lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo. 


martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.