Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases
que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un
televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría
sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo
manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada
justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser
realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo
nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente
irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros
hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos
para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar).
En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan
impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes
sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.
También dicen que acostarse con un desconocido es un acto
irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que
llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen
demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo,
arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero
irracional no parece la palabra adecuada.
¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?
La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde
donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la
encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para
poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo,
la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de
procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni
de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal,
como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes
colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque
también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black
Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de
irracionales.
El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema
del que me apasiona escribir.
La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar
las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que
se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un
experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o
"-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no
profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos
en una tarde.
Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin
embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que
puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al
cabo. Mi lógica.
¡Ah, entonces hablamos de locuras!
Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las
hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que
aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía
no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la
patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y
visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza
por tu cumpleaños.
Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que
quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder
que no.
Sí, estamos hablando de sexo.
O de BDSM.
Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación
colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas
haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma
¿Es una locura?
Depende.
Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es
conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar
montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el
siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma
razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con
protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco
homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos
fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos
actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer
guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad
consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad
reglamentada.
¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor
idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse
incluso en mis sueños.
Tengo la sensación de estar encadenando ideas que
probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien
pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del
pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los
textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como
ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca.
Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.
Así que lo dejaré aquí.
No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero
hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia
entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de
un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario