lunes, 31 de agosto de 2026

Soñar con ella



Después de volver a escribirme ayer con la señora F, tras varios años del saludable ejercicio que consiste en “enfadarte e ignorar”, por la noche soñé con ella. No es una licencia literaria, tampoco una forma de decir que estuve pensando en ella antes de dormir. Literalmente soñé con ella. Tras varios años de incómodo silencio mi cerebro consideró que el momento adecuado para reabrir la carpeta “Señora F” era durante el sueño, que es cuando uno está especialmente indefenso. Cuando algo me produce un cierto impacto emocional (volver a saber de ella resultó ser bastante más impactante de lo que mi razón habría previsto), mi cerebro decide continuar con el asunto por su cuenta y riesgo mientras yo cierro los ojos y los ronquidos comienza a invadir el dormitorio.

Recuerdo perfectamente el sueño. 

Esto también suele sucederme o, al menos, eso me gusta pensar, porque hace poco descubrí que cualquier capacidad de recordar nuestras aventuras nocturnas tiene un inconveniente: parece que lo que recordamos son tan solo los últimos minutos antes de despertarnos. No la película completa que nuestro cerebro ha estado proyectando durante la noche.

Así que, en resumen: mi cerebro recibió información emocional nueva, decidió procesarla durante la noche y, como colofón, me entregó por la mañana un informe perfectamente detallado que probablemente era una reconstrucción de los últimos cinco minutos. La eficacia de mi cerebro resulta sorprendente, sobre todo, porque cada día soy más tonto.

¿Qué soñé? He estado dudando si contarlo aquí o no. No por respeto a la privacidad de otra persona, porque estamos hablando de un sueño y, por tanto, asumo que tanto jurídica como moralmente, mis sueños me pertenecen en régimen de plena propiedad intelectual. Y punto. Además, se lo he contado a la Señora F y, para mi sorpresa (o quizá no tanto), quiere leerlo. Creo que ahí está precisamente el motivo por el que le dije que había soñado con ella. Porque fue un sueño erótico bastante sucio y, en cierta manera, decirle que he soñado con ella y contarlo aquí es una forma de provocarla. Recuerdo que me encantaba provocarla. Hay cosas que, al parecer, sobreviven a los años de incómodo silencio. ¿Por qué me ha dicho ella que quiere leerlo? No creo que sea porque esté deseando que la provoquen. Sería una interpretación egoísta por mi parte. Supongo que será esa clase de curiosidad inocente que lleva a una persona a pedir que le cuenten qué ha soñado alguien con ella después de años sin hablar. Eso es… curiosidad. 

La explicación más sensata, siempre es la menos divertida.

Sea como sea, voy a ello: lo primero que recuerdo del sueño es estar parado frente a la puerta de una casa, en una planta de un edificio antiguo. No era el lugar donde, en el pasado, la señora F me recibió arrodillada, con los ojos vendados y la boca abierta. Esta vez mi subconsciente había tenido la delicadeza de cambiar de escenario. La puerta estaba entreabierta. Empujé y, naturalmente, no había nadie. Solo un pasillo lleno de juguetes infantiles. No me preguntéis por qué. Supongo que, después de decidir que iba a montar una escena erótica, mi subconsciente pensó sería divertido sembrar el camino de juguetes infantiles. Así que allí estaba yo, avanzando y sorteando juguetes como quien atraviesa el pasillo de una guardería hasta llegar a un comedor iluminado con velas. 

Después del pasillo de juguetes, lo siguiente que necesitaba la escena era una iluminación romántica. Todo perfectamente normal al menos dentro de los estándares de mi cerebro enfermo. En el centro, completamente desnuda y con una venda cubriéndole los ojos estaba la Señora F. Recuerdo que me abalancé sobre ella y le di una bofetada tan fuerte que la tiré contra el suelo. ¿Por qué soñé eso? No creo que fuese violencia nacida de la frustración alimentada por años de silencio. La Señora F era una sumisa que le gustaba ser abofeteada, usada, humillada, golpeada, escupida, insultada… ese golpe no había sido más que un “hola".

Recuerdo que me obsesioné en su momento con sodomizar a la Señora F y nunca pude hacerlo. Quizás esa fue la causa de nuestro desencuentro, quería hacerlo y quería hacerlo ya y cualquier negativa era una ofensa que alimentaba mi frustración. Ahora soy otra persona, pero, de todas formas, en el sueño, separé sus nalgas en el suelo, escupí en su culo y la sodomicé con fuerza mientras la humillaba verbal y físicamente intentando reducirla a un simple agujero que usar, que sintiese que su culo siempre me había pertenecido.

De repente, estábamos en otra habitación ella de rodillas encima de una cama, con mi polla en su boca. Recuerdo que sus mamadas eran magnificas, pero cuando me la chupaba, se excitaba demasiado y entonces comenzaba a perder el control. Había que frenarla constantemente. A golpes, claro.

