lunes, 10 de agosto de 2026

¿Arte o porno?


Existe una diferencia marcada a fuego en nuestras mentes entre el desnudo artístico y la pornografía comercial. Una diferencia basada, principalmente, en la finalidad que se atribuye a cada uno: mientras que a la fotografía artística de desnudos se le presupone una búsqueda estética, expresiva o conceptual, al porno (sea en fotos o películas) se le asocia una lógica de consumo y rentabilidad. Estamos habituados a reconocer la sensualidad como uno de los códigos legitimadores del desnudo artístico, incluso cuando la representación es sobria, explícita o sexualmente provocadora. En este sentido, la diferencia entre arte y pornografía no reside en el grado de explicitud de la imagen, sino en el marco cultural, en el discurso o incluso en el propósito comercial que determina cómo esa imagen es producida, presentada y, sobre todo, interpretada. El arte es arte mientras que el porno lo asociamos inmediatamente de miembros erectos, penetraciones y fotos de una mujer con el rostro lleno de semen sonriendo a cámara. Esto siempre fue así, al menos en mi cabeza, hasta que, creo que era en el cambio de siglo, me encontré en internet la foto de una actriz porno (Chloe Des Lysses) donde era penetrada analmente. Una fotografía extraordinaria, atravesada por una expresión serena, en la que parecía producirse una fractura entre dos códigos de representación: como si la parte superior de la imagen perteneciera al territorio legitimado del arte y la inferior al amoral de la pornografía. Algo que desestabilizaba los esquemas que había construido durante años de educación basada en la moral judeocristiana. Esa imagen puso en crisis una clasificación que hasta entonces parecía incuestionable en mi cabeza: ¿en qué momento una representación deja de ser desnudo artístico para convertirse en pornografía?, ¿y qué elementos determinan esa frontera? Tenía que saber más así que encontré de donde había salido esa foto y fui corriendo (que no corriéndome) hasta la FNAC para comprar *Porn Art* y *Porn Art 2*, de Dahmane, en las ediciones de pequeño formato publicadas por Taschen. En ambos volúmenes, el fotógrafo retrataba a quien fuera su musa y compañera, Chloe Des Lysses, explorando de manera explícita y reiterada el cuerpo, el erotismo y la sexualidad a través de una amplia variedad de poses y situaciones. Más que ofrecer una respuesta definitiva a aquella contradicción inicial, aquellas imágenes contribuyeron a hacer visible la fragilidad de las categorías con las que había aprendido a distinguir entre lo artístico y lo pornográfico. Ver a Chloe Des Lysses hermosa en maravillosas fotos que eran puro arte, siendo penetrada por todo tipo de hombres por todos lados me voló la cabeza. Dicho así es porno ¿no? Pues nada de eso: lo que encontré fue puro arte. Y también porno. No del que invita a masturbarte (que también lo hice) sino del que invita a contemplar. El titulo no podía ser más acertado: Porn Art.

La fotografía que lo desencadenó todo...

Y eso me lleva a otra reflexión. Esta mañana contemplo en Instagram la fotografía de una (hermosa) mujer desnuda, un autorretrato, y me detengo en su calidad: en la composición, en la luz, en la manera en que el cuerpo ha sido dispuesto dentro del encuadre, de forma casi espontanea. Antes incluso de preguntarme qué representa, me pregunto desde qué lugar estoy mirando esa imagen, qué determina mi lectura. ¿Estoy ante una fotografía artística, ante una representación erótica o simplemente ante una imagen a la que su autora no ha querido darle mas significado que el de provocar esta reflexión en el espectador o la de sentirse bien mostrándose? La pregunta no reside en la imagen, sino en la mirada de quien la recibe. El mismo cuerpo, fotografiado de la misma manera, puede ser leído como arte, erotismo o pornografía dependiendo del marco en el que aparece, del discurso que lo acompaña y de las expectativas de quien lo observa. Sobre todo, esto último. Y es precisamente ahí donde la frontera entre estas categorías comienza a volverse problemática porque la fotografía que observo es arte… pero también me apetece masturbarme observándola. ¿Si lo hago banalizo el arte y lo convierto en porno? Eso seria como ponerle el sello de verdad a que un desnudo artístico esté por encima del porno convencional. Sería destruir, en mi cabeza, el propósito de esa imagen (aunque desconozco cual es).

