido usados tanto rato de forma tan brutal que apenas podía caminar. Me dolía la boca, los pezones, me dolían las piernas, los brazos, me dolían hasta los dedos de los pies. Nunca había sentido algo semejante. Estaba completamente derrotada, exhausta hasta ese punto en que el cuerpo parece pertenecerle a otra persona. Habíamos hecho todo cuanto habíamos acordado, ni más ni menos. Quizá había sido demasiado valiente al decir que sí a ciertas cosas; quizá había confundido la curiosidad con el valor. Pero hubo algo aún más sorprendente: en ningún momento se me ocurrió pedirle que parase. Y, tal vez, esa era la parte más desconcertante de todas. No había habido engaño ni imposición, ninguna frontera atravesada sin mi permiso. Había sido yo quien había señalado aquellas fronteras y, después, quien había permitido que él se acercara a ellas. Sin embargo, allí estaba, agotada y temblorosa, con la extraña sensación de haber perdido algo de mí precisamente porque había decidido entregarlo. Entonces me di cuenta de que mi propósito, en todo momento, había sido ese, el de acabar la sesión sintiéndome usada, derrotada, absolutamente sumisa.

Sali del piso vestida como había llegado (me pude duchar antes) pero nunca le vi la cara. Podría reconocerle en la calle si tuviese su polla en mi boca o sus manos en mi garganta. Podría reconocer su olor o su voz. Pero si me cruzase con él, nunca le reconocería.

Y eso, curiosamente, fue lo mejor de nuestro encuentro.





viernes, 31 de julio de 2026

El autobús nocturno (relato)

 




“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”
(Aristóteles)

 Podría decir que ocurrió de forma imprevista, pero estaría faltando a la verdad. Cuando una posibilidad se repite noche tras noche, termina por convertirse en una certeza. Cada vez que subía a aquel autobús, me sorprendía alimentando la misma fantasía, aferrándome a la esperanza de que, por una vez, David derrotara a Goliat. De que la razón lograra imponerse a los instintos.

De domingo a jueves paso la noche recorriendo las plantas de un edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. Cuando los empleados terminan su jornada dejan tras de sí montañas de papeles, vasos de café, botellas de plástico, polvo y toda clase de pequeños descuidos que, sumados, acaban convirtiéndose en un páramo postapocalíptico. A la mañana siguiente regresan a sus mesas y todo ha desaparecido. Nadie se pregunta quién ha obrado el milagro. Nadie piensa en la mujer que ha pasado ocho horas borrando cualquier rastro de su paso. Esa mujer soy yo. La prestidigitadora de la basura. Entro a las nueve de la noche y salgo a las cinco de la mañana. Ocho horas limpiando sin apenas detenerme para beber un poco de agua e ir al lavabo. Suelo dejar la limpieza de los baños para último momento porque así puedo usarlos con la tranquilidad de quien no ensucia un lienzo recién pintado. No es el trabajo con el que soñaba cuando era joven, pero es el que tengo y, por ahora, el que pone comida en la mesa.

Estoy separada y tengo dos hijos. Nunca pude permitirme el lujo de quedarme en casa abrazada a mi orgullo mientras las facturas se acumulaban. Si para sacar a mi familia debo pasar las noches fregando suelos, vaciando papeleras y limpiando retretes por un sueldo que apenas alcanza para llegar a fin de mes, lo haré sin protestar. Lo hago, de hecho. Nunca he tenido dinero para comprarme anillos, así que, al menos, no corro el riesgo de que se me caigan.

Cada noche subo al mismo autobús que me lleva hasta el polígono industrial donde está la oficina. Cada madrugada tomo el mismo camino de vuelta. Salgo de casa a las ocho de la tarde y regreso poco después de las seis de la mañana. El tiempo justo para ducharme, preparar el desayuno y despertar a mis hijos. Después intento dormir. Lo intento porque siempre hay un perro ladrando, un vecino con la televisión demasiado alta o una moto acelerando bajo mi ventana. Cuando consigo cerrar los ojos, el despertador vuelve a sonar. Siempre igual. A mediodía hago la compra. Después recojo a los niños en el colegio, paso la tarde con ellos, preparo la cena, los acuesto... y vuelta a empezar. Así, día tras día. 

Vivo rodeada de gente y, aun así, pocas veces me he sentido tan sola.

¿Su padre? Podría reclamarle una pensión, pero antes tendría que encontrarlo. Desapareció hace tres años y en todo ese tiempo no ha habido ni una llamada, ni una explicación y no ha dejado más rastro que su ausencia.

Hace también tres años que no ceno en un restaurante, que no río por cualquier tontería o que no siento ese cosquilleo que produce la ilusión. Tres años subiendo al mismo autobús, recorriendo los mismos polígonos industriales y bajándome siempre frente al mismo trabajo de mierda.

Nunca una expresión fue tan literal.

Hace tiempo que dejé de imaginar un futuro mejor. Tal vez por eso me refugio en los libros. Cada noche subo al autobús, ocupo el mismo asiento de siempre y dejo que las palabras me transporten a lugares donde la vida es diferente. Poco importa el autor o el argumento. Cualquier historia capaz de abrir una ventana a un mundo mejor se convierte, durante unos minutos, en un oasis en mitad del desierto.

Pero antes de abrir el libro hay un pequeño ritual que nunca me salto.

Saludo al conductor.

Supongo que ha llegado el momento de hablar de él. Porque, aunque esta es mi historia, también es la suya. Porque este relato no va sobre autobuses nocturnos, tampoco sobre edificios de oficinas, ni tan solo sobre la rutina gris de quienes sobreviven encadenando un día con el siguiente. Trata de dos personas corrientes que, sin proponérselo, acabaron cruzándose en el momento preciso.

Se llama Carlos.

De lunes a viernes ocupa el asiento del conductor con una puntualidad casi obstinada. En todo este tiempo no recuerdo haberlo visto faltar un solo día. Debe de rondar los cincuenta años. Es un hombre corpulento, de piel morena, con el cabello gris, una mandíbula firme y unos ojos grandes que transmiten una serenidad sanadora. Pero si algo llama la atención en él no es su aspecto, sino la forma en que mira a los demás. Tiene una expresión abierta, una sonrisa sincera y la extraña costumbre de saludar a cada pasajero como si fuera la primera persona a la que se alegra de ver esa noche.

Nunca repite el saludo. Siempre encuentra una frase distinta, una palabra amable o una sonrisa oportuna.

A excepción de mis hijos, ese breve instante al subir al autobús era lo mejor que me ocurría en todo el día.

Un ángel. O al menos eso creía yo.

La noche en que todo cambió -porque sé que es ahí adonde queréis llegar- llevaba un vestido de algodón y unas sandalias., poco más, el calor era tal que incluso asfixiaba el poder de decisión. Me miré reflejada en el espejo, mi cuerpo parecía todavía el de una muchacha con diez años menos. ¿Hasta cuándo? Me observo pequeña, delgada, mis formas son graciosas, quizás eso sea lo que alimenta el engaño respecto a mi edad. Siempre me ha gustado arreglarme, pero desde hace demasiado que no tengo la oportunidad de hacerlo. Supongo que depende de si te vistes para alguien o tan solo para el espejo del dormitorio. Aún no sé por qué aquella noche me metí dentro de un vestido de algodón tan impropio para un trabajo como el mío. Pero lo hice, movida por una desconocida necesidad construida desde el aburrimiento. Al subir al autobús Carlos me recibió con una sonrisa amplia y una frase que me descolocó "esta noche está usted más preciosa que nunca". No supe que contestar, creo que musité una torpe frase de agradecimiento y corrí a refugiarme en el asiento de siempre. Aunque no era consciente, me había vestido para él, por descontado.

Durante el trayecto no dejaba de mirarme por el retrovisor, con esos ojos negros grandes e intimidantes. Cuando llegamos, se despidió de mí con un simple adiós. Por delante me quedaban ocho horas.

Mientras comenzaba a limpiar me di cuenta de la excitación que se había apoderado de cada centímetro de mi piel. Intenté apartar cualquier idea absurda de mi cabeza, pero no era capaz, recordando aquella mirada en todo cuanto limpiaba. ¿Por qué había desviado la vista, avergonzada, en dirección al suelo? Me había comportado como una colegiala que no ha visto un pene en su corta vida.

