martes, 12 de mayo de 2026
Preguntas y mas preguntas
viernes, 10 de abril de 2026
Puntos de vista
Hay gente que obtiene placer
cuando sufren dolor. Hasta aquí podemos comprenderlo. ¿Y si decimos “me corro
cuando me dan ostias”? Eso es mas extraño ¿no os pareces? A lo largo de mi vida
he visto personas sumisas que disfrutaban con cosas que rechazamos de plano en
la vida “real”.
Nunca le podría la mano encima a
nadie, soy una persona muy respetuosa tanto en el fondo como en la forma, mi
tolerancia no tiene límites respecto a los demás. Me considero amable y buena
persona. No debería decir todo esto porque lo hago desde un punto de vista
estrictamente subjetivo. Pero creo que es así.
Y no obstante he pegado,
humillado, escupido, torturado, insultado, meado, arrastrado y usado a mucha
gente en mi vida.
El contexto. De eso se trata. Y
aunque no haya contexto (que, en este caso es el BDSM), mucha gente me tacharía
de enfermo.
Todo eso que hice, moralmente
reprobable, lo hice por conseguir que otras personas llegasen a alcanzar ese
extraño placer que solo se da en el BDSM.
Entiendo que es difícil de
comprender porque si digo que disfruto humillando a otra persona, no hay
contexto que valga. Pero si digo que es en una sesión BDSM y la otra persona
disfruta aun mas que yo de ser humillada, entonces es cuando rebajamos el
prejudicio e intentamos comprender si eso es posible.
No intentéis comprenderlo: es
posible. Y eso no me hace peor persona.
No soy un enfermo mental (ni yo
ni las otras personas que lo hacen). Quizás mi salubridad mental sea mejor que
la de aquellos frustrados que tienen deseos que reprimen. No hago daño a nadie,
aunque parezca un contrasentido el decir esto cuando digo que he pegado a
personas.
Y lo mas importante: BDSM no es
necesariamente ser humillados, escupidos, torturados, insultados, meados,
arrastrados ni usados. BDSM es un escenario donde sucede lo que dos personas
acuerdan desde su libertad. ¿Juzgar de enfermo a una persona que alcanza el
orgasmo cuando la insultan? Desde mi punto de vista, quien lo juzga es el
enfermo.
Mi amiga E
Mi amiga E acaba de separarse y como toda mujer hermosa que ya no tiene pareja, cientos de amigos, conocidos y saludados, se han lanzado a su caza cual depredadores sedientos de sangre. Los humanos somos así, en la desgracia ajena vemos una oportunidad propia. Yo no diré que me desagrade mi amiga E, todo lo contrario, me parece una buena persona, cariñosa, inteligente, divertida y terriblemente hermosa. ¿Y cual es mi posición al respecto? Por supuesto que me gustaría lanzarme sobre ella, arrancarle la ropa a mordiscos y después follar juntos con la efervescencia de quien sabe que solo quedan diez minutos para que el gigantesco meteorito impacte contra la tierra y volvamos a la época de los dinosaurios.
Es complicado porque me encanta como amiga, pero me encanta
como mujer. No se si me encanta como amo porque mi intuición me dice que es la persona
menos sumisa del mundo y prefiero dejar el rol fuera de esta educación.
Pero como buen espécimen al que las feromonas le nublan el
sentido no puedo dejar de observar sus pechos (operados) luchando por romper las
camisetas ajustadas que siempre viste. No puedo dejar de contemplar ese culo
simplemente perfecto coronado por una cintura de avispa a la que me gustaría
encadenarme para el resto de mi vida. No puedo dejar de mirar esas piernas
largas, muy largas (mi amiga E es alta, muy alta) y esos tobillos finos e imaginármelos
reposando en mis hombros mientras la embisto. Su cara de rasgos duros pero
angelical, su pelo lacio y si sonrisa eterna.
Antes ya la miraba de forma lasciva y en silencio (algo
habitual en mi) pero también con respeto. No porque tuviese pareja sino porque
era mi amiga. Y la quiero demasiado para estropearlo intentando descubrir
partes de ella que nunca he visto antes.
