Hemos perfeccionado tanto el arte de ocupar nuestro tiempo que apenas nos queda tiempo para vivirlo. Desayunamos pensando en el trabajo y trabajamos pensando en las vacaciones. Después, en vacaciones, los dos primeros días descansamos, recuperándonos del estrés de los anteriores once meses y, al tercer día, comenzamos a preocuparnos porque quedan menos días para volver al trabajo. ¿Por qué en vacaciones los días pasan mas rápidos que trabajando? Al regresar de esas vacaciones, necesitamos de nuevo más vacaciones. No es que estemos cansados de vivir, estamos cansados de anticiparnos a la vida. Hemos convertido vivir en una especie de sala de espera: esperamos al viernes, al verano, a la jubilación, a los cumpleaños, a que el trabajo mejore, a que mejore nuestra situación emocional y, llegado mi caso, a practicar BDSM con una maligna sonrisa en el rostro. Pero siempre pasa algo antes de que podamos empezar a disfrutar de la vida. Y posponemos las cosas, nos convencemos de que cuando todo esté en orden, entonces sí. Entonces descansaremos, viajaremos, leeremos aquellos libros que compramos hace cinco años, disfrutaremos de nuestros amigos, nuestros amantes, aprenderemos a cocinar lasaña de setas y, finalmente, nos convertiremos en esa persona tranquila y equilibrada que siempre soñamos ser.
En mis textos adoro meter la frase “el problema es que…” como reflejo de lo binario de la vida porque la vida no se queda quieta mientras nosotros acabamos de vestirnos. Siempre llegan los problemas. Y cuando solucionamos uno, aparecen otros tres. Cuando conseguimos algo que deseábamos, descubrimos que deseamos otra cosa. La felicidad tiene por costumbre de trasladarse unos kilómetros más allá cada vez que nos acercamos. Como imanes de polos opuestos. Lo extraordinario es que seguimos convencidos de que algún día tendremos la vida organizada y seremos felices. Sin imprevistos, sin preocupaciones y sin tareas pendientes.
Mientras eso sucede, los días pasan. Somos unos autómatas preparando
el desayuno mientras nuestra mente está en una espiral de violencia repasando la
discusión que tuvimos ayer. Estamos en una reunión, pero pensando en lo que
vamos a comer. Estamos cenando con alguien, pero estamos preocupados por algo que mañana nos parecerá menos
importante.
Hemos hecho de la vida algo fascinante: estar en todas
partes sin estar realmente en ninguna. Lo cual me lleva a mi teoría de que el
presente no existe. Lo que existe es un continuo viaje entre el futuro y el
pasado (en nuestra cabeza).
Y a toda esta imperfección humana ahora le hemos de sumar una tecnología de la que alguien nos prometió que nos haría la vida mejor pero para lo que realmente sirve es para perder el tiempo. Podemos consultar el estado del tráfico mientras estamos atrapados en él, leer las noticias mientras alguien nos habla y comprobar si tenemos mensajes mientras esperamos que alguien nos responda.
¿Os dais cuenta de que, incluso la tranquilidad, es una tarea que nos imponemos y de la que esperamos resultados? No queremos vivir mejor. Que va, eso es un engaño. Lo que querríamos es gestionar mejor nuestras incapacidades.
Vivir se ha convertido en una suscripción mensual a una App del móvil para aprender a respirar de forma zen, requiere un retiro espiritual en una isla donde el café cuesta lo mismo que un coche de segunda mano. Creemos que disfrutar del día exige levantarse a las cinco de la mañana para contemplar el amanecer. Pero no: habitar un día no es obligarse a habitarlo mediante estímulos externos (que nos vacían los bolsillos). Habitar un día consiste en prestar atención a lo que ya está ocurriendo. Nada más. Escuchar una conversación sin interrumpir al otro. Caminar sin convertir esta actividad en una carrera para subir el contador de pasos. Tomarse un café sin utilizarlo como combustible para la siguiente obligación. Sentarse junto a alguien y disfrutar de su compañía sin sentir la necesidad de consultar en nuestro móvil si el resto del mundo sigue existiendo. Son cosas sencillas y precisamente por eso las despreciamos. O no las valoramos en su justa medida. Hemos desarrollado una preferencia por todo aquello que resulta difícil de conseguir. Estamos olvidando los pequeños placeres. Nos impresiona más un viaje a un país lejano que una tarde agradable en nuestro barrio, nos impresiona más una cena extraordinaria que las comidas compartidas con quienes queremos, nos impresionan más los grandes acontecimientos que esos pequeños momentos.
Necesitamos que algo sea excepcional para concederle nuestra atención. Como si la vida cotidiana fuera una demo durante el cual podemos ir tirando hasta que empiece lo verdaderamente interesante.
La felicidad (si es que existe) llega sin anunciarse, cuando estamos haciendo algo que no consideramos importante. Y se marcha sin despedirse, mientras nosotros comprobamos los mensajes de wahtsapp en el móvil.
Hay una cierta crueldad en descubrir que algunos de los
mejores momentos de nuestra vida solo adquieren valor cuando ya han pasado. En
su momento eran simplemente días normales. Días que no fotografiamos, que no
celebramos y que ni siquiera nos molestamos en disfrutar demasiado porque,
naturalmente, habría otros. Siempre habría otros días.
