Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.
