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domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Elogio de las piernas (femeninas)


Todos tenemos piernas. Normalmente son dos, algo que sucede también con los ojos, las orejas, las manos, los testículos o los pechos, todos vienen de fábrica en un pack indivisible. A no ser que la (mala) fortuna o la cirugía se hayan involucrado en tu vida. Todas esas partes de nuestra anatomía no se venden por separado, como los huevos en un supermercado. Repito: dos piernas. Sigamos.

Las piernas femeninas han adquirido un estatuto en el imaginario masculino. No ocurre lo mismo con las piernas masculinas contempladas desde el punto de vista femenino. Algo bastante injusto para la industria nosotros, los machos cabríos. La explicación tiene que ver con la cultura, la moral y esa maravillosa costumbre de declarar pecado lo que nos fascina. Hubo una época en que una mujer no debía enseñar las piernas porque eran consideradas algo erótico. En el mecanismo de prohibir una cosa, conseguimos convertirla precisamente en aquello que pretendíamos ocultar: un objeto de deseo.

Los hombres (y aquí hablo de los heterosexuales, porque toda afirmación general necesita su aclaración) observamos piernas femeninas con una intensidad que recuerda a José Luis López Vázquez siguiendo a las suecas en cualquier película española de los años sesenta. Solo falta que sonase una música pop y un montón de hombres corriendo y gritando “¡a por las suecas!”.

Aclaro también que me refiero a personas nacidas con dos piernas. No tengo nada contra las personas con una, tres o ninguna, pero la política de la cancelación me obliga a convertir un comentario sobre extremidades en una declaración jurada ante notario.

Hombres heterosexuales y mujeres de dos piernas. Aclarado.

Pasemos ahora a una escena sencilla. Observamos a una mujer en la playa, semidesnuda. Miramos, pero al cabo de unos segundos desviamos la vista. La desnudez completa tiene algo de trabajo de oficina. Ya está todo el expediente sobre la mesa. Nos hemos acabado el libro. No queda misterio que gestionar.

Segunda escena, igual de sencilla. Esa misma mujer aparece poco después sentada en un bar, con una falda que parece haber sido diseñada por alguien que tenía una idea muy precisa de cuánto tejido era imprescindible para que aquello continuase llamándose falda (y no cinturón). Y entonces sucede la magia: la mirada permanece clavada en esos muslos, esos tobillos. El cerebro se activa. El perro de Pavlov empieza a salivar.

Porque las piernas, en realidad, no fueron inventadas para ser mostradas, sino para ser sugeridas. Y ahí reside gran parte de su poder. La mujer podría, si quisiera, dominar el mundo mediante una herramienta extraordinariamente sencilla: el largo de una falda. No importa tanto cómo sean las piernas. Importa cuánto de ellas se muestra. Una pierna hasta la rodilla es anatomía. Un poco más arriba, es literatura. Mas arriba empieza la política exterior. Y aquí llegamos a una de las grandes ironías de la civilización: hemos pasado siglos intentando controlar el cuerpo femenino mediante moral, religión y normas sociales para descubrir que quizá el instrumento de dominación más eficaz era una prenda que se puede subir o bajar unos cuantos centímetros. Nos hemos centrado en el escote cuando el arma de destrucción masiva era el largo de la falda. Espero que ninguna mujer lea esto o, aparte de pensar que soy un viejo verde (cosa que no está demasiado alejada de la realidad), también se dará cuenta del arma esconden sus piernas. Eso ha sonado mal ¿verdad? Me refiero a las piernas en si, al recorrido, no a su destino.

Cambio de tercio: me gustan las piernas de las mujeres. Lo reconozco sin pudor. Para mí son las columnas que sostienen el mundo, lo cual es una metáfora arquitectónica bastante más elegante que decir simplemente que me gustan mucho. Mucho. Al decir esto imaginareis que miro las piernas de las mujeres de forma inapropiada. Es posible. Pero tampoco voy a fingir una culpa que no siento. La mirada humana lleva millones de años haciendo cosas mucho más preocupantes que mirar unas piernas.

¿Por qué me gustan tanto? Pertenezco a una generación educada bajo la fascinante (y cristiana) premisa de que determinadas partes del cuerpo eran pecaminosas si se observaban demasiado, mientras otras podían contemplarse tranquilamente durante horas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nos enseñaron que ciertas cosas no debían mostrarse. Y entonces uno creció descubriendo la paradoja: cuanto más intentaban esconderte algo, más interesante se volvía. ¿Creéis que Dios encajó unas piernas ahí con el único propósito de que sirviesen para llevar el resto del cuerpo de un lado a otro? Podría ser una idea razonable, aunque resulta un poco decepcionante pensar que el gran creador del universo diseñó semejante mecanismo con una función mecánica, pero no estética.

Cuando escribo relatos eróticos, suelo describir las piernas de la mujer enfundadas en medias oscuras. No es casualidad. La media añade ese pequeño margen de misterio. Además, en un relato erótico hay que mantener cierta tensión. La literatura, como la vida, necesita saber cómo encontrar estímulos para que la cosa no se desinfle. Nunca mejor dicho.

Al final, quizá todo se reduzca a eso: a la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos. La pierna desnuda es un hecho. La pierna sugerida es una posibilidad. Y la imaginación, como saben perfectamente los dictadores y los poetas, es más peligrosa que la realidad.

Así pues, enséñame tus piernas (aunque de forma parcial) y me postraré ante ti. Ponte una falda y deja que mi imaginación haga el resto.