¿Qué hago? Continúo deseándola en silencio, pero con respeto.
Imagino que, si ella leyese esto, cambiaria la opinión que tiene de mi (hacia
peor) y esto lo asumo y lo integro en forma de silencio donde me sangra la
lengua de tanto mordérmela.
Mi amiga E me tiene enamorado en casi todos los sentidos en
los que una persona puede enamorarse de otra. Por eso no estoy haciendo
absolutamente nada.
lunes, 23 de marzo de 2026
La tópica realidad (relato)
El bar estaba medio vacío, como
si la tarde hubiera decidido marcharse antes de tiempo. Las luces cálidas
apenas lograban disimular el cansancio que lo impregnada todo. El camarero
limpiaba vasos con la misma resignación con la que uno acepta que la vida no
siempre sale como se imaginaba.
Ella entró envuelta en un abrigo que
había visto días mejores. Tenía cinco hijos, un marido que hacía años que no la
miraba de verdad, y una rutina que la había ido desgastando como una piedra en
el mar. No se cuidaba, no porque no quisiera, sino porque ya no recordaba cómo
se hacía. Había olvidado incluso qué cosas le hacían sentir viva. El abrigo marrón,
viejo y desgastado era el mejor anuncio de lo que abrigaba.
Pidió un café. No quería alcohol;
necesitaba claridad, no más niebla. Lo hizo con voz baja y un sentimiento de
culpa que llevaba días instalado en lo mas hondo de su corazón.
Fue entonces cuando lo vio. Un
hombre sentado solo en la barra, con un libro abierto y una expresión
tranquila, casi fuera de lugar en aquel sitio. No era especialmente guapo, pero
ni por unos instantes ella dudo de que fuera la persona que había ido a buscar.
¿Por qué no le había visto al entrar? Seguramente porque ella caminaba con la
vista clavada en el suelo, sumida en sus propios pensamientos que no eran más
que problemas cotidianos.
Él levantó la vista y sus ojos se
cruzaron. No fue una mirada invasiva, ni atrevida, ni incómoda. El desconocido
cerró el libro con suavidad y se acercó un poco, manteniendo una distancia
respetuosa.
-Hola, parece que has tenido un día duro -dijo
con una voz tranquila, sin juicio.
Ella soltó una risa breve, casi
torpe, como quien desempolva un gesto olvidado.
-Como casi todos los días -respondió.
Él sonrió, no con lástima, sino
con complicidad. Como si entendiera más de lo que decía. Se saludaron con dos
besos breves en la mejilla y tomaron asiento en lo mas alejado del bar.
Hablaron. De cosas pequeñas al
principio: del clima, del café, del libro que él leía. Pero poco a poco, sin
darse cuenta, ella fue aflojando los nudos que llevaba dentro. No le contó su
vida entera, pero sí lo suficiente para sentir que respiraba un poco mejor. El
hombre no intentó empujarla hacia ningún lugar, tampoco aconsejarla, ni ocupar
un lugar que no le correspondía. Solo escuchó. Y en ese gesto sencillo, ella
encontró algo que creía perdido: la sensación de que aún quedaba algo de sí
misma por recuperar. Una sensación que había comenzado a germinar meses atrás cuando
comenzó a hablar con ese mismo hombre desde la virtualidad.
La mujer sintió que en diez
minutos había conseguido un momento de intimidad más poderoso que con su esposo
en los últimos diez años.
-¿Estás nerviosa? -preguntó el sin
dejar de mirarla a los ojos.
-Demasiado. No sé qué estoy
haciendo aquí.
-Yo sí que lo se.
-Sabes mas de mi que yo misma,
entonces.
-Se que estás aquí precisamente
por todo cuanto acabas de contarme. La vida te pesa demasiado y eso es algo que
le sucede a mucha mas gente de la que imaginamos. Mi vida es mas sencilla, pero
entiendo tus motivos.
-¿Por qué crees que he decidido
entregarme a ti?
-No tiene nada que ver conmigo. Lo
que ha sucedido es que hablando conmigo desde hace días, has recordado que
todavía puedes cambiarte a tí misma.
