Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.
sábado, 6 de junio de 2026
lunes, 18 de mayo de 2026
Cosas que juras que nunca harás
"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira.
Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de
fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como
quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo
y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.
Es un placer
sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.
La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no
quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral,
tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de
azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen
vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te
gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te
muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener
encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido
alrededor de tu moral y tus convicciones.
Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el
miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno de frases que pueden ser tachadas
para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin
permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.
Si lo has hecho es que has aprendido algo.
martes, 12 de mayo de 2026
Preguntas y mas preguntas
jueves, 23 de abril de 2026
“En la colonia penitenciaria” de Franz Kafka: sadomasoquismo sin erotismo
Hay textos que no necesitan de escenas sexuales para hablar del deseo. Yo que escribo toto tipo de textos, puedo corroborar que eso es posible. Difícil, pero posible. ¿Por qué entonces siempre hablamos de sexo cuando hablamos de deseo? Porque es lo mas obvio, lo más sencillo para hablas de deseo. Pero no todos somos Franz Kafka, quien tenía mas recursos que el resto y supo plasmar ese deseo sin ni un solo componente sexual. Sucede en el cuento
“En la colonia penitenciaria" donde nos encontramos con un sadomasoquismo que no tiene nada que ver con el cuero ni con los látigos, sino con algo mucho
más inquietante: la obediencia. El dolor como gramática. El cuerpo como superficie de escritura. Y si, has leído bien: el cuerpo
como superficie de escritura y los momentos donde Kafka describe eso son difíciles
de leer por terriblemente explícitos.
Para entender esta tendencia
kafkiana hacia el castigo ritualizado que expone en el cuento, hay que explicar la profunda impresión
que le causó a Kafka la lectura de “El jardín de los suplicios” de Octave
Mirbeau donde Mirbeau convierte la tortura en algo estético. El escenario de un
jardín donde el dolor florece como una forma de arte macabro. No hay erotismo
explícito, pero sí arte literario coreografiado alrededor del sufrimiento
que Kafka reconoció como un espejo de sus obsesiones. Le gustó la idea pero no el escenario. Le gustó el fondo pero no la forma, así que Kafka decidió coger esa idea y llevársela a su campo: el del poder de las administraciones.
En la colonia penal descrita por Kafka
en su cuento, el sadismo no es un impulso carnal, no tiene nada que ver con el placer
del BDSM ni con los deseos ocultos de los oficiales torturadores. Aquí el sadismo es administrativo. La máquina (una
criatura de agujas y engranajes), además de torturar, educa al torturado
(porque graba en su piel la ley hasta su muerte). Además, el oficial que aplica
el castigo no disfruta del sufrimiento ajeno. Pero sí que disfruta de la pureza
de ese castigo administrativo que está aplicando, goza con la exactitud con la que la ley se
imprime en la piel del condenado. Es el sadismo frío de la burocracia, que los oficiales ejecutan con la alegría de quien cree estar haciendo lo correcto para la sociedad. Es un placer administrativo.
Eso es lo que mas aterra en la novela: el verdugo kafkiano no es un monstruo, es un simple funcionario que se somete con devoción a un sistema, quien venera a una terrible máquina como si fuera un dios. Y, sin ánimo de hacer aquí un spoiler, la decisión final del funcionario no es un acto heroico, sino un gesto de sumisión absoluta hacia el sistema,
Kafka describe todo esto con la inteligencia de quien entiende que el masoquismo no es el gusto por el dolor, sino la fidelidad a una idea. Y aquí es donde volvemos a Mirbeau y su “El jardín de los suplicios” donde la tortura es un ritual que necesita espectadores; en Kafka, la máquina también exige un público, aunque sea uno solo (el funcionario que acciona la maquina). En ambos casos, el castigo es la representación de la ley. La diferencia es que Mirbeau lo hace desde la estética, mientras Kafka lo hace desde la lógica implacable de la administración. Como una versión breve y perversa de su novela “El Proceso”.