De eso se trata la vida.





sábado, 15 de agosto de 2026

Reivindicar la palabra PERVERSION


 


La palabra “perversión” ha sido demonizada durante mucho tiempo, nos hemos empeñado en darle connotaciones negativas que la convierten en algo oscuro, peligroso o moralmente cuestionable. Casi en una enfermedad mental. Quizás deberíamos empezar a separar la palabra de los prejuicios porque una fantasía, por extraña, intensa o poco convencional que pueda parecer, no es en sí misma algo malo. Las fantasías forman parte de la imaginación y de la libertad y nos permiten explorar deseos que quizá no tendrían cabida en nuestra vida cotidiana. Lo verdaderamente importante no es tanto que una fantasía sea convencional o no, sino como la convertimos en realidad. Cuando dos personas adultas deciden explorar libremente una fantasía y lo hacen desde el consentimiento, la comunicación abierta y el respeto al otro, esta experiencia se convierte algo real y ajeno al peligro. El consentimiento permite establecer límites; la comunicación permite saber qué desea y qué no desea cada persona; y el respeto garantiza que nadie sea presionado, manipulado o perjudicado. El famoso SSC del BDSM o la lógica de cualquier otro tipo de relación. Quizá deberíamos dejar de utilizar "perversión"* como sinónimo automático de maldad. Una fantasía consensuada no debería ser juzgada simplemente porque se salga de lo habitual. La frontera no está entre lo “normal” y lo “anormal”, sino entre aquello que se hace libremente, con consentimiento y respeto, y aquello que implica fuerza, daño o ausencia de consentimiento. Reivindicar la palabra “perversión” significa reivindicar el derecho de los adultos a explorar su imaginación y sus deseos de forma responsable. No todo lo diferente es peligroso, y no todo lo convencional es necesariamente bueno. Siempre lo he visto de esta forma y siempre lo veré así porque cuando existe libertad, consentimiento, límites claros y cuidado mutuo, las fantasías pueden encontrar una forma de expresión segura, sin necesidad de convertirse en una amenaza para quienes participan. Las perversiones, si entran en este marco seguro, son el aderezo picante para convertir ese menú diario que es la cotidianeidad en algo mas sabroso, divertido y excitante.


sábado, 8 de agosto de 2026

Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa, pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil...



Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa… ¿Quién, en su sano juicio, le soltaría esa sarta de improperios a otra persona? Yo me considero juicioso y lo he hecho, muchas veces (que nunca me parecen demasiadas).

Pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil... ¿Disfruto humillando así a otra persona? Si, bastante (y sigue sin parecerme demasiado).

Voy a prejuzgarme a mi mismo y asegurar rápidamente que soy un machista, un maleducado, una persona infecta… ¿Lo soy? La verdad es que no. ¿Entonces? Entonces volvemos a la conocida palabra que he usado muchas veces (y tampoco serán demasiadas): el  consenso. A ver como salvamos esto: pensareis… “si hay consenso es porque la otra persona permite que le hablen así ¿pero por que lo permitiría? Bueno, si habéis venido antes a este blog sabréis (mas o menos… y nunca es suficiente) lo que es el BDSM y como hay personas cuyo placer (casi sexual) es ser humilladas. Así pues, si hay consenso y esa persona disfruta... todo bien ¿no? Pues aun hay gente que no entiende porque puedo disfrutar humillando a alguien porque cree que eso forma parte de mi personalidad. Lo cual significa no comprender lo que es un rol dentro del BDSM.


Insultar es la acción de ofender, provocar o agraviar a alguien mediante palabras o actos hirientes con la intención de lastimar su dignidad u orgullo. 


En toda mi vida he humillado a nadie usando el insulto porque nunca se me pasaría por la cabeza lastimar la dignidad ni el orgullo de absolutamente nadie. Pero lo hago, a menudo (una vez más… nunca es suficiente). Porque solo siento placer haciéndolo si la otra persona siente placer siendo humillada. Y aun y así habrá gente que pensará que soy un enfermo, que soy un machista que aprovecha el BDSM para tener patente de corso, que miento o que manipulo. De acuerdo, si habéis llegado a este punto y seguís pensando eso, abandonad inmediatamente este blog porque nada de lo que leáis, os va a sacar de vuestro prejuicio sino afirmarlo.

Ambos saldremos ganando, tu y yo.


viernes, 24 de julio de 2026

Morder, imaginar, sexualizar, reflexionar... vivir

Si nuestros abuelos tuviesen internet (y algunos lo tienen) lo que dirían (o piensa) sería acerca de cuanta fresca hay suelta en las redes. Antaño se denominaba fresca a una mujer que actuaba con descaro, o que no mostraba la sumisión o el “decoro” esperado. Por supuesto, es una expresión que viene de una época donde la mujer, como se decía, no solo debía ser honesta sino parecerlo. Una mujer sometida al patriarcado. Una mujer a la que no se le permitía liberarse porque el patriarcado imaginaba que esa liberación significaría un retroceso en todas las ventajas que llevaban disfrutando como hombres apenas unos cientos de miles de años.

Hoy en día, las mujeres pueden mostrarse como deseen donde deseen sin miedo a que nadie piense de ellas que son unas “frescas”. Pero, como también dirían nuestros abuelos, toda “modernidez” tiene sus desventajas. La mujer puede mostrarse como desee en las redes, pero eso no evita que decenas, miles, cientos de miles, millones y mucho mas de hombres las sexualicemos por el simple hecho de mostrar una foto en bikini en sus vacaciones de la playa, una foto de unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sentada en un asiento del metro o, como la foto que acompaña este texto. Cualquier segmento de piel femenina mostrada en redes, hace que los hombres imaginemos cientos de (oscuros y equivocados) motivos por los que se muestra la mujer. ¿Y cuáles son los motivos de esas mujeres? Imagino que lo hacen porque quieren, porque pueden y porque vivimos en el año 2026. ¡Maldita sea!

Pero no, nosotros sexualizamos todo y le otorgamos unas intenciones provocativas. “Esa mujer pide guerra” piensa (o pensamos) la mayoría. Si una mujer enseña los pezones es porque quiere algo. Menuda fresca, pensarían nuestros abuelos. Que buena foto piensan la mayoría de las mujeres. Me encantaría morder esos pezones, pienso yo.

¿Veis? Acabo de sexualizar a la mujer de la foto.

La foto pertenece a una mujer cuyo perfil de Instagram me llamó la atención no porque se mostrase desnuda en todas las fotos (todo lo contrario), tampoco por su físico (y es hermosa, al menos desde mis estándares) sino por la aleatoriedad de lo que mostraba y la aleatoriedad de los textos que lo acompañaban. Cuando veo eso en Instagram pienso: aquí hay vida inteligente. Y me quedo a vivir en esas páginas.