Recordaba sus manos grandes y velludas, su cuello ancho y moreno, su pelo largo y blanco. Sus dientes. Su nariz. Esos ojos negros que no dejaban de mirarme.

Dejé la aspiradora en el suelo y me senté en una mesa para recuperar la respiración. Aún quedaban muchas horas, debía forzarme a recuperar la razón, también la calma. Tenía un trabajo que hacer y no podía permitirme el lujo de perderlo. Inconscientemente abrí las piernas y deslicé mi mano hacia mi entrepierna, completamente mojada. Cerré los ojos y apreté con fuerza. Deseaba masturbarme, aunque no debía. Mi mano izquierda se agarró fuerte a la mesa mientras obligaba a mi mano derecha a salir de debajo de mi falda, tropezando contra algo. ¿Qué era? Uno de esos gruesos rotuladores fosforescentes. ¿Y si al guardia de seguridad le daba por subir a la planta en una de sus rondas nocturnas?

Lo que todos imagináis es correcto: encontraría a la señora de la limpieza metiéndose material de oficina por el coño.

Aunque antes de eso lo metí en la boca lubricándolo lo suficiente, después lo deslicé suavemente por el interior de mis muslos y lo apreté contra la entrada de mi vagina. El rotulador entró sin problemas. Abrí un poco más las piernas y apoyé los pies en la mesa. Estaba completamente estirada, abierta e imaginando que era el conductor del autobús quien metía y sacaba el rotulador, cada vez con mayor rapidez, como si fuese su propio y descomunal pene. Quise imaginarlo descomunal, por descontado. Poco importaba ya si aparecía el guardia de seguridad o los integrantes de un circo ruso de tres pistas. Estaba poseída por un desenfreno como hacía años que no conocía. Desde que mi marido me había abandonado no había vuelto a estar con un hombre.

Aunque ahora, de repente, algo estaba cambiando.

Mi mano izquierda siguió buscando más objetos por encima de la mesa hasta dar con un rotulador un poco más fino, lo ensalivé y lo puse en la entrada de mi culo presionando levemente. Costó un poco más, pero entró sin problemas. Imaginé que el conductor de autobús era quien manejaba hábilmente esos rotuladores. Poco después, un grito desgarró el silencio de la octava planta del edificio de oficinas.

El vigilante de seguridad no tardó en aparecer. Me encontró limpiando los rotuladores que habían estado dentro de mí con un trapo, concentrada en mi trabajo, como si nada hubiera ocurrido.

 - ¿Ha pasado algo? -preguntó.

Levanté la mano y forcé una sonrisa.

 -Me he pillado un dedo con un cajón. El susto ha sido mayor que el golpe.

Se quedó en silencio observándome durante unos segundos, quizá tratando de decidir si debía hacer alguna otra pregunta. Finalmente se encogió de hombros, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo. Esperé hasta que sus pasos dejaron de escucharse antes de liberar el aire que había estado reteniendo.

Continué trabajando durante las siete horas siguientes con una emoción desconocida instalada en algún lugar profundo de mí. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido. ¿Cómo puede alguien sentirse vivo sin detenerse a contemplar una puesta de sol? ¿Sin disfrutar de una buena comida? ¿Sin esperar algo, sin desear algo, sin tener a alguien que despierte en nosotros esa inquietud? Quizá la felicidad no dependía únicamente de conseguir aquello que deseamos, sino de volver a ser capaces de desear.

Llevaba demasiado tiempo pensando en el conductor de aquel autobús. Demasiado tiempo imaginando una posibilidad que solo existía en mi cabeza. Y sabía que, si no era capaz de dar un paso adelante, seguiría siendo eso: una fantasía, una puerta entreabierta que nunca me atrevería a cruzar.

Siete interminables horas más tarde volví a subir al autobús para encontrarme con el mismo hombre al volante. Sonriéndome. Tomé asiento donde siempre. Debía haber diez personas más, también los de siempre, así pues, conocía donde iban a bajarse todos. El desasosiego comenzó a crecer en mi interior como una de esas enredaderas que trepan por la pared y nada consigue detenerlas. No podía dejar de mirar a aquel hombre mientras apretaba con fuerza los muslos en un infantil esfuerzo por obviar lo inevitable. Me conocía su nuca de memoria, también sus brazos girando con firmeza el volante, sus pies apretando los pedales. Sus ojos mirándome por el retrovisor. Esos ojos negros y penetrantes.

Era como nadar en el mar en plena noche.

Estábamos a punto de llegar a mi parada, la última del recorrido. Todos los pasajeros habían abandonado el vehículo y posiblemente dormían ya en sus camas. Después el autobús nocturno emprendería la vuelta hacia las cocheras para aguardar hasta la noche siguiente. El autobús giró a la derecha y enfocó la parada. Yo me levanté, di unos pasos vacilantes hasta el conductor y le susurré "voy hasta el final". Me miró, limitándose a asentir mientras yo volvía a mi asiento. A pesar de caminar de espaldas era consciente de que aquellos ojos negros se clavaban en mi a través del espejo retrovisor. Estaba cansada y excitada.

Al poco rato el autobús entró en la terminal y se dirigió a una especie de hangar. Aparcó entre otros dos autobuses, el motor dejó de temblar y todas las luces se apagaron menos las de emergencia, apenas una débil bombilla amarillenta sobre el asiento del conductor y otras dos en los asientos traseros. Mis manos temblaban como las de una colegiala antes de su primer beso. Vi como su silueta se acercaba, era más alto y corpulento de lo que había imaginado.

Tomó asiento a mi lado.

—Hola —dijo antes de que sus labios se apoderasen de mi cuello.

Sus grandes manos se deslizaban por mis muslos, por mis pechos, por mi nuca, por todas y cada una de las partes que hacía años que no tocaba nadie excepto yo misma, aunque de otra forma. La penumbra me salvaba de la vergüenza. Abrí las piernas y dejé que metiese sus manos donde yo había estado metiéndolas por la noche. Su respiración era fuerte, su olor también. Cerré los ojos y permití que sus dedos se introdujesen dentro de mí, completamente mojada. Dos dedos dentro de mi vagina y otro dentro de mi culo. Era una sensación extraña, nunca ningún hombre había entrado en ambos sitos al mismo tiempo, resultaba agradable. Estaba tan mojada que apenas le había costado hacerlo. Entonces recordé el episodio de los rotuladores. Inspiré profundamente intentando no correrme mientras aquel tipo liberaba uno de mis pechos y se lo metía en la boca, casi fuera de sí. Yo estaba inmóvil, sentada y dejándome hacer. Luchando por no tirarme de cabeza a su bragueta. No fue necesario esperar demasiado. El hombre sacó sus manos del interior de mi ropa y las usó para liberar una magnífica herramienta que brilló en la penumbra de aquel extraño escenario, como un dorado tesoro. Soy consciente de haber utilizado adjetivos propios de un relato porno, pero era la realidad, su pene era grande, ancho y abrumadoramente hermoso. No podía aguantar más. Mis mandíbulas se abrieron de inmediato y me abalancé sobre aquel trozo de carne armada de un voraz apetito. La sentía deliciosa y prohibida, como un gran pastel de chocolate que hubiese estado contemplado cada día tras los cristales de la pastelería, sin atreverme a comprarlo. El problema fue que aquel pastel era demasiado grande para mis mandíbulas. El tipo gemía y movía mi cabeza acompasadamente mientras yo intentaba inútilmente tragarme su polla hasta el mismísimo centro del universo. No me importaba que oliera o que tuviera un sabor que a otras mujeres hubiese repugnado. Llevaba demasiado tiempo haciendo cosas asquerosas para otros así que ahora iba a hacer algo verdaderamente asqueroso, solo por y para mí. Me agarró del pelo y separó mi cabeza de su pene, me besó paseando su lengua por todos lados y dejándola caer en la garganta con pasmosa facilidad. Mientras intentaba devolverle el beso no dejaba de masajearle su miembro.

