sábado, 25 de julio de 2026

Me dijo que me esperaría en su casa (relato)


Me dijo que me esperaría en su casa. Siempre que la vida me ha conducido a un momento como este (no es la primera vez) me asalta la misma pregunta: ¿Qué significa un lugar seguro cuando vas a encontrarte con alguien a quien no conoces? ¿En su casa, en la tuya o en la neutralidad de un hotel? Todo depende de es que entendemos por "espacio seguro". Nuestra casa es nuestro refugio, pero también es un espacio donde uno baja la guardia. Cuando un desconocido está a punto de cruzar el umbral, ese refugio puede convertirse en el lugar más aislado y vulnerable del mundo. En el otro lado de la balanza, entrar en la casa de otro supone aceptar una incertidumbre parecida con el agravante de que has dejado de estar en un espacio seguro. Tenemos la costumbre de traducir la palabra "desconocido" como si fuera sinónimo de "villano". A veces, por desgracia, la realidad que leemos a diario en los periódicos confirma esa interpretación. Otras veces no es más que el (natural) miedo intentando protegernos. Y demos gracias a ese miedo porque nos servirá de protección. Quizás un hotel parece la solución más sensata: un territorio prestado, sin memoria, donde ninguno de los dos juega en casa. Un lugar que pertenece a ambos y a ninguno.

Pero ella me dijo que me esperaría en su casa. Ni se me ocurrió preguntar el motivo. 

Cuando llegué al edificio pulsé el botón del portero automático, con ese poso de nerviosismo que nunca termina de desaparecer, después pronuncié la palabra convenida:

-Fernando.

Un zumbido metálico respondió al otro lado. Empujé, la puerta cedió y crucé el umbral. El portal pertenecía a uno de esos edificios modernistas del Eixample que parecen conservar el tiempo entre sus paredes. Suelos de mármol desgastados por generaciones de pasos, cenefas que aún resistían en las paredes con la pintura original y un ascensor antiguo, de hierro y madera. Todo respiraba una elegancia antigua, de esas que no necesitan demostrarse. 

El ascensor ascendía con una lentitud casi ceremoniosa, como si quisiera prolongar la espera. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido a hierro oxidado y me planté  frente a un piso cuya puerta permanecía entreabierta. Desde el interior escapaba una luz tenue, apenas un susurro en la luz del rellano. Entré y cerré tras de mí. El recibidor era lo que había imaginado: baldosas hidráulicas dibujando geometrías de otro tiempo, techos altos donde las palabras resuenan mejor que en ningún otro lado y carpinterías de madera que habían visto pasar demasiadas vidas. La casa descansaba en penumbra. Solo una luz, al fondo del largo pasillo, parecía llamarme.

Y cuando me llaman, voy. Yo también se obedecer, sobre todo porque ella había seguido mis instrucciones y, en alguna suerte de justicia, ahora había llegado mi turno. Avancé por el pasillo siguiendo aquella luz tenue, no sin imaginar, durante unos instantes, que al final me aguardaría algún fenómeno extraño o, peor aún, el propio creador. La imaginación siempre encuentra tiempo para exagerar justo antes de que la realidad se revele. Pero no, la realidad fue aun mas emocionante porque al final del pasillo estaba ella. Arrodillada y vestida exactamente como le había pedido (ordenado): una falda de cuero negro, medias de rejilla, tacones y una camisa blanca abotonada. Llevaba los ojos cubiertos por una venda, el cabello revuelto, los labios pintados de rojo intenso e inmóvil, envuelta en un silencio que parecía llenar toda la estancia.

-Hola perra -dije

-Hola amo -contestó ella.

Me acerqué despacio, dejando que cada uno de mis pasos anunciara mi presencia. No quería sorprenderla; quería que el sonido de mis pisadas fuera el hilo que la guiara hasta mí. El sonido que la pusiese aun mas nerviosa. Convertir el momento en una experiencia inolvidable.