Una vez más, sin que mi subconsciente entendiese sobre transiciones narrativas, estábamos ahora en un sofá, abrazados. Y alrededor del sofá estaba todo el mundo que queremos: familia, amigos, parejas, exparejas… un comité de supervisión emocional dispuesto a contemplarnos sin más. Nadie decía nada. Nosotros tampoco. Seguíamos abrazados, como si aquella fuera la cosa más natural del mundo y no una situación demasiado incómoda. Ella seguía llevando el antifaz que le cubría los ojos.

Y, curiosamente, eso parecía tener bastante más sentido que todo lo demás. Porque si hay algo que caracteriza a los sueños es esa capacidad para presentarte una situación completamente absurda y conseguir que, mientras estás dentro, te parezca perfectamente razonable hasta que te despiertas y piensas: ¿pero qué demonios estaba haciendo allí toda esa gente?

Alguien pica a la puerta, me levanto, estoy desnudo, cruzó con vergüenza ese grupo de conocidos y voy a la puerta, es la puerta de mi casa ahora. La abro, la Señora F está al otro lado. Sonriendo.

-¿Vamos a un buen restaurante? -pregunta

-Vamos -contesto.

En el ascensor nos besamos. Al salir a la calle, resulta que está llena de gente, pero todos están mirando un eclipse de Sol. Vamos a un restaurante, pedimos y, a partir de ahí, el sueño empieza a tomar una dirección bastante más interesante. La Señor F se desliza bajo la mesa y comienza a comerme la polla y entonces…

SUENA EL DESPERTADOR.

Así, sin más. Sin créditos. Sin final. Sin la más mínima consideración por mi pene erecto a punto de explotar. Creo que sucedió así. O quizá no exactamente. Puede que mi memoria haya hecho lo que suele hacer con los sueños: coger una sucesión de escenas inconexas, mezclarlas alegremente y después convencerme de que aquello ocurrió exactamente así. Prefiero fingir que mi subconsciente es una entidad independiente y caprichosa que toma sus propias decisiones mientras yo duermo. Es una explicación más elegante que admitir que, después de volver a saber de ella tras varios años, mi cerebro decidió dedicar parte de la noche a ponerse creativo.

Lo importante es que me he levantado con el pene erecto y una mala hostia considerable. No es la mejor combinación para empezar a trabajar después de un mes de vacaciones. Uno espera reincorporarse progresivamente a la rutina, recuperar horarios, aceptar poco a poco que la vida laboral existe… No que el primer problema del día consiste en explicar a tu propio cuerpo que el sueño ha terminado y que, lamentablemente, la jornada laboral empieza igualmente.

¿Qué he hecho Masturbarme finalizando el sueño con mi imaginación y en la boca de la Señora F. 

Mejor llegar tarde al trabajo que empalmado…


domingo, 30 de agosto de 2026

La vuelta de la señora F


Hace mucho que no sabía nada de ella. Cinco años, quizá alguno más. El tiempo, tiene la mala costumbre de pasar. Pero la recuerdo perfectamente. Entre otras cosas porque fue la última persona con la que disfruté de verdad siendo amo (o jugando a serlo, que a estas alturas tampoco vamos a ponernos académicos). Todo lo que vino después fue, en mayor o menor medida, un intento de repetir el pasado con ella y con otras que la precedieron.

Muchos os preguntaréis qué pasó  para dejar pasar todo este tiempo. Lo de siempre: las prisas, las expectativas y las ganas son un combustible maravilloso hasta que te explotan en la cara. Cuando las ganas se convierten en frustración, la razón muere ahogada. Y acabamos mal. No pasó nada especialmente grave, pero tampoco nos despedimos como dos personas civilizadas. Hubo reproches virtuales, algún que otro mensaje desafortunado y, finalmente, silencio. La forma en que se gestionan muchos desencuentros en el siglo XXI: dejamos de hablarnos sin vernos las caras y confiamos en que el tiempo haga el trabajo sucio.

Y lo hizo. Durante unos cinco años. Hasta hoy que me ha escrito, creo que simplemente para saber de mí. Ni otros motivo. Hemos hablado de nuestras vidas, de cómo estamos, de lo que ha pasado durante todo este tiempo. Sin reproches, sin esa necesidad tan humana de demostrar quién tuvo razón. Eso ha sido lo mejor. Como si no hubieran pasado cinco años, sino cinco minutos. Aunque eso también me ha desconcertado. Algo me dice que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, nosotros seguimos exactamente en el mismo punto en el que lo dejamos. Y todavía no sé si eso es una buena noticia magnífica o una señal inequívoca de que estamos condenados. De que hemos perdido cinco años sumidos en la cotidianeidad de Matrix.

Reconozco que me he emocionado. He imaginado muchas volver a dominarla. ¿Por qué ella y no otras? No tengo ni la más remota idea. Hay personas que pasan por nuestra vida y desaparecen. Y hay otras que, por alguna razón, se quedan instaladas en algún rincón de la cabeza y no conseguimos olvidarnos de ellas. Debería haberle escrito muchas veces. No lo hice. Bueno, no exactamente: hace unos cuatro años la vi cruzando un semáforo desde mi coche. Le mandé un mensaje diciéndole que la había visto. Su respuesta fue tan cálida como sumergirse desnudo en las aguas de un fiordo noruego. Supongo que no era el momento. Supongo que me lo merecía.