Creo que la respuesta es mas sencilla: todo está en los ojos de quien mira. De la misma forma que en PORN ART de Dahmane, las fotografías invitaban a excitarte, también invitaban a admirarlas y a caer rendido ante la belleza de Chloe Des Lysses. 

Y luego te masturbabas.

¿Entonces, el arte pornográfico es porno o es arte? La misma pregunta contiene la respuesta: es ambas cosas, y precisamente en esa ambigüedad reside buena parte de su potencia. No se limita a ofrecer una imagen para ser contemplada, sino que pretende provocar una reacción en quien la observa: incomodar, perturbar, sorprender, despertar el deseo o, simplemente, sacarnos de la neutralidad con la que habitualmente consumimos imágenes. Un puñetazo en la cara. En este sentido, también resulta importante la mirada de quien se autorretrata desnuda. La imagen no implica únicamente la exposición de un cuerpo ante la mirada ajena, sino la posibilidad de experimentar una forma de excitación vinculada al propio acto de mostrarse. Y no me refiero necesariamente a una excitación sexual, sino a otra forma de intensidad: el estar transgrediendo, aunque sea mínimamente, los códigos que regulan aquello que puede mostrarse y aquello que debe permanecer oculto. Desnudos que se muestran en Instagram, sometiéndose deliberadamente a las normas de censura de una plataforma que decide qué cuerpos pueden ser vistos y bajo qué condiciones. Al hacerlo, la persona que se autorretrata se expone también a convertirse en aquello que la mirada patriarcal ha construido históricamente alrededor del desnudo femenino: un cuerpo disponible para ser observado, juzgado o deseado

Y, llegado el caso... censurado. 

Pero existe una diferencia fundamental entre ser objeto de una mirada y decidir participar activamente en su construcción. Quien se muestra asume el riesgo de la exposición, de la censura y de las consecuencias que puedan derivarse de ella, pero lo hace desde una posición consciente: no necesariamente para satisfacer nuestros deseos, sino también para apropiarse de ellos, confrontarlos y obligarnos a ponerlos en cuestión. Y quizá por eso resulta tan significativa esa sonrisa que aparece una y otra vez en el rostro de esta mujer: una sonrisa que parece decir que, pese a todas las reglas que pretenden determinar cómo debe mostrarse un cuerpo femenino, todavía existe una voluntad propia detrás de la imagen. Existe una alegría en sentirte libre. 

Algo de eso encontramos en la obra de Dahmane donde Chloe Des Lysses siempre sonríe o muestra un rostro concentrado. Nunca hay una exhibición actoral del placer. Todo es cotidiano para obligarnos a ver el porno desde una perspectiva estética. El autorretrato desnudo introduce, además, otra dimensión: quien se muestra no es un objeto pasivo de la mirada, sino que participa activamente en la construcción. Se exhibe, se representa y, al mismo tiempo, reivindica el derecho a decidir cómo quiere ser visto.

Tal vez sea ahí donde el llamado arte pornográfico encuentra su verdadera tensión: no en la oposición entre lo bello y lo explícito, sino en la capacidad de convertir aquello que culturalmente hemos aprendido a mirar con pudor, deseo o censura en una experiencia estética consciente. No se trata simplemente de mostrar un cuerpo desnudo.

Adoro la fotografía, amo el arte, me gustan las personas con inquietudes que escapan de cualquier zona de confort (o moral) para aprender o educar. Me gusta la gente inteligente. Me gusta ver a una mujer desnuda. Me gusta el porno. Me gusta masturbarme. Me gusta la pizza con piña y me gusta mear en la ducha.

Y todo eso no me hace mejor ni peor persona, ni a mí ni tampoco a vosotros.

Y, sobre todo, me gusta despertar y observar las fotos de una mujer desnuda de repente, sin esperarlo. Unas fotos artísticas. Unos desnudos cotidianos sin más pretensión que la de mostrar.