-¿Y merece la pena ese riesgo?
Creo que es mas peligroso de lo que imagino.
-Convertirte en sumisa no es
peligroso, es una maravilla si es lo que deseas. El peligro es abrir una puerta
donde veas que esa versión de ti misma aún está ahí y quieras cambiar las
cosas.
-Nunca me separaría de mi marido.
-¿Por tus hijos?
-Por todo, no sabría que hacer
sola. Hace años que no trabajo, tengo cincuenta años y el piso está a nombre de
él.
-Pareces una mujer secuestrada.
-En cierto sentido, me siento así.
-Llevas toda una vida siendo la
sumisa de una situación vital, de tu vida.
-Supongo que si, quizás por eso
ahora quiero ser sumisa por mi misma. Por gritar, llorar, sudar y emocionarme
por motivos que sean propios. No ajenos.
-Es una buena explicación.
-¿Te has encontrado antes a
alguien como yo?
-Cada persona es diferente. Decir
que hay personas como tu es hacer una pincelada en la sociedad, pero con el
color uniforme. No todo es blanco, no todo es negro. Tu vida, además de ser diferente
a cualquier otra, también tiene colores hermosos. ¿Alguien como tú, dices? Tu
eres especial.
-Si esto fuese una novela sería
una novela rosa… me gustan leer las novelas rosas.
-Cuando te tenga desnuda y atada,
a mi servicio, se convertirá en otro tipo de novela.
Un estremecimiento
le recorrió su piel, como si un viento antiguo hubiera despertado algo dormido
en su interior. ¿De verdad estaba a
punto de entregarse al impulso que aquel desconocido despertaba en ella? ¿Rendirse
sin más a una intuición que no sabía nombrar?
¿Convertirse en sumisa? Su vida la empujaba hacia el abismo de esa
locura, mientras su mente levantaba muros desesperados en la eterna batalla: la
razón aferrada a su jaula, el corazón golpeando los barrotes.
-Entonces… que sea lo que tenga
que ser -susurró la mujer, apartando de un manotazo cualquier resto de lógica
que aún le temblara en la cabeza.
Podría parecer
una escena sacada de una novela rosa, una de esas historias que se leen a
escondidas. La historia de una mujer agotada por un matrimonio sin brillo, por
una vida que la había ido borrando, la historia de una mujer que se deja caer
en los brazos de un desconocido. Sí, sonaba cursi. Sonaba improbable. Sonaba a ficción barata.
Pero era
dolorosamente real. Y, en ese instante, era lo único que su alma cansada
deseaba.
jueves, 1 de enero de 2026
Propósitos de año nuevo (un año más)
El mes de enero aterriza siempre con la misma energía espiritual: un calendario nuevo, un cuaderno sin estrenar y la firme convicción de que, por fin, vamos a convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos. Una especie de Pokémon evolucionado, pero de hacendado.
Los propósitos se alinean como si fueran un ejército disciplinado: ir al gimnasio, comer sano, leer más, ahorrar, ser mejores personas. Durante tres días (cuatro si eres un héroe) la cosa parece funcionar. Te levantas temprano contra tu voluntad, desayunas avena que sabe a relleno de cojín, lees diez páginas de un libro que no entiendes y te convences de que esta vez sí, ya está: has roto la maldición.
Pero entonces llega la vida real, con su puntualidad castrense. Nos da la impresión de que el gimnasio está cada vez mas lejos, la avena se convierte en un castigo medieval, el libro se queda en la mesita como el recordatorio de un futuro inexistente, y el ahorro… bueno, el ahorro se convierte en un concepto casi metafísico.
31 días después, febrero nos encuentra como cada año: con la tarjeta del gimnasio sin estrenar, un tupper de verduras marchitas en la nevera y la sospecha de que quizá, solo quizá, la mejor versión de nosotros mismos es la que no se toma tan en serio los propósitos.
Seamos honestos: si de verdad quisiéramos cambiar radicalmente, no esperaríamos al 1 de enero. Y si esperamos… es porque en el fondo nos encanta este ritual tragicómico de prometer lo imposible. Es nuestro pequeño teatro anual. Nuestro momento drama queen encima de un escenario donde nuestros amigos y familiares nos aplauden.