Hoy, cuando he visto que ha publicado la foto que acompaña este texto he pensado “me gustaría morderle los pezones” e, inmediatamente me he arrepentido de esta idea. ¿Debería? Si es lo primero que he pensado es porque es la verdad mas absoluta sobre lo que me ha hecho sentir la foto. Después de esta primera idea, lo siguiente ha sido querer escribir sobre la foto. Pero tenía que adjuntarla a este texto para que me comprendieseis. Y lo he hecho (después de que ella me diese permiso). Porque debéis tener en cuenta siempre una cosa: las fotos pertenecen a las personas que las hacen, las postean o las protagonizan. No a los observadores.

Aunque en mi caso, viendo esta foto, soy mas un voyeur descarado que un observador.

Y eso me hace sentir mal porque no quiero sexualizar a nadie. Por muy sexual que me parezca la foto. Y quizás por eso estoy escribiendo este texto, a modo de disculpa porque siento que la pasión se ha impuesto a la razón. Y escribir es volver a la razón e intentar comprender porque ha sucedido eso. Analizar, comprender, enfriar la cerveza antes de beberla.

Reconozcámoslo, no es nada malo querer morder los pezones de una desconocida porque has visto una foto suya. Lo malo sería mordérselos sin su permiso. Lo malo sería perseguirla o acosarla.

Hace años conocí a una persona que me hizo entender que no me debo culpabilizar de mis fantasías porque son parte de mi y porque son eso: fantasías. No hago daño a nadie. Quizás por eso hace (demasiados años) comencé a practicar BDSM, porque muchas de esas fantasías podían hacerse realidad en un escenario seguro, sano y consensuado (SSC). Y una de esas primeras personas con las que lo practique fue esa persona. Ella trabajaba de psicóloga y era la mujer mas inteligente que he conocido nunca. Mucho de lo que soy, se lo debo.

Ahora veo de nuevo esa foto y sigo pensando que me gustaría ponerle un antifaz en el rostro para no ver sus ojos ni que ella vea los míos y simplemente morder y saborear esos grandes pezones hasta quedarme sin fuerzas. Y luego decirle adiós a la mujer sin habernos mirado nunca a los ojos. Eso es una fantasía. Y eso es aceptable. Incluso escribir esto es aceptable. Aunque signifique que he sexualizado una foto que quizás no tenía ese componente sexual para quien la hizo y la mostró.

¿Importa realmente eso? Vivimos en un mundo repleto de violencia, enfermedades, tragedias, desastres, guerras y confrontación por absolutamente todo. Imaginarme besando esos pechos y mordiendo suavemente esos pezones hace que, durante unos instantes, el mundo sea infinitamente mejor y mas excitante. Escribir ahora esto es intelectualmente satisfactorio (al menos para mi). No hablo de esas distracciones banales para olvidarnos de lo difícil de la vida. No hablo del pan y el circo de los romanos.

Hablo de algo que tiene todo el sentido en mi mundo: la pasión por lo que haces o por lo que observas.

Contemplar esa foto, esos pezones ahogados por la lencería y atravesados por dos aros, ver ese cuerpo real y tatuado. Imaginar a esa mujer en la puerta de mi casa con los ojos vendados… es lo que me hace sentir feliz. Aunque la sexualice, aunque nunca suceda. Porque esto está sucediendo en mis fantasías. Y ese es un lugar donde no hago daño a nadie. Contemplada también vosotros y vosotras, contemplad esta maravilla de foto y olvidaos (durante unos segundos) de todo lo malo que os rodea. De eso se trata.

 


jueves, 23 de julio de 2026

Corrección Vs Incorreccíon

“Trátame como una puta arrastrada”, ordenó ella en voz baja en cuanto nos quedamos a solas. Era el momento exacto cuando (teóricamente) yo debía comenzar a ordenar. Y ella a obedecer. No fue la primera vez que sucedía, tampoco será la última. Pero esta vez las consecuencias han sido diferentes, aquí, sentado frente a mi ordenador. Años atrás nunca me habría cuestionado la pregunta, ahora tampoco la cuestiono porque entiendo su contexto. Pero, a diferencia tiempos pasados, ahora me pregunto si es buena idea exponerlo aquí. Llevo 42 años hablando sobre BDSM en todo tipo de plataformas, revistas, podcasts, libros, etc. y nunca me he sentido tan censurado como en la actualidad. Quiero aclarar algo: la censura es autoimpuesta, es una sensación personal, no es la realidad.

Nunca nadie me ha dictado lo que debo escribir. O dejar de escribir. Las reacciones a lo que digo, es algo que escapa a mi control. Es decir, debería seguir siendo indiferente el escribir algo que realmente sucedió.

Pero ahora resulta que me autocensuro.

Contar hoy en día que una mujer me ha dicho “trátame como una puta arrestada” y la he tratado como tal es algo que no está bien visto, aunque exista consenso, aunque sea un juego de roles. El problema es la verbalización de una expresión que, hoy en día, es censurable. Porque reducimos un escenario a la mínima expresión. No nos preocupamos por contextualizar. Soltamos frases echas y vamos hasta el siguiente juicio de valor como el que cuenta granos de arena en la playa.

Trataré a una mujer como una puta arrastrada si ese es su dedeo, si lo dialogamos con claridad, si existe consenso y voluntad por ambas partes. Siempre ha sido así y es lo natural. Pero no puedo exponerlo en voz alta. Lo cual me parece ridículo porque si la crítica es bienintencionada, pero se hace desde el desconocimiento, es el arma del tonto que tira una y otra vez piedras a un rio.

Por supuesto que, si llegamos al consenso, desde nuestra libertad mas absoluta y de forma segura y sabiendo lo que vamos a hacer… la trataré como una puta arrastrada si esa su fantasía. Pero esa no es la fantasía de toda mujer. Los gustos, los espacios, los deseos y los miedos son diferentes en cada persona.