Era el comedor de uno de esos pisos del Eixample donde las habitaciones parecen sucederse con una lógica antigua. No era especialmente grande. Varias puertas se abrían hacia otras estancias y los muebles de madera daban a la casa una calidez anclada en el pasado. Había, además, pequeñas pistas de la vida de quien la habitaba: objetos tribales traídos de algún viaje, cuadros sin una aparente relación entre sí y un tapiz que caía sobre un sofá cubierto de cojines de todos los colores, como si el confort hubiera vencido hacía tiempo a cualquier pretensión de orden. Entre toda aquella geografía doméstica también vi algunos juguetes en una cesta y una consola de juegos. Eran el rastro silencioso de otra presencia, la de un hijo que no estaba allí, pero cuya existencia parecía seguir ocupando los rincones. Aquella noche, sin embargo, solo estábamos ella y yo. El escenario perfecto para lo que íbamos a hacer.

-¿Estas bien? -pregunté.

-Si amo -contestó ella- algo nerviosa.

-Si no estuvieses nerviosa en esta situación, me comenzaría a preocupar. Ponte en pie -ordené finalmente.

Obedeció, me acerqué a ella, olía de maravilla, no era perfume, era un olor mas animal, como quien sabes que siempre va a oler igual, se ponga el perfume que se ponga. Entonces sostuve su cara entre mis manos y le di un beso, nada agresivo, nada que fuese a dar a entender que iba a usar a esa mujer como me apeteciese. Era un beso tranquilizador, un beso que decir “gracias” y “comencemos” al mismo tiempo. Sin dejar de besarla, bajé mis manos hasta sus pechos y comencé a tocarlos por encima de la tela de la camisa. Le había ordenado que no se pusiese ropa interior. Acabó el beso y comencé a sobar sus pechos con codicia y sin miramientos, pellizcando sus pezones a través de la tela, como cuando eres joven y tocas unos pechos por primera vez, con prisa y sin tacto. Quería que se sintiese manoseada, indefensa, que sintiese que era un juguete en mis manos. Una herramienta para mi placer. Ella se encogía y lanzaba algún que otro suspiro, mezcla de dolor (estaba manoseándola con auténtica fuerza) y placer. Me detuve y abrí la camisa, con calma, me tomé mi tiempo para desabrochar cada uno de los botones, dejando al aire un palmo mas de piel. Ella comenzó a temblar. Después abrí la camisa y observé sus pechos. Los pechos de una mujer madura, perfectos a mis ojos. Con una gran areola y un pezón atravesado por un aro, en ambos pechos. La mujer escondía sorpresas. O no. Ya había visto esos pechos antes en foto.

-Arrodíllate, perra -ordené con voz firme-

Ella obedeció.

-Ahora abre la boca y haz que merezca que haya venido a verte.

La mujer abrió su boca y metí mi pene en ella. Su lengua, sus labios, sus manos comenzaron a hacer un trabajo digno de la mejor de las sumisas, de la perra mas arrastrada, de la meretriz mas profesional. Agarré su pelo desordenado entre mis manos y comencé a clavar con fuerza mi pene en su boca, hasta su garganta. Ella lo intentó, aunque las arcadas interrumpían de vez en cuando el momento.

Me gustaba demasiado y ella lo hacía demasiado bien, así que me detuve y la ordené que se levantase. No quería correrme en su boca a los cinco minutos. Después la ayudé a ponerse a cuatro patas encima del sofá. Levanté su falda y observé su culo, dos cachetes dispuestos a ser azotados, manoseados o dormidos. Separé ambas nalgas y observé su ojete. No nos llevemos las manos a la cabeza a estas alturas del relato: era un ojete. No existe palabra mejor para definirlo. Escupí en el y metí un dedo, luego dos. La mujer se retorcía pero apenas se quejó. Entonces me quité los pantalones y la penetré analmente, con cuidado, pero con firmeza. Ella aguantó a pesar de algún gritito cuyo eco se perdió en el comedor.

Mientras la sodomizaba pregunté:

-¿Quién eres?

-Tu sumisa, amo.

-He preguntado quién eres, no que eres.

-Me llamo L.

-Tu nombre no es la respuesta correcta. ¿Quién eres? -pregunté clavando aun con más fuerza mi pene en sus entrañas.