Ella lee este blog y sabe que hay bastante de ella escondida entre algunos de estos textos. Incluso existe una sección llamada “La señora F”. Quizás no sabía que era ella. Si es así, enhorabuena: acabas de descubrirlo.

Me ha pedido que escriba cómo me he sentido al volver a saber de ella. Podría hacer un tratado haciendo gala de ese psicólogo de marca blanca que que creo ser. Prefiero ahorrároslo. Lo resumiré en unos cuantos adjetivos: sorprendido, contento, curioso, excitado, emocionado, dubitativo e ilusionado. Aunque no son emociones completas. Son más bien pequeños trozos de emociones que se han mezclado entre ellas.

La señora F tenía una maravillosa costumbre: cada día me enviaba una fotografía después de la ducha, con una toalla en la cabeza, completamente desnuda y siempre sonriendo. Borré todas aquellas fotografías hace tiempo. Mi memoria, en cambio, decidió hacer una copia de seguridad. Y allí siguen. Soy capaz de recordar cada centímetro de su piel.

¿Y ahora qué? No tengo ni idea.

Supongo que, si ahora mismo me dijese que fuera a su casa, probablemente saldría disparado antes incluso de haber terminado de leer su mensaje. Hay cosas que cinco años no consiguen curar del todo. Volvería a retomar lo que dejamos. A pesar del tiempo. A pesar del desencuentro. A pesar de todo lo que ha cambiado. Es lo primero que siento al saber de ella. ¿Por qué? Algunas cosas no queremos recuperarlas exactamente como fueron. Queremos descubrir qué podrían ser ahora. Retomar una ilusión antigua con una vida nueva. Recuperar aquella excitación, aquella complicidad, aquella sensación de estar haciendo algo que quizá no deberíamos hacer y, precisamente por eso, resultaba tan difícil de olvidar. Pero hay otra parte de mí que tiene un miedo atroz de repente. Miedo de proponer algo y reducir su acercamiento, sus emociones y su curiosidad en una oportunidad egoísta. Porque ella ha vuelto a aparecer como persona, no como recuerdo, y no quiero cometer el error de confundir ambas cosas. Y, sobre todo, porque hace mucho tiempo que abandoné la frustración. La dejé atrás. La jubilé. O eso quiero creer. Y sospecho que ella sería la única persona capaz de hacerla volver diciendo una sola palabra: “no”.

Así que aquí estoy. Con más años, probablemente algo más de sentido común y exactamente las mismas dudas que entonces. No sé qué ocurrirá. No sé si esto será simplemente una conversación que llega cinco años tarde, el principio de algo nuevo o simplemente una pequeña visita del pasado para recordarme que hay historias que nunca terminamos de cerrar y, si se cierran, se han de cerrar con un buen sabor de boca.

Hoy he vuelto a saber de la señora F. Y, sinceramente, después de cinco años, eso ya me parece suficiente motivo para decir una cosa: 

Hoy es un buen día.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Elogio de las piernas (femeninas)


Todos tenemos piernas. Normalmente son dos, algo que sucede también con los ojos, las orejas, las manos, los testículos o los pechos, todos vienen de fábrica en un pack indivisible. A no ser que la (mala) fortuna o la cirugía se hayan involucrado en tu vida. Todas esas partes de nuestra anatomía no se venden por separado, como los huevos en un supermercado. Repito: dos piernas. Sigamos.

Las piernas femeninas han adquirido un estatuto en el imaginario masculino. No ocurre lo mismo con las piernas masculinas contempladas desde el punto de vista femenino. Algo bastante injusto para la industria nosotros, los machos cabríos. La explicación tiene que ver con la cultura, la moral y esa maravillosa costumbre de declarar pecado lo que nos fascina. Hubo una época en que una mujer no debía enseñar las piernas porque eran consideradas algo erótico. En el mecanismo de prohibir una cosa, conseguimos convertirla precisamente en aquello que pretendíamos ocultar: un objeto de deseo.

Los hombres (y aquí hablo de los heterosexuales, porque toda afirmación general necesita su aclaración) observamos piernas femeninas con una intensidad que recuerda a José Luis López Vázquez siguiendo a las suecas en cualquier película española de los años sesenta. Solo falta que sonase una música pop y un montón de hombres corriendo y gritando “¡a por las suecas!”.

Aclaro también que me refiero a personas nacidas con dos piernas. No tengo nada contra las personas con una, tres o ninguna, pero la política de la cancelación me obliga a convertir un comentario sobre extremidades en una declaración jurada ante notario.

Hombres heterosexuales y mujeres de dos piernas. Aclarado.

Pasemos ahora a una escena sencilla. Observamos a una mujer en la playa, semidesnuda. Miramos, pero al cabo de unos segundos desviamos la vista. La desnudez completa tiene algo de trabajo de oficina. Ya está todo el expediente sobre la mesa. Nos hemos acabado el libro. No queda misterio que gestionar.

