jueves, 1 de enero de 2026

Propósitos de año nuevo (un año más)



El mes de enero aterriza siempre con la misma energía espiritual: un calendario nuevo, un cuaderno sin estrenar y la firme convicción de que, por fin, vamos a convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos. Un Pokémon evolucionado, pero de marca blanca.

Los propósitos se alinean como si fueran un ejército disciplinado: ir al gimnasio, comer sano, leer más, ahorrar, ser mejores personas. Durante tres días (cuatro si eres un héroe) la cosa parece funcionar. Te levantas temprano contra tu voluntad, desayunas avena que sabe a relleno de cojín, lees diez páginas de un libro que no entiendes y te convences de que esta vez sí, ya está: has roto la maldición.

Pero entonces llega la vida real para adueñarse de nuestra voluntad, de repente nos da la impresión de que el gimnasio está cada vez mas lejos, la avena se convierte en un castigo medieval, el libro se queda en la mesita comiendo polvo y el ahorro… bueno, el ahorro se convierte en un concepto casi metafísico.

31 días después, febrero nos encuentra como cada año: con la tarjeta del gimnasio sin estrenar, un tupper de verduras marchitas en la nevera y la sospecha de que quizá, solo quizá, la mejor versión de nosotros mismos es la que no se toma tan en serio los propósitos.

Seamos honestos: si de verdad quisiéramos cambiar radicalmente, no esperaríamos al 1 de enero. Si esperamos es porque, en el fondo, nos encanta este ritual tragicómico de prometer lo imposible. Es nuestro pequeño teatro anual. Nuestro momento drama queen encima donde nuestros amigos y familiares nos aplauden.

¿Qué importa que el resultado sea siempre le decepción propia y ajena? A eso se le llama vivir.

Y ahora, si me permitís, voy a volver a lo mío que estoy dudando si apuntarme al gimnasio o beberme la tercera cerveza del día.