viernes, 2 de octubre de 2026

La paradoja del placer ajeno



-Pégame fuerte, en el estómago -dice ella.

¿Debería? Si analizamos la pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño. ¿Debería?

-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó yo.

-Porque me lo merezco.

-Quizás sea yo quien deba juzgar eso no tu.

El castigo lo impone una persona sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de aprendizaje.

Porque, para mí, el castigo solo tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.

Hay personas dominadas que buscan el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre, es algo acordado.

Pero este texto no va sobre los brats. De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo: ¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez de la noche.

Mi problema es bastante más sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto realmente provocando dolor.

Puedo comprender perfectamente que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy distinta es sentirlo uno mismo.

Y ahí aparece la pequeña paradoja porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).

 

Y quizá ésa sea la parte que me resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor en sí mismo.

De modo que la cuestión no es si debo hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.

Por eso, cuando adopto el rol de dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.

Existe la idea común de que un sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea, mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad, es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el espectador, la mirada siempre cambia.

¿Qué clase de juego de roles sería si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el otro obedece?

Si la persona sometida encuentra su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente cómodo.

No todo aquello que uno hace por el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.

Esa es, supongo, una de las peculiaridades de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con ello.

Así que retraso el brazo y golpeo con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo, acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con dificultad.

Una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

De esto se trata el BDSM. Por esto me gusta el BDSM.


domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


viernes, 4 de septiembre de 2026

La verdad


Te gusta que te abofeteen, te insulten, te humillen, te usen… te gusta sentirte usada, porque sentirte usada significa también sentirte útil frente a la persona que te esta usando. Olvidas los problemas del día a día, centrándote simplemente en obedecer. Que ya es mucho... 

Eres dura, te disgusta que sean duros contigo, pero lo aceptas como esa parte del juego. Cuanto más duros sean, mas valor tiene lo que haces.

Cuando te golpean o te excitas, gimes como una gata en celo. Es lo que mejor recuerdo, lo que mas me gustó. Aunque tú no eres una gata, eres una perra a al que le encanta que le ponga un collar y la traten como un animal que camina a cuatro patas.

Siempre que nos vimos me prometiste que me darías placer, pero al final fuiste tu la que obtuvo el placer. Si llevo la cuenta de cuantas veces te corriste tu y cuantas yo, me ganas por una absurda goleada. Pero el placer no siempre consiste en el orgasmo. El placer radica en el acto de usar o de ser usado. En golpear y recibir el golpe con estoicidad. En que te insulten y encontrar el placer en esa humillación verbal porque sabes que hay algo de verdad cuando te ponen adjetivos como perra, sucia, puta o arrastrada.

Cuando te abofetean y te dicen que no sirves para nada, tu cuerpo se arquea, se separa un poco del amo y asientes, siempre sin dejar de gemir. De nuevo sabes que forma parte de esa humillación verbal que es una practica del BDSM, pero también porque te gusta pensar que hay algo de verdad en toda esa humillación. Una verdad incómoda que te hace sentir libre.

Cuanto más sumisa, más libre. De eso se trata todo esto. No de golpes, orgasmos ni vendas en los ojos.


lunes, 31 de agosto de 2026

Soñar con ella



Después de volver a escribirme ayer con la señora F, tras varios años del saludable ejercicio que consiste en “enfadarte e ignorar”, por la noche soñé con ella. No es una licencia literaria, tampoco una forma de decir que estuve pensando en ella antes de dormir. Literalmente soñé con ella. Tras varios años de incómodo silencio mi cerebro consideró que el momento adecuado para reabrir la carpeta “Señora F” era durante el sueño, que es cuando uno está especialmente indefenso. Cuando algo me produce un cierto impacto emocional (volver a saber de ella resultó ser bastante más impactante de lo que mi razón habría previsto), mi cerebro decide continuar con el asunto por su cuenta y riesgo mientras yo cierro los ojos y los ronquidos comienza a invadir el dormitorio.

Recuerdo perfectamente el sueño. 

