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miércoles, 28 de octubre de 2026

Arte y/o violencia



En el mundo BDSM ocurre algo que también sucede en otros ámbitos de la vida: donde unos solo ven violencia, dolor o situaciones que les resultan difíciles de digerir, otros son capaces de ver arte. Podría establecer una comparación con la tauromaquia, pero me niego a hacerlo. Y no por falta de parecidos, sino porque hay una diferencia que lo cambia todo: el consentimiento. En el BDSM, el dolor puede ser una elección, la intensidad es la expresión del acto y la “aparente” violencia forma parte de una experiencia compartida, deseada y consensuada. El toro, en cambio, no elige, no consiente y no participa voluntariamente en el espectáculo que acaba con su muerte. No hay juego, ni pacto, ni voluntad compartida. Solo un animal sometido al sufrimiento para el entretenimiento ajeno. Pero que algo parezca violento no significa que lo sea en el mismo sentido. Y confundir el BDSM con la crueldad hacia un animal no es ignorar la diferencia entre quien elige y quien es obligado a sufrir. El dolor no es lo que marca la diferencia. La diferencia es poder elegirlo.

Pero dejémonos de jardines y volvamos a lo mollar del primer párrafo: donde unos ven suciedad, otros somos capaces de ver arte.

Imagina una mujer atada, suspendida del techo con arneses y cuerdas. Ha llorado, la han golpeado en los costados con fustas y tiene la cara mancha de semen. ¿Esto es arte? Lo primer: el arte es subjetivo. Y no hablo de crítica sesuda ni de tratados de estética, sino del arte cotidiano, de aquello que nos interpela o nos hace detener la mirada. Habrá mucha gente que vea la imagen de esa mujer y le parezca horrible. Que solo vea consecuencias de la violencia. Incluso habrá quien se monte toda una película en la cabeza y llegue a imaginar que alguien la ha violado y después se ha regodeado haciéndole fotos.

Qué terrible todo, ¿no?

Pero entonces, la misma escena la observa otra persona que sabe que esa mujer es sumisa y ha acabado una sesión consentida con su amo. La mujer buscaba esas sensaciones y las ha encontrado. El dolor, la humillación… le han proporcionado placer. Observamos como la han colgado cuidadosamente del techo, el arte de los nudos de las cuerdas… todo es una imagen magníficamente compuesta. Alguien hace una foto con el encuadre e iluminación deseados, la mujer pone una expresión en concreto. Es arte.

¿Violencia o arte? Quizá ambas cosas. Porque no siempre son conceptos excluyentes, ni todo lo que parece violento deja de ser arte. Pero hay algo que nunca deberíamos perder de vista: el consentimiento y la voluntariedad de quienes participan.

Por eso, el conocimiento importa. Porque juzgar sin conocer es confundir nuestra interpretación con la realidad.

Y el arte, nos guste o no, es subjetivo... porque es un punto de vista.


domingo, 18 de octubre de 2026

¡Que bello es sufrir!


Las heridas duelen. ¡Vaya si duelen! No las que necesitan de un algodón impregnado en alcohol. O en yodo. Y siempre con una tirita con dibujos del Pato Donald. Son otro tipo de heridas, parecidas a las de una úlcera sangrante, con la única diferencia de que ni son úlceras ni sangran. Heridas que ni el más experto de los médicos puede diagnosticarlas en urgencias. No hay escáner, rayos X ni inspección ocular que valga. Que va, no las lucimos por fuera, tampoco se detectan por dentro. Son heridas que, ni quienes las sufrimos sabemos dónde están. Solo que duelen. Mucho. Cuando te das un golpe, te sale un morado. Ves ese morado y recuerdas cómo y cuándo te lo hiciste. Lo mismo si te haces un corte. Pero estas otras heridas duelen y no sabemos dónde, ni cuándo, ni por qué. Solo que duelen.

Y Ahora viene el giro inesperado: lo que he escrito antes os suena de algo ¿verdad? Lo habéis visto escrito de mil formas diferentes, lo habéis escuchado, lo habéis sentido. No es nada nuevo. La misma retorica de siempre sobre las heridas internas. Poetizando el dolor. Necesitamos coger algo que nos destroza por dentro, ponerlo sobre una mesa, observarlo desde todos los ángulos posibles y buscar las palabras más bonitas para describirlo. Convertimos la tristeza en nostalgia porque no queremos reconocer que somos infelices. Convertimos la soledad en refugio porque nos avergüenza darnos cuenta de que estamos más solos de lo que imaginábamos. Convertimos el abandono en una lección. ¡No volverá a sucederme! Y siempre vuelve a suceder. 

Nos gusta pensar que quienes sufren más es porque son más sensibles. Y mejor ser sensible que frio ¿no? Le ponemos adjetivos preciosos a cosas que, si nos paramos a pensarlo, son una auténtica mierda. Lo hacemos de forma tan profesional que hasta conseguimos convencernos.

Hay algo  bueno en encontrar belleza en el sufrimiento. Nos permite mirarlo sin que nos dé miedo. Nos ayuda a creer que estamos leyendo una novela o viendo una película, envolviéndolo todo en palabras que podemos pronunciar sin que rompamos a llorar. Es más fácil decir que “cargamos con el peso de un alma en recomposición” que admitir que no sabemos qué nos pasa. Es más sencillo hablar de un corazón cansado que reconocer que estamos agotados de fingir que todo va bien. Lo hacemos con frases de libro de autoayuda. ¡Ojalá poder acompañarlas también con fotografías en tonos sepia o canciones de Leonard Cohen!

¿Pero por qué nos engañamos romantizando el dolor? La respuesta es sencilla: hemos conseguido poner en palabras eso que llevábamos tanto tiempo intentando explicar. Palabras que hemos leído antes en la ficción. Por fin sentimos que no estamos solos. No somos un bicho raro. El drama funciona de maravilla en la ficción. Por eso ficcionamos nuestro dolor.

El problema empieza cuando confundimos la comprensión con estar sanando. Cuando creemos que haber encontrado las palabras adecuadas significa que hemos encontrado también la salida. Cuando pensamos que entender de dónde viene nuestro dolor es lo mismo que saber qué hacer con él. Puedes reconocer todos tus miedos, pero seguirás repitiendo los mismos errores. Así que convertimos el dolor en una parte romántica de nuestra identidad. Llega un momento que incluso deseamos que algunas cosas no se solucionen porque hemos aprendido a vivir en la incertidumbre. Si dejamos de sufrir por aquello que nos define, ¿Qué nos queda? ¿Quiénes somos cuando ya no tenemos una herida que explicar o de la que preocuparnos?

