Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.
La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por
lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por
qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos
rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando
improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.
Usamos “prejuicio” como si fuera
sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una
opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una
tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata:
técnicamente posible, pero no recomendable.
La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.
Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega
información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con
intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la
apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el
tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el
ascensor.
Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el
cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más
brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los
tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas
hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer,
la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.
Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine
o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí.
¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos
absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio?
Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).
Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para
esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja,
guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de
llevar una doble vida.
Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un
poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.
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