¿Qué importa que el resultado sea siempre le decepción propia y ajena? A eso se le llama vivir.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
La necesidad y los sentidos (relato)
La lluvia comenzó su acostumbrada tarea justo en el
instante en que la mujer alcanzaba a resguardarse en el portal, como si el cielo hubiese decidido
acompañar el leve temblor que le recorría el pecho con algún que otro relámpago y rachas de agua. Un gesto cómplice del clima, imitándole el pulso descontrolado. Pura teatralidad. Ella cerró los ojos e intentó relajarse, como si eso fuese algo posible.
El hombre solía decir que amaba la lluvia por los olores; ella compartía esa devoción, aunque el hedor a cloaca que ascendía ahora desde las entrañas de la ciudad no era precisamente el perfume que habría elegido para el momento. ¿Sería una señal, un aviso, un mal presagio? Llevaba horas dándole vueltas a esa visita, imaginando una y otra vez lo que significaría acortar la distancia amable de las palabras escritas, que actuaban en forma de escudo. ¿Por que hacerlo de aquella manera? Lo diferente, no siempre es algo que aporte una enseñanza positiva. Aunque también sabia que de las enseñanzas negativas se aprende mas que del resto. Acertar diez veces es rutina, fallar diez veces es tragedia.
Por fin estaba allí, frente a la puerta, con la lluvia marcando el compás del miedo y la curiosidad. Podía salir corriendo bajo la tormenta, perderse otra vez en unas calles que conocía de haberlas transitado minutos antes, o podía subir al piso y enfrentarse a sus miedos, a sus dudas, enfrentarse a la desconfianza. Ambas opciones eran reales, casi palpables: la huida tenía el sabor amargo de lo familiar aunque también la promesa de un alivio inmediato. Entrar, en cambio, era un salto al vacío, una apuesta por lo que aún no tenía nombre.
Mientras el agua le goteaba por la frente desde su pelo mojado, recordó cuantas veces había huido antes, y cada vez que escapaba, lo desconocido no desaparecía: le perseguía un silencioso eco que se estiraba en la oscuridad. Huir era volver a empezar el mismo círculo. Entrar significaba, romperlo, pero esa valentía podía acabar mal.
"Fallar diez veces es tragedia", se repitió a si misma. ¿Por que se castigaba de esa forma? Salir corriendo no significaria haber fracasado, estaba segura de que el hombre la entendería. Subir a su piso, en cambio, presentaba demasiadas preguntas sin responder y temores que podían llegar a ser realidades.
Respiró hondo. La puerta esperaba.
Decidió confiar porque no solo estaba confiando en aquel hombre, sino que estaba confiando en si misma: En todos los hombres y todas las mujeres, en realidad. Confiar y acertar significaría salir de allí caminando con el paso mas firme y seguro. Y , aunque el miedo le hiciese temblar cada hueso de su cuerpo, prefería avanzar.
Solo era un abrazo, nada mas. Eso habían dicho. "Solo"... como si un abrazo con un desconocido no pudiese ser el detonante de mil tragedias.
Dos plantas más arriba la aguardaba una puerta entreabierta. Con el corazón encogido empujó. Al otro lado se abría un pasillo silencioso. Respiró hondo y entró, cerrando la puerta, sellando el pacto. ¿Y si se estaba poniendo demasiado dramática? En los últimos años había aprendido a no temer ese vértigo que aparece cuando una decisión se tambalea, porque, en el fondo, cada tropiezo te revela una forma diferente de mirar el mundo. Equivocarse no es un fracaso, sino una manera imperfecta (pero profundamente humana) de avanzar. Y en ese avance, aunque a veces duela, encuentras siempre una chispa de claridad.
Pero repetir el fracaso era una tragedia. ¿Por qué no podía apartar es idea de su cabeza?
“Ya” dijo ella..