Por eso nos cuesta tanto dejar de romantizar lo negativo. Es más fácil construir una historia con aquello que nos falta que con aquello que tenemos. La tristeza tiene motivos y culpables que podemos imaginar una y otra vez. La felicidad, en cambio, a menudo no tiene explicación. Simplemente sucede. Y quizá por eso nos cuesta tanto escribir sobre ser felices sin que parezca algo aburrido, sin dar la impresión de que estamos bien porque somos unos irresponsables o no entendemos la vida. Nos encanta el dolor porque nos convierte en seres humanos reales. Sentimos que la paz no tiene mérito porque no viene acompañada de lágrimas.

Y encima negamos ser masoquistas…


martes, 13 de octubre de 2026

No todo lo que nos atrae nos conviene




Hay algo que me llama la curiosidad sobre las personas, siempre (y nunca aprendo): tenemos predisposición por conocer a gente nueva, gastar tiempo en descubrir cómo son realmente y, aun así, acabamos imaginando cómo podrían llegar a ser, en vez de como realmente son. 

Como si las personas vinieran con un periodo de prueba y, al cabo de unos meses, pudiéramos acceder a una actualización que nos funcionase mejor.

Nos empeñamos en mantener hilos sujetos a personas que, por una razón u otra, no terminan de encajar en nuestra vida. Quizá porque nos atraen. O porque nos entretienen. O porque nos atrae  la idea que nos hemos construido de esas personas. Y nos atrae mas que la (áspera) realidad de lo que tenemos delante. La imaginación nunca interrumpe, nunca decepciona y, sobre todo, hace exactamente lo que queremos. 

Las personas reales, en cambio, tienen la desagradable costumbre de ser ellas mismas. O al menos eso dicen.

Hemos llegado a un punto en el que cualquier comportamiento puede envolverse en la frase "es que yo soy así" y presentarse como una característica innegociable de la personalidad del otro. ¡Qué invento tan extraordinario... y tan perverso! Uno puede ser desconsiderado, impuntual, indiferente o tener la delicadeza de un jugador de rugby y, en lugar de plantearse si debe cambiar algo de su estropeado comportamiento, se limita a reivindicar su autenticidad.

Hemos confundido tener personalidad con no tener ninguna intención de mejorar. 

Esas son personas que hablan y callan sin pensar en las consecuencias. Sobre todo callan. Personas que, además tienen una curiosa habilidad de recordar que los demás existen justo cuando necesitan algo de ellos. Que pena ¿no?

Lo verdaderamente fascinante es que, cuanto más evidente resulta un defecto, más lo transformamos. La soberbia se convierte en carácter; la falta de empatía, en sinceridad; la indiferencia, en independencia emocional, y la incapacidad para reconocer los propios errores, en una admirable coherencia con nuestra forma de vida. Hemos llegado al punto de ser capaces (de forma inconsciente) de convertir cualquier carencia en una virtud si encontramos un nombre atractivo y una justificación válida.. 

Y, si alguien se atreve a señalarnos, siempre queda el recurso de acusarlo de no entendernos. Porque reconocer que quizá tengamos algo que mejorar exige un esfuerzo bastante mayor que repetir que somos así. O contratacar. O simplemente callar.

Hace poco escribía sobre la importancia de vivir el día a día y de atreverse a convertir la cotidianeidad en algo memorable. No hace falta protagonizar una película, recorrer medio mundo ni coleccionar experiencias extraordinarias. A veces basta con aprender algo, cambiar de perspectiva o dejar de invertir tiempo y energía en aquello que insiste en demostrarnos que no merece tanta atención. Y aquí conviene recordar algo: no todo lo que nos atrae nos conviene, no todo lo que nos resulta familiar nos hace bien y no todo lo que nos cuesta soltar merece la pena conservarlo. 

A veces no estamos ante un gran misterio por resolver, sino ante una realidad bastante sencilla que nos resistimos a aceptar. Esa persona, por desgracia, es así (y nunca cambiará).

Para ser honestos, hay que reconocer que en esta ecuación quizás hayamos hecho mal los cálculos porque cabe la derivada de que también podemos equivocarnos respecto a las intenciones del otro. No tenemos un máster en interpretar las intenciones ajenas. A veces puede suceder que llamemos defecto a lo que simplemente es una diferencia, y otras veces nos atribuimos una superioridad moral que nadie nos ha concedido. Que uno vea las cosas de una manera no significa que las cosas sean necesariamente así. De acuerdo, existe ese peligro de juzgar a la ligera. Pero, al final, la vida es demasiado corta para pasársela intentando corregir a quienes no consideran que tengan nada que corregir, aunque en realidad no deban corregirlo pero a nosotros nos hace daño. Y lo saben.

Cada cual es libre de construir su personalidad como le venga en gana, faltaría más. Y los demás somos igualmente libres de decidir cuánto espacio queremos reservarle en la nuestra. Y en ambos casos, podemos equivocarnos. 

Madurar consiste precisamente en eso: dejar de confundir el potencial de las personas con su realidad, aceptar que no somos responsables de las versiones que imaginamos de los demás y comprender que dejarlas marchar no es una derrota sino la decisión más sensata.

Así que, en lugar de seguir tirando de una cuerda que no lleva a ninguna parte, quizá convenga soltarla. Sin discursos, sin reproches y, a ser posible, sin necesidad de redactar un informe sobre las causas del abandono. Simplemente abrir las manos y que la cuerda se escape entre ellas. Al fin y al cabo, hay muchas calles por recorrer y muy poco tiempo para quedarse plantado en una esquina esperando que alguien decida convertirse en quien nunca nos prometió ser. La mejor manera de cambiar de vida no es tomar grandes decisiones, sino dejar de insistir en las pequeñas equivocaciones de siempre, girar la esquina y descubrir qué nuevos viandantes hay en el otro lado.

Por suerte, el mundo es bastante grande y las calles del barrio no acaban donde termina nuestra paciencia.


sábado, 10 de octubre de 2026

Pasar la vida esperando el momento adecuado



Hay personas que viven y otras personas que se limitan a pasar por la vida. Las primeras experimentan cuanto sucede a su alrededor, las segundas administran sus días como lo haría una gestoría del siglo pasado. Los primeros disfrutan de una tarde de domingo mientras los segundos aprovechan para preocuparse porque al día siguiente es lunes. Ambos tipos de personas parecen vivas, aunque, si miramos bien, no siempre resulta evidente.