De improviso me puso de pie y me liberó del vestido por la cabeza. Ahora solo quedaban mis bragas empapadas y mis sostenes con mis pechos prácticamente fuera. Aunque estaba a oscuras, sentí vergüenza. Hacía demasiado que no me mostraba a nadie. Tengo todas las manías y complejos de una persona normal. Sin saber cómo, me encontré sin bragas ni sujetador. Habían volado, al igual que el vestido. Recé porque después pudiese encontrarlos. El conductor se quitó toda la ropa y me recostó contra el asiento, quedando yo a cuatro patas, apoyada encima de un respaldo y con el culo en pompa. Noté como su lengua comenzaba a deslizarse por mis labios vaginales en dirección al culo y después de vuelta. Aquel desconocido me estaba comiendo como nunca nadie lo volvería a hacer. Noté como su lengua luchaba por abrirse paso en mi ano mientras sus manos masajeaban con dureza mis pechos. Cerré los ojos e intenté abandonarme a cualquier sensación. De repente me encontré gimiendo y gritando. Mordiéndome el labio inferior y golpeando el asiento con mis puños.

El conductor cesó en su empeño y me dio la vuelta para meter de nuevo su polla en mi boca. Apenas pude reaccionar, su pene volvía a entrar y salir a toda velocidad, ahogándome sin compasión. Agarré la base de su polla con una de mis manos y comencé a masajearla, como si le estuviese masturbando. Con la otra le acariciaba los testículos. Noté como su respiración se aceleraba. Él se hizo con el control de mi cabeza y comenzó a follarme la boca con brusquedad, me estaba ahogando, aunque ya nada me importaba. Necesitaba conocer el sabor de aquel desconocido. El conductor lanzó un grito al tiempo que una gran cantidad de semen comenzaba a amontonarse en mi boca. Entonces sacó rápidamente la polla y acabo las últimas descargas en mi cara. En mis labios. En mi nariz. En mis mejillas. En mi barbilla. Después hizo algo que recordaré toda la vida. Sacó una linterna de su bolsillo y me enfocó la cara.

Aquel perverso y maravilloso hombre tan solo quería ver mi rostro manchado de semen.

De forma casi mecánica, abrí la boca, le mostré su semen, después me lo tragué y volví a abrir la boca para demostrarle que no quedaba ni una gota. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro. Entonces bajó la linterna para que su mirada vagara por todo mi cuerpo, tomándose su tiempo. Finalmente, la apagó y se hizo con una de mis manos para llevarme al centro del autobús.

—No te limpies —ordenó con voz firme—, voy a volver a follarte y quiero que tengas la cara manchada.

Haría eso y mucho más. Haría todo lo que me ordenase. Necesitaba hacerlo. Quería ser la mujer más sumisa del planeta. El tipo fue hasta el asiento del conductor dejándome en el centro del autobús y buscó algo, al volver pude adivinar lo que parecían dos pañuelos o trapos. Me ató ambas manos a una barra en el techo. No soy demasiado alta así que quedé prácticamente de puntillas. No era cómodo, ni mucho menos. Pero había algo en aquella situación que resultaba tan excitante como una situación de la que uno sabe que debe escapar y, aun así, prefiere quedarse. Una droga desconocida recorriéndome por dentro, bombeando desde el corazón hasta el cerebro, anulando cualquier pensamiento razonable.

Allí estaba, atada en un autobús sumida en la oscuridad, entregada a la voluntad de un desconocido. Desnuda y con la cara llena de semen.

Y mis dos hijos en casa esperando que les despertase para desayunar. No me sentí culpable, estaba harta de ser la última de la lista.

Noté como se acercaba a mi espalda. Noté como me separaba las piernas. Noté su pene abriéndose paso en mi vagina. Noté su pecho sudoroso contra mi espalda. Noté su olor confundiéndose entre los míos. Noté su respiración en mi nuca. Noté sus manos en mis pechos. Noté como comenzaba a entrar y salir de dentro de mí, con auténtica fiereza, como queriendo partirme en dos. No me lo podía creer, estaba allí a oscuras con las manos colgando del techo mientras un tipo me estaba follando a conciencia. Era lo más parecido a una violación, era simplemente delicioso, era todo cuanto había estado esperando. Al cabo de un rato una especie de corriente eléctrica comenzó a recorrerme las piernas, desde las pantorrillas a las caderas. Apreté los dientes, pero no pude evitar lanzar un grito que coincidió con la última embestida de aquel tipo. Acabábamos corriéndonos juntos.

El mejor orgasmo de mi vida. El mejor orgasmo de cualquier vida conocida, imaginé en ese momento.

Se quedó pegado a mi espalda, sin sacar el pene de mi vagina. Besándome los hombros. Noté como poco a poco su pene comenzaba a crecer de nuevo dentro de mí. No podía creerlo. El tipo sacó su pene dejando que una mezcla de semen y otros fluidos se deslizase por el interior de mis muslos. Qué vergüenza…

De improviso noté como dos de sus dedos se adentraban en mi culo. No estaba preparada para aquello. Intenté prevenirle, pero de mi boca no salía ninguna palabra. Me acababa de quedar muda ante la necesidad. Noté como la punta de su pene se apretaba contra mi ano. Nunca me habían sodomizado. Apreté los dientes y esperé lo inevitable. Un fuerte dolor se apoderó de mi espalda al tiempo que su pene se abría paso en mis entrañas. Era una sensación desagradable, molesta y totalmente ajena al placer. No era como cuando me había metido los dedos. De repente mi realidad se había tornado en lo opuesto a cuanto había sentido hasta entonces. De nuevo, no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer mientras mi mente se concentraba en encontrar alguna suerte de placer en aquel ejercicio tan doloroso. Estuvo sodomizándome cerca de diez minutos y en ningún momento conseguí el menor mínimo de los placeres. Pero no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer. Mi menté se esforzaba en repetirme que debía ser la sumisa con la que todo hombre sueña. Me había acostumbrado a tantas cosas en la vida que no podía permitirme cerrar ni una puerta más. El tipo descargó en el interior de mis intestinos con un grito ahogado en mi pelo mientras me destrozaba los pezones a pellizcos. Cuando se retiró una nueva cantidad de semen y quizás sangre se deslizó por el interior de mis muslos.

El hombre me desató y después limpió mi cuerpo con unas toallitas húmedas que guardaba bajo su asiento, también me besaba y me abrazaba.

En ese momento ya no importaba si lo que había ocurrido había sido correcto o si había cumplido con las expectativas que yo misma me había creado. Porque lo necesitaba de una forma que me sorprendía incluso a mí, como si durante años hubiera estado acumulando una sed imposible de calmar.

Había pasado demasiado tiempo haciendo siempre lo que debía hacer, tomando las decisiones adecuadas, cargando con responsabilidades y dejando mis propios deseos para después. No podía esperar un día más. Aunque me equivocara. Aunque doliera. Quizá el secreto de la felicidad sea encontrar algo que nos devuelva una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.

Cuando llegué a casa, mis hijos ya estaban despiertos. Los encontré preparando el desayuno por su cuenta, moviéndose por la cocina con esa mezcla de torpeza e independencia que anunciaba que el tiempo pasa más rápido de lo que queremos admitir.

Los observé en silencio y una lágrima recorrió mi mejilla. Era una lágrima de alegría, pero también de melancolía al comprender que mis hijos estaban creciendo, que cada día necesitaban un poco menos de mí, que llegaría un momento en el que mi presencia dejaría de ser imprescindible.

Aquella noche cambio mi vida. No por lo que sucedió en la oscuridad de las cocheras sino por lo que contemplé al volver a casa.

Y, lo mejor de todo, es que esa misma noche volvería a subirme a aquel autobús nocturno.


sábado, 25 de julio de 2026

Me dijo que me esperaría en su casa (relato)


Me dijo que me esperaría en su casa. Siempre que la vida me ha conducido a un momento como este (no es la primera vez) me asalta la misma pregunta: ¿Qué significa un lugar seguro cuando vas a encontrarte con alguien a quien no conoces? ¿En su casa, en la tuya o en la neutralidad de un hotel? Todo depende de es que entendemos por "espacio seguro". Nuestra casa es nuestro refugio, pero también es un espacio donde uno baja la guardia. Cuando un desconocido está a punto de cruzar el umbral, ese refugio puede convertirse en el lugar más aislado y vulnerable del mundo. En el otro lado de la balanza, entrar en la casa de otro supone aceptar una incertidumbre parecida con el agravante de que has dejado de estar en un espacio seguro. Tenemos la costumbre de traducir la palabra "desconocido" como si fuera sinónimo de "villano". A veces, por desgracia, la realidad que leemos a diario en los periódicos confirma esa interpretación. Otras veces no es más que el (natural) miedo intentando protegernos. Y demos gracias a ese miedo porque nos servirá de protección. Quizás un hotel parece la solución más sensata: un territorio prestado, sin memoria, donde ninguno de los dos juega en casa. Un lugar que pertenece a ambos y a ninguno.