Ella no contestó, se tomó unos segundos pensando la respuesta. Aguantando mis embestidas. Finalmente hizo lo que yo esperaba de ella: me dio la respuesta perfecta.

-Guau -ladró simplemente.

-Buena perra -dije yo.

Quizá esa fuera la verdadera clave de todo esto: descubrir que también puedes convertirte en alguien que nunca habías imaginado ser. Atravesar una frontera íntima y hacer algo que jamás encontraría espacio en una conversación cotidiana, algo destinado a permanecer en el territorio del secreto. Dar cuerpo a las fantasías más escondidas, no desde la culpa, sino desde la confianza compartida, el consentimiento y el cuidado. Permitir que aquello que solo había existido en la imaginación respirara, aunque fuera durante unas horas. Porque es en esos momentos cuando comprendes que la vida puede ser algo más que la repetición dócil de los días. Más que el despertador, el café rápido, el andén del metro, la oficina y el regreso. Más que esa sucesión de rutinas que, apaga la bombilla día a día. Porque la vida, cuando logramos desprendernos de algunas de las trampas que construye la mente, es también aquello que nos atrevemos a imaginar y, con un poco de fortuna, a vivir.

Y aunque no siempre alcancemos la existencia que deseamos, hay una forma de felicidad que nace simplemente de intentar acercarse a ella.


viernes, 24 de julio de 2026

Morder, imaginar, sexualizar, reflexionar... vivir

Si nuestros abuelos tuviesen internet (y algunos lo tienen) lo que dirían (o piensa) sería acerca de cuanta fresca hay suelta en las redes. Antaño se denominaba fresca a una mujer que actuaba con descaro, o que no mostraba la sumisión o el “decoro” esperado. Por supuesto, es una expresión que viene de una época donde la mujer, como se decía, no solo debía ser honesta sino parecerlo. Una mujer sometida al patriarcado. Una mujer a la que no se le permitía liberarse porque el patriarcado imaginaba que esa liberación significaría un retroceso en todas las ventajas que llevaban disfrutando como hombres apenas unos cientos de miles de años.

Hoy en día, las mujeres pueden mostrarse como deseen donde deseen sin miedo a que nadie piense de ellas que son unas “frescas”. Pero, como también dirían nuestros abuelos, toda “modernidez” tiene sus desventajas. La mujer puede mostrarse como desee en las redes, pero eso no evita que decenas, miles, cientos de miles, millones y mucho mas de hombres las sexualicemos por el simple hecho de mostrar una foto en bikini en sus vacaciones de la playa, una foto de unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sentada en un asiento del metro o, como la foto que acompaña este texto. Cualquier segmento de piel femenina mostrada en redes, hace que los hombres imaginemos cientos de (oscuros y equivocados) motivos por los que se muestra la mujer. ¿Y cuáles son los motivos de esas mujeres? Imagino que lo hacen porque quieren, porque pueden y porque vivimos en el año 2026. ¡Maldita sea!

Pero no, nosotros sexualizamos todo y le otorgamos unas intenciones provocativas. “Esa mujer pide guerra” piensa (o pensamos) la mayoría. Si una mujer enseña los pezones es porque quiere algo. Menuda fresca, pensarían nuestros abuelos. Que buena foto piensan la mayoría de las mujeres. Me encantaría morder esos pezones, pienso yo.

¿Veis? Acabo de sexualizar a la mujer de la foto.

La foto pertenece a una mujer cuyo perfil de Instagram me llamó la atención no porque se mostrase desnuda en todas las fotos (todo lo contrario), tampoco por su físico (y es hermosa, al menos desde mis estándares) sino por la aleatoriedad de lo que mostraba y la aleatoriedad de los textos que lo acompañaban. Cuando veo eso en Instagram pienso: aquí hay vida inteligente. Y me quedo a vivir en esas páginas.

Hoy, cuando he visto que ha publicado la foto que acompaña este texto he pensado “me gustaría morderle los pezones” e, inmediatamente me he arrepentido de esta idea. ¿Debería? Si es lo primero que he pensado es porque es la verdad mas absoluta sobre lo que me ha hecho sentir la foto. Después de esta primera idea, lo siguiente ha sido querer escribir sobre la foto. Pero tenía que adjuntarla a este texto para que me comprendieseis. Y lo he hecho (después de que ella me diese permiso). Porque debéis tener en cuenta siempre una cosa: las fotos pertenecen a las personas que las hacen, las postean o las protagonizan. No a los observadores.