Hemos perfeccionado tanto el arte de ocupar nuestro tiempo que apenas nos queda tiempo para vivirlo. Desayunamos pensando en el trabajo y trabajamos pensando en las vacaciones. Después, en vacaciones, los dos primeros días descansamos, recuperándonos del estrés de los anteriores once meses y, al tercer día, comenzamos a preocuparnos porque quedan menos días para volver al trabajo. ¿Por qué en vacaciones los días pasan mas rápidos que trabajando? Al regresar de esas vacaciones, necesitamos de nuevo más vacaciones. No es que estemos cansados de vivir, estamos cansados de anticiparnos a la vida. Hemos convertido vivir en una especie de sala de espera: esperamos al viernes, al verano, a la jubilación, a los cumpleaños, a que el trabajo mejore, a que mejore nuestra situación emocional y, llegado mi caso, a practicar BDSM con una maligna sonrisa en el rostro. Pero siempre pasa algo antes de que podamos empezar a disfrutar de la vida. Y posponemos las cosas, nos convencemos de que cuando todo esté en orden, entonces sí. Entonces descansaremos, viajaremos, leeremos aquellos libros que compramos hace cinco años, disfrutaremos de nuestros amigos, nuestros amantes, aprenderemos a cocinar lasaña de setas y, finalmente, nos convertiremos en esa persona tranquila y equilibrada que siempre soñamos ser.

En mis textos adoro meter la frase “el problema es que…” como reflejo de lo binario de la vida porque la vida no se queda quieta mientras nosotros acabamos de vestirnos. Siempre llegan los problemas. Y cuando solucionamos uno, aparecen otros tres. Cuando conseguimos algo que deseábamos, descubrimos que deseamos otra cosa. La felicidad tiene por costumbre de trasladarse unos kilómetros más allá cada vez que nos acercamos. Como imanes de polos opuestos. Lo extraordinario es que seguimos convencidos de que algún día tendremos la vida organizada y seremos felices. Sin imprevistos, sin preocupaciones y sin tareas pendientes. 

Mientras eso sucede, los días pasan. Somos unos autómatas preparando el desayuno mientras nuestra mente está en una espiral de violencia repasando la discusión que tuvimos ayer. Estamos en una reunión, pero pensando en lo que vamos a comer. Estamos cenando con alguien, pero estamos preocupados por algo que mañana nos parecerá menos importante.

Hemos hecho de la vida algo fascinante: estar en todas partes sin estar realmente en ninguna. Lo cual me lleva a mi teoría de que el presente no existe. Lo que existe es un continuo viaje entre el futuro y el pasado (en nuestra cabeza).

Y a toda esta imperfección humana ahora le hemos de sumar una tecnología de la que alguien nos prometió que nos haría la vida mejor pero para lo que realmente sirve es para perder el tiempo. Podemos consultar el estado del tráfico mientras estamos atrapados en él, leer las noticias mientras alguien nos habla y comprobar si tenemos mensajes mientras esperamos que alguien nos responda.

¿Os dais cuenta de que, incluso la tranquilidad, es una tarea que nos imponemos y de la que esperamos resultados? No queremos vivir mejor. Que va, eso es un engaño. Lo que querríamos es gestionar mejor nuestras incapacidades.

Vivir se ha convertido en una suscripción mensual a una App del móvil para aprender a respirar de forma zen, requiere un retiro espiritual en una isla donde el café cuesta lo mismo que un coche de segunda mano. Creemos que disfrutar del día exige levantarse a las cinco de la mañana para contemplar el amanecer. Pero no: habitar un día no es obligarse a habitarlo mediante estímulos externos (que nos vacían los bolsillos). Habitar un día consiste en prestar atención a lo que ya está ocurriendo. Nada más. Escuchar una conversación sin interrumpir al otro. Caminar sin convertir esta actividad en una carrera para subir el contador de pasos. Tomarse un café sin utilizarlo como combustible para la siguiente obligación. Sentarse junto a alguien y disfrutar de su compañía sin sentir la necesidad de consultar en nuestro móvil si el resto del mundo sigue existiendo. Son cosas sencillas y precisamente por eso las despreciamos. O no las valoramos en su justa medida. Hemos desarrollado una preferencia por todo aquello que resulta difícil de conseguir. Estamos olvidando los pequeños placeres. Nos impresiona más un viaje a un país lejano que una tarde agradable en nuestro barrio, nos impresiona más una cena extraordinaria que las comidas compartidas con quienes queremos, nos impresionan más los grandes acontecimientos que esos pequeños momentos.

Necesitamos que algo sea excepcional para concederle nuestra atención. Como si la vida cotidiana fuera una demo durante el cual podemos ir tirando hasta que empiece lo verdaderamente interesante.

La felicidad (si es que existe)  llega sin anunciarse, cuando estamos haciendo algo que no consideramos importante. Y se marcha sin despedirse, mientras nosotros comprobamos los mensajes de wahtsapp en el móvil.

Hay una cierta crueldad en descubrir que algunos de los mejores momentos de nuestra vida solo adquieren valor cuando ya han pasado. En su momento eran simplemente días normales. Días que no fotografiamos, que no celebramos y que ni siquiera nos molestamos en disfrutar demasiado porque, naturalmente, habría otros. Siempre habría otros días. 

Es una de las grandes apuestas de la humanidad: vivir como si el tiempo fuera un recurso renovable e ilimitado. Como si cada conversación pudiera repetirse, cada persona fuera a estar siempre disponible y cada tarde desaprovechada pudiera recuperarse. Nos molesta pensar en que las cosas tienen un final porque va en contra de nuestra planificación semanal. Preferimos imaginar que siempre habrá tiempo para llamar, para visitar, para decir aquello que llevamos meses pensando y para hacer las cosas que realmente nos importan. Dejar las cosas para el día siguiente, yo soy un maestro en eso. Sobre todo cuando hay problemas.

A ver, no digo que debamos vivir cada instante como si fuera el último. Eso seria agotador. Imaginad convertir una comida familiar de domingo en una despedida dramática. Imaginad convertir ese atasco de las ocho de la mañana en una reflexión sobre la fragilidad de la existencia. Relax: hay momentos que solo necesitan ser momentos. No hace falta encontrar una enseñanza en que se nos queme una tostada, porque una tostada quemada es simplemente eso: una tostada quemada. Pero hay días en que pretendemos convertir esa tostada en una metáfora.

