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viernes, 2 de octubre de 2026

La paradoja del placer ajeno



-Pégame fuerte, en el estómago -dice ella.

¿Debería? Si analizamos la pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño. ¿Debería?

-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó yo.

-Porque me lo merezco.

-Quizás sea yo quien deba juzgar eso no tu.

El castigo lo impone una persona sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de aprendizaje.

Porque, para mí, el castigo solo tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.

Hay personas dominadas que buscan el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre, es algo acordado.

Pero este texto no va sobre los brats. De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo: ¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez de la noche.

Mi problema es bastante más sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto realmente provocando dolor.

Puedo comprender perfectamente que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy distinta es sentirlo uno mismo.

Y ahí aparece la pequeña paradoja porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).

 

Y quizá ésa sea la parte que me resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor en sí mismo.

De modo que la cuestión no es si debo hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.

Por eso, cuando adopto el rol de dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.

Existe la idea común de que un sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea, mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad, es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el espectador, la mirada siempre cambia.

¿Qué clase de juego de roles sería si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el otro obedece?

Si la persona sometida encuentra su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente cómodo.

No todo aquello que uno hace por el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.

Esa es, supongo, una de las peculiaridades de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con ello.

Así que retraso el brazo y golpeo con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo, acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con dificultad.

Una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

De esto se trata el BDSM. Por esto me gusta el BDSM.


domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Elogio de las piernas (femeninas)


Todos tenemos piernas. Normalmente son dos, algo que sucede también con los ojos, las orejas, las manos, los testículos o los pechos, todos vienen de fábrica en un pack indivisible. A no ser que la (mala) fortuna o la cirugía se hayan involucrado en tu vida. Todas esas partes de nuestra anatomía no se venden por separado, como los huevos en un supermercado. Repito: dos piernas. Sigamos.

Las piernas femeninas han adquirido un estatuto en el imaginario masculino. No ocurre lo mismo con las piernas masculinas contempladas desde el punto de vista femenino. Algo bastante injusto para la industria nosotros, los machos cabríos. La explicación tiene que ver con la cultura, la moral y esa maravillosa costumbre de declarar pecado lo que nos fascina. Hubo una época en que una mujer no debía enseñar las piernas porque eran consideradas algo erótico. En el mecanismo de prohibir una cosa, conseguimos convertirla precisamente en aquello que pretendíamos ocultar: un objeto de deseo.

Los hombres (y aquí hablo de los heterosexuales, porque toda afirmación general necesita su aclaración) observamos piernas femeninas con una intensidad que recuerda a José Luis López Vázquez siguiendo a las suecas en cualquier película española de los años sesenta. Solo falta que sonase una música pop y un montón de hombres corriendo y gritando “¡a por las suecas!”.

Aclaro también que me refiero a personas nacidas con dos piernas. No tengo nada contra las personas con una, tres o ninguna, pero la política de la cancelación me obliga a convertir un comentario sobre extremidades en una declaración jurada ante notario.

Hombres heterosexuales y mujeres de dos piernas. Aclarado.

Pasemos ahora a una escena sencilla. Observamos a una mujer en la playa, semidesnuda. Miramos, pero al cabo de unos segundos desviamos la vista. La desnudez completa tiene algo de trabajo de oficina. Ya está todo el expediente sobre la mesa. Nos hemos acabado el libro. No queda misterio que gestionar.

Segunda escena, igual de sencilla. Esa misma mujer aparece poco después sentada en un bar, con una falda que parece haber sido diseñada por alguien que tenía una idea muy precisa de cuánto tejido era imprescindible para que aquello continuase llamándose falda (y no cinturón). Y entonces sucede la magia: la mirada permanece clavada en esos muslos, esos tobillos. El cerebro se activa. El perro de Pavlov empieza a salivar.

Porque las piernas, en realidad, no fueron inventadas para ser mostradas, sino para ser sugeridas. Y ahí reside gran parte de su poder. La mujer podría, si quisiera, dominar el mundo mediante una herramienta extraordinariamente sencilla: el largo de una falda. No importa tanto cómo sean las piernas. Importa cuánto de ellas se muestra. Una pierna hasta la rodilla es anatomía. Un poco más arriba, es literatura. Mas arriba empieza la política exterior. Y aquí llegamos a una de las grandes ironías de la civilización: hemos pasado siglos intentando controlar el cuerpo femenino mediante moral, religión y normas sociales para descubrir que quizá el instrumento de dominación más eficaz era una prenda que se puede subir o bajar unos cuantos centímetros. Nos hemos centrado en el escote cuando el arma de destrucción masiva era el largo de la falda. Espero que ninguna mujer lea esto o, aparte de pensar que soy un viejo verde (cosa que no está demasiado alejada de la realidad), también se dará cuenta del arma esconden sus piernas. Eso ha sonado mal ¿verdad? Me refiero a las piernas en si, al recorrido, no a su destino.

