Después de volver a escribirme ayer con la señora F, tras varios años del saludable ejercicio que consiste en “enfadarte e
ignorar”, por la noche soñé con ella. No es una licencia literaria, tampoco una forma de decir que estuve pensando en ella antes de dormir. Literalmente
soñé con ella. Tras varios años de incómodo silencio mi cerebro consideró que
el momento adecuado para reabrir la carpeta “Señora F” era durante el sueño,
que es cuando uno está especialmente indefenso. Cuando
algo me produce un cierto impacto emocional (volver a saber de ella resultó ser
bastante más impactante de lo que mi razón habría previsto), mi cerebro decide
continuar con el asunto por su cuenta y riesgo mientras yo cierro los ojos y
los ronquidos comienza a invadir el dormitorio.
Recuerdo perfectamente el sueño.
Esto
también suele sucederme o, al menos, eso me gusta pensar, porque hace poco descubrí que cualquier capacidad de recordar nuestras aventuras nocturnas tiene
un inconveniente: parece que lo que recordamos son tan solo los últimos minutos
antes de despertarnos. No la película completa que
nuestro cerebro ha estado proyectando durante la noche.
Así que, en resumen: mi cerebro recibió información emocional nueva, decidió procesarla durante la noche y, como colofón, me entregó por la mañana un informe perfectamente detallado que probablemente era una reconstrucción de los últimos cinco minutos. La eficacia de mi cerebro resulta sorprendente, sobre todo, porque cada día soy más tonto.
¿Qué soñé? He estado dudando si contarlo aquí o no. No por respeto a la privacidad de otra persona, porque estamos hablando de un sueño y, por tanto, asumo que tanto jurídica como moralmente, mis sueños me pertenecen en régimen de plena propiedad intelectual. Y punto. Además, se lo he contado a la Señora F y, para mi sorpresa (o quizá no tanto), quiere leerlo. Creo que ahí está precisamente el motivo por el que le dije que había soñado con ella. Porque fue un sueño erótico bastante sucio y, en cierta manera, decirle que he soñado con ella y contarlo aquí es una forma de provocarla. Recuerdo que me encantaba provocarla. Hay cosas que, al parecer, sobreviven a los años de incómodo silencio. ¿Por qué me ha dicho ella que quiere leerlo? No creo que sea porque esté deseando que la provoquen. Sería una interpretación egoísta por mi parte. Supongo que será esa clase de curiosidad inocente que lleva a una persona a pedir que le cuenten qué ha soñado alguien con ella después de años sin hablar. Eso es… curiosidad.
La explicación más
sensata, siempre es la menos divertida.
Sea como sea, voy a ello: lo primero que recuerdo del sueño es estar parado frente a la puerta de una casa, en una planta de un edificio antiguo. No era el lugar donde, en el pasado, la señora F me recibió arrodillada, con los ojos vendados y la boca abierta. Esta vez mi subconsciente había tenido la delicadeza de cambiar de escenario. La puerta estaba entreabierta. Empujé y, naturalmente, no había nadie. Solo un pasillo lleno de juguetes infantiles. No me preguntéis por qué. Supongo que, después de decidir que iba a montar una escena erótica, mi subconsciente pensó sería divertido sembrar el camino de juguetes infantiles. Así que allí estaba yo, avanzando y sorteando juguetes como quien atraviesa el pasillo de una guardería hasta llegar a un comedor iluminado con velas.
Después del pasillo de juguetes, lo siguiente que necesitaba la escena era una iluminación romántica. Todo perfectamente normal al menos dentro de los estándares de mi cerebro enfermo. En el centro, completamente desnuda y con una venda cubriéndole los ojos estaba la Señora F. Recuerdo que me abalancé sobre ella y le di una bofetada tan fuerte que la tiré contra el suelo. ¿Por qué soñé eso? No creo que fuese violencia nacida de la frustración alimentada por años de silencio. La Señora F era una sumisa que le gustaba ser abofeteada, usada, humillada, golpeada, escupida, insultada… ese golpe no había sido más que un “hola".
Recuerdo que me obsesioné en su
momento con sodomizar a la Señora F y nunca pude hacerlo. Quizás esa fue la
causa de nuestro desencuentro, quería hacerlo y quería hacerlo ya y cualquier
negativa era una ofensa que alimentaba mi frustración. Ahora soy otra persona, pero, de todas formas, en el
sueño, separé sus nalgas en el suelo, escupí en su culo y la sodomicé con
fuerza mientras la humillaba verbal y físicamente intentando reducirla a un
simple agujero que usar, que sintiese que su culo siempre me había pertenecido.
De repente, estábamos en otra
habitación ella de rodillas encima de una cama, con mi polla en su boca. Recuerdo
que sus mamadas eran magnificas, pero cuando me la chupaba, se excitaba
demasiado y entonces comenzaba a perder el control. Había que frenarla
constantemente. A golpes, claro.
Una vez más, sin que mi subconsciente entendiese sobre transiciones narrativas, estábamos ahora en un sofá, abrazados. Y alrededor del sofá estaba todo el mundo que queremos: familia, amigos, parejas, exparejas… un comité de supervisión emocional dispuesto a contemplarnos sin más. Nadie decía nada. Nosotros tampoco. Seguíamos abrazados, como si aquella fuera la cosa más natural del mundo y no una situación demasiado incómoda. Ella seguía llevando el antifaz que le cubría los ojos.
Y, curiosamente, eso parecía tener bastante más sentido que todo lo demás. Porque si hay algo que caracteriza a los sueños es esa capacidad para presentarte una situación completamente absurda y conseguir que, mientras estás dentro, te parezca perfectamente razonable hasta que te despiertas y piensas: ¿pero qué demonios estaba haciendo allí toda esa gente?
Alguien pica a la puerta, me
levanto, estoy desnudo, cruzó con vergüenza ese grupo de conocidos y voy a la
puerta, es la puerta de mi casa ahora. La abro, la Señora F está al otro lado.
Sonriendo.
-¿Vamos a un buen restaurante?
-pregunta
-Vamos -contesto.
En el ascensor nos besamos. Al
salir a la calle, resulta que está llena de gente, pero todos están mirando un
eclipse de Sol. Vamos a un restaurante, pedimos y, a partir de ahí, el sueño
empieza a tomar una dirección bastante más interesante. La Señor F se desliza
bajo la mesa y comienza a comerme la polla y entonces…
SUENA EL DESPERTADOR.
Así, sin más. Sin créditos. Sin
final. Sin la más mínima consideración por mi pene erecto a punto de explotar. Creo
que sucedió así. O quizá no exactamente. Puede que mi memoria haya hecho lo que
suele hacer con los sueños: coger una sucesión de escenas inconexas, mezclarlas
alegremente y después convencerme de que aquello ocurrió exactamente así. Prefiero fingir que mi subconsciente es una entidad independiente y
caprichosa que toma sus propias decisiones mientras yo duermo. Es una
explicación más elegante que admitir que, después de volver a saber de
ella tras varios años, mi cerebro decidió dedicar parte de la noche a ponerse
creativo.
Lo importante es que me he levantado con el pene erecto y una mala hostia considerable. No es la mejor combinación para empezar a trabajar después de un mes de vacaciones. Uno espera reincorporarse progresivamente a la rutina, recuperar horarios, aceptar poco a poco que la vida laboral existe… No que el primer problema del día consiste en explicar a tu propio cuerpo que el sueño ha terminado y que, lamentablemente, la jornada laboral empieza igualmente.
¿Qué he hecho Masturbarme finalizando el sueño con mi imaginación y en la boca de la Señora F.
Mejor llegar tarde al
trabajo que empalmado…






