martes, 12 de mayo de 2026
Preguntas y mas preguntas
sábado, 20 de noviembre de 2021
La perversión del todo
Más que palabras destinadas a arrojar algo de luz sobre el BDSM, hoy me propongo reflexionar sobre aquello que somos y no aquello que hacemos.
Y es ahí, en esa primera frase, donde ya radica la trampa del lenguaje.
Imaginemos un texto periodístico donde se entrevista a una actriz, un actor o a alguien que conduce un coche de Fórmula 1.
-¿Podría introducirnos un poco sobre su persona? ¿Quién es usted? -pregunta el periodista
-Soy conductor de fórmula 1 -responde el entrevistado
También podría decir “soy actor/actriz” o
“soy escritor/a” o “soy cocinero/a”, alargando las variantes hasta el infinito (y más allá). ¿Realmente esas
personas son quienes manifiestan ser? Porque no son actores, cocineros, escritores ni
pilotos el cien por cien del tiempo que respiran. No se acuestan a dormir en el coche de Fórmula 1 ataviados con el mono y el casco, no están escribiendo mientras comen o no cocinan cuando se echan esa reparadora (y necesaria siesta) de los domingos.
Cuando declaramos que somos algo, lo que estamos definiendo es una parte de nuestra ocupación diaria, parte de nuestros gustos o de nuestra personalidad. Porque de la misma forma que decimos que somos soñadores no estamos soñando todo el rato. O cuando decimos que somos románticos tampoco somos de esas personas que caminan sobre nubes de azúcar repartiendo rosas incluso cuando duermen.
El “ser algo” no es un todo, aunque ese algo nos defina.
La recopilación de mis relatos sobre BDSM se titula “perversos relatos” y no porque yo sea perverso sino porque la perversión impregna todas y cada una de las páginas de ese libro como motor para transgredir y empujar a los personajes. Toda ficción necesita de una motivación. La perversión, como muchas otras cosas que “somos” es un modo de definir un contexto en la narrativa. Y todos sabemos que la perversión es algo que funciona de maravilla en nuestras fantasías. ¿Y acaso la ficción no es una fantasía?
Comprendiendo que si digo que soy perverso, no lo soy a todas horas… ¿Qué me define cuando digo que lo soy? (aparte de un ejercicio de egocentrismo al que estaréis acostumbrado si sois lectores de este blog).
Cuando acudo al diccionario de la RAE para buscar la definición de ciertas palabras, acostumbro a encontrar que el resto de definiciones son más acertadas que la primera.
No me considero perverso (en ciertos momentos) por ser malo ni causar daño. Porque no soy malo y respecto a lo del daño nunca dañaría a nadie (a no ser que el contexto y el consenso BDSM me lleve a ello). Prefiero quedarme con la segunda definición y considerarme a mi mismo como alguien que (de vez en cuando) corrompe costumbres, orden y estado aunque sea durante unos minutos. Y eso no es malo porque es el motor de muchas cosas que acaban desembocando en ese placer (culpable o no) que nos ilusiona, pero, sobre todo, que nos hace tener constancia de la vida en el sentido de sentirnos vivos.
jueves, 8 de julio de 2021
Desnudarse
Estoy acabando de leer la autobiografía de Ignatius titulada "Vive como un mendigo, baila como un rey".
Cuando hablo sobre un libro, suelo obviar su diseño porque en las brumas de la literatura, la forma nunca debería imponerse sobre el fondo. No obstante este libro, en su diseño, es tan bonito y está todo tan bien encajado que uno se pregunta que pretendían con tal dispendio artístico para enmarcar cuatro letras. Uno de los libros con un diseño más cuidado que han pasado por
mis manos. Respecto a lo bonito del contenido, es Ignatius: o te gusta o
lo odias. A mí suele gustarme, en especial cuando me disgusta.
Este texto no va sobre el cómico tinerfeño, sino sobre su capacidad para hablar de uno sin esconder absolutamente nada. Admiro esa capacidad de convertir la tragedia en humor. El manual del cómico asegura que la comedia es tragedia + tiempo. Pero con Ignatius el tiempo no existe porque transforma sus tragedias (propias) en humor. Y lo hace de una forma tan orgánica que no sabes si debes reírte con él o del él. Tengo la teoría de que Ignatius se siente más cómodo si nos reímos de él. A veces dudo de que sea realmente un humorista. Por eso me resulta fascinante esa capacidad de ahondar en la miseria y que el drama (o la tragedia) resulten humorísticos a los ojos del resto.
Volvamos al nudo gordiano que es el mejor de los nudos: este texto va sobre desnudarse en público sin tapujos. Y no hablo de algo literal. Ojalá, pero no. En este caso la metáfora no incluye una persona quitándose lentamente un traje regional al ritmo de una jota aragonesa. No soy tan perverso. O sí. Ahora mismo tengo en mente a varias personas a las que me gustaría ver haciendo eso. O no.
Hay personas que tienen blogs donde, desde el anonimato, se desnudan por completo, se abren en canal y muestran sus vísceras al mundo. En eso consiste desnudarse. No tengo claro que yo, en este modesto blog, sea uno de ellos. Ojalá sí.
Por mi forma de ser, la única forma de decir todo cuanto te pase por la cabeza, sin filtro, es el anonimato. Por eso me gusta Igantius, porque es capaz de hacerlo sin esa red de seguridad que es el paso del tiempo, dando la cara y convirtiendo eso en reflexión y humor.