El resto es perder el tiempo.


Respirar la derrota (relato)

Respiro deprisa, demasiado. Es curioso cómo el cuerpo puede convertirse en un pésimo aliado: mientras mi mente exige serenidad, los pulmones parecen haber decidido que ha llegado el momento de huir. Debo tranquilizarme. Inspirar por la nariz. Expirar por la boca. Regularmente. Como recomiendan esas personas que siempre parecen saber qué hacer en los reels de  Instagram pero que estoy segura de que nunca se han encontrado en mi situación: en una casa que no es la mía y con los ojos vendados.

Inspiro. Expiro.

Intento concentrarme en el aire, en su recorrido, como si tuviera algún propósito. No puedo ver nada. Llevo una venda sobre los ojos, lo cual, además de ser una circunstancia poco favorable para la serenidad, tiene la virtud de convertir cualquier ruido en una amenaza y cualquier silencio en una imaginación.

Mi corazón late de forma también acelerada, Demasiado deprisa. Y quizá tenga motivos porque estoy en la casa de un hombre al que nunca he visto. O, al menos, nunca lo he visto en persona. He hablado con él. Mucho, incluso. Durante dos semanas. Lo suficiente para que hoy en día consideremos que existe una intimidad, siempre que una esté dispuesta a aceptar que conocer las opiniones de alguien sobre literatura, cocina o sexo constituye alguna forma moderna de conocimiento. Lo llamamos una relación virtual, expresión que parece una novedad cuando no es más que la versión acelerada de las cartas que nuestras abuelas intercambiaban con desconocidos. La diferencia es que ellas necesitaban semanas para enamorarse de una caligrafía. Nosotras podemos hacerlo antes de que termine de cargarse una fotografía. Tan rápido que hace apenas quince días comencé a intercambiar mensajes con este hombre y hoy me encuentro en su casa, con los ojos cubiertos, intentando adivinar si estoy en el comedor o en algún escenario especialmente elaborado de mi propia mala conciencia.

Antes de que me pusiera la venda pude ver un pasillo. Eso fue todo. Después escuché unos pasos a cierta distancia. Luego sentí unas manos sobre mis hombros y alguien me condujo hasta otra habitación. Desde entonces, nada.

No sé dónde está.

No sé qué está haciendo.

Y, si he de ser completamente sincera conmigo misma, tampoco sé si el hombre que me ha acompañado hasta otra instancia se encuentra ahora en algún lugar de esta casa o incluso si es el mismo hombre con quien he pasado estas dos últimas semanas hablando. La confianza es una virtud extraordinariamente hermosa hasta que se practica con desconocidos.

Inspiro. Expiro. Intento tranquilizarme.

No lo consigo porque que pueden parecer excitantes si se contemplan desde la distancia, pero que pierden considerablemente su encanto cuando una las vive con una venda en los ojos. Y ésta, decididamente, no parece normal. ¿Estoy aterrorizada? Quizá. Sería absurdo fingir lo contrario. Mi corazón parece haberse tomado la situación como una emergencia nacional y no encuentra motivo alguno para guardar las formas. Debería tranquilizarme. Pero ¿quiero marcharme?

Curiosamente, no.

Hay algo desconcertante en el miedo cuando no te bloquea ni tampoco te hace salir corriendo. Este terror, esta incertidumbre acerca de lo que ocurrirá dentro de unos minutos, me agita de una manera que hacía años que nada ni nadie conseguía. Es casi ofensivo descubrir que una puede pasar tanto tiempo sintiéndose perfectamente segura y, al mismo tiempo, completamente muerta.

Quizá el miedo no sea la forma más sensata de sentirse viva. Pero, siendo sincera, es bastante más de lo que tenía antes de entrar en este piso.

El hombre me dijo que viniera vestida con una falda, medias oscuras, una camisa blanca de botones y una chaqueta. Y yo obedecí, claro, lo cual es una forma peculiar de descubrirse a una misma. Por un instante me imaginé convertida en la mujer ejecutiva que nunca fui: la jefa de una oficina llena de hombres sin personalidad, dictando órdenes con la seguridad de quien ha confundido el poder con la costumbre de levantar la voz. Pero hay una ironía en todo esto. Vestida así no me siento poderosa, sino aún más sumisa; no la dueña de una oficina, sino al servicio de un desconocido. Qué extraño privilegio el de obedecer creyendo, por un momento, que una se está vistiendo para mandar.