Aunque en mi caso, viendo esta foto, soy mas un voyeur descarado que un observador.

Y eso me hace sentir mal porque no quiero sexualizar a nadie. Por muy sexual que me parezca la foto. Y quizás por eso estoy escribiendo este texto, a modo de disculpa porque siento que la pasión se ha impuesto a la razón. Y escribir es volver a la razón e intentar comprender porque ha sucedido eso. Analizar, comprender, enfriar la cerveza antes de beberla.

Reconozcámoslo, no es nada malo querer morder los pezones de una desconocida porque has visto una foto suya. Lo malo sería mordérselos sin su permiso. Lo malo sería perseguirla o acosarla.

Hace años conocí a una persona que me hizo entender que no me debo culpabilizar de mis fantasías porque son parte de mi y porque son eso: fantasías. No hago daño a nadie. Quizás por eso hace (demasiados años) comencé a practicar BDSM, porque muchas de esas fantasías podían hacerse realidad en un escenario seguro, sano y consensuado (SSC). Y una de esas primeras personas con las que lo practique fue esa persona. Ella trabajaba de psicóloga y era la mujer mas inteligente que he conocido nunca. Mucho de lo que soy, se lo debo.

Ahora veo de nuevo esa foto y sigo pensando que me gustaría ponerle un antifaz en el rostro para no ver sus ojos ni que ella vea los míos y simplemente morder y saborear esos grandes pezones hasta quedarme sin fuerzas. Y luego decirle adiós a la mujer sin habernos mirado nunca a los ojos. Eso es una fantasía. Y eso es aceptable. Incluso escribir esto es aceptable. Aunque signifique que he sexualizado una foto que quizás no tenía ese componente sexual para quien la hizo y la mostró.

¿Importa realmente eso? Vivimos en un mundo repleto de violencia, enfermedades, tragedias, desastres, guerras y confrontación por absolutamente todo. Imaginarme besando esos pechos y mordiendo suavemente esos pezones hace que, durante unos instantes, el mundo sea infinitamente mejor y mas excitante. Escribir ahora esto es intelectualmente satisfactorio (al menos para mi). No hablo de esas distracciones banales para olvidarnos de lo difícil de la vida. No hablo del pan y el circo de los romanos.

Hablo de algo que tiene todo el sentido en mi mundo: la pasión por lo que haces o por lo que observas.

Contemplar esa foto, esos pezones ahogados por la lencería y atravesados por dos aros, ver ese cuerpo real y tatuado. Imaginar a esa mujer en la puerta de mi casa con los ojos vendados… es lo que me hace sentir feliz. Aunque la sexualice, aunque nunca suceda. Porque esto está sucediendo en mis fantasías. Y ese es un lugar donde no hago daño a nadie. Contemplada también vosotros y vosotras, contemplad esta maravilla de foto y olvidaos (durante unos segundos) de todo lo malo que os rodea. De eso se trata.

 


jueves, 23 de julio de 2026

Corrección Vs Incorreccíon

“Trátame como una puta arrastrada”, ordenó ella en voz baja en cuanto nos quedamos a solas. Era el momento exacto cuando (teóricamente) yo debía comenzar a ordenar. Y ella a obedecer. No fue la primera vez que sucedía, tampoco será la última. Pero esta vez las consecuencias han sido diferentes, aquí, sentado frente a mi ordenador. Años atrás nunca me habría cuestionado la pregunta, ahora tampoco la cuestiono porque entiendo su contexto. Pero, a diferencia tiempos pasados, ahora me pregunto si es buena idea exponerlo aquí. Llevo 42 años hablando sobre BDSM en todo tipo de plataformas, revistas, podcasts, libros, etc. y nunca me he sentido tan censurado como en la actualidad. Quiero aclarar algo: la censura es autoimpuesta, es una sensación personal, no es la realidad.

