Me dijo que me esperaría en su casa. Siempre que la vida me ha conducido a un momento como este (no es la primera vez) me asalta la misma pregunta: ¿Qué significa un lugar seguro cuando vas a encontrarte con alguien a quien no conoces? ¿En su casa, en la tuya o en la neutralidad de un hotel? Todo depende de es que entendemos por "espacio seguro". Nuestra casa es nuestro refugio, pero también es un espacio donde uno baja la guardia. Cuando un desconocido está a punto de cruzar el umbral, ese refugio puede convertirse en el lugar más aislado y vulnerable del mundo. En el otro lado de la balanza, entrar en la casa de otro supone aceptar una incertidumbre parecida con el agravante de que has dejado de estar en un espacio seguro. Tenemos la costumbre de traducir la palabra "desconocido" como si fuera sinónimo de "villano". A veces, por desgracia, la realidad que leemos a diario en los periódicos confirma esa interpretación. Otras veces no es más que el (natural) miedo intentando protegernos. Y demos gracias a ese miedo porque nos servirá de protección. Quizás un hotel parece la solución más sensata: un territorio prestado, sin memoria, donde ninguno de los dos juega en casa. Un lugar que pertenece a ambos y a ninguno.
Pero ella me dijo que me
esperaría en su casa. Ni se me ocurrió preguntar el motivo.
Cuando llegué al edificio pulsé el botón del portero automático,
con ese poso de nerviosismo que nunca termina de desaparecer, después pronuncié la palabra convenida:
-Fernando.
Un zumbido metálico respondió al otro lado. Empujé, la puerta cedió y crucé el umbral. El portal pertenecía a uno de esos edificios modernistas del Eixample que parecen conservar el tiempo entre sus paredes. Suelos de mármol desgastados por generaciones de pasos, cenefas que aún resistían en las paredes con la pintura original y un ascensor antiguo, de hierro y madera. Todo respiraba una elegancia antigua, de esas que no necesitan demostrarse.
El ascensor ascendía con una lentitud casi ceremoniosa, como si quisiera prolongar la espera. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido a hierro oxidado y me planté frente a un piso cuya puerta permanecía entreabierta. Desde el interior escapaba una luz tenue, apenas un susurro en la luz del rellano. Entré y cerré tras de mí. El recibidor era lo que había imaginado: baldosas hidráulicas dibujando geometrías de otro tiempo, techos altos donde las palabras resuenan mejor que en ningún otro lado y carpinterías de madera que habían visto pasar demasiadas vidas. La casa descansaba en penumbra. Solo una luz, al fondo del largo pasillo, parecía llamarme.
Y cuando me llaman, voy. Yo también se obedecer, sobre todo porque ella había seguido mis instrucciones y, en alguna suerte de justicia, ahora había llegado mi turno. Avancé por el pasillo siguiendo aquella luz tenue, no sin imaginar, durante unos instantes, que al final me aguardaría algún fenómeno extraño o, peor aún, el propio creador. La imaginación siempre encuentra tiempo para exagerar justo antes de que la realidad se revele. Pero no, la realidad fue aun mas emocionante porque al final del pasillo estaba ella. Arrodillada y vestida exactamente como le había pedido (ordenado): una falda de cuero negro, medias de rejilla, tacones y una camisa blanca abotonada. Llevaba los ojos cubiertos por una venda, el cabello revuelto, los labios pintados de rojo intenso e inmóvil, envuelta en un silencio que parecía llenar toda la estancia.
-Hola perra -dije
-Hola amo -contestó ella.
Me acerqué despacio, dejando que
cada uno de mis pasos anunciara mi presencia. No quería sorprenderla; quería
que el sonido de mis pisadas fuera el hilo que la guiara hasta mí. El sonido
que la pusiese aun mas nerviosa. Convertir el momento en una experiencia inolvidable.
Era el comedor de uno de
esos pisos del Eixample donde las habitaciones parecen sucederse con una lógica
antigua. No era especialmente grande. Varias puertas se abrían hacia otras
estancias y los muebles de madera daban a la casa una calidez anclada en el
pasado. Había, además, pequeñas pistas de la vida de quien la habitaba: objetos
tribales traídos de algún viaje, cuadros sin una aparente relación entre sí y
un tapiz que caía sobre un sofá cubierto de cojines de todos los colores, como
si el confort hubiera vencido hacía tiempo a cualquier pretensión de orden. Entre
toda aquella geografía doméstica también vi algunos juguetes en una cesta y una
consola de juegos. Eran el rastro silencioso de otra presencia, la de un hijo
que no estaba allí, pero cuya existencia parecía seguir ocupando los rincones. Aquella
noche, sin embargo, solo estábamos ella y yo. El escenario perfecto para lo que
íbamos a hacer.