Esto también suele sucederme o, al menos, eso me gusta pensar, porque hace poco descubrí que cualquier capacidad de recordar nuestras aventuras nocturnas tiene un inconveniente: parece que lo que recordamos son tan solo los últimos minutos antes de despertarnos. No la película completa que nuestro cerebro ha estado proyectando durante la noche.

Así que, en resumen: mi cerebro recibió información emocional nueva, decidió procesarla durante la noche y, como colofón, me entregó por la mañana un informe perfectamente detallado que probablemente era una reconstrucción de los últimos cinco minutos. La eficacia de mi cerebro resulta sorprendente, sobre todo, porque cada día soy más tonto.

¿Qué soñé? He estado dudando si contarlo aquí o no. No por respeto a la privacidad de otra persona, porque estamos hablando de un sueño y, por tanto, asumo que tanto jurídica como moralmente, mis sueños me pertenecen en régimen de plena propiedad intelectual. Y punto. Además, se lo he contado a la Señora F y, para mi sorpresa (o quizá no tanto), quiere leerlo. Creo que ahí está precisamente el motivo por el que le dije que había soñado con ella. Porque fue un sueño erótico bastante sucio y, en cierta manera, decirle que he soñado con ella y contarlo aquí es una forma de provocarla. Recuerdo que me encantaba provocarla. Hay cosas que, al parecer, sobreviven a los años de incómodo silencio. ¿Por qué me ha dicho ella que quiere leerlo? No creo que sea porque esté deseando que la provoquen. Sería una interpretación egoísta por mi parte. Supongo que será esa clase de curiosidad inocente que lleva a una persona a pedir que le cuenten qué ha soñado alguien con ella después de años sin hablar. Eso es… curiosidad. 

La explicación más sensata, siempre es la menos divertida.

Sea como sea, voy a ello: lo primero que recuerdo del sueño es estar parado frente a la puerta de una casa, en una planta de un edificio antiguo. No era el lugar donde, en el pasado, la señora F me recibió arrodillada, con los ojos vendados y la boca abierta. Esta vez mi subconsciente había tenido la delicadeza de cambiar de escenario. La puerta estaba entreabierta. Empujé y, naturalmente, no había nadie. Solo un pasillo lleno de juguetes infantiles. No me preguntéis por qué. Supongo que, después de decidir que iba a montar una escena erótica, mi subconsciente pensó sería divertido sembrar el camino de juguetes infantiles. Así que allí estaba yo, avanzando y sorteando juguetes como quien atraviesa el pasillo de una guardería hasta llegar a un comedor iluminado con velas. 

Después del pasillo de juguetes, lo siguiente que necesitaba la escena era una iluminación romántica. Todo perfectamente normal al menos dentro de los estándares de mi cerebro enfermo. En el centro, completamente desnuda y con una venda cubriéndole los ojos estaba la Señora F. Recuerdo que me abalancé sobre ella y le di una bofetada tan fuerte que la tiré contra el suelo. ¿Por qué soñé eso? No creo que fuese violencia nacida de la frustración alimentada por años de silencio. La Señora F era una sumisa que le gustaba ser abofeteada, usada, humillada, golpeada, escupida, insultada… ese golpe no había sido más que un “hola".

Recuerdo que me obsesioné en su momento con sodomizar a la Señora F y nunca pude hacerlo. Quizás esa fue la causa de nuestro desencuentro, quería hacerlo y quería hacerlo ya y cualquier negativa era una ofensa que alimentaba mi frustración. Ahora soy otra persona, pero, de todas formas, en el sueño, separé sus nalgas en el suelo, escupí en su culo y la sodomicé con fuerza mientras la humillaba verbal y físicamente intentando reducirla a un simple agujero que usar, que sintiese que su culo siempre me había pertenecido.

De repente, estábamos en otra habitación ella de rodillas encima de una cama, con mi polla en su boca. Recuerdo que sus mamadas eran magnificas, pero cuando me la chupaba, se excitaba demasiado y entonces comenzaba a perder el control. Había que frenarla constantemente. A golpes, claro.