Cambio de tercio: me gustan las piernas de las mujeres. Lo reconozco sin pudor. Para mí son las columnas que sostienen el mundo, lo cual es una metáfora arquitectónica bastante más elegante que decir simplemente que me gustan mucho. Mucho. Al decir esto imaginareis que miro las piernas de las mujeres de forma inapropiada. Es posible. Pero tampoco voy a fingir una culpa que no siento. La mirada humana lleva millones de años haciendo cosas mucho más preocupantes que mirar unas piernas.

¿Por qué me gustan tanto? Pertenezco a una generación educada bajo la fascinante (y cristiana) premisa de que determinadas partes del cuerpo eran pecaminosas si se observaban demasiado, mientras otras podían contemplarse tranquilamente durante horas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nos enseñaron que ciertas cosas no debían mostrarse. Y entonces uno creció descubriendo la paradoja: cuanto más intentaban esconderte algo, más interesante se volvía. ¿Creéis que Dios encajó unas piernas ahí con el único propósito de que sirviesen para llevar el resto del cuerpo de un lado a otro? Podría ser una idea razonable, aunque resulta un poco decepcionante pensar que el gran creador del universo diseñó semejante mecanismo con una función mecánica, pero no estética.

Cuando escribo relatos eróticos, suelo describir las piernas de la mujer enfundadas en medias oscuras. No es casualidad. La media añade ese pequeño margen de misterio. Además, en un relato erótico hay que mantener cierta tensión. La literatura, como la vida, necesita saber cómo encontrar estímulos para que la cosa no se desinfle. Nunca mejor dicho.

Al final, quizá todo se reduzca a eso: a la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos. La pierna desnuda es un hecho. La pierna sugerida es una posibilidad. Y la imaginación, como saben perfectamente los dictadores y los poetas, es más peligrosa que la realidad.

Así pues, enséñame tus piernas (aunque de forma parcial) y me postraré ante ti. Ponte una falda y deja que mi imaginación haga el resto.

De eso se trata la vida.





martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.


sábado, 20 de noviembre de 2021

La perversión del todo

 Perversos relatos de [John Deybe]

Más que palabras destinadas a arrojar algo de luz sobre el BDSM, hoy me propongo reflexionar sobre aquello que somos y no aquello que hacemos.

Y es ahí, en esa primera frase, donde ya radica la trampa del lenguaje.

Imaginemos un texto periodístico donde se entrevista a una actriz, un actor o a alguien que conduce un coche de Fórmula 1.

-¿Podría introducirnos un poco sobre su persona? ¿Quién es usted? -pregunta el periodista

 -Soy conductor de fórmula 1 -responde el entrevistado

También podría decir “soy actor/actriz” o “soy escritor/a” o “soy cocinero/a”, alargando las variantes hasta el infinito (y más allá). ¿Realmente esas personas son quienes manifiestan ser? Porque no son actores, cocineros, escritores ni pilotos el cien por cien del tiempo que respiran. No se acuestan a dormir en el coche de Fórmula 1 ataviados con el mono y el casco, no están escribiendo mientras comen o no cocinan cuando se echan esa reparadora (y necesaria siesta) de los domingos.

Cuando declaramos que somos algo, lo que estamos definiendo es una parte de nuestra ocupación diaria, parte de nuestros gustos o de nuestra personalidad. Porque de la misma forma que decimos que somos soñadores no estamos soñando todo el rato. O cuando decimos que somos románticos tampoco somos de esas personas que caminan sobre nubes de azúcar repartiendo rosas incluso cuando duermen.

 El “ser algo” no es un todo, aunque ese algo nos defina.

La recopilación de mis relatos sobre BDSM se titula “perversos relatos” y no porque yo sea perverso sino porque la perversión impregna todas y cada una de las páginas de ese libro como motor para transgredir y empujar a los personajes. Toda ficción necesita de una motivación. La perversión, como muchas otras cosas que “somos” es un modo de definir un contexto en la narrativa. Y todos sabemos que la perversión es algo que funciona de maravilla en nuestras fantasías. ¿Y acaso la ficción no es una fantasía?

Comprendiendo que si digo que soy perverso, no lo soy a todas horas… ¿Qué me define cuando digo que lo soy? (aparte de un ejercicio de egocentrismo al que estaréis acostumbrado si sois lectores de este blog).

 

Cuando acudo al diccionario de la RAE para buscar la definición de ciertas palabras, acostumbro a encontrar que el resto de definiciones son más acertadas que la primera. 