Pero ella me dijo que me esperaría en su casa. Ni se me ocurrió preguntar el motivo. 

Cuando llegué al edificio pulsé el botón del portero automático, con ese poso de nerviosismo que nunca termina de desaparecer, después pronuncié la palabra convenida:

-Fernando.

Un zumbido metálico respondió al otro lado. Empujé, la puerta cedió y crucé el umbral. El portal pertenecía a uno de esos edificios modernistas del Eixample que parecen conservar el tiempo entre sus paredes. Suelos de mármol desgastados por generaciones de pasos, cenefas que aún resistían en las paredes con la pintura original y un ascensor antiguo, de hierro y madera. Todo respiraba una elegancia antigua, de esas que no necesitan demostrarse. 

El ascensor ascendía con una lentitud casi ceremoniosa, como si quisiera prolongar la espera. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido a hierro oxidado y me planté  frente a un piso cuya puerta permanecía entreabierta. Desde el interior escapaba una luz tenue, apenas un susurro en la luz del rellano. Entré y cerré tras de mí. El recibidor era lo que había imaginado: baldosas hidráulicas dibujando geometrías de otro tiempo, techos altos donde las palabras resuenan mejor que en ningún otro lado y carpinterías de madera que habían visto pasar demasiadas vidas. La casa descansaba en penumbra. Solo una luz, al fondo del largo pasillo, parecía llamarme.

Y cuando me llaman, voy. Yo también se obedecer, sobre todo porque ella había seguido mis instrucciones y, en alguna suerte de justicia, ahora había llegado mi turno. Avancé por el pasillo siguiendo aquella luz tenue, no sin imaginar, durante unos instantes, que al final me aguardaría algún fenómeno extraño o, peor aún, el propio creador. La imaginación siempre encuentra tiempo para exagerar justo antes de que la realidad se revele. Pero no, la realidad fue aun mas emocionante porque al final del pasillo estaba ella. Arrodillada y vestida exactamente como le había pedido (ordenado): una falda de cuero negro, medias de rejilla, tacones y una camisa blanca abotonada. Llevaba los ojos cubiertos por una venda, el cabello revuelto, los labios pintados de rojo intenso e inmóvil, envuelta en un silencio que parecía llenar toda la estancia.

-Hola perra -dije

-Hola amo -contestó ella.

Me acerqué despacio, dejando que cada uno de mis pasos anunciara mi presencia. No quería sorprenderla; quería que el sonido de mis pisadas fuera el hilo que la guiara hasta mí. El sonido que la pusiese aun mas nerviosa. Convertir el momento en una experiencia inolvidable.

Era el comedor de uno de esos pisos del Eixample donde las habitaciones parecen sucederse con una lógica antigua. No era especialmente grande. Varias puertas se abrían hacia otras estancias y los muebles de madera daban a la casa una calidez anclada en el pasado. Había, además, pequeñas pistas de la vida de quien la habitaba: objetos tribales traídos de algún viaje, cuadros sin una aparente relación entre sí y un tapiz que caía sobre un sofá cubierto de cojines de todos los colores, como si el confort hubiera vencido hacía tiempo a cualquier pretensión de orden. Entre toda aquella geografía doméstica también vi algunos juguetes en una cesta y una consola de juegos. Eran el rastro silencioso de otra presencia, la de un hijo que no estaba allí, pero cuya existencia parecía seguir ocupando los rincones. Aquella noche, sin embargo, solo estábamos ella y yo. El escenario perfecto para lo que íbamos a hacer.

-¿Estas bien? -pregunté.

-Si amo -contestó ella- algo nerviosa.

-Si no estuvieses nerviosa en esta situación, me comenzaría a preocupar. Ponte en pie -ordené finalmente.

Obedeció, me acerqué a ella, olía de maravilla, no era perfume, era un olor mas animal, como quien sabes que siempre va a oler igual, se ponga el perfume que se ponga. Entonces sostuve su cara entre mis manos y le di un beso, nada agresivo, nada que fuese a dar a entender que iba a usar a esa mujer como me apeteciese. Era un beso tranquilizador, un beso que decir “gracias” y “comencemos” al mismo tiempo. Sin dejar de besarla, bajé mis manos hasta sus pechos y comencé a tocarlos por encima de la tela de la camisa. Le había ordenado que no se pusiese ropa interior. Acabó el beso y comencé a sobar sus pechos con codicia y sin miramientos, pellizcando sus pezones a través de la tela, como cuando eres joven y tocas unos pechos por primera vez, con prisa y sin tacto. Quería que se sintiese manoseada, indefensa, que sintiese que era un juguete en mis manos. Una herramienta para mi placer. Ella se encogía y lanzaba algún que otro suspiro, mezcla de dolor (estaba manoseándola con auténtica fuerza) y placer. Me detuve y abrí la camisa, con calma, me tomé mi tiempo para desabrochar cada uno de los botones, dejando al aire un palmo mas de piel. Ella comenzó a temblar. Después abrí la camisa y observé sus pechos. Los pechos de una mujer madura, perfectos a mis ojos. Con una gran areola y un pezón atravesado por un aro, en ambos pechos. La mujer escondía sorpresas. O no. Ya había visto esos pechos antes en foto.

-Arrodíllate, perra -ordené con voz firme-

Ella obedeció.

-Ahora abre la boca y haz que merezca que haya venido a verte.

La mujer abrió su boca y metí mi pene en ella. Su lengua, sus labios, sus manos comenzaron a hacer un trabajo digno de la mejor de las sumisas, de la perra mas arrastrada, de la meretriz mas profesional. Agarré su pelo desordenado entre mis manos y comencé a clavar con fuerza mi pene en su boca, hasta su garganta. Ella lo intentó, aunque las arcadas interrumpían de vez en cuando el momento.

Me gustaba demasiado y ella lo hacía demasiado bien, así que me detuve y la ordené que se levantase. No quería correrme en su boca a los cinco minutos. Después la ayudé a ponerse a cuatro patas encima del sofá. Levanté su falda y observé su culo, dos cachetes dispuestos a ser azotados, manoseados o dormidos. Separé ambas nalgas y observé su ojete. No nos llevemos las manos a la cabeza a estas alturas del relato: era un ojete. No existe palabra mejor para definirlo. Escupí en el y metí un dedo, luego dos. La mujer se retorcía pero apenas se quejó. Entonces me quité los pantalones y la penetré analmente, con cuidado, pero con firmeza. Ella aguantó a pesar de algún gritito cuyo eco se perdió en el comedor.

Mientras la sodomizaba pregunté:

-¿Quién eres?

-Tu sumisa, amo.

-He preguntado quién eres, no que eres.

-Me llamo L.

-Tu nombre no es la respuesta correcta. ¿Quién eres? -pregunté clavando aun con más fuerza mi pene en sus entrañas.

Ella no contestó, se tomó unos segundos pensando la respuesta. Aguantando mis embestidas. Finalmente hizo lo que yo esperaba de ella: me dio la respuesta perfecta.

-Guau -ladró simplemente.

-Buena perra -dije yo.

Quizá esa fuera la verdadera clave de todo esto: descubrir que también puedes convertirte en alguien que nunca habías imaginado ser. Atravesar una frontera íntima y hacer algo que jamás encontraría espacio en una conversación cotidiana, algo destinado a permanecer en el territorio del secreto. Dar cuerpo a las fantasías más escondidas, no desde la culpa, sino desde la confianza compartida, el consentimiento y el cuidado. Permitir que aquello que solo había existido en la imaginación respirara, aunque fuera durante unas horas. Porque es en esos momentos cuando comprendes que la vida puede ser algo más que la repetición dócil de los días. Más que el despertador, el café rápido, el andén del metro, la oficina y el regreso. Más que esa sucesión de rutinas que, apaga la bombilla día a día. Porque la vida, cuando logramos desprendernos de algunas de las trampas que construye la mente, es también aquello que nos atrevemos a imaginar y, con un poco de fortuna, a vivir.