Una vez más, sin que mi subconsciente entendiese sobre transiciones narrativas, estábamos ahora en un sofá, abrazados. Y alrededor del sofá estaba todo el mundo que queremos: familia, amigos, parejas, exparejas… un comité de supervisión emocional dispuesto a contemplarnos sin más. Nadie decía nada. Nosotros tampoco. Seguíamos abrazados, como si aquella fuera la cosa más natural del mundo y no una situación demasiado incómoda. Ella seguía llevando el antifaz que le cubría los ojos.

Y, curiosamente, eso parecía tener bastante más sentido que todo lo demás. Porque si hay algo que caracteriza a los sueños es esa capacidad para presentarte una situación completamente absurda y conseguir que, mientras estás dentro, te parezca perfectamente razonable hasta que te despiertas y piensas: ¿pero qué demonios estaba haciendo allí toda esa gente?

Alguien pica a la puerta, me levanto, estoy desnudo, cruzó con vergüenza ese grupo de conocidos y voy a la puerta, es la puerta de mi casa ahora. La abro, la Señora F está al otro lado. Sonriendo.

-¿Vamos a un buen restaurante? -pregunta

-Vamos -contesto.

En el ascensor nos besamos. Al salir a la calle, resulta que está llena de gente, pero todos están mirando un eclipse de Sol. Vamos a un restaurante, pedimos y, a partir de ahí, el sueño empieza a tomar una dirección bastante más interesante. La Señor F se desliza bajo la mesa y comienza a comerme la polla y entonces…

SUENA EL DESPERTADOR.

Así, sin más. Sin créditos. Sin final. Sin la más mínima consideración por mi pene erecto a punto de explotar. Creo que sucedió así. O quizá no exactamente. Puede que mi memoria haya hecho lo que suele hacer con los sueños: coger una sucesión de escenas inconexas, mezclarlas alegremente y después convencerme de que aquello ocurrió exactamente así. Prefiero fingir que mi subconsciente es una entidad independiente y caprichosa que toma sus propias decisiones mientras yo duermo. Es una explicación más elegante que admitir que, después de volver a saber de ella tras varios años, mi cerebro decidió dedicar parte de la noche a ponerse creativo.

Lo importante es que me he levantado con el pene erecto y una mala hostia considerable. No es la mejor combinación para empezar a trabajar después de un mes de vacaciones. Uno espera reincorporarse progresivamente a la rutina, recuperar horarios, aceptar poco a poco que la vida laboral existe… No que el primer problema del día consiste en explicar a tu propio cuerpo que el sueño ha terminado y que, lamentablemente, la jornada laboral empieza igualmente.

¿Qué he hecho Masturbarme finalizando el sueño con mi imaginación y en la boca de la Señora F. 

Mejor llegar tarde al trabajo que empalmado…


domingo, 30 de agosto de 2026

La vuelta de la señora F


Hace mucho que no sabía nada de ella. Cinco años, quizá alguno más. El tiempo, tiene la mala costumbre de pasar. Pero la recuerdo perfectamente. Entre otras cosas porque fue la última persona con la que disfruté de verdad siendo amo (o jugando a serlo, que a estas alturas tampoco vamos a ponernos académicos). Todo lo que vino después fue, en mayor o menor medida, un intento de repetir el pasado con ella y con otras que la precedieron.

Muchos os preguntaréis qué pasó  para dejar pasar todo este tiempo. Lo de siempre: las prisas, las expectativas y las ganas son un combustible maravilloso hasta que te explotan en la cara. Cuando las ganas se convierten en frustración, la razón muere ahogada. Y acabamos mal. No pasó nada especialmente grave, pero tampoco nos despedimos como dos personas civilizadas. Hubo reproches virtuales, algún que otro mensaje desafortunado y, finalmente, silencio. La forma en que se gestionan muchos desencuentros en el siglo XXI: dejamos de hablarnos sin vernos las caras y confiamos en que el tiempo haga el trabajo sucio.