No me considero perverso (en ciertos momentos) por ser malo ni causar daño. Porque no soy malo y respecto a lo del daño nunca dañaría a nadie (a no ser que el contexto y el consenso BDSM me lleve a ello). Prefiero quedarme con la segunda definición y considerarme a mi mismo como alguien que (de vez en cuando) corrompe costumbres, orden y estado aunque sea durante unos minutos. Y eso no es malo porque es el motor de muchas cosas que acaban desembocando en ese placer (culpable o no) que nos ilusiona, pero, sobre todo, que nos hace tener constancia de la vida en el sentido de sentirnos vivos.

 

jueves, 8 de julio de 2021

Desnudarse

 IGNATIUS | Vive como un mendigo, baila como un rey – La Llama Store

Estoy acabando de leer la autobiografía de Ignatius titulada "Vive como un mendigo, baila como un rey". Cuando hablo sobre un libro, suelo obviar su diseño porque en las brumas de la literatura, la forma nunca debería imponerse sobre el fondo. No obstante este libro, en su diseño, es tan bonito y está todo tan bien encajado que uno se pregunta que pretendían con tal dispendio artístico para enmarcar cuatro letras. Uno de los libros con un diseño más cuidado que han pasado por mis manos. Respecto a lo bonito del contenido, es Ignatius: o te gusta o lo odias. A mí suele gustarme, en especial cuando me disgusta.

Este texto no va sobre el cómico tinerfeño, sino sobre su capacidad para hablar de uno sin esconder absolutamente nada. Admiro esa capacidad de convertir la tragedia en humor. El manual del cómico asegura que la comedia es tragedia + tiempo. Pero con Ignatius el tiempo no existe porque transforma sus tragedias (propias) en humor. Y lo hace de una forma tan orgánica que no sabes si debes reírte con él o del él. Tengo la teoría de que Ignatius se siente más cómodo si nos reímos de él. A veces dudo de que sea realmente un humorista. Por eso me resulta fascinante esa capacidad de ahondar en la miseria y que el drama (o la tragedia) resulten humorísticos a los ojos del resto.

Volvamos al nudo gordiano que es el mejor de los nudos: este texto va sobre desnudarse en público sin tapujos. Y no hablo de algo literal. Ojalá, pero no. En este caso la metáfora no incluye una persona quitándose lentamente un traje regional al ritmo de una jota aragonesa. No soy tan perverso. O sí. Ahora mismo tengo en mente a varias personas a las que me gustaría ver haciendo eso. O no.

Hay personas que tienen blogs donde, desde el anonimato, se desnudan por completo, se abren en canal y muestran sus vísceras al mundo. En eso consiste desnudarse. No tengo claro que yo, en este modesto blog, sea uno de ellos. Ojalá sí.

Por  mi forma de ser, la única forma de decir todo cuanto te pase por la cabeza, sin filtro, es el anonimato. Por eso me gusta Igantius, porque es capaz de hacerlo sin esa red de seguridad que es el paso del tiempo, dando la cara y convirtiendo eso en reflexión y humor.

Escribid donde sea, desde el anonimato o no, si tenéis un blog escribid y seguid escribiendo. Aunque sintáis que nadie os lea. Porque, como hace Ignatius, como intento hacer yo: escribimos para escucharnos en voz alta.

Tan solo eso.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Curiosidad por los/as desconocidos/as

 


¿Qué es lo que nos atrae de alguien con quien, de repente, nos cruzamos en internet? Las mentes más básicas dirán que, si un hombre ve la foto de una mujer, las razones de esa atracción son evidentes y se apoyan en un deseo de seguir conociéndola en un plano estrictamente físico. Esas mismas mentes básicas seguramente duran que también sucede con las mujeres que ven fotos de hombres. Bienvenidos al siglo XXI. Otros, en cambio, sostendrán que es imposible sentir interés por alguien a quien solo has visto en una imagen o en unas pocas palabras. Dirán que, en todo caso, se trata de simple curiosidad: como quien encuentra una caja con un lazo dorado en mitad de la calle y siente el impulso de abrirla, aunque algo le frena. Pero no olvidemos un detalle: hablamos de virtualidad. Entre los ceros y unos que viajan por los cables del señor Movistar, aún desconocemos cómo encaja la química del cerebro.

Intentaré explicar por qué siento curiosidad por ciertas personas con las que me topo en internet, tengan o no una mirada melancólica. Me limito a este territorio digital porque esto es un blog, y si estás leyendo estas líneas lo haces a través de una pantalla. 

Ahora mismo tú y yo no estamos sentados frente a frente en un bar, separados por dos cervezas bien frías.