De repente siento un movimiento, unos pasos, una respiración cercana. Unas manos que comienzan a desabrochar lentamente mi camisa, botón a botón de forma tan lenta que creo que en cualquier momento voy a arrancármela yo misma. Me dijo que no vistiese ropa interior así que ahora mismo el hombre ha abierto mi camisa y debe estar observando mis pechos. ¿Le gustarán? A mí me gustan, pero entiendo que no son los pechos de una joven de 18 años. Tengo mas del doble de esa edad, bastante más. Pero no voy a avergonzarme por no tener el cuerpo de una joven, soy quién soy y he decidido venir hasta aquí a demostrar de lo que soy capaz. Mi cuerpo, como me dijo el hombre en nuestra primera conversación, es solo una herramienta. ¿Dónde queda la sensualidad en todo esto? De momento, la sensación me parece sensual. Aunque sigo aterrorizada.

Sus manos comienzan a manosear mis pechos, de forma nada amable, duele, pero es un dolor diferente, un tipo de dolor donde ninguna voz interna te pide que acabe de inmediato. Pellizca mis pezones. El dolor es mas intenso. Me doblo sobre mi misma.

Lo que está haciendo el hombre no es un capricho suyo, sino algo que habíamos acordado. Habíamos pasado una mañana entera intercambiando mensajes, plasmando con palabras el inventario de nuestros deseos: lo que haríamos, lo que no; aquello que nos intrigaba y aquello que no estábamos dispuestos a permitir. Hablamos de límites, de curiosidad, de consentimiento y de dolor, con esa meticulosidad casi absurda con la que dos adultos intentan ponerle reglas a algo que, por naturaleza, las detesta. Y, entre todas aquellas cosas, fui yo quien dijo que quería sentir dolor. En los pechos, en el cuerpo entero. Lo dije con la tranquilidad de quien cree que nombrar un deseo equivale a comprenderlo. Pero una cosa es desear el dolor y otra muy distinta descubrir qué aspecto tiene cuando deja de ser una fantasía y se convierte en una realidad. Quizá por eso, cuando obedecí al hombre y me vestí como me había pedido, comprendí la pequeña crueldad de nuestro acuerdo: yo había elegido cada una de aquellas reglas y, sin embargo, al cumplirlas, me sentía menos dueña de mí que nunca. La paradoja tenía algo de exquisitamente ridículo. Habíamos hablado durante horas de mi libertad para decir que no, y ahora yo descubría que precisamente porque podía decir que no, la obediencia resultaba inquietante.

Sus manos se deslizan por todas partes, levantando mi falda, manoseando mi culo, metiendo sus dedos por todos lados, besándome, mordiéndome, lamiéndome, dejándome completamente desnuda, excitada y deseando más, mucho más.

Y sucedió todo eso, sucedió mucho más. Tanto que jamás lo hubiese imaginado. Con los ojos vendados en todo momento. Al final tenía la voz ronca de tanto gritar y gemir, algunas partes de mi cuerpo estaban irritadas por sus latigazos. Mi vagina, mi culo, habían sido usados tanto rato de forma tan brutal que apenas podía caminar. Me dolía la boca, los pezones, me dolían las piernas, los brazos, me dolían hasta los dedos de los pies. Nunca había sentido algo semejante. Estaba completamente derrotada, exhausta hasta ese punto en que el cuerpo parece pertenecerle a otra persona. Habíamos hecho todo cuanto habíamos acordado, ni más ni menos. Quizá había sido demasiado valiente al decir que sí a ciertas cosas; quizá había confundido la curiosidad con el valor. Pero hubo algo aún más sorprendente: en ningún momento se me ocurrió pedirle que parase. Y, tal vez, esa era la parte más desconcertante de todas. No había habido engaño ni imposición, ninguna frontera atravesada sin mi permiso. Había sido yo quien había señalado aquellas fronteras y, después, quien había permitido que él se acercara a ellas. Sin embargo, allí estaba, agotada y temblorosa, con la extraña sensación de haber perdido algo de mí precisamente porque había decidido entregarlo. Entonces me di cuenta de que mi propósito, en todo momento, había sido ese, el de acabar la sesión sintiéndome usada, derrotada, absolutamente sumisa.