Pero eso si me dices que quieres algo relajado y tranquilo, ni se me ocurrirá hacerlo de otra forma. Pero si me dices que quieres que te pervierta… lo haré sin problemas, aunque me cueste expresarlo en voz alta.

Porque en el consenso entre dos personas y en las fantasías propias, todo está permitido.


domingo, 5 de julio de 2026

Busco...




Buscamos mientras confesamos en voz alta que nada buscamos. Nos detenemos y observamos con curiosidad mientras aseguramos que solo estamos de paso. Indagamos cual detective de novela barata y cuando somos desenmascarados decimos que tan solo estábamos paseando por el parque, sin ningún otro propósito. No deberíamos avergonzarnos por reconocer que buscamos, pero nos pasamos el día asegurando lo contrario, desviando la vista, esperando algo que nunca llega. Nos encogemos de hombros cuando lo mas sencillo sería decir: "Claro que busco". En vez de eso nos escudamos en frases como "Yo no busco, pero si encuentro algo, bienvenido sea" o "Yo no busco aunque se lo que no quiero encontrar". Tópicos que caen en el mas común de los ridículos y nos arrastran hasta ese foso lleno de barro donde todos pelean por salir y nadie consigue escapar. Vivimos en la contradicción de esa vergüenza del que asegura no buscar cuando, por un motivo y otro (casi) siempre estamos buscando. ¿Por qué sucede? Si decimos que buscamos parecerá que no sabemos retener, parecemos desesperados o que estamos en un supermercado contemplando una estantería repleta de personas a quien escoger.

Pero la realidad es que buscamos, y en el BDSM buscamos mas aun porque una vez has probado las mieles de la práctica, no te gusta estar observando el partido desde el banquillo.

Conozco a cientos de personas y nunca soy capaz de reconocer que, de una forma y otra, estoy buscando a esa sumisa que quizás podía una de ellas. Incluso ahora, escribiendo esto siento que estoy haciendo algo reproblable porque este texto da a entender que busco a una mujer "sumisa" para practicar BDSM. Pero ahora mismo esa es mi circunstancia. Y no voy a pedir disculpas si las palabras "buscar", "bdsm" o "mujer sumisa" chirrían en las nuevas sensibilidades. Es lo que hay, no hablo de vosotros, hablo de mi.

Mucha gente en las redes sociales buscan encontrar a otras personas para cientos de propósitos diferentes. ¿Por que debería sentirme mal reconociendo que busco sumisa? ¿Me convierte eso en un fracasado? ¿Por qué alguien con mi experiencia no tiene sumisa ahora mismo? No creo que sea un fracasado pero tampoco me gusta pensar que alguien me juzga de esa forma...  "No será tan buen amo si no tiene sumisa...". Y una vez mas, temo que alguien, desde el desconocimiento, malinterprete que una persona diga "No tengo sumisa ahora mismo", como si las personas fueran una pertenencia transitoria.

Pero no puedo vivir constantemente mordiéndome la lengua por lo que piensen los demás. Asi que voy a pensar en mi mismo.

Si, busco. ¿Qué hay de malo?

El resto ya no depende de mi.

sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


domingo, 7 de junio de 2026

Prejuicio sin orgullo






Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.

La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”.  Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.

Usamos “prejuicio” como si fuera sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata: técnicamente posible, pero no recomendable.

La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.

Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el ascensor.

Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer, la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.

Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí. ¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio? Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).

Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja, guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de llevar una doble vida.

Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.


sábado, 6 de junio de 2026

Recuerdos íntimos


Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo. 


martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.


viernes, 10 de abril de 2026

Puntos de vista (entre el placer y la herida)





Hay gente que obtiene placer cuando sufren dolor. Hasta aquí podemos comprenderlo. ¿Y si decimos “me corro cuando me dan ostias”? Eso es mas extraño ¿no os pareces? A lo largo de mi vida he visto personas sumisas que disfrutaban con cosas que rechazamos de plano en la vida “real”.

Nunca le podría la mano encima a nadie, soy una persona muy respetuosa tanto en el fondo como en la forma, mi tolerancia no tiene límites respecto a los demás. Me considero amable y buena persona. No debería decir todo esto porque lo hago desde un punto de vista estrictamente subjetivo. Pero creo que es así.

Y no obstante he pegado, humillado, escupido, torturado, insultado, meado, arrastrado y usado a mucha gente en mi vida.

El contexto. De eso se trata. Y aunque no haya contexto (que, en este caso es el BDSM), mucha gente me tacharía de enfermo.

Todo eso que hice, moralmente reprobable, lo hice por conseguir que otras personas llegasen a alcanzar ese extraño placer que solo se da en el BDSM.

Entiendo que es difícil de comprender porque si digo que disfruto humillando a otra persona, no hay contexto que valga. Pero si digo que es en una sesión BDSM y la otra persona disfruta aun mas que yo de ser humillada, entonces es cuando rebajamos el prejudicio e intentamos comprender si eso es posible.

No intentéis comprenderlo: es posible. Y eso no me hace peor persona.

No soy un enfermo mental (ni yo ni las otras personas que lo hacen). Quizás mi salubridad mental sea mejor que la de aquellos que tienen deseos que reprimen. No hago daño a nadie, aunque parezca un contrasentido cuando también digo que he pegado a personas.

Y lo mas importante: BDSM no es necesariamente ser humillados, escupidos, torturados, insultados, meados, arrastrados ni usados. BDSM es un escenario donde sucede lo que dos personas acuerdan desde su libertad. Cualquier cosa que también puede excluir el ser humillados, escupidos, torturados, insultados, arrastrados o usados ¿Juzgar de enfermo a una persona que alcanza el orgasmo cuando la insultan? Desde mi punto de vista, quien lo juzga es quien tiene el verdadero problema. 


