Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa… ¿Quién, en su sano juicio, le soltaría esa sarta de improperios a otra persona? Yo me considero juicioso y lo he hecho, muchas veces (que nunca me parecen demasiadas).
Pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil... ¿Disfruto
humillando así a otra persona? Si, bastante (y sigue sin parecerme demasiado).
Voy a prejuzgarme a mi mismo y asegurar rápidamente que soy un machista, un maleducado, una persona infecta… ¿Lo soy? La verdad es que no. ¿Entonces? Entonces volvemos a la conocida palabra que he usado muchas veces (y tampoco serán demasiadas): el consenso. A ver como salvamos esto: pensareis… “si hay consenso es porque la otra persona permite que le hablen así ¿pero por que lo permitiría? Bueno, si habéis venido antes a este blog sabréis (mas o menos… y nunca es suficiente) lo que es el BDSM y como hay personas cuyo placer (casi sexual) es ser humilladas. Así pues, si hay consenso y esa persona disfruta... todo bien ¿no? Pues aun hay gente que no entiende porque puedo disfrutar humillando a alguien porque cree que eso forma parte de mi personalidad. Lo cual significa no comprender lo que es un rol dentro del BDSM.
En toda mi vida he humillado a nadie usando el insulto porque nunca se me pasaría por la cabeza lastimar la dignidad ni el orgullo de absolutamente nadie. Pero lo hago, a menudo (una vez más… nunca es suficiente). Porque solo siento placer haciéndolo si la otra persona siente placer siendo humillada. Y aun y así habrá gente que pensará que soy un enfermo, que soy un machista que aprovecha el BDSM para tener patente de corso, que miento o que manipulo. De acuerdo, si habéis llegado a este punto y seguís pensando eso, abandonad inmediatamente este blog porque nada de lo que leáis, os va a sacar de vuestro prejuicio sino afirmarlo.
Ambos saldremos ganando, tu y yo.