Relax.

Por otro lado, habitar la vida tampoco significa renunciar al futuro. Tenemos responsabilidades, necesidades, objetivos y problemas que no se resuelven haciendo yoga. Hoy en día se aceptan muchos métodos de pago, desde tarjetas a bizum, pero no se puede pagar una factura simplemente con una actitud positiva.

Y aquí viene la clave de este texto que me está llevando (y os está llevando) de un lugar a otro sin demasiado rumbo: trabajar para construir una vida es diferente a sacrificar los días buscando lo que deseamos tener.

Trabajar en ello no debe ser un sacrificio. Podemos perseguir nuestros objetivos sin convertir cada momento del dia en un instrumento para alcanzarlos. Podemos aspirar a más sin despreciar lo que ya tenemos. Podemos reconocer que algo necesita cambiar y, al mismo tiempo, encontrar motivos para disfrutar del momento actual. Podemos permitirnos no hacer nada, no es conformismo sino evitar que nuestra felicidad dependa de una lista de prerrequisitos. Porque debemos aceptar que nunca tendremos todo resuelto. Siempre habrá algo pendiente, una conversación que deberíamos tener o un armario que organizar. La vida no se vuelve perfecta porque hayamos terminado nuestras tareas. Las tareas tienen la asombrosa capacidad para reproducirse de los conejos

Esperar a que desaparezcan todas las preocupaciones para empezar a disfrutar es como esperar a que deje de llover para aprender a nadar. Por eso, de vez en cuando, convendría detenernos. No para meditar, reflexionar o alcanzar un estado superior de conciencia. Basta con dejar de hacer algo durante unos minutos sin sentir que estamos incumpliendo una obligación moral. Mirar por la ventana. Escuchar la lluvia. Conversar con alguien sin consultar el teléfono. Sentarnos en una terraza y observar a las personas pasar. Encontrar a un antiguo amante y revolcarnos desnudos.

Somos criaturas contradictorias, capaces de preocuparnos por el futuro y añorar el pasado en el mismo minuto, de desear que el tiempo pase deprisa cuando estamos aburridos y de suplicar que se detenga cuando somos felices. Mi teoría de que el presente no existe: siempre yendo de los recuerdos las predicciones y vuelta a los recuerdos.

Los días van a seguir pasando. Lo harán tanto si estamos preocupados como si no. El lunes llegará, las vacaciones terminarán y el calendario continuará avanzando. ¿Qué haremos mientras tanto? Podemos seguir convirtiendo cada experiencia en una oportunidad y cada descanso en un proyecto de mejora personal. Podemos llegar al final de cada jornada con la satisfacción de haber cumplido todos nuestros objetivos. O podemos empezar a concederle al presente un poco más de atención. No hacernos promesas que acaban convirtiéndose en obligaciones.

Nunca he querido comprarme un cuaderno para escribir mis propósitos y metas conseguidas. Me parece una forma idiota de vivir. Simplemente quiero estar aquí, habitando los días, dominando, comiendo, riendo, besando, viendo una serie de Netflix.

Quizá dentro de unos años no recordemos el asunto de ese correo que parecía exigir nuestra atención. Probablemente tampoco recordaremos muchas de las cosas que hoy nos parecen urgentes. Lo que si que recordaremos es la risa de alguien, el sabor de sus labios, una conversación excitante o simplemente la tranquilidad de una tarde en la que no tuvimos que demostrar nada a nadie. Solo disfrutar de la vida.

Podemos tener una agenda impecable y una colección de objetivos cumplidos y, aun así, experimentar la extraña sensación de haber llegado tarde a todo. Una forma perversa de fracaso, especialmente teniendo en cuenta que nadie nos pidió que viviésemos la vida como si estuviésemos representando a nuestro pueblo en el Gran Prix del Verano.

Mi consejo: evitemos preguntarnos que hemos conseguido hoy, o qué nos falta por hacer, o cuánto nos queda para llegar a ese lugar donde, supuestamente, todo será mejor. La pregunta es más sencilla: ¿he estado viviendo mi vida hoy o me he limitado a pasar por ella?

Cuando termines estas líneas levanta la vista y mirar dónde estás. Sin buscar nada. Sin esperar nada. Sin convertirlo en un propósito para mañana. 

Solo estar.

Que, bien mirado, ya es bastante trabajo.


viernes, 2 de octubre de 2026

La paradoja del placer ajeno



-Pégame fuerte, en el estómago -dice ella.

¿Debería? Si analizamos la pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño. ¿Debería?

-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó yo.

-Porque me lo merezco.

-Quizás sea yo quien deba juzgar eso no tu.

El castigo lo impone una persona sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de aprendizaje.

Porque, para mí, el castigo solo tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.

Hay personas dominadas que buscan el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre, es algo acordado.

Pero este texto no va sobre los brats. De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo: ¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez de la noche.

Mi problema es bastante más sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto realmente provocando dolor.

Puedo comprender perfectamente que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy distinta es sentirlo uno mismo.

Y ahí aparece la pequeña paradoja porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).

 

Y quizá ésa sea la parte que me resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor en sí mismo.

De modo que la cuestión no es si debo hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.

Por eso, cuando adopto el rol de dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.

Existe la idea común de que un sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea, mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad, es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el espectador, la mirada siempre cambia.

¿Qué clase de juego de roles sería si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el otro obedece?

Si la persona sometida encuentra su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente cómodo.

No todo aquello que uno hace por el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.

Esa es, supongo, una de las peculiaridades de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con ello.

Así que retraso el brazo y golpeo con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo, acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con dificultad.

Una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

De esto se trata el BDSM. Por esto me gusta el BDSM.


domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Elogio de las piernas (femeninas)


Todos tenemos piernas. Normalmente son dos, algo que sucede también con los ojos, las orejas, las manos, los testículos o los pechos, todos vienen de fábrica en un pack indivisible. A no ser que la (mala) fortuna o la cirugía se hayan involucrado en tu vida. Todas esas partes de nuestra anatomía no se venden por separado, como los huevos en un supermercado. Repito: dos piernas. Sigamos.

