Hace mucho que no sabía nada de ella. Cinco años, quizá alguno más. El tiempo, tiene la mala costumbre de pasar. Pero la recuerdo perfectamente. Entre otras cosas porque fue la última persona con la que disfruté de verdad siendo amo (o jugando a serlo, que a estas alturas tampoco vamos a ponernos académicos). Todo lo que vino después fue, en mayor o menor medida, un intento de repetir el pasado con ella y con otras que la precedieron.
Muchos os preguntaréis qué pasó para dejar pasar todo este tiempo. Lo de siempre: las
prisas, las expectativas y las ganas son un combustible maravilloso hasta que te explotan en la cara. Cuando las ganas se convierten en frustración, la razón muere ahogada.
Y acabamos mal. No pasó nada especialmente grave, pero tampoco nos despedimos
como dos personas civilizadas. Hubo reproches virtuales, algún que otro mensaje
desafortunado y, finalmente, silencio. La forma en que se gestionan muchos desencuentros
en el siglo XXI: dejamos de hablarnos sin vernos las caras y confiamos en que el tiempo haga el
trabajo sucio.
Y lo hizo. Durante unos cinco años. Hasta hoy que me ha escrito, creo que simplemente para saber de mí. Ni otros motivo. Hemos hablado de nuestras vidas, de cómo estamos, de lo que ha pasado durante todo este tiempo. Sin reproches, sin esa necesidad tan humana de demostrar quién tuvo razón. Eso ha sido lo mejor. Como si no hubieran pasado cinco años, sino cinco minutos. Aunque eso también me ha desconcertado. Algo me dice que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, nosotros seguimos exactamente en el mismo punto en el que lo dejamos. Y todavía no sé si eso es una buena noticia magnífica o una señal inequívoca de que estamos condenados. De que hemos perdido cinco años sumidos en la cotidianeidad de Matrix.
Reconozco que me he emocionado. He imaginado muchas volver a dominarla. ¿Por qué ella y no otras? No tengo ni la más remota
idea. Hay personas que pasan por nuestra vida y desaparecen. Y hay otras que,
por alguna razón, se quedan instaladas en algún rincón de la cabeza y no
conseguimos olvidarnos de ellas. Debería haberle escrito muchas veces. No lo
hice. Bueno, no exactamente: hace unos cuatro años la vi cruzando un semáforo
desde mi coche. Le mandé un mensaje diciéndole que la había visto. Su respuesta
fue tan cálida como sumergirse desnudo en las aguas de un fiordo noruego. Supongo
que no era el momento. Supongo que me lo merecía.
Ella lee este blog y sabe que hay bastante de ella escondida
entre algunos de estos textos. Incluso existe una sección llamada “La señora F”. Quizás no sabía que era ella. Si es así, enhorabuena: acabas de
descubrirlo.
Me ha pedido que escriba cómo me he sentido al volver a
saber de ella. Podría hacer un tratado haciendo gala de ese psicólogo de marca blanca
que que creo ser. Prefiero ahorrároslo. Lo resumiré en unos cuantos adjetivos:
sorprendido, contento, curioso, excitado, emocionado, dubitativo e ilusionado.
Aunque no son emociones completas. Son más bien pequeños trozos de emociones
que se han mezclado entre ellas.
La señora F tenía una maravillosa costumbre: cada día me enviaba
una fotografía después de la ducha, con una toalla en la cabeza, completamente desnuda y siempre sonriendo. Borré todas aquellas fotografías hace tiempo. Mi memoria, en cambio,
decidió hacer una copia de seguridad. Y allí siguen. Soy capaz de recordar cada
centímetro de su piel.
¿Y ahora qué? No tengo ni idea.
Supongo que, si ahora mismo me dijese que fuera a su casa, probablemente saldría disparado antes incluso de haber terminado de leer su mensaje. Hay cosas que cinco años no consiguen curar del todo. Volvería a retomar lo que dejamos. A pesar del tiempo. A pesar del desencuentro. A pesar de todo lo que ha cambiado. Es lo primero que siento al saber de ella. ¿Por qué? Algunas cosas no queremos recuperarlas exactamente como fueron. Queremos descubrir qué podrían ser ahora. Retomar una ilusión antigua con una vida nueva. Recuperar aquella excitación, aquella complicidad, aquella sensación de estar haciendo algo que quizá no deberíamos hacer y, precisamente por eso, resultaba tan difícil de olvidar. Pero hay otra parte de mí que tiene un miedo atroz de repente. Miedo de proponer algo y reducir su acercamiento, sus emociones y su curiosidad en una oportunidad egoísta. Porque ella ha vuelto a aparecer como persona, no como recuerdo, y no quiero cometer el error de confundir ambas cosas. Y, sobre todo, porque hace mucho tiempo que abandoné la frustración. La dejé atrás. La jubilé. O eso quiero creer. Y sospecho que ella sería la única persona capaz de hacerla volver diciendo una sola palabra: “no”.
Así que aquí estoy. Con más años, probablemente algo más de
sentido común y exactamente las mismas dudas que entonces. No sé qué ocurrirá. No
sé si esto será simplemente una conversación que llega cinco años tarde, el
principio de algo nuevo o simplemente una pequeña visita del pasado para
recordarme que hay historias que nunca terminamos de cerrar y, si se cierran, se han de cerrar con un buen sabor de boca.
Hoy he vuelto a saber de la señora F. Y, sinceramente, después
de cinco años, eso ya me parece suficiente motivo para decir una cosa:
Hoy es un buen día.

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