Mi amiga E


Mi amiga E acaba de separarse y como toda mujer hermosa que ya no tiene pareja, cientos de amigos, conocidos y saludados, se han lanzado a su caza cual depredadores sedientos de sangre. Los humanos somos así, en la desgracia ajena vemos una oportunidad propia. Yo no diré que me desagrade mi amiga E, todo lo contrario, me parece una buena persona, cariñosa, inteligente, divertida y terriblemente hermosa. ¿Y cual es mi posición al respecto? Por supuesto que me gustaría lanzarme sobre ella, arrancarle la ropa a mordiscos y después follar juntos con la efervescencia de quien sabe que solo quedan diez minutos para que el gigantesco meteorito impacte contra la tierra y volvamos a la época de los dinosaurios.

Es complicado porque me encanta como amiga, pero me encanta como mujer. No se si me encanta como amo porque mi intuición me mueve a dejar el rol fuera de esta ecuación.

Pero como buen espécimen al que las feromonas le nublan el sentido no puedo dejar de observar sus pechos (operados) luchando por romper las camisetas ajustadas que siempre viste. No puedo dejar de contemplar ese culo simplemente perfecto coronado por una cintura de avispa a la que me gustaría encadenarme para el resto de mi vida. No puedo dejar de mirar esas piernas largas, muy largas (mi amiga E es alta, muy alta) y esos tobillos finos e imaginármelos reposando en mis hombros. Su cara de rasgos duros pero angelical, su pelo lacio y si sonrisa eterna.

Puede que antes ya fuese ese viejo verde que la observaba en silencio de forma lasciva pero también con respeto. No porque tuviese pareja sino porque era mi amiga. Y la quiero demasiado para estropearlo intentando descubrir partes de ella que nunca he visto antes.

¿Qué hago? Continúo deseándola en silencio, pero con respeto. Imagino que, si ella leyese esto, cambiaria la opinión que tiene de mi (hacia peor) y esto lo asumo y lo integro en forma de silencio donde me sangra la lengua de tanto mordérmela.

Mi amiga E me tiene enamorado en casi todos los sentidos en los que una persona puede enamorarse de otra. Por eso no estoy haciendo absolutamente nada. Porque es mi amiga.


jueves, 1 de enero de 2026

Propósitos de año nuevo (un año más)



El mes de enero aterriza siempre con la misma energía espiritual: un calendario nuevo, un cuaderno sin estrenar y la firme convicción de que, por fin, vamos a convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos. Un Pokémon evolucionado, pero de marca blanca.

Los propósitos se alinean como si fueran un ejército disciplinado: ir al gimnasio, comer sano, leer más, ahorrar, ser mejores personas. Durante tres días (cuatro si eres un héroe) la cosa parece funcionar. Te levantas temprano contra tu voluntad, desayunas avena que sabe a relleno de cojín, lees diez páginas de un libro que no entiendes y te convences de que esta vez sí, ya está: has roto la maldición.

Pero entonces llega la vida real para adueñarse de nuestra voluntad, de repente nos da la impresión de que el gimnasio está cada vez mas lejos, la avena se convierte en un castigo medieval, el libro se queda en la mesita comiendo polvo y el ahorro… bueno, el ahorro se convierte en un concepto casi metafísico.

31 días después, febrero nos encuentra como cada año: con la tarjeta del gimnasio sin estrenar, un tupper de verduras marchitas en la nevera y la sospecha de que quizá, solo quizá, la mejor versión de nosotros mismos es la que no se toma tan en serio los propósitos.

Seamos honestos: si de verdad quisiéramos cambiar radicalmente, no esperaríamos al 1 de enero. Si esperamos es porque, en el fondo, nos encanta este ritual tragicómico de prometer lo imposible. Es nuestro pequeño teatro anual. Nuestro momento drama queen encima donde nuestros amigos y familiares nos aplauden.

¿Qué importa que el resultado sea siempre le decepción propia y ajena? A eso se le llama vivir.

Y ahora, si me permitís, voy a volver a lo mío que estoy dudando si apuntarme al gimnasio o beberme la tercera cerveza del día.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Sumar años, restar cosas




Después de conversar con alguien más joven que yo (solo es un hecho, no caigamos edadismos, que ya bastante tenemos con los “ismos” de siempre), me quedé pensando en una pregunta que me lanzó: ¿con los años te vuelves más frío o pierdes la ilusión? Yo, muy digno, contesté que no. Como siempre, mi dignidad me llevo a cometer un cierto error.

Porque contestar rápidamente “no” a una respuesta es como querer tapar el sol con un dedo. O peor aún, soltar un “no” de esa forma suena a excusa barata para protegerte de una pregunta que percibes como juicio existencial. Spoiler: esa persona no me estaba juzgando, simplemente es una persona que almuerza curiosidad con el café.

La respuesta no es un sí ni un no. Lo binario es tan aburrido como un examen tipo test.

Con los años no te vuelves más frío, pero sí más selectivo: solo muestras calidez a quien realmente te aporta algo. ¿Por qué? Porque ya te has quemado antes dando calor a quien no lo merecía. De joven confías hasta que te demuestran lo contrario; de mayor, desconfías hasta que te demuestran lo contrario. La ecuación se invierte y, sorpresa, esa desconfianza se disfraza de frialdad. Con los desconocidos, huimos de la calidez como si fueran vendedores de seguros. Pero con los cercanos, somos más cálidos que nunca, porque necesitamos ese contacto, esa sensación de refugio.

Respecto a la ilusión, no es que la pierdas, es que la batería se agota. De joven disparas a todos los estímulos que se cruzan en tu vida, porque tienes la energía para enfrentarte a todo. Con los años, la energía se evapora y ya no puedes hacer quince cosas al día sin acabar como un zombie. Así que reduces tus ilusiones a las que realmente puedes sostener. No es falta de ilusión, es falta de gasolina.

En resumen: no te vuelves frío, te vuelves selectivo. No pierdes ilusión, pierdes energía.