Existen dos formas en las que surge mi curiosidad hacia alguien en la virtualidad. Dos formas simples de nombrar: o es el amo —mi faceta vinculada al BDSM— quien siente curiosidad, o es la persona. Y eso ocurre sin que yo pueda elegirlo, como un clic automático en el cerebro. A veces el interés del amo se transforma en curiosidad por la persona, o al revés. Incluso pueden coexistir. Pero en ese primer instante solo una de esas dos voces se activa. 

Cuando alguien en internet despierta mi curiosidad, rara vez es por su foto. Soy consciente de lo que significa la belleza, tengas la nariz operada o no. Pero las imágenes no suelen ser lo que me atrapa. No puedo resistirme a las personas que sonríen. Aunque aquello que realmente me detiene es alguna frase que esa persona ha escrito. Me atraen quienes, desde la modestia, son capaces de clavarse un cuchillo metafórico en el pecho y abrirse de arriba abajo, mostrando sus entrañas emocionales sin pudor ni cálculo. Me intrigan esas personas a las que les importa poco si alguien las lee, pero aun así se atreven a realizar un harakiri público.

El problema suele venir cuando quiero saber más de esas personas. La desconfianza es algo intrínseco al ser humano, sobre todo en la virtualidad. A veces me siento cansado de demostrar continuamente que mis intenciones no son oscuras ni tienen nada que ver con mi rol. A veces, simplemente, quiero saber que esconde esa sonrisa. 

viernes, 15 de junio de 2018

Dominar desde la cotidianeidad

 Kinky Fetish Domina | BDSM Fetish

No soy amo de fetiches, no lo soy de catervas ni condiciones. Mi proceder en la dominación sobrevuela todo cuanto de cotidiano hay en mi (nuestras) vida(s). Una mazmorra o un traje de látex no me estimulan, es más, corro el riesgo de que todo eso (que para mí es visual) provoque una desconexión con cuanto estoy haciendo en ese instante. Ser amo en lo cotidiano no significa ser menos amo. Un futbolista puede ser igual de competente lleno de tatuajes, anillos y estilismos que sin ellos. Para mi en el BDSM sucede algo parecido. Mazmorras, trajes, según que artilugios o procederes, son como esos tatuajes, anillos o estilismos: no me aportan. Aunque debo aclarar que hablo de mi forma de proceder, de mi mecanismo interno. No hablo del BDSM. Respeto y admiro a aquellos que son capaces de encontrar en todo eso, una especie de combustible que les fascina y los anima. No es mi caso.

¿Qué significa ser un amo desde lo cotidiano? Mi dominación se basa en algo intelectual donde todo cuanto es accesorio, sobra. Si me encuentro con una sumisa a la que le gustan los fetiches, las mazmorras o cierta parafernalia, me adapto siempre y cuando crea que ella vale la pena. Porque el BDSM también es eso: sacrificio. Y los amos también debemos sacrificarnos. El secreto consiste en encontrar ese punto intermedio donde el sacrificio no sea tal que nos haga traicionarnos a nosotros mismos, a nuestra esencia. Hay millones de dominantes y millones de dominados: seguid buscando, no os traicionéis a vosotros mismos. Ni en el BDSM, ni en el sexo, ni en el amor, ni en la vida.

Aunque repito de nuevo que esta es mi forma de proceder y que nada tiene nada que ver con lo que significa BDSM porque, como todo proceso donde hay intelectualidad, cada persona lo vive de una forma diferente. También porque, como he defendido siempre, el BDSM no es algo único que solo pueda ejecutarse de una única manera.


jueves, 25 de enero de 2018

Voces

 de amor y otras adicciones | Explore Tumblr Posts and Blogs | Tumgir

Yo soy persona de voces. Las voces son lo primero que me atrae. Algo, por otro lado, totalmente injusto pues nuestra voz es de lo menos moldeable de cuanto tenemos. Podemos vestirnos, peinarnos, perfumarnos, cambiar nuestra mirada, nuestro coche, nuestras gafas. Pero nunca podremos cambiar nuestro tono de voz. O gusta o no gusta. Porque, aunque lo modulemos, siempre acabamos teniendo la voz que tenemos, no la que querríamos.

La voz, en el BDSM, es un elemento primordial, sobre todo cuando privamos a la persona dominada del sentido de la vista. La voz, en el BDSM, la utilizamos para marcar el ritmo, expresar una protesta o tranquilizar a un alma torturada, para aconsejar y/o ordenar. Los dominantes pueden utilizar su voz como un instrumento más. Un grito puede doler más que un azote. Una palabra amable, dicha de modo amable, puede reconfortar más que un beso o una caricia.

La voz, eso tan importante y a lo que tan poco prestamos atención.