La máquina, por su parte,
funciona como un vínculo sadomasoquista que une la ley (dominante), el cuerpo
(sumiso) y el ritual (la coreografía del castigo). No hay erotismo, pero sí hay
una estética del poder que recuerda a la simbología del BDSM: reglas, roles y ceremonias.
| «Nella colonia penale» (ilustración de Luigi Serafini) |
Kafka, que siempre escribió desde
la frontera entre lo jurídico y lo humano, convierte el castigo en una escena
íntima. Lo que verdaderamente importa en esa colonia penitenciaria no es el placer, sino la fascinación
por la autoridad. El relato es una parábola sobre la obediencia llevada al
extremo, sobre la maquinaria del poder que necesita cuerpos para justificarse,
sobre la devoción ciega a un sistema que ya no recuerda por qué existe. De ahí ese sorprendente final donde uno de los funcionarios se entrega voluntariamente a la máquina como forma de veneración de la ley pues ha fallado en su propósito y ha dejado escapar a un culpable (aunque posible inocente). El dolor es el castigo necesario para aquellos que incumplen la ley, sean quienes sean.
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Si quieres saber más sobre este tema o proponerme algún tema sobre el que escribir, puedes contactar (discretamente) conmigo a través de INSTAGRAM @dopplerjdb / TELEGRAM @jdbbcn2 / eMAIL john_deybe@hotmail.com
viernes, 10 de abril de 2026
Puntos de vista (entre el placer y la herida)
Nunca le podría la mano encima a
nadie, soy una persona muy respetuosa tanto en el fondo como en la forma, mi
tolerancia no tiene límites respecto a los demás. Me considero amable y buena
persona. No debería decir todo esto porque lo hago desde un punto de vista
estrictamente subjetivo. Pero creo que es así.
Y no obstante he pegado,
humillado, escupido, torturado, insultado, meado, arrastrado y usado a mucha
gente en mi vida.
El contexto. De eso se trata. Y
aunque no haya contexto (que, en este caso es el BDSM), mucha gente me tacharía
de enfermo.
Todo eso que hice, moralmente
reprobable, lo hice por conseguir que otras personas llegasen a alcanzar ese
extraño placer que solo se da en el BDSM.
Entiendo que es difícil de
comprender porque si digo que disfruto humillando a otra persona, no hay
contexto que valga. Pero si digo que es en una sesión BDSM y la otra persona
disfruta aun mas que yo de ser humillada, entonces es cuando rebajamos el
prejudicio e intentamos comprender si eso es posible.
No intentéis comprenderlo: es
posible. Y eso no me hace peor persona.
No soy un enfermo mental (ni yo
ni las otras personas que lo hacen). Quizás mi salubridad mental sea mejor que
la de aquellos que tienen deseos que reprimen. No hago daño a nadie,
aunque parezca un contrasentido cuando también digo que he pegado a
personas.
Y lo mas importante: BDSM no es necesariamente ser humillados, escupidos, torturados, insultados, meados, arrastrados ni usados. BDSM es un escenario donde sucede lo que dos personas acuerdan desde su libertad. Cualquier cosa que también puede excluir el ser humillados, escupidos, torturados, insultados, arrastrados o usados ¿Juzgar de enfermo a una persona que alcanza el orgasmo cuando la insultan? Desde mi punto de vista, quien lo juzga es quien tiene el verdadero problema.
Mi amiga E
Mi amiga E acaba de separarse y como toda mujer hermosa que ya no tiene pareja, cientos de amigos, conocidos y saludados, se han lanzado a su caza cual depredadores sedientos de sangre. Los humanos somos así, en la desgracia ajena vemos una oportunidad propia. Yo no diré que me desagrade mi amiga E, todo lo contrario, me parece una buena persona, cariñosa, inteligente, divertida y terriblemente hermosa. ¿Y cual es mi posición al respecto? Por supuesto que me gustaría lanzarme sobre ella, arrancarle la ropa a mordiscos y después follar juntos con la efervescencia de quien sabe que solo quedan diez minutos para que el gigantesco meteorito impacte contra la tierra y volvamos a la época de los dinosaurios.