Nunca nadie me ha dictado lo que debo escribir. O dejar de escribir. Las reacciones a lo que digo, es algo que escapa a mi control. Es decir, debería seguir siendo indiferente el escribir algo que realmente sucedió.

Pero ahora resulta que me autocensuro.

Contar hoy en día que una mujer me ha dicho “trátame como una puta arrestada” y la he tratado como tal es algo que no está bien visto, aunque exista consenso, aunque sea un juego de roles. El problema es la verbalización de una expresión que, hoy en día, es censurable. Porque reducimos un escenario a la mínima expresión. No nos preocupamos por contextualizar. Soltamos frases echas y vamos hasta el siguiente juicio de valor como el que cuenta granos de arena en la playa.

Trataré a una mujer como una puta arrastrada si ese es su dedeo, si lo dialogamos con claridad, si existe consenso y voluntad por ambas partes. Siempre ha sido así y es lo natural. Pero no puedo exponerlo en voz alta. Lo cual me parece ridículo porque si la crítica es bienintencionada, pero se hace desde el desconocimiento, es el arma del tonto que tira una y otra vez piedras a un rio.

Por supuesto que, si llegamos al consenso, desde nuestra libertad mas absoluta y de forma segura y sabiendo lo que vamos a hacer… la trataré como una puta arrastrada si esa su fantasía. Pero esa no es la fantasía de toda mujer. Los gustos, los espacios, los deseos y los miedos son diferentes en cada persona.

Pero eso si me dices que quieres algo relajado y tranquilo, ni se me ocurrirá hacerlo de otra forma. Pero si me dices que quieres que te pervierta… lo haré sin problemas, aunque me cueste expresarlo en voz alta.

Porque en el consenso entre dos personas y en las fantasías propias, todo está permitido.


domingo, 19 de julio de 2026

La que decidió mostrarse (relato)


Durante años, la mujer había vestido como quien se disculpa por existir. Camisas largas, colores neutros, telas que caían desde sus hombros como cortinas de un viejo teatro. No estrategia, era pudor. Una forma silenciosa de decir no miréis aquí, como si su cuerpo fuese un secreto que debía custodiarse por vergüenza, por decoro, por esa absurda expectativa social que dicta que la mujer, al hacerse mayor, debe volverse invisible.

Y un soleado día de Julio, la mujer cumplió cincuenta años y, mientras observaba el paisaje urbano desde la ventana de su comedor, sosteniendo el primer café del día, algo en ella se quebró. Una de ideas que se instalan de repente y sin permiso en tu cabeza. Como una explosión.

La mujer dejó el café sobre la encimera y fue hasta el dormitorio. Se miró al espejo. Ya no buscaba juventud porque no podía encontrarla. Ese había sido su error. De repente buscaba la verdad. Y la vio: el cuerpo de una mujer de cincuenta años: vivido, marcado, hermoso en su propia gramática. Un cuerpo que había sostenido hijos, trabajos, duelos, risas, amantes, derrotas y veranos. Un cuerpo que no debía esconderse, sino mostrarse para contar una historia. En ese mismo instante, abrió el armario como quien abre una ventana después de años de humedad. Sacó una falda roja que nunca había usado. Una blusa que dejaba ver los hombros. Un vestido que, según ella, era “demasiado” para su edad. Y se los probó uno por uno, como si estuviera eligiendo no ropa, sino versiones de sí misma.

Cuando salió a la calle, así vestida, sintió las miradas. Algunas curiosas, otras incómodas, otras admiradas. Pero lo que ayer le hubiese avergonzado ahora no le importaba, caminando con la serenidad de quien ha dejado de pedir permiso.

En el mercado, una mujer murmuró “a nuestra edad ya no toca ir así”. La mujer sonrió con una calma que desarmaba. “A nuestra edad toca lo que nos dé la gana. Nos lo hemos ganado”, respondió fingiendo una amable sonrisa. Y siguió caminando, dejando tras de sí un leve perfume y una declaración silenciosa: la madurez no es retirada, es la reconquista.