Escribid donde sea, desde el anonimato o no, si tenéis un blog escribid y seguid escribiendo. Aunque sintáis que nadie os lea. Porque, como hace Ignatius, como intento hacer yo: escribimos para escucharnos en voz alta.
Tan solo eso.
viernes, 6 de noviembre de 2020
Curiosidad por los/as desconocidos/as
¿Qué es lo que nos atrae de alguien con quien, de repente, nos cruzamos en internet? Las mentes más básicas dirán que, si un hombre ve la foto de una mujer, las razones de esa atracción son evidentes y se apoyan en un deseo de seguir conociéndola en un plano estrictamente físico. Esas mismas mentes básicas seguramente duran que también sucede con las mujeres que ven fotos de hombres. Bienvenidos al siglo XXI. Otros, en cambio, sostendrán que es imposible sentir interés por alguien a quien solo has visto en una imagen o en unas pocas palabras. Dirán que, en todo caso, se trata de simple curiosidad: como quien encuentra una caja con un lazo dorado en mitad de la calle y siente el impulso de abrirla, aunque algo le frena. Pero no olvidemos un detalle: hablamos de virtualidad. Entre los ceros y unos que viajan por los cables del señor Movistar, aún desconocemos cómo encaja la química del cerebro.
Intentaré explicar por qué siento curiosidad por ciertas personas con las que me topo en internet, tengan o no una mirada melancólica. Me limito a este territorio digital porque esto es un blog, y si estás leyendo estas líneas lo haces a través de una pantalla.
Ahora mismo tú y yo no estamos sentados frente a frente en un bar, separados por dos cervezas bien frías.
Existen dos formas en las que surge mi curiosidad hacia alguien en la virtualidad. Dos formas simples de nombrar: o es el amo —mi faceta vinculada al BDSM— quien siente curiosidad, o es la persona. Y eso ocurre sin que yo pueda elegirlo, como un clic automático en el cerebro. A veces el interés del amo se transforma en curiosidad por la persona, o al revés. Incluso pueden coexistir. Pero en ese primer instante solo una de esas dos voces se activa.
Cuando alguien en internet despierta mi curiosidad, rara vez es por su foto. Soy consciente de lo que significa la belleza, tengas la nariz operada o no. Pero las imágenes no suelen ser lo que me atrapa. No puedo resistirme a las personas que sonríen. Aunque aquello que realmente me detiene es alguna frase que esa persona ha escrito. Me atraen quienes, desde la modestia, son capaces de clavarse un cuchillo metafórico en el pecho y abrirse de arriba abajo, mostrando sus entrañas emocionales sin pudor ni cálculo. Me intrigan esas personas a las que les importa poco si alguien las lee, pero aun así se atreven a realizar un harakiri público.
El problema suele venir cuando quiero saber más de esas personas. La desconfianza es algo intrínseco al ser humano, sobre todo en la virtualidad. A veces me siento cansado de demostrar continuamente que mis intenciones no son oscuras ni tienen nada que ver con mi rol. A veces, simplemente, quiero saber que esconde esa sonrisa.
viernes, 15 de junio de 2018
Dominar desde la cotidianeidad

No soy amo de fetiches, no lo soy de catervas ni condiciones. Mi proceder en la dominación sobrevuela todo cuanto de cotidiano hay en mi (nuestras) vida(s). Una mazmorra o un traje de látex no me estimulan, es más, corro el riesgo de que todo eso (que para mí es visual) provoque una desconexión con cuanto estoy haciendo en ese instante. Ser amo en lo cotidiano no significa ser menos amo. Un futbolista puede ser igual de competente lleno de tatuajes, anillos y estilismos que sin ellos. Para mi en el BDSM sucede algo parecido. Mazmorras, trajes, según que artilugios o procederes, son como esos tatuajes, anillos o estilismos: no me aportan. Aunque debo aclarar que hablo de mi forma de proceder, de mi mecanismo interno. No hablo del BDSM. Respeto y admiro a aquellos que son capaces de encontrar en todo eso, una especie de combustible que les fascina y los anima. No es mi caso.
¿Qué significa ser un amo desde lo cotidiano? Mi dominación se basa en algo intelectual donde todo cuanto es accesorio, sobra. Si me encuentro con una sumisa a la que le gustan los fetiches, las mazmorras o cierta parafernalia, me adapto siempre y cuando crea que ella vale la pena. Porque el BDSM también es eso: sacrificio. Y los amos también debemos sacrificarnos. El secreto consiste en encontrar ese punto intermedio donde el sacrificio no sea tal que nos haga traicionarnos a nosotros mismos, a nuestra esencia. Hay millones de dominantes y millones de dominados: seguid buscando, no os traicionéis a vosotros mismos. Ni en el BDSM, ni en el sexo, ni en el amor, ni en la vida.
Aunque repito de nuevo que esta es mi forma de proceder y que nada tiene nada que ver con lo que significa BDSM porque, como todo proceso donde hay intelectualidad, cada persona lo vive de una forma diferente. También porque, como he defendido siempre, el BDSM no es algo único que solo pueda ejecutarse de una única manera.
jueves, 25 de enero de 2018
Voces

La voz, en el BDSM, es un elemento primordial, sobre todo cuando privamos a la persona dominada del sentido de la vista. La voz, en el BDSM, la utilizamos para marcar el ritmo, expresar una protesta o tranquilizar a un alma torturada, para aconsejar y/o ordenar. Los dominantes pueden utilizar su voz como un instrumento más. Un grito puede doler más que un azote. Una palabra amable, dicha de modo amable, puede reconfortar más que un beso o una caricia.
La voz, eso tan importante y a lo que tan poco prestamos atención.