Segunda escena, igual de sencilla. Esa misma mujer aparece poco después sentada en un bar, con una falda que parece haber sido diseñada por alguien que tenía una idea muy precisa de cuánto tejido era imprescindible para que aquello continuase llamándose falda (y no cinturón). Y entonces sucede la magia: la mirada permanece clavada en esos muslos, esos tobillos. El cerebro se activa. El perro de Pavlov empieza a salivar.

Porque las piernas, en realidad, no fueron inventadas para ser mostradas, sino para ser sugeridas. Y ahí reside gran parte de su poder. La mujer podría, si quisiera, dominar el mundo mediante una herramienta extraordinariamente sencilla: el largo de una falda. No importa tanto cómo sean las piernas. Importa cuánto de ellas se muestra. Una pierna hasta la rodilla es anatomía. Un poco más arriba, es literatura. Mas arriba empieza la política exterior. Y aquí llegamos a una de las grandes ironías de la civilización: hemos pasado siglos intentando controlar el cuerpo femenino mediante moral, religión y normas sociales para descubrir que quizá el instrumento de dominación más eficaz era una prenda que se puede subir o bajar unos cuantos centímetros. Nos hemos centrado en el escote cuando el arma de destrucción masiva era el largo de la falda. Espero que ninguna mujer lea esto o, aparte de pensar que soy un viejo verde (cosa que no está demasiado alejada de la realidad), también se dará cuenta del arma esconden sus piernas. Eso ha sonado mal ¿verdad? Me refiero a las piernas en si, al recorrido, no a su destino.

Cambio de tercio: me gustan las piernas de las mujeres. Lo reconozco sin pudor. Para mí son las columnas que sostienen el mundo, lo cual es una metáfora arquitectónica bastante más elegante que decir simplemente que me gustan mucho. Mucho. Al decir esto imaginareis que miro las piernas de las mujeres de forma inapropiada. Es posible. Pero tampoco voy a fingir una culpa que no siento. La mirada humana lleva millones de años haciendo cosas mucho más preocupantes que mirar unas piernas.

¿Por qué me gustan tanto? Pertenezco a una generación educada bajo la fascinante (y cristiana) premisa de que determinadas partes del cuerpo eran pecaminosas si se observaban demasiado, mientras otras podían contemplarse tranquilamente durante horas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nos enseñaron que ciertas cosas no debían mostrarse. Y entonces uno creció descubriendo la paradoja: cuanto más intentaban esconderte algo, más interesante se volvía. ¿Creéis que Dios encajó unas piernas ahí con el único propósito de que sirviesen para llevar el resto del cuerpo de un lado a otro? Podría ser una idea razonable, aunque resulta un poco decepcionante pensar que el gran creador del universo diseñó semejante mecanismo con una función mecánica, pero no estética.

Cuando escribo relatos eróticos, suelo describir las piernas de la mujer enfundadas en medias oscuras. No es casualidad. La media añade ese pequeño margen de misterio. Además, en un relato erótico hay que mantener cierta tensión. La literatura, como la vida, necesita saber cómo encontrar estímulos para que la cosa no se desinfle. Nunca mejor dicho.

Al final, quizá todo se reduzca a eso: a la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos. La pierna desnuda es un hecho. La pierna sugerida es una posibilidad. Y la imaginación, como saben perfectamente los dictadores y los poetas, es más peligrosa que la realidad.

Así pues, enséñame tus piernas (aunque de forma parcial) y me postraré ante ti. Ponte una falda y deja que mi imaginación haga el resto.

De eso se trata la vida.





sábado, 15 de agosto de 2026

Reivindicar la palabra PERVERSION


 


La palabra “perversión” ha sido demonizada durante mucho tiempo, nos hemos empeñado en darle connotaciones negativas que la convierten en algo oscuro, peligroso o moralmente cuestionable. Casi en una enfermedad mental. Quizás deberíamos empezar a separar la palabra de los prejuicios porque una fantasía, por extraña, intensa o poco convencional que pueda parecer, no es en sí misma algo malo. Las fantasías forman parte de la imaginación y de la libertad y nos permiten explorar deseos que quizá no tendrían cabida en nuestra vida cotidiana. Lo verdaderamente importante no es tanto que una fantasía sea convencional o no, sino como la convertimos en realidad. Cuando dos personas adultas deciden explorar libremente una fantasía y lo hacen desde el consentimiento, la comunicación abierta y el respeto al otro, esta experiencia se convierte algo real y ajeno al peligro. El consentimiento permite establecer límites; la comunicación permite saber qué desea y qué no desea cada persona; y el respeto garantiza que nadie sea presionado, manipulado o perjudicado. El famoso SSC del BDSM o la lógica de cualquier otro tipo de relación. Quizá deberíamos dejar de utilizar "perversión"* como sinónimo automático de maldad. Una fantasía consensuada no debería ser juzgada simplemente porque se salga de lo habitual. La frontera no está entre lo “normal” y lo “anormal”, sino entre aquello que se hace libremente, con consentimiento y respeto, y aquello que implica fuerza, daño o ausencia de consentimiento. Reivindicar la palabra “perversión” significa reivindicar el derecho de los adultos a explorar su imaginación y sus deseos de forma responsable. No todo lo diferente es peligroso, y no todo lo convencional es necesariamente bueno. Siempre lo he visto de esta forma y siempre lo veré así porque cuando existe libertad, consentimiento, límites claros y cuidado mutuo, las fantasías pueden encontrar una forma de expresión segura, sin necesidad de convertirse en una amenaza para quienes participan. Las perversiones, si entran en este marco seguro, son el aderezo picante para convertir ese menú diario que es la cotidianeidad en algo mas sabroso, divertido y excitante.