Y lo hizo. Durante unos cinco años. Hasta hoy que me ha escrito, creo que simplemente para saber de mí. Ni otros motivo. Hemos hablado de nuestras vidas, de cómo estamos, de lo que ha pasado durante todo este tiempo. Sin reproches, sin esa necesidad tan humana de demostrar quién tuvo razón. Eso ha sido lo mejor. Como si no hubieran pasado cinco años, sino cinco minutos. Aunque eso también me ha desconcertado. Algo me dice que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, nosotros seguimos exactamente en el mismo punto en el que lo dejamos. Y todavía no sé si eso es una buena noticia magnífica o una señal inequívoca de que estamos condenados. De que hemos perdido cinco años sumidos en la cotidianeidad de Matrix.

Reconozco que me he emocionado. He imaginado muchas volver a dominarla. ¿Por qué ella y no otras? No tengo ni la más remota idea. Hay personas que pasan por nuestra vida y desaparecen. Y hay otras que, por alguna razón, se quedan instaladas en algún rincón de la cabeza y no conseguimos olvidarnos de ellas. Debería haberle escrito muchas veces. No lo hice. Bueno, no exactamente: hace unos cuatro años la vi cruzando un semáforo desde mi coche. Le mandé un mensaje diciéndole que la había visto. Su respuesta fue tan cálida como sumergirse desnudo en las aguas de un fiordo noruego. Supongo que no era el momento. Supongo que me lo merecía.

Ella lee este blog y sabe que hay bastante de ella escondida entre algunos de estos textos. Incluso existe una sección llamada “La señora F”. Quizás no sabía que era ella. Si es así, enhorabuena: acabas de descubrirlo.

Me ha pedido que escriba cómo me he sentido al volver a saber de ella. Podría hacer un tratado haciendo gala de ese psicólogo de marca blanca que que creo ser. Prefiero ahorrároslo. Lo resumiré en unos cuantos adjetivos: sorprendido, contento, curioso, excitado, emocionado, dubitativo e ilusionado. Aunque no son emociones completas. Son más bien pequeños trozos de emociones que se han mezclado entre ellas.

La señora F tenía una maravillosa costumbre: cada día me enviaba una fotografía después de la ducha, con una toalla en la cabeza, completamente desnuda y siempre sonriendo. Borré todas aquellas fotografías hace tiempo. Mi memoria, en cambio, decidió hacer una copia de seguridad. Y allí siguen. Soy capaz de recordar cada centímetro de su piel.

¿Y ahora qué? No tengo ni idea.

Supongo que, si ahora mismo me dijese que fuera a su casa, probablemente saldría disparado antes incluso de haber terminado de leer su mensaje. Hay cosas que cinco años no consiguen curar del todo. Volvería a retomar lo que dejamos. A pesar del tiempo. A pesar del desencuentro. A pesar de todo lo que ha cambiado. Es lo primero que siento al saber de ella. ¿Por qué? Algunas cosas no queremos recuperarlas exactamente como fueron. Queremos descubrir qué podrían ser ahora. Retomar una ilusión antigua con una vida nueva. Recuperar aquella excitación, aquella complicidad, aquella sensación de estar haciendo algo que quizá no deberíamos hacer y, precisamente por eso, resultaba tan difícil de olvidar. Pero hay otra parte de mí que tiene un miedo atroz de repente. Miedo de proponer algo y reducir su acercamiento, sus emociones y su curiosidad en una oportunidad egoísta. Porque ella ha vuelto a aparecer como persona, no como recuerdo, y no quiero cometer el error de confundir ambas cosas. Y, sobre todo, porque hace mucho tiempo que abandoné la frustración. La dejé atrás. La jubilé. O eso quiero creer. Y sospecho que ella sería la única persona capaz de hacerla volver diciendo una sola palabra: “no”.

Así que aquí estoy. Con más años, probablemente algo más de sentido común y exactamente las mismas dudas que entonces. No sé qué ocurrirá. No sé si esto será simplemente una conversación que llega cinco años tarde, el principio de algo nuevo o simplemente una pequeña visita del pasado para recordarme que hay historias que nunca terminamos de cerrar y, si se cierran, se han de cerrar con un buen sabor de boca.