Es complicado porque me encanta como amiga, pero me encanta
como mujer. No se si me encanta como amo porque mi intuición me mueve a dejar el rol fuera de esta ecuación.
Pero como buen espécimen al que las feromonas le nublan el
sentido no puedo dejar de observar sus pechos (operados) luchando por romper las
camisetas ajustadas que siempre viste. No puedo dejar de contemplar ese culo
simplemente perfecto coronado por una cintura de avispa a la que me gustaría
encadenarme para el resto de mi vida. No puedo dejar de mirar esas piernas
largas, muy largas (mi amiga E es alta, muy alta) y esos tobillos finos e imaginármelos
reposando en mis hombros. Su cara de rasgos duros pero
angelical, su pelo lacio y si sonrisa eterna.
Puede que antes ya fuese ese viejo verde que la observaba en silencio de forma lasciva pero también con respeto. No porque tuviese pareja sino porque
era mi amiga. Y la quiero demasiado para estropearlo intentando descubrir
partes de ella que nunca he visto antes.
¿Qué hago? Continúo deseándola en silencio, pero con respeto.
Imagino que, si ella leyese esto, cambiaria la opinión que tiene de mi (hacia
peor) y esto lo asumo y lo integro en forma de silencio donde me sangra la
lengua de tanto mordérmela.
Mi amiga E me tiene enamorado en casi todos los sentidos en
los que una persona puede enamorarse de otra. Por eso no estoy haciendo
absolutamente nada. Porque es mi amiga.
lunes, 23 de marzo de 2026
La tópica realidad (relato)
El bar estaba medio vacío, como
si la tarde hubiera decidido marcharse antes de tiempo. Las luces cálidas
apenas lograban disimular el cansancio que lo impregnada todo. El camarero
limpiaba vasos con la misma resignación con la que uno acepta que la vida no
siempre sale como se imaginaba.
Ella entró envuelta en un abrigo que
había visto días mejores. Tenía cinco hijos, un marido que hacía años que no la
miraba de verdad, y una rutina que la había ido desgastando como una piedra en
el mar. No se cuidaba, no porque no quisiera, sino porque ya no recordaba cómo
se hacía. Había olvidado incluso qué cosas le hacían sentir viva. El abrigo marrón,
viejo y desgastado era el mejor anuncio de lo que abrigaba.
Pidió un café. No quería alcohol;
necesitaba claridad, no más niebla. Lo hizo con voz baja y un sentimiento de
culpa que llevaba días instalado en lo mas hondo de su corazón.
Fue entonces cuando lo vio. Un
hombre sentado solo en la barra, con un libro abierto y una expresión
tranquila, casi fuera de lugar en aquel sitio. No era especialmente guapo, pero
ni por unos instantes ella dudo de que fuera la persona que había ido a buscar.
¿Por qué no le había visto al entrar? Seguramente porque ella caminaba con la
vista clavada en el suelo, sumida en sus propios pensamientos que no eran más
que problemas cotidianos.
Él levantó la vista y sus ojos se
cruzaron. No fue una mirada invasiva, ni atrevida, ni incómoda. El desconocido
cerró el libro con suavidad y se acercó un poco, manteniendo una distancia
respetuosa.
-Hola, parece que has tenido un día duro -dijo
con una voz tranquila, sin juicio.
Ella soltó una risa breve, casi
torpe, como quien desempolva un gesto olvidado.
-Como casi todos los días -respondió.
Él sonrió, no con lástima, sino
con complicidad. Como si entendiera más de lo que decía. Se saludaron con dos
besos breves en la mejilla y tomaron asiento en lo mas alejado del bar.