Sali del piso vestida como había llegado (me pude duchar antes) pero nunca le vi la cara. Podría reconocerle en la calle si tuviese su polla en mi boca o sus manos en mi garganta. Podría reconocer su olor o su voz. Pero si me cruzase con él, nunca le reconocería.

Y eso, curiosamente, fue lo mejor de nuestro encuentro.





sábado, 8 de agosto de 2026

Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa, pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil...



Cerda, guarra, puta, zorra, perra, asquerosa… ¿Quién, en su sano juicio, le soltaría esa sarta de improperios a otra persona? Yo me considero juicioso y lo he hecho, muchas veces (que nunca me parecen demasiadas).

Pedazo de mierda, arrastrada, desecho, inútil... ¿Disfruto humillando así a otra persona? Si, bastante (y sigue sin parecerme demasiado).

Voy a prejuzgarme a mi mismo y asegurar rápidamente que soy un machista, un maleducado, una persona infecta… ¿Lo soy? La verdad es que no. ¿Entonces? Entonces volvemos a la conocida palabra que he usado muchas veces (y tampoco serán demasiadas): el  consenso. A ver como salvamos esto: pensareis… “si hay consenso es porque la otra persona permite que le hablen así ¿pero por que lo permitiría? Bueno, si habéis venido antes a este blog sabréis (mas o menos… y nunca es suficiente) lo que es el BDSM y como hay personas cuyo placer (casi sexual) es ser humilladas. Así pues, si hay consenso y esa persona disfruta... todo bien ¿no? Pues aun hay gente que no entiende porque puedo disfrutar humillando a alguien porque cree que eso forma parte de mi personalidad. Lo cual significa no comprender lo que es un rol dentro del BDSM.


Insultar es la acción de ofender, provocar o agraviar a alguien mediante palabras o actos hirientes con la intención de lastimar su dignidad u orgullo. 


En toda mi vida he humillado a nadie usando el insulto porque nunca se me pasaría por la cabeza lastimar la dignidad ni el orgullo de absolutamente nadie. Pero lo hago, a menudo (una vez más… nunca es suficiente). Porque solo siento placer haciéndolo si la otra persona siente placer siendo humillada. Y aun y así habrá gente que pensará que soy un enfermo, que soy un machista que aprovecha el BDSM para tener patente de corso, que miento o que manipulo. De acuerdo, si habéis llegado a este punto y seguís pensando eso, abandonad inmediatamente este blog porque nada de lo que leáis, os va a sacar de vuestro prejuicio sino afirmarlo.

Ambos saldremos ganando, tu y yo.


viernes, 31 de julio de 2026

El autobús nocturno (relato)

 




“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”
(Aristóteles)

 Podría decir que ocurrió de forma imprevista, pero estaría faltando a la verdad. Cuando una posibilidad se repite noche tras noche, termina por convertirse en una certeza. Cada vez que subía a aquel autobús, me sorprendía alimentando la misma fantasía, aferrándome a la esperanza de que, por una vez, David derrotara a Goliat. De que la razón lograra imponerse a los instintos.

De domingo a jueves paso la noche recorriendo las plantas de un edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. Cuando los empleados terminan su jornada dejan tras de sí montañas de papeles, vasos de café, botellas de plástico, polvo y toda clase de pequeños descuidos que, sumados, acaban convirtiéndose en un páramo postapocalíptico. A la mañana siguiente regresan a sus mesas y todo ha desaparecido. Nadie se pregunta quién ha obrado el milagro. Nadie piensa en la mujer que ha pasado ocho horas borrando cualquier rastro de su paso. Esa mujer soy yo. La prestidigitadora de la basura. Entro a las nueve de la noche y salgo a las cinco de la mañana. Ocho horas limpiando sin apenas detenerme para beber un poco de agua e ir al lavabo. Suelo dejar la limpieza de los baños para último momento porque así puedo usarlos con la tranquilidad de quien no ensucia un lienzo recién pintado. No es el trabajo con el que soñaba cuando era joven, pero es el que tengo y, por ahora, el que pone comida en la mesa.