Hoy he vuelto a saber de la señora F. Y, sinceramente, después de cinco años, eso ya me parece suficiente motivo para decir una cosa: 

Hoy es un buen día.


miércoles, 19 de agosto de 2026

Elogio de las piernas (femeninas)


Todos tenemos piernas. Normalmente son dos, algo que sucede también con los ojos, las orejas, las manos, los testículos o los pechos, todos vienen de fábrica en un pack indivisible. A no ser que la (mala) fortuna o la cirugía se hayan involucrado en tu vida. Todas esas partes de nuestra anatomía no se venden por separado, como los huevos en un supermercado. Repito: dos piernas. Sigamos.

Las piernas femeninas han adquirido un estatuto en el imaginario masculino. No ocurre lo mismo con las piernas masculinas contempladas desde el punto de vista femenino. Algo bastante injusto para la industria nosotros, los machos cabríos. La explicación tiene que ver con la cultura, la moral y esa maravillosa costumbre de declarar pecado lo que nos fascina. Hubo una época en que una mujer no debía enseñar las piernas porque eran consideradas algo erótico. En el mecanismo de prohibir una cosa, conseguimos convertirla precisamente en aquello que pretendíamos ocultar: un objeto de deseo.

Los hombres (y aquí hablo de los heterosexuales, porque toda afirmación general necesita su aclaración) observamos piernas femeninas con una intensidad que recuerda a José Luis López Vázquez siguiendo a las suecas en cualquier película española de los años sesenta. Solo falta que sonase una música pop y un montón de hombres corriendo y gritando “¡a por las suecas!”.

Aclaro también que me refiero a personas nacidas con dos piernas. No tengo nada contra las personas con una, tres o ninguna, pero la política de la cancelación me obliga a convertir un comentario sobre extremidades en una declaración jurada ante notario.

Hombres heterosexuales y mujeres de dos piernas. Aclarado.

Pasemos ahora a una escena sencilla. Observamos a una mujer en la playa, semidesnuda. Miramos, pero al cabo de unos segundos desviamos la vista. La desnudez completa tiene algo de trabajo de oficina. Ya está todo el expediente sobre la mesa. Nos hemos acabado el libro. No queda misterio que gestionar.

Segunda escena, igual de sencilla. Esa misma mujer aparece poco después sentada en un bar, con una falda que parece haber sido diseñada por alguien que tenía una idea muy precisa de cuánto tejido era imprescindible para que aquello continuase llamándose falda (y no cinturón). Y entonces sucede la magia: la mirada permanece clavada en esos muslos, esos tobillos. El cerebro se activa. El perro de Pavlov empieza a salivar.

Porque las piernas, en realidad, no fueron inventadas para ser mostradas, sino para ser sugeridas. Y ahí reside gran parte de su poder. La mujer podría, si quisiera, dominar el mundo mediante una herramienta extraordinariamente sencilla: el largo de una falda. No importa tanto cómo sean las piernas. Importa cuánto de ellas se muestra. Una pierna hasta la rodilla es anatomía. Un poco más arriba, es literatura. Mas arriba empieza la política exterior. Y aquí llegamos a una de las grandes ironías de la civilización: hemos pasado siglos intentando controlar el cuerpo femenino mediante moral, religión y normas sociales para descubrir que quizá el instrumento de dominación más eficaz era una prenda que se puede subir o bajar unos cuantos centímetros. Nos hemos centrado en el escote cuando el arma de destrucción masiva era el largo de la falda. Espero que ninguna mujer lea esto o, aparte de pensar que soy un viejo verde (cosa que no está demasiado alejada de la realidad), también se dará cuenta del arma esconden sus piernas. Eso ha sonado mal ¿verdad? Me refiero a las piernas en si, al recorrido, no a su destino.