Y aunque no siempre alcancemos la existencia que deseamos, hay una forma de felicidad que nace simplemente de intentar acercarse a ella.


lunes, 23 de marzo de 2026

La tópica realidad (relato)




El bar estaba medio vacío, como si la tarde hubiera decidido marcharse antes de tiempo. Las luces cálidas apenas lograban disimular el cansancio que lo impregnada todo. El camarero limpiaba vasos con la misma resignación con la que uno acepta que la vida no siempre sale como se imaginaba.

Ella entró envuelta en un abrigo que había visto días mejores. Tenía cinco hijos, un marido que hacía años que no la miraba de verdad, y una rutina que la había ido desgastando como una piedra en el mar. No se cuidaba, no porque no quisiera, sino porque ya no recordaba cómo se hacía. Había olvidado incluso qué cosas le hacían sentir viva. El abrigo marrón, viejo y desgastado era el mejor anuncio de lo que abrigaba.

Pidió un café. No quería alcohol; necesitaba claridad, no más niebla. Lo hizo con voz baja y un sentimiento de culpa que llevaba días instalado en lo mas hondo de su corazón.

Fue entonces cuando lo vio. Un hombre sentado solo en la barra, con un libro abierto y una expresión tranquila, casi fuera de lugar en aquel sitio. No era especialmente guapo, pero ni por unos instantes ella dudo de que fuera la persona que había ido a buscar. ¿Por qué no le había visto al entrar? Seguramente porque ella caminaba con la vista clavada en el suelo, sumida en sus propios pensamientos que no eran más que problemas cotidianos.

Él levantó la vista y sus ojos se cruzaron. No fue una mirada invasiva, ni atrevida, ni incómoda. El desconocido cerró el libro con suavidad y se acercó un poco, manteniendo una distancia respetuosa.

 -Hola, parece que has tenido un día duro -dijo con una voz tranquila, sin juicio.

Ella soltó una risa breve, casi torpe, como quien desempolva un gesto olvidado.

 -Como casi todos los días -respondió.

Él sonrió, no con lástima, sino con complicidad. Como si entendiera más de lo que decía. Se saludaron con dos besos breves en la mejilla y tomaron asiento en lo mas alejado del bar.

Hablaron. De cosas pequeñas al principio: del clima, del café, del libro que él leía. Pero poco a poco, sin darse cuenta, ella fue aflojando los nudos que llevaba dentro. No le contó su vida entera, pero sí lo suficiente para sentir que respiraba un poco mejor. El hombre no intentó empujarla hacia ningún lugar, tampoco aconsejarla, ni ocupar un lugar que no le correspondía. Solo escuchó. Y en ese gesto sencillo, ella encontró algo que creía perdido: la sensación de que aún quedaba algo de sí misma por recuperar. Una sensación que había comenzado a germinar meses atrás cuando comenzó a hablar con ese mismo hombre desde la virtualidad.

La mujer sintió que en diez minutos había conseguido un momento de intimidad más poderoso que con su esposo en los últimos diez años.

-¿Estás nerviosa? -preguntó el sin dejar de mirarla a los ojos.

-Demasiado. No sé qué estoy haciendo aquí.

-Yo sí que lo se.

-Sabes mas de mi que yo misma, entonces.

-Se que estás aquí precisamente por todo cuanto acabas de contarme. La vida te pesa demasiado y eso es algo que le sucede a mucha mas gente de la que imaginamos. Mi vida es mas sencilla, pero entiendo tus motivos.

-¿Por qué crees que he decidido entregarme a ti?

-No tiene nada que ver conmigo. Lo que ha sucedido es que hablando conmigo desde hace días, has recordado que todavía puedes cambiarte a tí misma.

-¿Y merece la pena ese riesgo? Creo que es mas peligroso de lo que imagino.

-Convertirte en sumisa no es peligroso, es una maravilla si es lo que deseas. El peligro es abrir una puerta donde veas que esa versión de ti misma aún está ahí y quieras cambiar las cosas.

-Nunca me separaría de mi marido.

-¿Por tus hijos?

-Por todo, no sabría que hacer sola. Hace años que no trabajo, tengo cincuenta años y el piso está a nombre de él.

-Pareces una mujer secuestrada.

-En cierto sentido, me siento así.

-Llevas toda una vida siendo la sumisa de una situación vital, de tu vida.

-Supongo que si, quizás por eso ahora quiero ser sumisa por mi misma. Por gritar, llorar, sudar y emocionarme por motivos que sean propios. No ajenos.

-Es una buena explicación.

-¿Te has encontrado antes a alguien como yo?

-Cada persona es diferente. Decir que hay personas como tu es hacer una pincelada en la sociedad, pero con el color uniforme. No todo es blanco, no todo es negro. Tu vida, además de ser diferente a cualquier otra, también tiene colores hermosos. ¿Alguien como tú, dices? Tu eres especial.

-Si esto fuese una novela sería una novela rosa… me gustan leer las novelas rosas.

-Cuando te tenga desnuda y atada, a mi servicio, se convertirá en otro tipo de novela.

Un estremecimiento le recorrió su piel, como si un viento antiguo hubiera despertado algo dormido en su interior.  ¿De verdad estaba a punto de entregarse al impulso que aquel desconocido despertaba en ella? ¿Rendirse sin más a una intuición que no sabía nombrar?  ¿Convertirse en sumisa? Su vida la empujaba hacia el abismo de esa locura, mientras su mente levantaba muros desesperados en la eterna batalla: la razón aferrada a su jaula, el corazón golpeando los barrotes.

-Entonces… que sea lo que tenga que ser -susurró la mujer, apartando de un manotazo cualquier resto de lógica que aún le temblara en la cabeza

Podría parecer una escena sacada de una novela rosa, una de esas historias que se leen a escondidas. La historia de una mujer agotada por un matrimonio sin brillo, por una vida que la había ido borrando, la historia de una mujer que se deja caer en los brazos de un desconocido. Sí, sonaba cursi. Sonaba improbable.  Sonaba a ficción barata.

Pero era dolorosamente real. Y, en ese instante, era lo único que su alma cansada deseaba.

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Si quieres saber más sobre este tema o proponerme algún tema sobre el que escribir, puedes contactar (discretamente) conmigo a través de INSTAGRAM @dopplerjdb / TELEGRAM @jdbbcn2 / eMAIL john_deybe@hotmail.com

viernes, 20 de junio de 2025

La casa que duerme (relato)

 


La casa duerme. Su pareja duerme también, el deber de dormir juntos, el insoportable peso de la normalidad. Todo descansa bajo la manta gruesa de la rutina.

No es su caso, ella está con los ojos abiertos, en otra habitación, ardiendo desde dentro. Su cuerpo reclama lo que la vida niega. Una vida que ha escogido ella, de acuerdo, pero no siempre aciertas. Ella fantasea, cada noche, con ese hombre que no tiene rostro, pero sí que tiene unas manos firmes y decididas, que no piden permiso. En su mente, escucha la orden que siempre la estremece, aunque sea solo una fantasía.

-Desnúdate.

Ella obedece. Frente al espejo del dormitorio de invitados, con su pareja roncando en la otra habitación, la mujer se despoja lentamente de la tela que cubre su piel, como si los ojos del desconocido estuvieran posados sobre cada centímetro de su cuerpo. Siente cómo los pezones se endurecen al roce del aire frío. Se imagina cómo él los acariciaría, comienza con los dedos, luego con la lengua, mordiendo justo lo necesario para arrancarle un gemido ahogado.

Pero no es solo la caricia lo que la enciende. Es la entrega. La absoluta renuncia al control. El dejar de ser ella misma para ser completa. El entregarse para ser libre.