Estoy separada y tengo dos hijos. Nunca pude permitirme el lujo de quedarme en casa abrazada a mi orgullo mientras las facturas se acumulaban. Si para sacar a mi familia debo pasar las noches fregando suelos, vaciando papeleras y limpiando retretes por un sueldo que apenas alcanza para llegar a fin de mes, lo haré sin protestar. Lo hago, de hecho. Nunca he tenido dinero para comprarme anillos, así que, al menos, no corro el riesgo de que se me caigan.

Cada noche subo al mismo autobús que me lleva hasta el polígono industrial donde está la oficina. Cada madrugada tomo el mismo camino de vuelta. Salgo de casa a las ocho de la tarde y regreso poco después de las seis de la mañana. El tiempo justo para ducharme, preparar el desayuno y despertar a mis hijos. Después intento dormir. Lo intento porque siempre hay un perro ladrando, un vecino con la televisión demasiado alta o una moto acelerando bajo mi ventana. Cuando consigo cerrar los ojos, el despertador vuelve a sonar. Siempre igual. A mediodía hago la compra. Después recojo a los niños en el colegio, paso la tarde con ellos, preparo la cena, los acuesto... y vuelta a empezar. Así, día tras día. 

Vivo rodeada de gente y, aun así, pocas veces me he sentido tan sola.

¿Su padre? Podría reclamarle una pensión, pero antes tendría que encontrarlo. Desapareció hace tres años y en todo ese tiempo no ha habido ni una llamada, ni una explicación y no ha dejado más rastro que su ausencia.

Hace también tres años que no ceno en un restaurante, que no río por cualquier tontería o que no siento ese cosquilleo que produce la ilusión. Tres años subiendo al mismo autobús, recorriendo los mismos polígonos industriales y bajándome siempre frente al mismo trabajo de mierda.

Nunca una expresión fue tan literal.

Hace tiempo que dejé de imaginar un futuro mejor. Tal vez por eso me refugio en los libros. Cada noche subo al autobús, ocupo el mismo asiento de siempre y dejo que las palabras me transporten a lugares donde la vida es diferente. Poco importa el autor o el argumento. Cualquier historia capaz de abrir una ventana a un mundo mejor se convierte, durante unos minutos, en un oasis en mitad del desierto.

Pero antes de abrir el libro hay un pequeño ritual que nunca me salto.

Saludo al conductor.

Supongo que ha llegado el momento de hablar de él. Porque, aunque esta es mi historia, también es la suya. Porque este relato no va sobre autobuses nocturnos, tampoco sobre edificios de oficinas, ni tan solo sobre la rutina gris de quienes sobreviven encadenando un día con el siguiente. Trata de dos personas corrientes que, sin proponérselo, acabaron cruzándose en el momento preciso.

Se llama Carlos.

De lunes a viernes ocupa el asiento del conductor con una puntualidad casi obstinada. En todo este tiempo no recuerdo haberlo visto faltar un solo día. Debe de rondar los cincuenta años. Es un hombre corpulento, de piel morena, con el cabello gris, una mandíbula firme y unos ojos grandes que transmiten una serenidad sanadora. Pero si algo llama la atención en él no es su aspecto, sino la forma en que mira a los demás. Tiene una expresión abierta, una sonrisa sincera y la extraña costumbre de saludar a cada pasajero como si fuera la primera persona a la que se alegra de ver esa noche.

Nunca repite el saludo. Siempre encuentra una frase distinta, una palabra amable o una sonrisa oportuna.

A excepción de mis hijos, ese breve instante al subir al autobús era lo mejor que me ocurría en todo el día.

Un ángel. O al menos eso creía yo.