Hablaron. De cosas pequeñas al
principio: del clima, del café, del libro que él leía. Pero poco a poco, sin
darse cuenta, ella fue aflojando los nudos que llevaba dentro. No le contó su
vida entera, pero sí lo suficiente para sentir que respiraba un poco mejor. El
hombre no intentó empujarla hacia ningún lugar, tampoco aconsejarla, ni ocupar
un lugar que no le correspondía. Solo escuchó. Y en ese gesto sencillo, ella
encontró algo que creía perdido: la sensación de que aún quedaba algo de sí
misma por recuperar. Una sensación que había comenzado a germinar meses atrás cuando
comenzó a hablar con ese mismo hombre desde la virtualidad.
La mujer sintió que en diez
minutos había conseguido un momento de intimidad más poderoso que con su esposo
en los últimos diez años.
-¿Estás nerviosa? -preguntó el sin
dejar de mirarla a los ojos.
-Demasiado. No sé qué estoy
haciendo aquí.
-Yo sí que lo se.
-Sabes mas de mi que yo misma,
entonces.
-Se que estás aquí precisamente
por todo cuanto acabas de contarme. La vida te pesa demasiado y eso es algo que
le sucede a mucha mas gente de la que imaginamos. Mi vida es mas sencilla, pero
entiendo tus motivos.
-¿Por qué crees que he decidido
entregarme a ti?
-No tiene nada que ver conmigo. Lo
que ha sucedido es que hablando conmigo desde hace días, has recordado que
todavía puedes cambiarte a tí misma.
-¿Y merece la pena ese riesgo?
Creo que es mas peligroso de lo que imagino.
-Convertirte en sumisa no es
peligroso, es una maravilla si es lo que deseas. El peligro es abrir una puerta
donde veas que esa versión de ti misma aún está ahí y quieras cambiar las
cosas.
-Nunca me separaría de mi marido.
-¿Por tus hijos?
-Por todo, no sabría que hacer
sola. Hace años que no trabajo, tengo cincuenta años y el piso está a nombre de
él.
-Pareces una mujer secuestrada.
-En cierto sentido, me siento así.
-Llevas toda una vida siendo la
sumisa de una situación vital, de tu vida.
-Supongo que si, quizás por eso
ahora quiero ser sumisa por mi misma. Por gritar, llorar, sudar y emocionarme
por motivos que sean propios. No ajenos.
-Es una buena explicación.
-¿Te has encontrado antes a
alguien como yo?
-Cada persona es diferente. Decir
que hay personas como tu es hacer una pincelada en la sociedad, pero con el
color uniforme. No todo es blanco, no todo es negro. Tu vida, además de ser diferente
a cualquier otra, también tiene colores hermosos. ¿Alguien como tú, dices? Tu
eres especial.
-Si esto fuese una novela sería
una novela rosa… me gustan leer las novelas rosas.
-Cuando te tenga desnuda y atada, a mi servicio, se convertirá en otro tipo de novela.
Un estremecimiento le recorrió su piel, como si un viento antiguo hubiera despertado algo dormido en su interior. ¿De verdad estaba a punto de entregarse al impulso que aquel desconocido despertaba en ella? ¿Rendirse sin más a una intuición que no sabía nombrar? ¿Convertirse en sumisa? Su vida la empujaba hacia el abismo de esa locura, mientras su mente levantaba muros desesperados en la eterna batalla: la razón aferrada a su jaula, el corazón golpeando los barrotes.
-Entonces… que sea lo que tenga que ser -susurró la mujer, apartando de un manotazo cualquier resto de lógica que aún le temblara en la cabeza
Podría parecer una escena sacada de una novela rosa, una de esas historias que se leen a escondidas. La historia de una mujer agotada por un matrimonio sin brillo, por una vida que la había ido borrando, la historia de una mujer que se deja caer en los brazos de un desconocido. Sí, sonaba cursi. Sonaba improbable. Sonaba a ficción barata.
Pero era dolorosamente real. Y, en ese instante, era lo único que su alma cansada deseaba.