Se arrodilla en la alfombra, las rodillas separadas, la espalda recta. Sus propias manos simulan las cuerdas que imagina recorriendo sus muñecas, sus muslos, su cuello. Respira hondo mientras deja que un dedo trace el camino desde su cuello hasta su sexo. La humedad la delata. En su fantasía, él la coge con fuerza del pelo, la obliga a alzar el rostro, a mirarlo a los ojos.

-Me perteneces -susurra él.

La palma invisible estalla en su imaginario sobre su nalga. La mujer siente el ardor en la piel, como si realmente lo hubiera recibido. Su mano acaricia su clítoris con movimientos lentos, precisos, aprendidos en tantas noches iguales en solitario. Aumenta el ritmo, el calor sube, su respiración se entrecorta. Se imagina la lengua de él devorándola, después imagina la polla de su amo dentro de su boca mientras ella, con los ojos vendados, exprime su alma y su lengua para darle placer. Poco después su amo está dentro de ella, empujando sus límites, su boca en su oído ordenándole no correrse aún. Pero ella está al borde, atrapada entre el control de la fantasía y el orgasmo que le trepa como un animal salvaje por la columna. Cuando finalmente se deja ir, el espasmo la sacude entera. Se muerde los labios para no gemir, sabiendo que a pocos metros duermen el testigo inocente de su vida normal.

Al terminar, permanece de rodillas unos segundos más, con los dedos aún húmedos, el pecho agitado, el deseo aun no saciado.

Mañana será igual. Y pasado. Y el mes que viene.

No es capaz de reunir el valor para buscar a ese hombre fuera de sus pensamientos. Pero también sabe que, mientras respire, lo buscará cada noche dentro de sí.

martes, 17 de junio de 2025

La rendición de Ester (relato)



Ester nunca habría imaginado que el deseo tuviera nuevas formas ni que esas formas fuesen tan contradictorias. Durante toda su vida había buscado activamente el control: en el trabajo, en sus relaciones, incluso en el sexo. Siempre arriba. Siempre firme. Siempre segura. No podía permitirse el lujo de que los demás creyesen que aquella mujer rubia y simpática era una presa fácil.

Pero esa noche, de pie, con las muñecas atadas sobre su cabeza, la venda sobre los ojos y el corazón golpeando contra su pecho, comenzó a descubrir el abismo que se abría bajo sus pies. La vertiginosa fascinación de asomarse a lo desconocido. 

Sintió el roce del cuero antes de escucharlo. El primer golpe fue suave, casi una caricia caliente en la curva de su espalda. El segundo fue más firme, más decidido, como un aviso. Ester respiró hondo. Su cuerpo respondió con un estremecimiento involuntario. El tercero la sorprendió. El golpe sonó seco, llenando la habitación de un chasquido limpio. El escozor inmediato le hizo tensar los músculos, pero, en lugar de angustia, una corriente densa, espesa, empezó a reptar por su vientre. Era dolor, sí, pero teñido de una extraña dulzura. Una escalofrío que se transformaba en calor entre sus piernas.

—Muy bien, —susurró él, —escúchate. Siente cómo el cuerpo te habla.

El cuarto impacto la hizo gemir. No de sufrimiento. De repente era otra cosa. Un sonido gutural, primitivo, que brotó desde un lugar que jamás había visitado. El ardor de las marcas encendía su piel y, al mismo tiempo, encendía su centro, palpitante, húmedo, ávido.

Cada golpe parecía atravesarla y liberar algo que había estado anudado dentro de ella durante años: el miedo, la vergüenza, la represión. Aquí, atada, ciega, expuesta, no había máscaras, solo el cuerpo desnudo revelando su naturaleza más salvaje. De repente, sintió que podía ser ella en su esencia más simple, sin coartadas morales, disfrutando del dolor. Disfrutando de todo cuanto se había negado.

—¿Quieres que continúe? —preguntó él, deteniéndose junto a su oído, su aliento cálido sobre la piel enrojecida.

—Sí, —jadeó Ester, —por favor… sigue.

Sintió el chorro de adrenalina mezclarse con la excitación. Sus pezones, duros, reclamaban ser tocados. El peso de su deseo la desbordaba. Cada latigazo era un pulso que la empujaba más allá de lo que creía soportar. Y, sin embargo, quería más. Necesitaba más. Era ahora o nunca.

Cuando él deslizó una mano por su abdomen hasta su sexo, la humedad desbordante de Ester impregnó absolutamente todo, el temblor ansioso de una persona rendida. Los dedos hábiles comenzaron a dibujar círculos sobre su clítoris inflamado, mientras el cuero seguía escribiendo líneas de fuego sobre su espalda. Dolor y placer, entrelazados hasta volverse indistinguibles. ¿Por qué?

—Así me gusta, —murmuró él—. Por fin lo descubriste: el dolor es la llave.

Y ella, con el cuerpo al borde del abismo, descubrió la dulce y brutal verdad: no era el castigo lo que la encendía, sino la entrega. La renuncia voluntaria al control. La rendición absoluta.

El orgasmo la arrasó sin aviso, como una ola violenta. Un grito escapó de sus labios, libre, puro, mientras el mundo se disolvía en una marea de fuego, de calor, de alivio.

Por primera vez, Ester comprendía la esencia del verdadero placer: ese goce oscuro y prohibido que la arrastraba al borde del pecado, como si cada gemido fuera un eco destinado al infierno. Y, sin embargo, sonreía en su interior; aceptando sin vacilar arder eternamente en los calderos del averno, si a cambio volvía a perderse en aquella abismal dulzura que era la frontera entre el dolor y el placer.. Al fin y al cabo —pensó—, convertirse en una pecadora ofrecía una magnífica recompensa.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Arena, calor y deseo (relato)

 



Ella es pequeña, pero su presencia es grandiosa, como si la arena sobre la que está tumbada reflejara su escondida esencia, iluminando toda la playa aun más que el propio astro Sol. Su piel, de un tono canela profundo, brilla bajo el sol abrasador, perlada por diminutas gotas de sudor. Reclinada sobre una toalla de colores vivos cierra los ojos y deja que el calor la envuelva como un abrazo. Sus cabellos oscuros caen en ondas suaves sobre su espalda, movidos apenas por la brisa marina. En su muñeca, unas pulseras doradas tintinean con cada leve movimiento, un eco de lugares lejanos. Sus pies, pequeños y delicados, juegan distraídamente con la arena, deslizándola entre los dedos mientras el murmullo de las olas la arrulla en una calma absoluta. Entre sus labios se dibuja una sonrisa apacible. Es un instante perfecto, suspendido entre el sol y el mar, entre su toda una vida y ese breve instante. Va vestida tan solo con la parte inferior del bañador, sus pechos, apretados sobre la toalla, están ahora al resguardo de miradas ajenas de toda esa muchedumbre que la rodea, de una playa repleta de gente, resguardada de mi obscena mirada.

Estoy escondido tras un árbol en el linde de la playa. La observo en silencio, observo sus piernas de piel oscura, torneadas, sus nalgas apretadas bajo ese breve espacio de tela, su espalda arqueada y su sonrisa mientras lee un libro, recostada boca abajo sobre la toalla.

Una erección lucha por salir de mis pantalones. ¿Qué se supone que estoy haciendo? La he seguido hasta allí y ahora la estoy espiando. La culpa me pesa como una piedra fría. No es mi intención cruzar esa línea, pero la curiosidad (quizás algo más oscuro) me atrae y arrastra hacia ella. No es solo curiosidad: es deseo de acercarme a ella de una forma que no me corresponde. 

Ahora, escondido en la penumbra de esos cuatro árboles que no se atreven a ser ni el comienzo de un bosque, siento que estoy traicionado algo sagrado. No a ella, sino a la versión de mí mismo que era antes de saber de su presencia. Ojalá retroceder, borrar esa sensación punzante en el estómago, esa vergüenza que me hace vibrar cuando recibo un mensaje suyo. Porque ella sigue siendo la misma: luminosa, confiada, inteligente… pero yo, en cambio, ya no estoy seguro de quién soy. Soy arcilla moldeada entre deseos reprimidos y unas pocas frases esparcidas en el tiempo.