Las piernas femeninas han adquirido un estatuto en el imaginario masculino. No ocurre lo mismo con las piernas masculinas contempladas desde el punto de vista femenino. Algo bastante injusto para la industria nosotros, los machos cabríos. La explicación tiene que ver con la cultura, la moral y esa maravillosa costumbre de declarar pecado lo que nos fascina. Hubo una época en que una mujer no debía enseñar las piernas porque eran consideradas algo erótico. En el mecanismo de prohibir una cosa, conseguimos convertirla precisamente en aquello que pretendíamos ocultar: un objeto de deseo.

Los hombres (y aquí hablo de los heterosexuales, porque toda afirmación general necesita su aclaración) observamos piernas femeninas con una intensidad que recuerda a José Luis López Vázquez siguiendo a las suecas en cualquier película española de los años sesenta. Solo falta que sonase una música pop y un montón de hombres corriendo y gritando “¡a por las suecas!”.

Aclaro también que me refiero a personas nacidas con dos piernas. No tengo nada contra las personas con una, tres o ninguna, pero la política de la cancelación me obliga a convertir un comentario sobre extremidades en una declaración jurada ante notario.

Hombres heterosexuales y mujeres de dos piernas. Aclarado.

Pasemos ahora a una escena sencilla. Observamos a una mujer en la playa, semidesnuda. Miramos, pero al cabo de unos segundos desviamos la vista. La desnudez completa tiene algo de trabajo de oficina. Ya está todo el expediente sobre la mesa. Nos hemos acabado el libro. No queda misterio que gestionar.

Segunda escena, igual de sencilla. Esa misma mujer aparece poco después sentada en un bar, con una falda que parece haber sido diseñada por alguien que tenía una idea muy precisa de cuánto tejido era imprescindible para que aquello continuase llamándose falda (y no cinturón). Y entonces sucede la magia: la mirada permanece clavada en esos muslos, esos tobillos. El cerebro se activa. El perro de Pavlov empieza a salivar.

Porque las piernas, en realidad, no fueron inventadas para ser mostradas, sino para ser sugeridas. Y ahí reside gran parte de su poder. La mujer podría, si quisiera, dominar el mundo mediante una herramienta extraordinariamente sencilla: el largo de una falda. No importa tanto cómo sean las piernas. Importa cuánto de ellas se muestra. Una pierna hasta la rodilla es anatomía. Un poco más arriba, es literatura. Mas arriba empieza la política exterior. Y aquí llegamos a una de las grandes ironías de la civilización: hemos pasado siglos intentando controlar el cuerpo femenino mediante moral, religión y normas sociales para descubrir que quizá el instrumento de dominación más eficaz era una prenda que se puede subir o bajar unos cuantos centímetros. Nos hemos centrado en el escote cuando el arma de destrucción masiva era el largo de la falda. Espero que ninguna mujer lea esto o, aparte de pensar que soy un viejo verde (cosa que no está demasiado alejada de la realidad), también se dará cuenta del arma esconden sus piernas. Eso ha sonado mal ¿verdad? Me refiero a las piernas en si, al recorrido, no a su destino.

Cambio de tercio: me gustan las piernas de las mujeres. Lo reconozco sin pudor. Para mí son las columnas que sostienen el mundo, lo cual es una metáfora arquitectónica bastante más elegante que decir simplemente que me gustan mucho. Mucho. Al decir esto imaginareis que miro las piernas de las mujeres de forma inapropiada. Es posible. Pero tampoco voy a fingir una culpa que no siento. La mirada humana lleva millones de años haciendo cosas mucho más preocupantes que mirar unas piernas.

¿Por qué me gustan tanto? Pertenezco a una generación educada bajo la fascinante (y cristiana) premisa de que determinadas partes del cuerpo eran pecaminosas si se observaban demasiado, mientras otras podían contemplarse tranquilamente durante horas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nos enseñaron que ciertas cosas no debían mostrarse. Y entonces uno creció descubriendo la paradoja: cuanto más intentaban esconderte algo, más interesante se volvía. ¿Creéis que Dios encajó unas piernas ahí con el único propósito de que sirviesen para llevar el resto del cuerpo de un lado a otro? Podría ser una idea razonable, aunque resulta un poco decepcionante pensar que el gran creador del universo diseñó semejante mecanismo con una función mecánica, pero no estética.

Cuando escribo relatos eróticos, suelo describir las piernas de la mujer enfundadas en medias oscuras. No es casualidad. La media añade ese pequeño margen de misterio. Además, en un relato erótico hay que mantener cierta tensión. La literatura, como la vida, necesita saber cómo encontrar estímulos para que la cosa no se desinfle. Nunca mejor dicho.

Al final, quizá todo se reduzca a eso: a la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos. La pierna desnuda es un hecho. La pierna sugerida es una posibilidad. Y la imaginación, como saben perfectamente los dictadores y los poetas, es más peligrosa que la realidad.

Así pues, enséñame tus piernas (aunque de forma parcial) y me postraré ante ti. Ponte una falda y deja que mi imaginación haga el resto.

De eso se trata la vida.





sábado, 15 de agosto de 2026

Reivindicar la palabra PERVERSION


 


La palabra “perversión” ha sido demonizada durante mucho tiempo, nos hemos empeñado en darle connotaciones negativas que la convierten en algo oscuro, peligroso o moralmente cuestionable. Casi en una enfermedad mental. Quizás deberíamos empezar a separar la palabra de los prejuicios porque una fantasía, por extraña, intensa o poco convencional que pueda parecer, no es en sí misma algo malo. Las fantasías forman parte de la imaginación y de la libertad y nos permiten explorar deseos que quizá no tendrían cabida en nuestra vida cotidiana. Lo verdaderamente importante no es tanto que una fantasía sea convencional o no, sino como la convertimos en realidad. Cuando dos personas adultas deciden explorar libremente una fantasía y lo hacen desde el consentimiento, la comunicación abierta y el respeto al otro, esta experiencia se convierte algo real y ajeno al peligro. El consentimiento permite establecer límites; la comunicación permite saber qué desea y qué no desea cada persona; y el respeto garantiza que nadie sea presionado, manipulado o perjudicado. El famoso SSC del BDSM o la lógica de cualquier otro tipo de relación. Quizá deberíamos dejar de utilizar "perversión"* como sinónimo automático de maldad. Una fantasía consensuada no debería ser juzgada simplemente porque se salga de lo habitual. La frontera no está entre lo “normal” y lo “anormal”, sino entre aquello que se hace libremente, con consentimiento y respeto, y aquello que implica fuerza, daño o ausencia de consentimiento. Reivindicar la palabra “perversión” significa reivindicar el derecho de los adultos a explorar su imaginación y sus deseos de forma responsable. No todo lo diferente es peligroso, y no todo lo convencional es necesariamente bueno. Siempre lo he visto de esta forma y siempre lo veré así porque cuando existe libertad, consentimiento, límites claros y cuidado mutuo, las fantasías pueden encontrar una forma de expresión segura, sin necesidad de convertirse en una amenaza para quienes participan. Las perversiones, si entran en este marco seguro, son el aderezo picante para convertir ese menú diario que es la cotidianeidad en algo mas sabroso, divertido y excitante.


sábado, 8 de agosto de 2026

Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa, pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil...



Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa… ¿Quién, en su sano juicio, le soltaría esa sarta de improperios a otra persona? Yo me considero juicioso y lo he hecho, muchas veces (que nunca me parecen demasiadas).

Pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil... ¿Disfruto humillando así a otra persona? Si, bastante (y sigue sin parecerme demasiado).

Voy a prejuzgarme a mi mismo y asegurar rápidamente que soy un machista, un maleducado, una persona infecta… ¿Lo soy? La verdad es que no. ¿Entonces? Entonces volvemos a la conocida palabra que he usado muchas veces (y tampoco serán demasiadas): el  consenso. A ver como salvamos esto: pensareis… “si hay consenso es porque la otra persona permite que le hablen así ¿pero por que lo permitiría? Bueno, si habéis venido antes a este blog sabréis (mas o menos… y nunca es suficiente) lo que es el BDSM y como hay personas cuyo placer (casi sexual) es ser humilladas. Así pues, si hay consenso y esa persona disfruta... todo bien ¿no? Pues aun hay gente que no entiende porque puedo disfrutar humillando a alguien porque cree que eso forma parte de mi personalidad. Lo cual significa no comprender lo que es un rol dentro del BDSM.


Insultar es la acción de ofender, provocar o agraviar a alguien mediante palabras o actos hirientes con la intención de lastimar su dignidad u orgullo. 


En toda mi vida he humillado a nadie usando el insulto porque nunca se me pasaría por la cabeza lastimar la dignidad ni el orgullo de absolutamente nadie. Pero lo hago, a menudo (una vez más… nunca es suficiente). Porque solo siento placer haciéndolo si la otra persona siente placer siendo humillada. Y aun y así habrá gente que pensará que soy un enfermo, que soy un machista que aprovecha el BDSM para tener patente de corso, que miento o que manipulo. De acuerdo, si habéis llegado a este punto y seguís pensando eso, abandonad inmediatamente este blog porque nada de lo que leáis, os va a sacar de vuestro prejuicio sino afirmarlo.

Ambos saldremos ganando, tu y yo.


viernes, 24 de julio de 2026

Morder, imaginar, sexualizar, reflexionar... vivir

Si nuestros abuelos tuviesen internet (y algunos lo tienen) lo que dirían (o piensa) sería acerca de cuanta fresca hay suelta en las redes. Antaño se denominaba fresca a una mujer que actuaba con descaro, o que no mostraba la sumisión o el “decoro” esperado. Por supuesto, es una expresión que viene de una época donde la mujer, como se decía, no solo debía ser honesta sino parecerlo. Una mujer sometida al patriarcado. Una mujer a la que no se le permitía liberarse porque el patriarcado imaginaba que esa liberación significaría un retroceso en todas las ventajas que llevaban disfrutando como hombres apenas unos cientos de miles de años.

Hoy en día, las mujeres pueden mostrarse como deseen donde deseen sin miedo a que nadie piense de ellas que son unas “frescas”. Pero, como también dirían nuestros abuelos, toda “modernidez” tiene sus desventajas. La mujer puede mostrarse como desee en las redes, pero eso no evita que decenas, miles, cientos de miles, millones y mucho mas de hombres las sexualicemos por el simple hecho de mostrar una foto en bikini en sus vacaciones de la playa, una foto de unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sentada en un asiento del metro o, como la foto que acompaña este texto. Cualquier segmento de piel femenina mostrada en redes, hace que los hombres imaginemos cientos de (oscuros y equivocados) motivos por los que se muestra la mujer. ¿Y cuáles son los motivos de esas mujeres? Imagino que lo hacen porque quieren, porque pueden y porque vivimos en el año 2026. ¡Maldita sea!

Pero no, nosotros sexualizamos todo y le otorgamos unas intenciones provocativas. “Esa mujer pide guerra” piensa (o pensamos) la mayoría. Si una mujer enseña los pezones es porque quiere algo. Menuda fresca, pensarían nuestros abuelos. Que buena foto piensan la mayoría de las mujeres. Me encantaría morder esos pezones, pienso yo.

¿Veis? Acabo de sexualizar a la mujer de la foto.

La foto pertenece a una mujer cuyo perfil de Instagram me llamó la atención no porque se mostrase desnuda en todas las fotos (todo lo contrario), tampoco por su físico (y es hermosa, al menos desde mis estándares) sino por la aleatoriedad de lo que mostraba y la aleatoriedad de los textos que lo acompañaban. Cuando veo eso en Instagram pienso: aquí hay vida inteligente. Y me quedo a vivir en esas páginas.

Hoy, cuando he visto que ha publicado la foto que acompaña este texto he pensado “me gustaría morderle los pezones” e, inmediatamente me he arrepentido de esta idea. ¿Debería? Si es lo primero que he pensado es porque es la verdad mas absoluta sobre lo que me ha hecho sentir la foto. Después de esta primera idea, lo siguiente ha sido querer escribir sobre la foto. Pero tenía que adjuntarla a este texto para que me comprendieseis. Y lo he hecho (después de que ella me diese permiso). Porque debéis tener en cuenta siempre una cosa: las fotos pertenecen a las personas que las hacen, las postean o las protagonizan. No a los observadores.

Aunque en mi caso, viendo esta foto, soy mas un voyeur descarado que un observador.

Y eso me hace sentir mal porque no quiero sexualizar a nadie. Por muy sexual que me parezca la foto. Y quizás por eso estoy escribiendo este texto, a modo de disculpa porque siento que la pasión se ha impuesto a la razón. Y escribir es volver a la razón e intentar comprender porque ha sucedido eso. Analizar, comprender, enfriar la cerveza antes de beberla.