lunes, 10 de agosto de 2026

¿Arte o porno?


Existe una diferencia marcada a fuego en nuestras mentes entre el desnudo artístico y la pornografía comercial. Una diferencia basada, principalmente, en la finalidad que se atribuye a cada uno: mientras que a la fotografía artística de desnudos se le presupone una búsqueda estética, expresiva o conceptual, al porno (sea en fotos o películas) se le asocia una lógica de consumo y rentabilidad. Estamos habituados a reconocer la sensualidad como uno de los códigos legitimadores del desnudo artístico, incluso cuando la representación es sobria, explícita o sexualmente provocadora. En este sentido, la diferencia entre arte y pornografía no reside en el grado de explicitud de la imagen, sino en el marco cultural, en el discurso o incluso en el propósito comercial que determina cómo esa imagen es producida, presentada y, sobre todo, interpretada. El arte es arte mientras que el porno lo asociamos inmediatamente de miembros erectos, penetraciones y fotos de una mujer con el rostro lleno de semen sonriendo a cámara. Esto siempre fue así, al menos en mi cabeza, hasta que, creo que era en el cambio de siglo, me encontré en internet la foto de una actriz porno (Chloe Des Lysses) donde era penetrada analmente. Una fotografía extraordinaria, atravesada por una expresión serena, en la que parecía producirse una fractura entre dos códigos de representación: como si la parte superior de la imagen perteneciera al territorio legitimado del arte y la inferior al amoral de la pornografía. Algo que desestabilizaba los esquemas que había construido durante años de educación basada en la moral judeocristiana. Esa imagen puso en crisis una clasificación que hasta entonces parecía incuestionable en mi cabeza: ¿en qué momento una representación deja de ser desnudo artístico para convertirse en pornografía?, ¿y qué elementos determinan esa frontera? Tenía que saber más así que encontré de donde había salido esa foto y fui corriendo (que no corriéndome) hasta la FNAC para comprar *Porn Art* y *Porn Art 2*, de Dahmane, en las ediciones de pequeño formato publicadas por Taschen. En ambos volúmenes, el fotógrafo retrataba a quien fuera su musa y compañera, Chloe Des Lysses, explorando de manera explícita y reiterada el cuerpo, el erotismo y la sexualidad a través de una amplia variedad de poses y situaciones. Más que ofrecer una respuesta definitiva a aquella contradicción inicial, aquellas imágenes contribuyeron a hacer visible la fragilidad de las categorías con las que había aprendido a distinguir entre lo artístico y lo pornográfico. Ver a Chloe Des Lysses hermosa en maravillosas fotos que eran puro arte, siendo penetrada por todo tipo de hombres por todos lados me voló la cabeza. Dicho así es porno ¿no? Pues nada de eso: lo que encontré fue puro arte. Y también porno. No del que invita a masturbarte (que también lo hice) sino del que invita a contemplar. El titulo no podía ser más acertado: Porn Art.

La fotografía que lo desencadenó todo...

Y eso me lleva a otra reflexión. Esta mañana contemplo en Instagram la fotografía de una (hermosa) mujer desnuda, un autorretrato, y me detengo en su calidad: en la composición, en la luz, en la manera en que el cuerpo ha sido dispuesto dentro del encuadre, de forma casi espontanea. Antes incluso de preguntarme qué representa, me pregunto desde qué lugar estoy mirando esa imagen, qué determina mi lectura. ¿Estoy ante una fotografía artística, ante una representación erótica o simplemente ante una imagen a la que su autora no ha querido darle mas significado que el de provocar esta reflexión en el espectador o la de sentirse bien mostrándose? La pregunta no reside en la imagen, sino en la mirada de quien la recibe. El mismo cuerpo, fotografiado de la misma manera, puede ser leído como arte, erotismo o pornografía dependiendo del marco en el que aparece, del discurso que lo acompaña y de las expectativas de quien lo observa. Sobre todo, esto último. Y es precisamente ahí donde la frontera entre estas categorías comienza a volverse problemática porque la fotografía que observo es arte… pero también me apetece masturbarme observándola. ¿Si lo hago banalizo el arte y lo convierto en porno? Eso seria como ponerle el sello de verdad a que un desnudo artístico esté por encima del porno convencional. Sería destruir, en mi cabeza, el propósito de esa imagen (aunque desconozco cual es).