Hacerse mayor es un espectáculo tragicómico. Te transforma año tras año en alguien distinto. Y aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: cumplir años es inevitable. No luches contra eso, ni contra los cambios que trae. Cada etapa será distinta, y ahí está la gracia de vivir: aceptar que nada es permanente.


viernes, 12 de diciembre de 2025

En busca del reconocimiento



Mi blog (que antiguo tener un blog a estas alturas…) se ha convertido en un archivo interminable de palabras, artículos y reflexiones que se acumulan como si fueran los ladrillos de una pared que nunca terminaré de construir. Y lo curioso es que sé que alguien los lee. Las estadísticas no mienten: hay visitas (más de 20.000 usuarios diferentes desde que comencé), hay tráfico, hay ojos que pasan por mis frases a diario… pero lo que no hay son voces. Nadie comenta, nadie escribe, nadie se expone. De esos 20.000 usuarios diferentes que me han leído solo han comentado 14. Si las clases de matemáticas me sirvieron para algo es para calcular que tan solo el 0.07% de los lectores han comentado lo cual significa una clara anomalía convirtiendo el silencio en algo es absoluto, como si mis textos fueran consumidos en una biblioteca clandestina. Pero no me quejo, comprendo el motivo: la temática de este blog trata temas de adultos, pero también “perversos”. Y en ese terreno, la discreción manda. Leer es fácil, pero dejar huella es peligroso. Un comentario, un “me gusta”, un simple saludo puede convertirse en una prueba pública de que alguien estuvo aquí. Y claro, nadie quiere que quede constancia. Digo que lo comprendo porque a mi me pasa lo mismo otros escenarios parecidos que no son el mío.

Así que me acostumbrado a escribir para un público fantasma. Una multitud invisible que se asoma lee, se marcha y nunca deja rastro. Es lo más parecido a hablarle a una sala llena de gente con las luces apagadas: sabes que están ahí, escuchando, pero no ves sus caras ni oyes sus aplausos.

¿Me frustra? Mi ego dice que, en ocasiones, puede frustrarme, pero no se si creerle. ¿Me desmotiva? Nunca.

Porque al final, escribir siempre ha sido un acto solitario, y este silencio en cuanto a reacciones al blog es la confirmación de que cuanto escribo cumple su función: ser leído sin necesidad de ser confesado. El resto son paranoias basadas en ese reconocimiento que todos necesitamos. “Lo estas haciendo bien, hijo”. No, esa época ya pasó. Aunque aquí entra también otra paradoja: no necesito reconocimiento escrito porque tengo el reconocimiento silencioso. Si las estadísticas que reflejan las lecturas del blog fuesen casi cero… ¿diria lo mismo? Os seré sincero: creo que no. Escribimos por muchos motivos, hay gente que escribe para si mismos (por ejemplo, un diario personal), otros escriben como medio para ganarse la vida. Yo escribo porque me gusta hacer pensar a los demás y si las estadísticas dijeran que nadie me lee, con toda seguridad, me frustraría.

Así que, recostado en la silla, ahora imagino que mis palabras viajan en secreto, que se convierten en pequeñas complicidades anónimas. Y aunque nadie me escriba, aunque nadie se atreva a comentar, yo sigo aquí, tecleando. Porque si algo he aprendido es que el silencio también es una forma de respuesta.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

¿Puede una Inteligencia Artificial sustituir a un dominante en una relación BDSM?




La respuesta rápida ha sido rotunda: “una IA puede simular el rol de dominante, pero no sustituirlo del todo”. Lo más curioso de esta respuesta tan genérica como el ibuprofeno es que me la ha dicho una IA cuando le he hecho la pregunta que titula este artículo. Entonces, una IA podría  escribir un artículo “correcto” sobre este tema.... ¿pero puede también convertirse en el Amo de tus fantasías más oscuras? Spoiler: la cosa se complica.

En el BDSM, el dominante no es solo quien manda. Es quien cuida, observa, escucha y se adapta al consentimiento y bienestar de la persona dominada. No es un jefe cabreado, sino un terapeuta con órdenes firmes y agenda emocional. Requiere empatía, intuición, responsabilidad afectiva y una lectura constante del lenguaje verbal y no verbal. Es una práctica profundamente humana lo que implica emocionalidad e intelectualidad.

Algo que no puede hacer un Excel con voz sexy (lo siento, tenía que hacer la bromita).

¿Entonces puede una IA simular a un dominante? Por supuesto que sí: con scripts, algoritmos y respuestas adaptativas. Ya existen dóminas virtuales que dan órdenes, corrigen comportamientos y hasta ofrecen “aftercare” digital. Pero todo está preprogramado. No hay deseo genuino, ni conciencia, ni responsabilidad. Es como jugar al ajedrez con Siri: puede ganar, pero no disfruta humillándote.

La clave esta en la pregunta: ¿puede una IA simular a un dominante? Puede simularlo, pero siempre será una simulación. Lo se, he hecho trampa al solitario, la pregunta original habla de "sustituir", no de "simular", pero como no soy una IA, necesito de recursos literarios torticeros para seguir mi relato.

Ahora las buenas noticias: la IA siempre está disponible, incluso a las 3:00 AM cuando te sientes traviesa. Además, se adapta a tus gustos con precisión quirúrgica porque una IA esta programada para darte siempre la razón, para hacerte feliz. Además, una IA no juzga, no se cansa, no te deja en visto en whatsapp. Un escenario ideal para quienes quieren explorar sin exponerse emocionalmente. Pero cuidado: lo que empieza como una fantasía controlada puede acabar en una relación emocional con un chatbot que no sabe que es el sudor, los gemidos o el roce de la piel. El ser humano reacciona al olor, al miedo, a la duda, al roce o al silencio incómodo. La IA no, no existe reciprocidad real. Es como bailar bachata con una tostadora.

¿Queréis saber algo? Tinder ya usa IA para mejorar los matches. ¿Qué impide que un día te salga un perfil que diga: “Soy DomGPT? Te haré cumplir tus límites. Swipe si aceptas el contrato”? La IA podría analizar tus fotos, tus emojis, tus respuestas y hasta tus memes para adaptar su estilo dominante. Pero… ¿Quién tiene el control? ¿Tú, el algoritmo de la IA o la empresa que lo entrena? La pregunta da miedo, lo se. Pero es ese miedo irracional que tenemos todos a la IA. Un miedo que, en cierta forma, se asienta en el miedo a ser reemplazados.