Reconozcámoslo, no es nada malo querer morder los pezones de una desconocida porque has visto una foto suya. Lo malo sería mordérselos sin su permiso. Lo malo sería perseguirla o acosarla.

Hace años conocí a una persona que me hizo entender que no me debo culpabilizar de mis fantasías porque son parte de mi y porque son eso: fantasías. No hago daño a nadie. Quizás por eso hace (demasiados años) comencé a practicar BDSM, porque muchas de esas fantasías podían hacerse realidad en un escenario seguro, sano y consensuado (SSC). Y una de esas primeras personas con las que lo practique fue esa persona. Ella trabajaba de psicóloga y era la mujer mas inteligente que he conocido nunca. Mucho de lo que soy, se lo debo.

Ahora veo de nuevo esa foto y sigo pensando que me gustaría ponerle un antifaz en el rostro para no ver sus ojos ni que ella vea los míos y simplemente morder y saborear esos grandes pezones hasta quedarme sin fuerzas. Y luego decirle adiós a la mujer sin habernos mirado nunca a los ojos. Eso es una fantasía. Y eso es aceptable. Incluso escribir esto es aceptable. Aunque signifique que he sexualizado una foto que quizás no tenía ese componente sexual para quien la hizo y la mostró.

¿Importa realmente eso? Vivimos en un mundo repleto de violencia, enfermedades, tragedias, desastres, guerras y confrontación por absolutamente todo. Imaginarme besando esos pechos y mordiendo suavemente esos pezones hace que, durante unos instantes, el mundo sea infinitamente mejor y mas excitante. Escribir ahora esto es intelectualmente satisfactorio (al menos para mi). No hablo de esas distracciones banales para olvidarnos de lo difícil de la vida. No hablo del pan y el circo de los romanos.

Hablo de algo que tiene todo el sentido en mi mundo: la pasión por lo que haces o por lo que observas.

Contemplar esa foto, esos pezones ahogados por la lencería y atravesados por dos aros, ver ese cuerpo real y tatuado. Imaginar a esa mujer en la puerta de mi casa con los ojos vendados… es lo que me hace sentir feliz. Aunque la sexualice, aunque nunca suceda. Porque esto está sucediendo en mis fantasías. Y ese es un lugar donde no hago daño a nadie. Contemplada también vosotros y vosotras, contemplad esta maravilla de foto y olvidaos (durante unos segundos) de todo lo malo que os rodea. De eso se trata.

 


jueves, 23 de julio de 2026

Corrección Vs Incorreccíon

“Trátame como una puta arrastrada”, ordenó ella en voz baja en cuanto nos quedamos a solas. Era el momento exacto cuando (teóricamente) yo debía comenzar a ordenar. Y ella a obedecer. No fue la primera vez que sucedía, tampoco será la última. Pero esta vez las consecuencias han sido diferentes, aquí, sentado frente a mi ordenador. Años atrás nunca me habría cuestionado la pregunta, ahora tampoco la cuestiono porque entiendo su contexto. Pero, a diferencia tiempos pasados, ahora me pregunto si es buena idea exponerlo aquí. Llevo 42 años hablando sobre BDSM en todo tipo de plataformas, revistas, podcasts, libros, etc. y nunca me he sentido tan censurado como en la actualidad. Quiero aclarar algo: la censura es autoimpuesta, es una sensación personal, no es la realidad.

Nunca nadie me ha dictado lo que debo escribir. O dejar de escribir. Las reacciones a lo que digo, es algo que escapa a mi control. Es decir, debería seguir siendo indiferente el escribir algo que realmente sucedió.

Pero ahora resulta que me autocensuro.

Contar hoy en día que una mujer me ha dicho “trátame como una puta arrestada” y la he tratado como tal es algo que no está bien visto, aunque exista consenso, aunque sea un juego de roles. El problema es la verbalización de una expresión que, hoy en día, es censurable. Porque reducimos un escenario a la mínima expresión. No nos preocupamos por contextualizar. Soltamos frases echas y vamos hasta el siguiente juicio de valor como el que cuenta granos de arena en la playa.

Trataré a una mujer como una puta arrastrada si ese es su dedeo, si lo dialogamos con claridad, si existe consenso y voluntad por ambas partes. Siempre ha sido así y es lo natural. Pero no puedo exponerlo en voz alta. Lo cual me parece ridículo porque si la crítica es bienintencionada, pero se hace desde el desconocimiento, es el arma del tonto que tira una y otra vez piedras a un rio.

Por supuesto que, si llegamos al consenso, desde nuestra libertad mas absoluta y de forma segura y sabiendo lo que vamos a hacer… la trataré como una puta arrastrada si esa su fantasía. Pero esa no es la fantasía de toda mujer. Los gustos, los espacios, los deseos y los miedos son diferentes en cada persona.

Pero eso si me dices que quieres algo relajado y tranquilo, ni se me ocurrirá hacerlo de otra forma. Pero si me dices que quieres que te pervierta… lo haré sin problemas, aunque me cueste expresarlo en voz alta.

Porque en el consenso entre dos personas y en las fantasías propias, todo está permitido.


domingo, 5 de julio de 2026

Busco...




Buscamos mientras confesamos en voz alta que nada buscamos. Nos detenemos y observamos con curiosidad mientras aseguramos que solo estamos de paso. Indagamos cual detective de novela barata y cuando somos desenmascarados decimos que tan solo estábamos paseando por el parque, sin ningún otro propósito. No deberíamos avergonzarnos por reconocer que buscamos, pero nos pasamos el día asegurando lo contrario, desviando la vista, esperando algo que nunca llega. Nos encogemos de hombros cuando lo mas sencillo sería decir: "Claro que busco". En vez de eso nos escudamos en frases como "Yo no busco, pero si encuentro algo, bienvenido sea" o "Yo no busco aunque se lo que no quiero encontrar". Tópicos que caen en el mas común de los ridículos y nos arrastran hasta ese foso lleno de barro donde todos pelean por salir y nadie consigue escapar. Vivimos en la contradicción de esa vergüenza del que asegura no buscar cuando, por un motivo y otro (casi) siempre estamos buscando. ¿Por qué sucede? Si decimos que buscamos parecerá que no sabemos retener, parecemos desesperados o que estamos en un supermercado contemplando una estantería repleta de personas a quien escoger.