Creo que la respuesta es mas sencilla: todo está en los ojos de quien mira. De la misma forma que en PORN ART de Dahmane, las fotografías invitaban a excitarte, también invitaban a admirarlas y a caer rendido ante la belleza de Chloe Des Lysses. 

Y luego te masturbabas.

¿Entonces, el arte pornográfico es porno o es arte? La misma pregunta contiene la respuesta: es ambas cosas, y precisamente en esa ambigüedad reside buena parte de su potencia. No se limita a ofrecer una imagen para ser contemplada, sino que pretende provocar una reacción en quien la observa: incomodar, perturbar, sorprender, despertar el deseo o, simplemente, sacarnos de la neutralidad con la que habitualmente consumimos imágenes. Un puñetazo en la cara. En este sentido, también resulta importante la mirada de quien se autorretrata desnuda. La imagen no implica únicamente la exposición de un cuerpo ante la mirada ajena, sino la posibilidad de experimentar una forma de excitación vinculada al propio acto de mostrarse. Y no me refiero necesariamente a una excitación sexual, sino a otra forma de intensidad: el estar transgrediendo, aunque sea mínimamente, los códigos que regulan aquello que puede mostrarse y aquello que debe permanecer oculto. Desnudos que se muestran en Instagram, sometiéndose deliberadamente a las normas de censura de una plataforma que decide qué cuerpos pueden ser vistos y bajo qué condiciones. Al hacerlo, la persona que se autorretrata se expone también a convertirse en aquello que la mirada patriarcal ha construido históricamente alrededor del desnudo femenino: un cuerpo disponible para ser observado, juzgado o deseado

Y, llegado el caso... censurado. 

Pero existe una diferencia fundamental entre ser objeto de una mirada y decidir participar activamente en su construcción. Quien se muestra asume el riesgo de la exposición, de la censura y de las consecuencias que puedan derivarse de ella, pero lo hace desde una posición consciente: no necesariamente para satisfacer nuestros deseos, sino también para apropiarse de ellos, confrontarlos y obligarnos a ponerlos en cuestión. Y quizá por eso resulta tan significativa esa sonrisa que aparece una y otra vez en el rostro de esta mujer: una sonrisa que parece decir que, pese a todas las reglas que pretenden determinar cómo debe mostrarse un cuerpo femenino, todavía existe una voluntad propia detrás de la imagen. Existe una alegría en sentirte libre. 

Algo de eso encontramos en la obra de Dahmane donde Chloe Des Lysses siempre sonríe o muestra un rostro concentrado. Nunca hay una exhibición actoral del placer. Todo es cotidiano para obligarnos a ver el porno desde una perspectiva estética. El autorretrato desnudo introduce, además, otra dimensión: quien se muestra no es un objeto pasivo de la mirada, sino que participa activamente en la construcción. Se exhibe, se representa y, al mismo tiempo, reivindica el derecho a decidir cómo quiere ser visto.

Tal vez sea ahí donde el llamado arte pornográfico encuentra su verdadera tensión: no en la oposición entre lo bello y lo explícito, sino en la capacidad de convertir aquello que culturalmente hemos aprendido a mirar con pudor, deseo o censura en una experiencia estética consciente. No se trata simplemente de mostrar un cuerpo desnudo.

Adoro la fotografía, amo el arte, me gustan las personas con inquietudes que escapan de cualquier zona de confort (o moral) para aprender o educar. Me gusta la gente inteligente. Me gusta ver a una mujer desnuda. Me gusta el porno. Me gusta masturbarme. Me gusta la pizza con piña y me gusta mear en la ducha.

Y todo eso no me hace mejor ni peor persona, ni a mí ni tampoco a vosotros.

Y, sobre todo, me gusta despertar y observar las fotos de una mujer desnuda de repente, sin esperarlo. Unas fotos artísticas. Unos desnudos cotidianos sin más pretensión que la de mostrar.

El resto es perder el tiempo.


Respirar la derrota (relato)

Respiro deprisa, demasiado. Es curioso cómo el cuerpo puede convertirse en un pésimo aliado: mientras mi mente exige serenidad, los pulmones parecen haber decidido que ha llegado el momento de huir. Debo tranquilizarme. Inspirar por la nariz. Expirar por la boca. Regularmente. Como recomiendan esas personas que siempre parecen saber qué hacer en los reels de  Instagram pero que estoy segura de que nunca se han encontrado en mi situación: en una casa que no es la mía y con los ojos vendados.

Inspiro. Expiro.

Intento concentrarme en el aire, en su recorrido, como si tuviera algún propósito. No puedo ver nada. Llevo una venda sobre los ojos, lo cual, además de ser una circunstancia poco favorable para la serenidad, tiene la virtud de convertir cualquier ruido en una amenaza y cualquier silencio en una imaginación.