Aquí entra el dilema ético: si el consentimiento es simulado, ¿la relación también lo es? Pues sí. Un dominante virtual NO es un dominante. Es una performance sin alma, sin límites y sin responsabilidad.

Desde el punto de vista psicológico, la IA puede ser útil para explorar fantasías en un entorno seguro. Pero también puede crear una falsa sensación de seguridad y acabar en una adicción emocional a una simulación. Es como enamorarse de un holograma que te dice “te amo” cada vez que pulsas enter. 

Si estás comenzando y quieres información sobre BDSM o quieres jugar un poco con la IA para ser sometido/a... hazlo.  Ese entorno seguro puede que te ayude. Pero recuerda siempre: eso no es BDSM, es otra cosa.

¿Y si desarrollamos nuestra propia IA dominante? Perfecto. Pero cuidado con el nombre: no la llamemos DOMINABOT, que ya existe el DOMINOBOT… y juega al dominó. No queremos confusiones. Imagínate que en vez de azotes te propone una partida.

Bienvenidos al futuro donde los amos de carne y hueso empezamos a ser desplazados por inteligencias artificiales. Al menos siempre nos quedará el DOMINOBOT para las tardes de domingo. Y si no, siempre puedes volver al BDSM tradicional: con piel, con mirada, y con ese delicioso riesgo de que te lean el alma… no el código fuente.




viernes, 15 de agosto de 2025

El BDSM como camino de autoconocimiento y empoderamiento

 


El BDSM, más allá de todas esas cuerdas, látigos y órdenes que parecen instrucciones castrenses, puede convertirse también en una vía reveladora para conocerse a uno mismo. No hace falta tener una mazmorra en casa ni saber hacer nudos marineros para empezar a explorar. Lo primordial es la curiosidad, el respeto y, sobre todo, el consentimiento. Si conocéis el BDSM ya sabréis que no se trata de sufrir por sufrir, sino de comprender que es aquello que nos mueve y qué nos libera. Porque el BDSM nos hace sentir vivos… aunque sea con una venda en los ojos y alguien diciéndote que ni se te ocurra mover ni uno solo de los músculos de tu cuerpo.

Las personas descubren en el BDSM aspectos de sí mismas que ni la terapia ni los retiros espirituales logran sacar a la luz. Hay algo en todo esto de jugar con el poder, en cederlo o tomarlo, que desvela patrones emocionales, heridas antiguas y deseos que estaban escondidos detrás de la cortina del “yo soy normal” o "no tengo ningún problema". Spoiler: nadie es normal y todos tenemos problemas. En eso consiste vivir. Porque en el juego del BDSM (es un juego, contempladlo siempre así) uno aprende a poner límites, a comunicarse con claridad y a confiar, que no es poca cosa en estos tiempos donde hasta pedir un café descafeinado con leche de avena puede generar conflicto y ansiedad.

Volviendo al tema de los "juegos", el BDSM tiene algo que pocas prácticas ofrecen: la posibilidad de reírse de uno mismo. De acuerdo, hay momentos intensos, pero también hay palabras de seguridad que suenan a broma, posturas que desafían la lógica del cuerpo humano y silencios incómodos cuando la persona dominante ha olvidado el guante de látex en el microondas. Y en medio de todo este festival de lo ridículo, uno se empodera. 

Elegir cómo, cuándo y con quién explorar tu deseo es un acto de soberanía personal. Cuando la gente empieza en la sumisión, gente joven, los demás (aquellos que conocen su "secreto") piensan que es un acto de rebeldía sin entender que, por muy joven que uno sea, la responsabilidad con uno mismo está construida en base a la exploración, el conocimiento, el descubrimiento de otros placeres y las emociones. 

Así que no, no es solo un juego raro de adultos con tiempo libre. Es una práctica que, bien llevada, puede ayudarte a conocerte mejor, a sanar, a conectar y, por qué no, a descubrir que tu versión más auténtica aparece justo cuando te quitas la máscara… o te la pones. 

Los que intentamos analizar el BDSM desde un punto de vista pragmático, siempre nos topamos con la misma pregunta: ¿somos mas auténticos cuando llevamos la máscara o cuando nos la quitamos? Es decir ¿el rol nos libera o es un juego que nos ayuda a liberarnos cuando no estamos en el rol? Volveré a plantearlo de forma aun mas simple: quien es mas nuestro yo ¿cuándo asumimos el rol o cuando no?

He tenido la oportunidad de conocer a mujeres que, en el ámbito del BDSM, se identificaban como sumisas, mientras que en su vida cotidiana desempeñaban roles de gran responsabilidad, tanto en el entorno laboral como en el familiar. Eran personas acostumbradas a tomar decisiones complejas, con implicaciones que a menudo les generaban una carga emocional considerable. Para ellas, adoptar una posición sumisa no representaba una contradicción, sino una forma legítima de descanso psicológico: una pausa voluntaria en la exigencia constante de tener que sostenerlo todo, de tener que ser la mejor, la exigencia de ser mujer y no equivocarse.

Esto plantea una pregunta interesante: ¿Eran más auténticas, en su rol de mujeres empoderadas o en su vivencia como sumisas? Tal vez la respuesta no esté en elegir entre una u otra, sino en reconocer que ambas facetas pueden coexistir con coherencia. El problema surge cuando se parte de la premisa errónea de que una mujer que se somete voluntariamente ha renunciado a su autonomía, a su individualidad o a su libertad. Esta visión ignora un aspecto fundamental: esa mujer ha elegido conscientemente la dinámica de la sumisión porque en ella encuentra seguridad, afirmación y poder. El acto de someterse, lejos de ser una negación de sí misma, puede ser una forma subconsciente de ejercer control sobre tu propia experiencia emocional y física.

Cuando finalizo una sesión siempre pregunto a la otra persona como se siente. Minutos después se sienten felices pero también agotadas, removidas por dentro... si repites la misma pregunta al cabo de unas horas esa persona te dirá que se siente poderosa. Es una pauta común, no se puede generalizar pero sucede demasiado a menudo. ¿Por qué perder la libertad cómo un juego de rol puede empoderarnos? El el título de este texto "El BDSM como camino de autoconocimiento y empoderamiento" no está puesto porque si: es una realidad absoluta.