-¿Estas bien? -pregunté.
-Si amo -contestó ella- algo
nerviosa.
-Si no estuvieses nerviosa en
esta situación, me comenzaría a preocupar. Ponte en pie -ordené finalmente.
Obedeció, me acerqué a ella, olía de maravilla, no era perfume, era un olor mas animal, como quien sabes que siempre va a oler igual, se ponga el perfume que se ponga. Entonces sostuve su cara entre mis manos y le di un beso, nada agresivo, nada que fuese a dar a entender que iba a usar a esa mujer como me apeteciese. Era un beso tranquilizador, un beso que decir “gracias” y “comencemos” al mismo tiempo. Sin dejar de besarla, bajé mis manos hasta sus pechos y comencé a tocarlos por encima de la tela de la camisa. Le había ordenado que no se pusiese ropa interior. Acabó el beso y comencé a sobar sus pechos con codicia y sin miramientos, pellizcando sus pezones a través de la tela, como cuando eres joven y tocas unos pechos por primera vez, con prisa y sin tacto. Quería que se sintiese manoseada, indefensa, que sintiese que era un juguete en mis manos. Una herramienta para mi placer. Ella se encogía y lanzaba algún que otro suspiro, mezcla de dolor (estaba manoseándola con auténtica fuerza) y placer. Me detuve y abrí la camisa, con calma, me tomé mi tiempo para desabrochar cada uno de los botones, dejando al aire un palmo mas de piel. Ella comenzó a temblar. Después abrí la camisa y observé sus pechos. Los pechos de una mujer madura, perfectos a mis ojos. Con una gran areola y un pezón atravesado por un aro, en ambos pechos. La mujer escondía sorpresas. O no. Ya había visto esos pechos antes en foto.
-Arrodíllate, perra -ordené con
voz firme-
Ella obedeció.
-Ahora abre la boca y haz que merezca que haya venido a verte.
La mujer abrió su boca y metí mi
pene en ella. Su lengua, sus labios, sus manos comenzaron a hacer un trabajo
digno de la mejor de las sumisas, de la perra mas arrastrada, de la meretriz
mas profesional. Agarré su pelo desordenado entre mis manos y comencé a clavar
con fuerza mi pene en su boca, hasta su garganta. Ella lo intentó, aunque las
arcadas interrumpían de vez en cuando el momento.
Me gustaba demasiado y ella lo hacía demasiado bien, así que me detuve y la ordené que se levantase. No quería correrme en su boca a los cinco minutos. Después la ayudé a ponerse a cuatro patas encima del sofá. Levanté su falda y observé
su culo, dos cachetes dispuestos a ser azotados, manoseados o dormidos. Separé
ambas nalgas y observé su ojete. No nos llevemos las manos a la cabeza a estas
alturas del relato: era un ojete. No existe palabra mejor para definirlo. Escupí
en el y metí un dedo, luego dos. La mujer se retorcía pero apenas se quejó.
Entonces me quité los pantalones y la penetré analmente, con cuidado, pero con
firmeza. Ella aguantó a pesar de algún gritito cuyo eco se perdió en el
comedor.
Mientras la sodomizaba pregunté:
-¿Quién eres?
-Tu sumisa, amo.
-He preguntado quién eres, no que
eres.
-Me llamo L.
-Tu nombre no es la respuesta
correcta. ¿Quién eres? -pregunté clavando aun con más fuerza mi pene en sus
entrañas.
Ella no contestó, se tomó unos segundos
pensando la respuesta. Aguantando mis embestidas. Finalmente hizo lo que yo esperaba de ella: me dio la
respuesta perfecta.
-Guau -ladró simplemente.
-Buena perra -dije yo.
Quizá esa fuera la verdadera clave de todo esto: descubrir que también puedes convertirte en alguien que nunca habías imaginado ser. Atravesar una frontera íntima y hacer algo que jamás encontraría espacio en una conversación cotidiana, algo destinado a permanecer en el territorio del secreto. Dar cuerpo a las fantasías más escondidas, no desde la culpa, sino desde la confianza compartida, el consentimiento y el cuidado. Permitir que aquello que solo había existido en la imaginación respirara, aunque fuera durante unas horas. Porque es en esos momentos cuando comprendes que la vida puede ser algo más que la repetición dócil de los días. Más que el despertador, el café rápido, el andén del metro, la oficina y el regreso. Más que esa sucesión de rutinas que, apaga la bombilla día a día. Porque la vida, cuando logramos desprendernos de algunas de las trampas que construye la mente, es también aquello que nos atrevemos a imaginar y, con un poco de fortuna, a vivir.
Y aunque no siempre alcancemos la
existencia que deseamos, hay una forma de felicidad que nace simplemente de
intentar acercarse a ella.