Con la venda, el mundo quedaba reducido
a la respiración y a un silencio repleto de imperceptibles
sonidos. No veía nada, pero lo presentía todo: el leve crujido del suelo, el
murmullo del aire cuando él se acercó, la forma en que una presencia puede
rodear sin tocar. Y entonces, sin sorpresa, sintió la mano de él posarse en su
brazo. No había en ese contacto ni posesión ni prisa. Era un leve contacto que
parecía pedir permiso al propio tiempo. Su piel respondió antes que su
pensamiento, como si la conciencia fuera siempre la última en llegar. El
instante se estiró, delgado y tenso, como un hilo que pudiera romperse con una
palabra.
No hubo palabras. Solo el avance lento de unas manos que cogieron las suyas sin pretender conquistar nada. Ella se dejó llevar por algo que era casi una entrega, lo hizo sin vértigo, porque esa confianza que no exigía promesas. Él la condujo hacia otra estancia (quizá un comedor) y en la breve distancia el aire cambió de temperatura, como si cada paso modificara la forma misma del mundo. “¿Cómo te sientes?”, preguntó él. Era la primera vez que oía su voz: grave como un eco antiguo, como una chimenea en invierno, firme como una promesa verdadera. Unos adjetivos que la oscuridad magnificaba. Ella alzó la cabeza y contestó “bien” con toda la rotundidad de la que era capaz. Estaba bien pero se sentía removida por dentro, con la sensación de que, en cualquier momento, podría romperse la cuerda que sostenía el frágil puente sobre el que estaban ambos,
Él le retiró el abrigo con una delicadeza inesperada, después la envolvió en un abrazo que parecía llegar desde otro tiempo. En la distancia de la virtualidad habían hablado de los abrazos: ese roce no sexual que existe entre iguales, entre familia, entre amigos; ese puente de piel que algunos buscan como un hogar y otros rehúyen como una enfermedad contagiosa. Aquel abrazo era un refugio. Los brazos de él, amplios, la rodearon como si la custodiaran del mundo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Olía a perfume, sí, pero también a piel viva, a presencia, a un lugar donde cerrar los ojos y quedarse a vivir unos minutos más. Ese perfume la movió a escuchar una canción de Jazz, el tacto de sus manos en la espalada la movieron a imaginar el olor de un bebe recién nacido. Las respiraciones de ambos estaban teñidas de color verde claro. Pura sinestesia.
Y lo hizo: cerró los ojos, aun con la venda cubriéndole la mirada, como si el mundo entero se redujera a ese instante que no quería soltar.
Las manos de él recorrían su
espalda con una suavidad que no tenía nada de carnal. Era la ternura instintiva
de quien intenta calmar a un ser herido, la delicadeza de un padre que arropa,
de un hermano que acompaña. Y, al mismo tiempo, había en ese gesto algo roto,
como si él también fuese un animal lastimado buscando consuelo en el contacto. Permanecieron
así unos minutos, abrazados, compartiendo olores, calor, humanidad. Una descripción que podría confundirse con lo sexual, pero allí no había deseo, ni tensión, ni
búsqueda. Solo una calidez antigua, casi imposible, que a ella le recordaba al
abrazo de una madre al levantarla de la cuna. Un recuerdo que no podía ser suyo
y aun así le golpeaba el pecho con la fuerza de lo verdadero.
Cuando el abrazo se deshizo, él
rozó su mejilla con un beso tan leve que parecía prestado. Después la acompañó hasta la
puerta y la dejó allí, suspendida en un silencio que ya no le pesaba. Ella se quitó la venda y salió de la casa sin mirar atrás. En la calle, la lluvia
había cesado, pero el mundo seguía húmedo. Caminó hasta un bar cercano y pidió
un café. Luego envió un mensaje desde el móvil, apenas un gesto. Diez minutos mas tarde, un hombre entró en el local. Nunca lo había visto antes, pero
reconoció su voz, su olor, la vibración exacta de su presencia. Ambos sonrieron
como dos amigos que no se han visto en años. Él se sentó frente a ella y
hablaron durante horas, con la naturalidad de quienes se conocen desde antes de
nacer. Ella, con su rapidez habitual, saltaba de un tema a otro, preguntando
con hambre verdadera, como si cada palabra fuera una fruta recién abierta.
Aquella conversación no podía pertenecer a dos desconocidos. Había empezado mucho antes, en el instante en que se abrazaron, quizá incluso antes, en ocasionales conversaciones virtuales. Los pocos clientes del bar quisieron imaginar que eran padre e hija, envueltos en una complicidad tierna, casi luminosa.
Cuando se despidieron, se abrazaron en la calle, un abrazo rápido esta vez y se besaron en la mejilla. Justo al separarse, la lluvia retomó su tarea con furia, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar el territorio. Un aguacero implacable, golpeando el mundo con dedos fríos. Ella corrió a refugiarse hasta una estación de metro. Se permitió unos minutos de contemplación, imaginando al hombre regresando a su casa, esa casa que había sentido más que visto. Lo imaginó sentado en un sofá, seco, cálido, protegido. Qué suerte la suya, pensó. Sonrió mientras observaba la lluvia deslizarse por las escaleras hacia la calle, convertida en una cascada improvisada. Olores extraños se mezclaban en el aire, disparándose en todas direcciones tejiendo lo que serían como recuerdos que no pertenecían a nadie.
Se dio la vuelta y bajó al andén.
A veces, una necesidad imperiosa
nos atraviesa: la de hacer las cosas de un modo distinto al que conocemos, la
de confiar en desconocidos, aunque nos adviertan que no debemos, la de mojarnos
bajo la lluvia aunque llevemos un paraguas en el bolso.
La necesidad de desobedecer
suavemente, solo para recordar que seguimos vivos.
La necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que aun queda gente decente en el mundo.
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jueves, 18 de diciembre de 2025
Sumar años, restar cosas
Después de conversar con alguien más
joven que yo (solo es un hecho, no caigamos edadismos, que ya bastante tenemos
con los “ismos” de siempre), me quedé pensando en una pregunta que me lanzó:
¿con los años te vuelves más frío o pierdes la ilusión? Yo, muy digno, contesté
que no. Como siempre, mi dignidad me llevo a cometer un cierto error.
Porque contestar rápidamente “no”
a una respuesta es como querer tapar el sol con un dedo. O peor aún, soltar un
“no” de esa forma suena a excusa barata para protegerte de una pregunta que
percibes como juicio existencial. Spoiler: esa persona no me estaba juzgando,
simplemente es una persona que almuerza curiosidad con el café.
La respuesta no es un sí ni un no.
Lo binario es tan aburrido como un examen tipo test.
Con los años no te vuelves más
frío, pero sí más selectivo: solo muestras calidez a quien realmente te aporta
algo. ¿Por qué? Porque ya te has quemado antes dando calor a quien no lo
merecía. De joven confías hasta que te demuestran lo contrario; de mayor,
desconfías hasta que te demuestran lo contrario. La ecuación se invierte y,
sorpresa, esa desconfianza se disfraza de frialdad. Con los desconocidos,
huimos de la calidez como si fueran vendedores de seguros. Pero con los
cercanos, somos más cálidos que nunca, porque necesitamos ese contacto, esa
sensación de refugio.
Respecto a la ilusión, no es que
la pierdas, es que la batería se agota. De joven disparas a todos los estímulos
que se cruzan en tu vida, porque tienes la energía para enfrentarte a todo. Con
los años, la energía se evapora y ya no puedes hacer quince cosas al día sin
acabar como un zombie. Así que reduces tus ilusiones a las que realmente puedes
sostener. No es falta de ilusión, es falta de gasolina.
En resumen: no te vuelves frío,
te vuelves selectivo. No pierdes ilusión, pierdes energía.
Hacerse mayor es un espectáculo
tragicómico. Te transforma año tras año en alguien distinto. Y aquí viene la
parte que nadie quiere escuchar: cumplir años es inevitable. No luches contra
eso, ni contra los cambios que trae. Cada etapa será distinta, y ahí está la
gracia de vivir: aceptar que nada es permanente.
Si quieres saber más sobre este tema o proponerme algún tema sobre el que escribir, puedes contactar (discretamente) conmigo a través de INSTAGRAM @dopplerjdb / TELEGRAM @jdbbcn2 / eMAIL john_deybe@hotmail.com