Pero la realidad es que buscamos, y en el BDSM buscamos mas aun porque una vez has probado las mieles de la práctica, no te gusta estar observando el partido desde el banquillo.

Conozco a cientos de personas y nunca soy capaz de reconocer que, de una forma y otra, estoy buscando a esa sumisa que quizás podía una de ellas. Incluso ahora, escribiendo esto siento que estoy haciendo algo reproblable porque este texto da a entender que busco a una mujer "sumisa" para practicar BDSM. Pero ahora mismo esa es mi circunstancia. Y no voy a pedir disculpas si las palabras "buscar", "bdsm" o "mujer sumisa" chirrían en las nuevas sensibilidades. Es lo que hay, no hablo de vosotros, hablo de mi.

Mucha gente en las redes sociales buscan encontrar a otras personas para cientos de propósitos diferentes. ¿Por que debería sentirme mal reconociendo que busco sumisa? ¿Me convierte eso en un fracasado? ¿Por qué alguien con mi experiencia no tiene sumisa ahora mismo? No creo que sea un fracasado pero tampoco me gusta pensar que alguien me juzga de esa forma...  "No será tan buen amo si no tiene sumisa...". Y una vez mas, temo que alguien, desde el desconocimiento, malinterprete que una persona diga "No tengo sumisa ahora mismo", como si las personas fueran una pertenencia transitoria.

Pero no puedo vivir constantemente mordiéndome la lengua por lo que piensen los demás. Asi que voy a pensar en mi mismo.

Si, busco. ¿Qué hay de malo?

El resto ya no depende de mi.

sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


domingo, 7 de junio de 2026

Prejuicio sin orgullo






Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.

La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”.  Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.

Usamos “prejuicio” como si fuera sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata: técnicamente posible, pero no recomendable.

La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.

Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el ascensor.

Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer, la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.

Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí. ¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio? Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).

Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja, guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de llevar una doble vida.

Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.


sábado, 6 de junio de 2026

Recuerdos íntimos


Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo. 


martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.


viernes, 10 de abril de 2026

Puntos de vista (entre el placer y la herida)





Hay gente que obtiene placer cuando sufren dolor. Hasta aquí podemos comprenderlo. ¿Y si decimos “me corro cuando me dan ostias”? Eso es mas extraño ¿no os pareces? A lo largo de mi vida he visto personas sumisas que disfrutaban con cosas que rechazamos de plano en la vida “real”.

Nunca le podría la mano encima a nadie, soy una persona muy respetuosa tanto en el fondo como en la forma, mi tolerancia no tiene límites respecto a los demás. Me considero amable y buena persona. No debería decir todo esto porque lo hago desde un punto de vista estrictamente subjetivo. Pero creo que es así.

Y no obstante he pegado, humillado, escupido, torturado, insultado, meado, arrastrado y usado a mucha gente en mi vida.

El contexto. De eso se trata. Y aunque no haya contexto (que, en este caso es el BDSM), mucha gente me tacharía de enfermo.

Todo eso que hice, moralmente reprobable, lo hice por conseguir que otras personas llegasen a alcanzar ese extraño placer que solo se da en el BDSM.

Entiendo que es difícil de comprender porque si digo que disfruto humillando a otra persona, no hay contexto que valga. Pero si digo que es en una sesión BDSM y la otra persona disfruta aun mas que yo de ser humillada, entonces es cuando rebajamos el prejudicio e intentamos comprender si eso es posible.

No intentéis comprenderlo: es posible. Y eso no me hace peor persona.

No soy un enfermo mental (ni yo ni las otras personas que lo hacen). Quizás mi salubridad mental sea mejor que la de aquellos que tienen deseos que reprimen. No hago daño a nadie, aunque parezca un contrasentido cuando también digo que he pegado a personas.

Y lo mas importante: BDSM no es necesariamente ser humillados, escupidos, torturados, insultados, meados, arrastrados ni usados. BDSM es un escenario donde sucede lo que dos personas acuerdan desde su libertad. Cualquier cosa que también puede excluir el ser humillados, escupidos, torturados, insultados, arrastrados o usados ¿Juzgar de enfermo a una persona que alcanza el orgasmo cuando la insultan? Desde mi punto de vista, quien lo juzga es quien tiene el verdadero problema. 


Mi amiga E


Mi amiga E acaba de separarse y como toda mujer hermosa que ya no tiene pareja, cientos de amigos, conocidos y saludados, se han lanzado a su caza cual depredadores sedientos de sangre. Los humanos somos así, en la desgracia ajena vemos una oportunidad propia. Yo no diré que me desagrade mi amiga E, todo lo contrario, me parece una buena persona, cariñosa, inteligente, divertida y terriblemente hermosa. ¿Y cual es mi posición al respecto? Por supuesto que me gustaría lanzarme sobre ella, arrancarle la ropa a mordiscos y después follar juntos con la efervescencia de quien sabe que solo quedan diez minutos para que el gigantesco meteorito impacte contra la tierra y volvamos a la época de los dinosaurios.

Es complicado porque me encanta como amiga, pero me encanta como mujer. No se si me encanta como amo porque mi intuición me mueve a dejar el rol fuera de esta ecuación.

Pero como buen espécimen al que las feromonas le nublan el sentido no puedo dejar de observar sus pechos (operados) luchando por romper las camisetas ajustadas que siempre viste. No puedo dejar de contemplar ese culo simplemente perfecto coronado por una cintura de avispa a la que me gustaría encadenarme para el resto de mi vida. No puedo dejar de mirar esas piernas largas, muy largas (mi amiga E es alta, muy alta) y esos tobillos finos e imaginármelos reposando en mis hombros. Su cara de rasgos duros pero angelical, su pelo lacio y si sonrisa eterna.

Puede que antes ya fuese ese viejo verde que la observaba en silencio de forma lasciva pero también con respeto. No porque tuviese pareja sino porque era mi amiga. Y la quiero demasiado para estropearlo intentando descubrir partes de ella que nunca he visto antes.

¿Qué hago? Continúo deseándola en silencio, pero con respeto. Imagino que, si ella leyese esto, cambiaria la opinión que tiene de mi (hacia peor) y esto lo asumo y lo integro en forma de silencio donde me sangra la lengua de tanto mordérmela.

Mi amiga E me tiene enamorado en casi todos los sentidos en los que una persona puede enamorarse de otra. Por eso no estoy haciendo absolutamente nada. Porque es mi amiga.