La luz de la tarde entraba por la
ventana con amable tibieza, bañándolo todo de una luz suave y casi dorada. En
el silencio de la inmensa instancia, dos presencias ocupaban ese espacio. Nadie mas. No hacía falta hablar. Bastaba el sonido leve de una página al pasar, el
movimiento pausado de unas manos, la forma en que la respiración parecía
acompasarse con el aire inmóvil. Leyendo, observándose en silencio. Aunque la mirada de una de las dos personas era algo mas insistente, sin ser agresiva, firme pero sutil. Como quien contempla el mar sabiendo
que no puede poseerlo, pero sabe que siempre volverá a esa playa.
En esta escena hay detalles imposibles
de ignorar. La curva de una sonrisa fugaz que aparecía sin previo aviso. La
inclinación de la cabeza al concentrarse. La manera en que la luz encontraba
siempre un lugar donde quedarse sobre la piel. Cada encuentro, cada tarde, se añadía
nueva información a un deseo cuidadosamente escondido. Nunca decían nada. Tampoco debían, en una biblioteca lo primero que lees es “silencio”
así que guardaban las palabras tras miradas inocentes, saludos breves con
un movimiento de cabeza que dejaban un eco persistente. Y sin embargo,
bajo esa superficie tranquila, crecía una tensión dulce y persistente.
A veces imaginaban acercarse un
poco más. No para romper el silencio, sino para compartirlo. Sentarse cerca,
sentir el calor de aquella presencia mezclándose con el propio. Descubrir si ese
otro corazón latía con calma aparente o escondía tormentas semejantes a la
suya.
Nunca se acercaron porque la
imaginación es un territorio seguro. Un escenario donde podían abusar
de los pequeños gestos, de las miradas casuales que tal vez significaban algo o
tal vez nada. Podían permitirse pensar en la cercanía de unas manos rozándose
por accidente, en cruzar la mirada demasiado rato, en la electricidad sutil que
nace cuando dos personas perciben la existencia de una posibilidad y ninguna se
atreve a nombrarla.
Los días avanzaban lentamente.
Cada tarde, la luz transformaba lo dorado en algo tenue. Luego la artificial luz
blanca lo invadía todo.
Y mientras esos días desaparecían y volvían a comenzar, el deseo seguía allí, igual de intacto que de silencioso. Sin exigir. Sin reclamar. Sin poseer. Simplemente habitaba el espacio entre esas dos personas como una llama pequeña que se niega a extinguirse.
Quizá nunca llegaría el momento de hablar. Quizá todo quedaría reducido a recuerdos construidos sobre gestos. Pero, por alguna razón, había una belleza especial en ese tipo de relación. En desear sin poseer. En mirar sin invadir. En guardar dentro del pecho un secreto que hacía de los días algo infinitamente mejor.
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(En este relato, si lo vuelves a
leer, verás que, en ningún momento, se menciona el género de los personajes.
Ahora hazte una pregunta: ¿qué géneros has imaginado y por qué?)
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