Mi corazón late de forma también acelerada, Demasiado deprisa. Y quizá tenga motivos porque estoy en la casa de un hombre al que nunca he visto. O, al menos, nunca lo he visto en persona. He hablado con él. Mucho, incluso. Durante dos semanas. Lo suficiente para que hoy en día consideremos que existe una intimidad, siempre que una esté dispuesta a aceptar que conocer las opiniones de alguien sobre literatura, cocina o sexo constituye alguna forma moderna de conocimiento. Lo llamamos una relación virtual, expresión que parece una novedad cuando no es más que la versión acelerada de las cartas que nuestras abuelas intercambiaban con desconocidos. La diferencia es que ellas necesitaban semanas para enamorarse de una caligrafía. Nosotras podemos hacerlo antes de que termine de cargarse una fotografía. Tan rápido que hace apenas quince días comencé a intercambiar mensajes con este hombre y hoy me encuentro en su casa, con los ojos cubiertos, intentando adivinar si estoy en el comedor o en algún escenario especialmente elaborado de mi propia mala conciencia.

Antes de que me pusiera la venda pude ver un pasillo. Eso fue todo. Después escuché unos pasos a cierta distancia. Luego sentí unas manos sobre mis hombros y alguien me condujo hasta otra habitación. Desde entonces, nada.

No sé dónde está.

No sé qué está haciendo.

Y, si he de ser completamente sincera conmigo misma, tampoco sé si el hombre que me ha acompañado hasta otra instancia se encuentra ahora en algún lugar de esta casa o incluso si es el mismo hombre con quien he pasado estas dos últimas semanas hablando. La confianza es una virtud extraordinariamente hermosa hasta que se practica con desconocidos.

Inspiro. Expiro. Intento tranquilizarme.

No lo consigo porque que pueden parecer excitantes si se contemplan desde la distancia, pero que pierden considerablemente su encanto cuando una las vive con una venda en los ojos. Y ésta, decididamente, no parece normal. ¿Estoy aterrorizada? Quizá. Sería absurdo fingir lo contrario. Mi corazón parece haberse tomado la situación como una emergencia nacional y no encuentra motivo alguno para guardar las formas. Debería tranquilizarme. Pero ¿quiero marcharme?

Curiosamente, no.

Hay algo desconcertante en el miedo cuando no te bloquea ni tampoco te hace salir corriendo. Este terror, esta incertidumbre acerca de lo que ocurrirá dentro de unos minutos, me agita de una manera que hacía años que nada ni nadie conseguía. Es casi ofensivo descubrir que una puede pasar tanto tiempo sintiéndose perfectamente segura y, al mismo tiempo, completamente muerta.

Quizá el miedo no sea la forma más sensata de sentirse viva. Pero, siendo sincera, es bastante más de lo que tenía antes de entrar en este piso.

El hombre me dijo que viniera vestida con una falda, medias oscuras, una camisa blanca de botones y una chaqueta. Y yo obedecí, claro, lo cual es una forma peculiar de descubrirse a una misma. Por un instante me imaginé convertida en la mujer ejecutiva que nunca fui: la jefa de una oficina llena de hombres sin personalidad, dictando órdenes con la seguridad de quien ha confundido el poder con la costumbre de levantar la voz. Pero hay una ironía en todo esto. Vestida así no me siento poderosa, sino aún más sumisa; no la dueña de una oficina, sino al servicio de un desconocido. Qué extraño privilegio el de obedecer creyendo, por un momento, que una se está vistiendo para mandar.

De repente siento un movimiento, unos pasos, una respiración cercana. Unas manos que comienzan a desabrochar lentamente mi camisa, botón a botón de forma tan lenta que creo que en cualquier momento voy a arrancármela yo misma. Me dijo que no vistiese ropa interior así que ahora mismo el hombre ha abierto mi camisa y debe estar observando mis pechos. ¿Le gustarán? A mí me gustan, pero entiendo que no son los pechos de una joven de 18 años. Tengo mas del doble de esa edad, bastante más. Pero no voy a avergonzarme por no tener el cuerpo de una joven, soy quién soy y he decidido venir hasta aquí a demostrar de lo que soy capaz. Mi cuerpo, como me dijo el hombre en nuestra primera conversación, es solo una herramienta. ¿Dónde queda la sensualidad en todo esto? De momento, la sensación me parece sensual. Aunque sigo aterrorizada.

Sus manos comienzan a manosear mis pechos, de forma nada amable, duele, pero es un dolor diferente, un tipo de dolor donde ninguna voz interna te pide que acabe de inmediato. Pellizca mis pezones. El dolor es mas intenso. Me doblo sobre mi misma.