A cada paso, la mujer descubría algo nuevo: que la provocación no era un gesto sexual, sino un gesto político; que mostrar el cuerpo no era exhibicionismo, sino resistencia; que la libertad, a veces, empieza por un escote. No buscaba la aprobación en los demás, como había hecho los últimos años. Ahora buscaba aire. Y vaya si lo encontró.

Desde entonces, esa mujer se viste como quien celebra cada amanecer. Como quien se sabe dueña de su narrativa. Como quien ha comprendido que cumplir años no significa esconderse.

Ahora toca existir sin disculpas.

Y cada mañana, al elegir qué ponerse, se repite la misma frase:

“Por fin me veo.”


domingo, 5 de julio de 2026

Busco...




Buscamos mientras confesamos en voz alta que nada buscamos. Nos detenemos y observamos con curiosidad mientras aseguramos que solo estamos de paso. Indagamos cual detective de novela barata y cuando somos desenmascarados decimos que tan solo estábamos paseando por el parque, sin ningún otro propósito. No deberíamos avergonzarnos por reconocer que buscamos, pero nos pasamos el día asegurando lo contrario, desviando la vista, esperando algo que nunca llega. Nos encogemos de hombros cuando lo mas sencillo sería decir: "Claro que busco". En vez de eso nos escudamos en frases como "Yo no busco, pero si encuentro algo, bienvenido sea" o "Yo no busco aunque se lo que no quiero encontrar". Tópicos que caen en el mas común de los ridículos y nos arrastran hasta ese foso lleno de barro donde todos pelean por salir y nadie consigue escapar. Vivimos en la contradicción de esa vergüenza del que asegura no buscar cuando, por un motivo y otro (casi) siempre estamos buscando. ¿Por qué sucede? Si decimos que buscamos parecerá que no sabemos retener, parecemos desesperados o que estamos en un supermercado contemplando una estantería repleta de personas a quien escoger.

Pero la realidad es que buscamos, y en el BDSM buscamos mas aun porque una vez has probado las mieles de la práctica, no te gusta estar observando el partido desde el banquillo.

Conozco a cientos de personas y nunca soy capaz de reconocer que, de una forma y otra, estoy buscando a esa sumisa que quizás podía una de ellas. Incluso ahora, escribiendo esto siento que estoy haciendo algo reproblable porque este texto da a entender que busco a una mujer "sumisa" para practicar BDSM. Pero ahora mismo esa es mi circunstancia. Y no voy a pedir disculpas si las palabras "buscar", "bdsm" o "mujer sumisa" chirrían en las nuevas sensibilidades. Es lo que hay, no hablo de vosotros, hablo de mi.

Mucha gente en las redes sociales buscan encontrar a otras personas para cientos de propósitos diferentes. ¿Por que debería sentirme mal reconociendo que busco sumisa? ¿Me convierte eso en un fracasado? ¿Por qué alguien con mi experiencia no tiene sumisa ahora mismo? No creo que sea un fracasado pero tampoco me gusta pensar que alguien me juzga de esa forma...  "No será tan buen amo si no tiene sumisa...". Y una vez mas, temo que alguien, desde el desconocimiento, malinterprete que una persona diga "No tengo sumisa ahora mismo", como si las personas fueran una pertenencia transitoria.

Pero no puedo vivir constantemente mordiéndome la lengua por lo que piensen los demás. Asi que voy a pensar en mi mismo.

Si, busco. ¿Qué hay de malo?

El resto ya no depende de mi.

sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Locura Vs Locura

Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar). En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.

También dicen que acostarse con un desconocido es un acto irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo, arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero irracional no parece la palabra adecuada.

¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?

La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo, la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal, como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de irracionales.

El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema del que me apasiona escribir.

La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o "-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos en una tarde.

Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al cabo. Mi lógica.

¡Ah, entonces hablamos de locuras!

Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza por tu cumpleaños.

Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder que no.

Sí, estamos hablando de sexo.

O de BDSM.

Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma

¿Es una locura?

Depende.

Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad reglamentada.

¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse incluso en mis sueños.

Tengo la sensación de estar encadenando ideas que probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca. Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.

Así que lo dejaré aquí.

No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.