Siempre que hagas las cosas bien... eso si. 




martes, 12 de agosto de 2025

Una nueva forma de adrenalina: BDSM y parques temáticos



En los últimos años (y ya van demasiados) ese milenario país que es Japón ha vuelto a captar la atención global por una tendencia social curiosa y provocadora: el BDSM recreativo en parques de atracciones. Lo que comenzó como encuentros esporádicos organizados por comunidades alternativas, de repente, se ha masificado en eventos temáticos organizados y hasta autorizados dentro de algunos recintos de entretenimiento.

Pero la auténtica pregunta aquí no es si eso es algo normal o no, aquí la única pregunta es por qué llamamos a Japón cultura milenaria cuando prácticamente todos los países tienen una cultura milenaria. Es como lo de los ninjas... si muchos países tienen cultura de ninjas y solo conocemos a los japoneses... ¿eso no sería porque son los peores y no saben esconderse?

Perdón por la dispersión, volvamos al BDSM recreativo. ¿Qué diablos es eso? El BDSM se practica (tradicionalmente) en entornos íntimos y consensuados, es decir, en la intimidad de tu hogar o en oscuras mazmorras con aroma a látigo y lubricante. Sin embargo, en Japón, país conocido tanto por su cultura del respeto como por su tolerancia a las más diversas formas de expresión sexual y estética, es donde ha surgido esta nueva versión: el BDSM como experiencia lúdica y estética, ambientada en espacios controlados. Y es que en Japón, el BDSM en Japón es toda una industria (como cualquier cosa relacionada con el sexo). Un país de marcados tintes patriarcales donde, curiosamente, lo que mas abundan son las dominatrix. Al japonés le gusta ser humillado por una mujer. ¿Por qué? Responder a esta pregunta no es el propósito de este texto, pero tenemos que tener en cuenta, antes de nada, la paradoja de lo publico y lo privado como dos caras de una misma moneda. En lo privado hay centenares de Bondage Bars donde miles de hombres poderosos (ya sea económica o socialmente) buscan la dominación femenina.

Los eventos relacionados con el BDSM tanto en los Bondage Bars como en los parques temáticos de BDSM no implican actividad sexual e incluso evitan el contacto explícito. Se centran en la estética del dominio/sumisión, el vestuario fetichista, y dinámicas cercanas a la performance como "caminatas con correa", juegos de roles, simulaciones de castigos suaves y especialmente el shibari o bondage, todo en clave teatral y con consentimiento estricto.

Es decir: mientras en los Bondage Bars actúan de forma privada, en los parques BDSM actúan en publico mostrando prácticas menos explicitas. Un lugar donde exhibirse y ser visto... lo que toda la vida hemos conocido como exhibicionismo solo que aquí, además del componente BDSM hay otro aun mas importante: está tolerado por las autoridades. ¿Os imagináis a una mujer llevando una correa con un hombre caminando a cuatro patas en una ciudad española? Yo tampoco.

Y de ahí pasamos a este nuevo escenario: los parques temáticos que son esa exhibición publica relacionada con el BDSM pero en un entorno tematizado. 

Algunos parques temáticos como Yokohama Cosmo World y recintos más alternativos en Osaka han comenzado a ofrecer noches temáticas exclusivas para adultos, donde el BDSM recreativo se convierte en parte de la atracción. Montañas rusas con "jaulas VIP", carruseles con sillas de restricción ligera y recorridos inmersivos con dominatrix actuando como guías forman parte del paquete recreativo

"Queríamos ofrecer una experiencia única, algo que combine adrenalina física y emocional", explica Naoko Shimizu, directora de marketing de un parque en Chiba que han hecho noches fetichistas. "Los visitantes no participan a menos que lo deseen, y todo está supervisado por expertos en seguridad y psicología."

Aunque sigue siendo un fenómeno de nicho, el BDSM recreativo ha ganado notoriedad y aceptación, especialmente entre adultos jóvenes interesados en explorar nuevas formas de autoexpresión, fuera de los cánones tradicionales. En realidad es una forma de liberar el estrés y jugar con los límites de forma segura. O al menos mas segura que en un local a puerta cerrada. Para muchos de esos jóvenes no es una práctica sexual sino que es algo estético, emocional, incluso artístico.

Sin embargo, no todo es aprobación. Grupos conservadores (que en Japón los hay... y muchos) han cuestionado la ética de este tipo de espectáculos en espacios que originalmente habían sido diseñados para una diversión en familia. Algunas asociaciones de padres han expresado su preocupación por la posible "normalización de prácticas sexuales en espacios públicos".

Japón no prohíbe expresamente este tipo de actividades, mientras se realicen dentro de los límites legales del consentimiento, la decencia pública y el respeto a terceros. Los parques que organizan estas experiencias establecen zonas delimitadas, horarios nocturnos y políticas de entrada exclusiva para adultos mayores de 20 años. Como un parque de atracciones al uso, vamos: zonas, horarios y control de edad... 

Los expertos en cultura japonesa señalan que este fenómeno se inserta dentro de una tendencia mayor: el cruce entre el entretenimiento temático y la exploración personal. En un país donde lo privado y lo público conviven de una forma que los occidentales no comprendemos, el BDSM recreativo en parques no parece tan raro como podría serlo en otras sociedades porque en Japón, existe una larga tradición de performance, máscaras sociales y rituales. El BDSM recreativo puede verse como una continuación de eso, adaptado a los gustos contemporáneos.

Lo que para algunos es provocación, para otros es una forma legítima de juego y autoexploración. En los parques de atracciones de Japón, el BDSM recreativo ha encontrado un terreno donde el placer, la ficción y la diversión convergen. ¿Y no es eso lo que buscamos todos al salir del trabajo? Y aunque no está exento de polémica, demuestra una vez más la capacidad del país del sol naciente y el ramen para reinventar la forma en que experimentamos el deseo, el arte y el entretenimiento.