Lo que está haciendo el hombre no es un capricho suyo, sino algo que habíamos acordado. Habíamos pasado una mañana entera intercambiando mensajes, plasmando con palabras el inventario de nuestros deseos: lo que haríamos, lo que no; aquello que nos intrigaba y aquello que no estábamos dispuestos a permitir. Hablamos de límites, de curiosidad, de consentimiento y de dolor, con esa meticulosidad casi absurda con la que dos adultos intentan ponerle reglas a algo que, por naturaleza, las detesta. Y, entre todas aquellas cosas, fui yo quien dijo que quería sentir dolor. En los pechos, en el cuerpo entero. Lo dije con la tranquilidad de quien cree que nombrar un deseo equivale a comprenderlo. Pero una cosa es desear el dolor y otra muy distinta descubrir qué aspecto tiene cuando deja de ser una fantasía y se convierte en una realidad. Quizá por eso, cuando obedecí al hombre y me vestí como me había pedido, comprendí la pequeña crueldad de nuestro acuerdo: yo había elegido cada una de aquellas reglas y, sin embargo, al cumplirlas, me sentía menos dueña de mí que nunca. La paradoja tenía algo de exquisitamente ridículo. Habíamos hablado durante horas de mi libertad para decir que no, y ahora yo descubría que precisamente porque podía decir que no, la obediencia resultaba inquietante.

Sus manos se deslizan por todas partes, levantando mi falda, manoseando mi culo, metiendo sus dedos por todos lados, besándome, mordiéndome, lamiéndome, dejándome completamente desnuda, excitada y deseando más, mucho más.

Y sucedió todo eso, sucedió mucho más. Tanto que jamás lo hubiese imaginado. Con los ojos vendados en todo momento. Al final tenía la voz ronca de tanto gritar y gemir, algunas partes de mi cuerpo estaban irritadas por sus latigazos. Mi vagina, mi culo, habían sido usados tanto rato de forma tan brutal que apenas podía caminar. Me dolía la boca, los pezones, me dolían las piernas, los brazos, me dolían hasta los dedos de los pies. Nunca había sentido algo semejante. Estaba completamente derrotada, exhausta hasta ese punto en que el cuerpo parece pertenecerle a otra persona. Habíamos hecho todo cuanto habíamos acordado, ni más ni menos. Quizá había sido demasiado valiente al decir que sí a ciertas cosas; quizá había confundido la curiosidad con el valor. Pero hubo algo aún más sorprendente: en ningún momento se me ocurrió pedirle que parase. Y, tal vez, esa era la parte más desconcertante de todas. No había habido engaño ni imposición, ninguna frontera atravesada sin mi permiso. Había sido yo quien había señalado aquellas fronteras y, después, quien había permitido que él se acercara a ellas. Sin embargo, allí estaba, agotada y temblorosa, con la extraña sensación de haber perdido algo de mí precisamente porque había decidido entregarlo. Entonces me di cuenta de que mi propósito, en todo momento, había sido ese, el de acabar la sesión sintiéndome usada, derrotada, absolutamente sumisa.

Sali del piso vestida como había llegado (me pude duchar antes) pero nunca le vi la cara. Podría reconocerle en la calle si tuviese su polla en mi boca o sus manos en mi garganta. Podría reconocer su olor o su voz. Pero si me cruzase con él, nunca le reconocería.

Y eso, curiosamente, fue lo mejor de nuestro encuentro.





sábado, 8 de agosto de 2026

Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa, pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil...



Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa… ¿Quién, en su sano juicio, le soltaría esa sarta de improperios a otra persona? Yo me considero juicioso y lo he hecho, muchas veces (que nunca me parecen demasiadas).

Pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil... ¿Disfruto humillando así a otra persona? Si, bastante (y sigue sin parecerme demasiado).

Voy a prejuzgarme a mi mismo y asegurar rápidamente que soy un machista, un maleducado, una persona infecta… ¿Lo soy? La verdad es que no. ¿Entonces? Entonces volvemos a la conocida palabra que he usado muchas veces (y tampoco serán demasiadas): el  consenso. A ver como salvamos esto: pensareis… “si hay consenso es porque la otra persona permite que le hablen así ¿pero por que lo permitiría? Bueno, si habéis venido antes a este blog sabréis (mas o menos… y nunca es suficiente) lo que es el BDSM y como hay personas cuyo placer (casi sexual) es ser humilladas. Así pues, si hay consenso y esa persona disfruta... todo bien ¿no? Pues aun hay gente que no entiende porque puedo disfrutar humillando a alguien porque cree que eso forma parte de mi personalidad. Lo cual significa no comprender lo que es un rol dentro del BDSM.


Insultar es la acción de ofender, provocar o agraviar a alguien mediante palabras o actos hirientes con la intención de lastimar su dignidad u orgullo. 


En toda mi vida he humillado a nadie usando el insulto porque nunca se me pasaría por la cabeza lastimar la dignidad ni el orgullo de absolutamente nadie. Pero lo hago, a menudo (una vez más… nunca es suficiente). Porque solo siento placer haciéndolo si la otra persona siente placer siendo humillada. Y aun y así habrá gente que pensará que soy un enfermo, que soy un machista que aprovecha el BDSM para tener patente de corso, que miento o que manipulo. De acuerdo, si habéis llegado a este punto y seguís pensando eso, abandonad inmediatamente este blog porque nada de lo que leáis, os va a sacar de vuestro prejuicio sino afirmarlo.

Ambos saldremos ganando, tu y yo.