Es una de las grandes apuestas de la humanidad: vivir como si el tiempo fuera un recurso renovable e ilimitado. Como si cada conversación pudiera repetirse, cada persona fuera a estar siempre disponible y cada tarde desaprovechada pudiera recuperarse. Nos molesta pensar en que las cosas tienen un final porque va en contra de nuestra planificación semanal. Preferimos imaginar que siempre habrá tiempo para llamar, para visitar, para decir aquello que llevamos meses pensando y para hacer las cosas que realmente nos importan. Dejar las cosas para el día siguiente, yo soy un maestro en eso. Sobre todo cuando hay problemas.
A ver, no digo que debamos vivir cada instante como si fuera el último. Eso seria agotador. Imaginad convertir una comida familiar de domingo en una despedida dramática. Imaginad convertir ese atasco de las ocho de la mañana en una reflexión sobre la fragilidad de la existencia. Relax: hay momentos que solo necesitan ser momentos. No hace falta encontrar una enseñanza en que se nos queme una tostada, porque una tostada quemada es simplemente eso: una tostada quemada. Pero hay días en que pretendemos convertir esa tostada en una metáfora.
Relax.
Por otro lado, habitar la vida tampoco significa renunciar al futuro.
Tenemos responsabilidades, necesidades, objetivos y problemas que no se
resuelven haciendo yoga. Hoy en día se aceptan muchos métodos de pago, desde tarjetas a bizum, pero no se puede pagar una factura simplemente con una actitud positiva.
Y aquí viene la clave de este texto que me está llevando (y
os está llevando) de un lugar a otro sin demasiado rumbo: trabajar para
construir una vida es diferente a sacrificar los días buscando lo que deseamos tener.
Trabajar en ello no debe ser un sacrificio. Podemos perseguir nuestros objetivos sin convertir cada momento del dia en un instrumento para alcanzarlos. Podemos aspirar a más sin despreciar lo que ya tenemos. Podemos reconocer que algo necesita cambiar y, al mismo tiempo, encontrar motivos para disfrutar del momento actual. Podemos permitirnos no hacer nada, no es conformismo sino evitar que nuestra felicidad dependa de una lista de prerrequisitos. Porque debemos aceptar que nunca tendremos todo resuelto. Siempre habrá algo pendiente, una conversación que deberíamos tener o un armario que organizar. La vida no se vuelve perfecta porque hayamos terminado nuestras tareas. Las tareas tienen la asombrosa capacidad para reproducirse de los conejos
Esperar a que desaparezcan todas las preocupaciones para empezar a disfrutar es como esperar a que deje de llover para aprender a nadar. Por eso, de vez en cuando, convendría detenernos. No para meditar, reflexionar o alcanzar un estado superior de conciencia. Basta con dejar de hacer algo durante unos minutos sin sentir que estamos incumpliendo una obligación moral. Mirar por la ventana. Escuchar la lluvia. Conversar con alguien sin consultar el teléfono. Sentarnos en una terraza y observar a las personas pasar. Encontrar a un antiguo amante y revolcarnos desnudos.
Somos criaturas contradictorias, capaces de preocuparnos por el futuro y añorar el pasado en el mismo minuto, de desear que el tiempo pase deprisa cuando estamos aburridos y de suplicar que se detenga cuando somos felices. Mi teoría de que el presente no existe: siempre yendo de los recuerdos las predicciones y vuelta a los recuerdos.
Los días van a seguir pasando. Lo harán tanto si estamos preocupados como si no. El lunes llegará, las vacaciones terminarán y el calendario continuará avanzando. ¿Qué haremos mientras tanto? Podemos seguir convirtiendo cada experiencia en una oportunidad y cada descanso en un proyecto de mejora personal. Podemos llegar al final de cada jornada con la satisfacción de haber cumplido todos nuestros objetivos. O podemos empezar a concederle al presente un poco más de atención. No hacernos promesas que acaban convirtiéndose en obligaciones.
Nunca he querido comprarme un cuaderno para escribir mis propósitos y metas conseguidas. Me parece una forma idiota de vivir. Simplemente quiero estar aquí, habitando los días, dominando, comiendo, riendo, besando, viendo una serie de Netflix.
Quizá dentro de unos años no recordemos el asunto de ese correo que parecía exigir nuestra atención. Probablemente tampoco recordaremos muchas de las cosas que hoy nos parecen urgentes. Lo que si que recordaremos es la risa de alguien, el sabor de sus labios, una conversación excitante o simplemente la tranquilidad de una tarde en la que no tuvimos que demostrar nada a nadie. Solo disfrutar de la vida.
Podemos tener una agenda impecable y una colección de objetivos
cumplidos y, aun así, experimentar la extraña sensación de haber llegado tarde
a todo. Una forma perversa de fracaso, especialmente teniendo en cuenta que
nadie nos pidió que viviésemos la vida como si estuviésemos representando a nuestro
pueblo en el Gran Prix del Verano.
Mi consejo: evitemos preguntarnos que hemos conseguido hoy, o qué nos falta por hacer, o cuánto nos queda para llegar a ese lugar donde, supuestamente, todo será mejor. La pregunta es más sencilla: ¿he estado viviendo mi vida hoy o me he limitado a pasar por ella?
Que, bien mirado, ya es bastante trabajo.



