miércoles, 17 de junio de 2026

Locura Vs Locura

Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar). En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.

También dicen que acostarse con un desconocido es un acto irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo, arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero irracional no parece la palabra adecuada.

¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?

La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo, la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal, como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de irracionales.

El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema del que me apasiona escribir.

La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o "-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos en una tarde.

Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al cabo. Mi lógica.

¡Ah, entonces hablamos de locuras!

Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza por tu cumpleaños.

Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder que no.

Sí, estamos hablando de sexo.

O de BDSM.

Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma

¿Es una locura?

Depende.

Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad reglamentada.

¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse incluso en mis sueños.

Tengo la sensación de estar encadenando ideas que probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca. Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.

Así que lo dejaré aquí.

No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.


No hay comentarios:

Publicar un comentario