Deslizo una mano dentro de mi bañador y comienzo a frotarme el pene, suavemente, como un preludio de una masturbación que me apetece demasiado. Entonces ella se da la vuelta y muestra sus dos pechos, no son pequeños para lo pequeña que es ella, dos maravillosos pechos con un pezón grande y oscuro. Ella parece girarse hacia mi para mostrármelos aun mejor, eso no es posible, no sabe de mi presencia allí.

Saco mi pene del bañador y comienzo a masturbarme con fuerza, sin poder dejar de mirar esos pechos, esas piernas, ese estómago, esa sonrisa... entonces reparo en que me está mirando. ¿Puede verme realmente? La mujer sonríe, se levanta y comienza a caminar lentamente hacia mi, arrastrando los pies sobre la arena casi a cámara lenta. Dejo de masturbarme, pero soy incapaz de moverme, mis músculos están cincelados en piedra, soy la estatua de un mirón sosteniendo una polla erecta. La mujer llega a mi altura, vestida tan solo con la minúscula braguita de bikini, ahora puedo ver sus pechos mejor, su piel tostada y perlada de sudor. Su magnífica sonrisa.

-¿Por qué has parado? -pregunta

Vuelvo a masturbarme mientras ella coloca suavemente una de sus manos bajo mis testículos, masajeándolos lentamente. Alargo yo la otra mano y acaricio uno de sus pechos.

-Dale fuerte, quiero ver la leche salir disparada -ordena ella.

Sigo acariciándola, seguimos acariciándonos. Entonces ella se arrodilla e introduce mi pene en su boca, comienza a chuparlo sin dejar de mirarme a los ojos. Le cojo con fuerza de esos cabellos desordenados y comienzo a follar su boca mientras la mujer, arrodillada, coloca sus manos en su espalda en actitud abiertamente sumisa. Ambos sabemos lo que somos y con lo que fantaseamos. La diferencia es la distancia entre un sueño y la vigilia. En nuestras prolíficas mentes, todo es posible. En nuestras respectivas realidades, todo tiene consecuencias.  La fantasía es un mundo que carece de los límites propios de la moral, un maravilloso lugar donde los deseos más escondidos se despliegan sin barreras. En la fantasía todo fluye con perfección, sin miedo al rechazo, sin riesgos emocionales, sin el peso de la responsabilidad. Son creaciones privadas, escenarios diseñados para el placer sin interrupciones ni imprevistos. El mismo placer que su boca y su lengua están proporcionándome en ese preciso instante. La mujer a la que había contemplado durante todos esos meses de deseo reprimido es ahora una servil sumisa a mi servicio. 

El deseo se mezcla con el nerviosismo, la torpeza, la duda. Lo que en la mente parece perfecto, en la vida real puede volverse impredecible, incluso incómodo. No obstante, ahora, en aquel lugar, nosotros dos… todo es perfecto. Un paréntesis tan grande como los árboles que nos rodean. Siento que voy a correrme y así se lo hago saber.

-Córrete en mi boca -ordena ella sacándosela de la boca durante unos instantes- quiero tragármela toda, quiero volver a la arena con el sabor de tu semen en mis labios.

Pero la imperfección de la realidad donde se esconde su belleza. Porque a diferencia de la fantasía, lo real puede tocarse, sentirse, vivirse. Y aunque nunca será tan ideal como en la imaginación, es lo único que puede ser genuinamente compartido. Me corro sin poder evitarlo mientras ella habla, lanzando oleadas de semen sobre su hermoso rostro, en sus labios. Ella rápidamente abre la boca y traga lo que queda. Luego, ante mi sorpresa, recoge con los dedos lo que ha caído en su cara y se los mete en la boca. 

Después se levanta y, sin decir más, vuelve a su lugar en la playa.

Continúo observándola, tumbada sobre la toalla, la imagino saboreando los últimos restos de mi semen. ¿Ha ocurrido realmente o ha sido tan solo el fruto de mis delirios bajo el ardiente solo y ella nunca se había levantado de la toalla?

Ella gira la cabeza para mirarme, yo saludo con una mano, como el inocente escolar que se despide en el autobús escolar. Ella rompe a reír. Después coge su teléfono móvil y comienza a teclear algo. Un mensaje llega a mi móvil.

“Ahora vuelve a tu casa, no echemos mas gasolina al fuego. Volveremos a quedar y me follaras bien fuerte por todos lados ¿comprendido? Ah... y quiero volver a tragarme tu leche, me gusta su sabor.”

Mis piernas comienzan a flaquear, voy a perder el sentido.

“Si, mi ama” contesto al mensaje sin darme cuenta de lo que acabo de teclear

Definitivamente, aquella mujer única acaba de convertir mi voluntad y mi firmeza en una toalla mojada con la que golpearme.

Y yo encantado de ello.

martes, 18 de marzo de 2025

Animales heridos bajo la lluvia (relato)

 


La lluvia tamborilea sobre el techo del coche, con una cadencia casi musical. El interior, donde estoy esperando, es un refugio íntimo, ajeno al caos de la tormenta. Espero con el motor encendido y el aire cargado de expectativas. Veo tu silueta acercarse a través del parabrisas empañado. Cuando abro la puerta, entras como alguien caído desde las alturas. Un leve perfume a jazmín y madera lo envuelve todo, mezclándose con el cuero del asiento y mi propia impaciencia.

Suspiras, acomodándote, sin mirarme demasiado. Puedo ver esa maravillosa sonrisa dibujada al óleo en tu rostro. Algo flota en el aire entre ambos, algo peligroso, algo que nunca debería mencionarse. Mis dedos tamborilean en el volante, acomodándome al sonido de las gotas, acompañando tu sonrisa con mi sonrisa que es más un desafío que una cortesía.

—¿Cómo ha ido el turno? —pregunto con voz grave, arrastrando las palabras.

Tú te recuestas contra el asiento, con la vista perdida en las luces de la ciudad.

—Estoy cansada.

Giro mi cabeza y te observo de perfil. Tan frágil pero tan fuerte, tu pelo lacio, tu cuello de piel tostada expuesto, el reflejo de las farolas en tus labios húmedos. Podría seguir sentado ahí durante horas, observándote sin más. Pero hemos acordado que te pasaría a buscar para conducir hasta tu casa y alejarme sin preguntas. 

Es la primera vez que nos vemos después de meses de hablar en la virtualidad.

Eres tan hermosa que ni quiero poner el coche en marcha, en cambio, apoyo un brazo en el respaldo de tu asiento, inclinándome apenas hacia ti.

—Siempre he pensado que las noches son mejores bajo la tormenta —murmuro.

Tu giras el rostro lentamente y nuestras miradas se encuentran, por vez primera. Es un instante que lo dice todo.

La lluvia arrecia. 

Dentro del coche, el aire se vuelve denso, pesado. Afuera, la ciudad sigue su curso, ajena a lo que está a punto de ocurrir.

Me acerco y te beso en el cuello suavemente, hueles levemente a sudor, a perfume y a café. Lo siguiente que recuerdo es que estas sentada sobre mí, te has despojado de los pantalones y yo también de los míos. Estamos sentados en los asientos traseros del coche, haciendo el amor delicadamente o follando como dos animales heridos bajo una tormenta. Las dos cosas y ninguna. Siento mi pene entrando en tu sexo húmedo, una y otra vez. Algo inevitable. Puede que hubiésemos sido capaces de esperar unas semanas o unos meses más. Pero la certeza de que sucedería era algo tan firme que ni nuestros mayores miedos podían vencer nuestros deseos. Mis manos se deslizan bajo tu camisa de trabajo, intentando entrar bajo tus sostenes, lo consigo, acaricio tus pezones erectos. Tus pechos son mas grandes de lo que imaginaba. Quiero lamerlos, quiero saborearlos. Pero ahora es imposible porque nuestras lenguas son una solo. Tu sigues saltando sobre mi pene mientras te cogo por las caderas. Con el olor a sexo impregnando cada una de las esquinas del coche. 

Sexo, sudor y lágrimas de placer. La tercera guerra mundial está a punto de desatarse.

Media hora más tarde estamos estacionados a dos calles de tu casa. Continúa la lluvia, seguimos dentro del coche. Tu me regalas una de esas sonrisas que tanto conozco de haberlas visto en foto, mi corazón está a punto de estallar de gozo. Eres tan hermosa, tan inteligente, tan perfecta que casi ni puedo creer que existas.

-No volveremos a follar -dices antes de darme un beso en la mejilla e irte.

No volveremos a follar, repito una y otra vez mientras saco mi pene del pantalón y comienzo a masturbarme con fuerza, con el olor de tu sexo y tu sudor aún impregnados por todos lados, necesito correrme antes de que ese olor se desvanezca.

No volveremos a follar. 

Me repito una y otra vez mientras nos imagino en la habitación de un hotel, completamente desnudos, haciendo el amor. 

No volveremos a follar, nunca en el coche. 

Pero volveremos a hacer el amor en un hotel como dos amantes furtivos, como dos animales heridos.

Es peligroso pero es demasiado tentador...

sábado, 8 de marzo de 2025

Tan sucio, tan limpio (relato)

 




La lluvia cae con una cadencia hipnótica, cada gota encarna una húmeda promesa que recorre mi piel sin tocarla, erizándola. Es un grito primitivo, el murmullo que despierta mi cuerpo desde dentro. El sonido de las gotas deslizándose por el cristal es el mismo escalofrío que se desliza por mi espalda, una caricia que aviva el deseo de convertirme en el lobo de la siempre eterna caperucita.

El aroma que envuelve la ciudad bajo la lluvia se convierte en un conjuro embriagador, una promesa de dos pieles calientes encontrándose en la penumbra, el sudor de ambos se entremezcla con el agua de la lluvia formando una película entre los cuerpos. 

El viento trae consigo el peso de lo inevitable, una corriente eléctrica que eriza mi piel y enciende mi sangre. Siempre ha sido así y ya he tirado la toalla, no hay explicación lógica a lo ilógico. La tormenta ruge a lo lejos, y en su eco resuena mi anhelo: la necesidad de perderme entre tus brazos, desbordar mi pasión y permitir que esa provocativa lluvia me consuma con su danza salvaje.

Escucho la lluvia caer, los truenos rompiendo el cielo en la lejanía. Imagino tu cuerpo desnudo y mis labios recorriendo cada rincón, mordiendo, sorbiendo, lamiendo, saboreando… absolutamente todo.

Imagino lo más sucio convirtiéndose en lo más tierno y viceversa. Imagino un polvo rápido en el callejón trasero a un restaurante, lleno de cajas de cerveza vacías, un cubo de basura que huele a eso, sucios canalones que descienden desde los pisos allá a lo alto, transportando sus miserias hasta las hediondas cloacas mientras el agua cae sobre nuestros cuerpos y yo, a cada embestida, entro más en tu cuerpo, susurrándote al oído que debemos ser inmorales, debemos mentir, debemos ser sucios y debemos ser todo cuando nos han dicho que no seamos.

Escucho la lluvia caer y nos imagino en la habitación de un hotel, haciendo el amor sobre unas impolutas sábanas blancas mientras la ciudad nos observa a través de unos grandes ventanales pintados de gotas de agua. Imagino naufragar en tu mirada y besarte delicadamente mientras digo que te quiero.

Un nuevo trueno me hace imaginar el sexo sucio en el hotel y el sexo amoroso en el sucio callejón. La lluvia transmuta mi voluntad en un vaso lleno de gelatina.

Me gustaría sentarme frente a ti para mirar esos ojos y escuchar tu voz durante horas. Pero sucede que en un día de lluvia como hoy lo que realmente mi alma de lobo feroz desea es arrancarte la ropa, morderte en un hombro, sorberte los pezones, hundir mi cabeza entre tus piernas, penetrarte por todos lados, correrme en cualquier parte de ti, luego ducharnos juntos y volver de nuevo a correrme en otro lugar. Escuchar tus gritos de placer, llevarte al orgasmo tantas veces que las matemáticas carezcan de toda lógica. Ser sucio, tan sucio que ni bañándonos en salfumán consiguiésemos limpiar nuestras almas.

Quiero ser sucio y quiero admirarte. Quiero que la lluvia cese y que nunca deje de llover.

martes, 28 de enero de 2025

El bar del deseo


El hombre empujó las puertas del bar del hotel, envuelto en el amortiguado eco de las conversaciones entre amantes y hombres de negocio, bajo el tintineo de algunas copas. Un aroma suave de madera pulida, whisky y ambientador flotaba en el aire, mezclado con la tenue iluminación haciendo que todo pareciese un secreto conocido. ¿Por qué los bares de los hoteles son tan oscuros? Su corazón latía con un ritmo que nunca habría previsto, sentía que iba a salirsele del pecho de un momento a otro, literalmente. El corazón se abriría paso a través de sus costillas, desgarrando su piel y saliendo fuera de su cuerpo para quedarse ahí latiendo, suspendido en el aire, mostrando a todos y a todas la velocidad a la que explotan los órganos. Se consoló imaginando que era mejor eso que "el corazón le saliese de por la boca".

Había pasado meses observándola a través de una pantalla. Su perfil, sus palabras, incluso las fotos donde aparecía mientras la luz caía sobre su cabello. La había encontrado en un rincón olvidado de la red, un lugar nada íntimo y demasiado habitado donde ella brillaba como la estrella más cercana. El universo de la virtualidad.

Ella no sabía que él estaría allí, esa noche, en su territorio real. El tampoco lo había sabido hasta treinta minutos antes, cuando se armó de valor y decidió llegar hasta donde estaba ahora. Se sentó en la barra, eligiendo un taburete en un extremo, donde podía verla sin que la distancia revelara su interés. Estaba ahí, más tangible de lo que jamás había imaginado. Llevaba una camisa blanca ajustada, con las mangas enrolladas justo por debajo del codo, y un delantal negro que delineaba su cintura. Su cabello, recogido, dejaba escapar un mechón que rozaba su cuello cuando se inclinaba para recoger una copa.

La observó moverse con una gracia que no se traducía en las fotografías. Sus manos, pequeñas pero firmes, manejaban las botellas con una precisión casi hipnótica. El sonido de su risa corta, al responder a un cliente, atravesó el ruido del bar y llegó hasta él, haciendo que se le tensara la espalda.

Pidió una cerveza, más por necesidad que por excusa. Cuando ella se acercó para atenderle, le ofreció una sonrisa breve, contenida. Su mirada lo estudió por un momento, y él se preguntó si había algo que delatara su propósito. ¿Alguna vez le había dicho como era? Tampoco le había enviado ninguna foto a ella. ¿Quizás la voz? Tampoco... todo era imaginación suya. La estrella mas brillante del universo no podía adivinar quien era, de ninguna forma.

-¿Algo más? -preguntó ella, con una voz que resonaba más suave de lo que había imaginado.

-Nada, todo perfecto -respondió él, midiendo cada palabra.

Ella asintió, sus labios curvándose apenas, y volvió a su danza detrás de la barra. Él siguió bebiendo despacio, viendo cómo interactuaba con los demás, cómo su energía llenaba el espacio sin pretensiones. No se trataba solo de atracción; era el misterio, el puente entre lo que conocía de ella y lo que ahora veía. El tiempo pasó entre sorbos y silencios, entre las sombras de las velas y las risas distantes. Finalmente, cuando ella se acercó para retirar su vaso vacío, él tomó valor.

-Sabes quien soy ¿verdad?

Ella levantó una ceja, intrigada, mientras sostenía el vaso.

-No se de que me habla, señor -dijo, con un tono de desafío en su tono.

No supo si lo había reconocido o si simplemente jugaba con él. Pero en ese momento, el abismo entre lo virtual y lo real parecía haberse estrechado, lo suficiente como para dejar entrever ese rayo de sol que aparece entre dos nubes negras, de repente.

Entonces ella sonrió, una sonrisa que él no había visto desde que había empujado las puertas del bar del hotel. 

La mujer volvió al cabo de un rato, con otra cerveza que plantó frente al hombre. 

-Invita la casa -dijo ella volviendo a mostrarle esa sonrisa.

Una sonrisa solo para él

-¿Estás segura? ¿No te meterás en un lío?

-Es el máximo lio en el que me meteré hoy, creeme -dijo volviendo a sonreírme antes de desaparecer por alguna puerta del local.