Cambio de tercio: me gustan las piernas de las mujeres. Lo reconozco sin pudor. Para mí son las columnas que sostienen el mundo, lo cual es una metáfora arquitectónica bastante más elegante que decir simplemente que me gustan mucho. Mucho. Al decir esto imaginareis que miro las piernas de las mujeres de forma inapropiada. Es posible. Pero tampoco voy a fingir una culpa que no siento. La mirada humana lleva millones de años haciendo cosas mucho más preocupantes que mirar unas piernas.

¿Por qué me gustan tanto? Pertenezco a una generación educada bajo la fascinante (y cristiana) premisa de que determinadas partes del cuerpo eran pecaminosas si se observaban demasiado, mientras otras podían contemplarse tranquilamente durante horas sin que nadie tuviera nada que objetar. Nos enseñaron que ciertas cosas no debían mostrarse. Y entonces uno creció descubriendo la paradoja: cuanto más intentaban esconderte algo, más interesante se volvía. ¿Creéis que Dios encajó unas piernas ahí con el único propósito de que sirviesen para llevar el resto del cuerpo de un lado a otro? Podría ser una idea razonable, aunque resulta un poco decepcionante pensar que el gran creador del universo diseñó semejante mecanismo con una función mecánica, pero no estética.

Cuando escribo relatos eróticos, suelo describir las piernas de la mujer enfundadas en medias oscuras. No es casualidad. La media añade ese pequeño margen de misterio. Además, en un relato erótico hay que mantener cierta tensión. La literatura, como la vida, necesita saber cómo encontrar estímulos para que la cosa no se desinfle. Nunca mejor dicho.

Al final, quizá todo se reduzca a eso: a la distancia entre lo que vemos y lo que imaginamos. La pierna desnuda es un hecho. La pierna sugerida es una posibilidad. Y la imaginación, como saben perfectamente los dictadores y los poetas, es más peligrosa que la realidad.

Así pues, enséñame tus piernas (aunque de forma parcial) y me postraré ante ti. Ponte una falda y deja que mi imaginación haga el resto.

De eso se trata la vida.





sábado, 15 de agosto de 2026

Reivindicar la palabra PERVERSION


 


La palabra “perversión” ha sido demonizada durante mucho tiempo, nos hemos empeñado en darle connotaciones negativas que la convierten en algo oscuro, peligroso o moralmente cuestionable. Casi en una enfermedad mental. Quizás deberíamos empezar a separar la palabra de los prejuicios porque una fantasía, por extraña, intensa o poco convencional que pueda parecer, no es en sí misma algo malo. Las fantasías forman parte de la imaginación y de la libertad y nos permiten explorar deseos que quizá no tendrían cabida en nuestra vida cotidiana. Lo verdaderamente importante no es tanto que una fantasía sea convencional o no, sino como la convertimos en realidad. Cuando dos personas adultas deciden explorar libremente una fantasía y lo hacen desde el consentimiento, la comunicación abierta y el respeto al otro, esta experiencia se convierte algo real y ajeno al peligro. El consentimiento permite establecer límites; la comunicación permite saber qué desea y qué no desea cada persona; y el respeto garantiza que nadie sea presionado, manipulado o perjudicado. El famoso SSC del BDSM o la lógica de cualquier otro tipo de relación. Quizá deberíamos dejar de utilizar "perversión"* como sinónimo automático de maldad. Una fantasía consensuada no debería ser juzgada simplemente porque se salga de lo habitual. La frontera no está entre lo “normal” y lo “anormal”, sino entre aquello que se hace libremente, con consentimiento y respeto, y aquello que implica fuerza, daño o ausencia de consentimiento. Reivindicar la palabra “perversión” significa reivindicar el derecho de los adultos a explorar su imaginación y sus deseos de forma responsable. No todo lo diferente es peligroso, y no todo lo convencional es necesariamente bueno. Siempre lo he visto de esta forma y siempre lo veré así porque cuando existe libertad, consentimiento, límites claros y cuidado mutuo, las fantasías pueden encontrar una forma de expresión segura, sin necesidad de convertirse en una amenaza para quienes participan. Las perversiones, si entran en este marco seguro, son el aderezo picante para convertir ese menú diario que es la cotidianeidad en algo mas sabroso, divertido y excitante.