La noche en que todo cambió -porque sé que es ahí adonde queréis llegar- llevaba un vestido de algodón y unas sandalias., poco más, el calor era tal que incluso asfixiaba el poder de decisión. Me miré reflejada en el espejo, mi cuerpo parecía todavía el de una muchacha con diez años menos. ¿Hasta cuándo? Me observo pequeña, delgada, mis formas son graciosas, quizás eso sea lo que alimenta el engaño respecto a mi edad. Siempre me ha gustado arreglarme, pero desde hace demasiado que no tengo la oportunidad de hacerlo. Supongo que depende de si te vistes para alguien o tan solo para el espejo del dormitorio. Aún no sé por qué aquella noche me metí dentro de un vestido de algodón tan impropio para un trabajo como el mío. Pero lo hice, movida por una desconocida necesidad construida desde el aburrimiento. Al subir al autobús Carlos me recibió con una sonrisa amplia y una frase que me descolocó "esta noche está usted más preciosa que nunca". No supe que contestar, creo que musité una torpe frase de agradecimiento y corrí a refugiarme en el asiento de siempre. Aunque no era consciente, me había vestido para él, por descontado.

Durante el trayecto no dejaba de mirarme por el retrovisor, con esos ojos negros grandes e intimidantes. Cuando llegamos, se despidió de mí con un simple adiós. Por delante me quedaban ocho horas.

Mientras comenzaba a limpiar me di cuenta de la excitación que se había apoderado de cada centímetro de mi piel. Intenté apartar cualquier idea absurda de mi cabeza, pero no era capaz, recordando aquella mirada en todo cuanto limpiaba. ¿Por qué había desviado la vista, avergonzada, en dirección al suelo? Me había comportado como una colegiala que no ha visto un pene en su corta vida.

Recordaba sus manos grandes y velludas, su cuello ancho y moreno, su pelo largo y blanco. Sus dientes. Su nariz. Esos ojos negros que no dejaban de mirarme.

Dejé la aspiradora en el suelo y me senté en una mesa para recuperar la respiración. Aún quedaban muchas horas, debía forzarme a recuperar la razón, también la calma. Tenía un trabajo que hacer y no podía permitirme el lujo de perderlo. Inconscientemente abrí las piernas y deslicé mi mano hacia mi entrepierna, completamente mojada. Cerré los ojos y apreté con fuerza. Deseaba masturbarme, aunque no debía. Mi mano izquierda se agarró fuerte a la mesa mientras obligaba a mi mano derecha a salir de debajo de mi falda, tropezando contra algo. ¿Qué era? Uno de esos gruesos rotuladores fosforescentes. ¿Y si al guardia de seguridad le daba por subir a la planta en una de sus rondas nocturnas?

Lo que todos imagináis es correcto: encontraría a la señora de la limpieza metiéndose material de oficina por el coño.

Aunque antes de eso lo metí en la boca lubricándolo lo suficiente, después lo deslicé suavemente por el interior de mis muslos y lo apreté contra la entrada de mi vagina. El rotulador entró sin problemas. Abrí un poco más las piernas y apoyé los pies en la mesa. Estaba completamente estirada, abierta e imaginando que era el conductor del autobús quien metía y sacaba el rotulador, cada vez con mayor rapidez, como si fuese su propio y descomunal pene. Quise imaginarlo descomunal, por descontado. Poco importaba ya si aparecía el guardia de seguridad o los integrantes de un circo ruso de tres pistas. Estaba poseída por un desenfreno como hacía años que no conocía. Desde que mi marido me había abandonado no había vuelto a estar con un hombre.

Aunque ahora, de repente, algo estaba cambiando.

Mi mano izquierda siguió buscando más objetos por encima de la mesa hasta dar con un rotulador un poco más fino, lo ensalivé y lo puse en la entrada de mi culo presionando levemente. Costó un poco más, pero entró sin problemas. Imaginé que el conductor de autobús era quien manejaba hábilmente esos rotuladores. Poco después, un grito desgarró el silencio de la octava planta del edificio de oficinas.

El vigilante de seguridad no tardó en aparecer. Me encontró limpiando los rotuladores que habían estado dentro de mí con un trapo, concentrada en mi trabajo, como si nada hubiera ocurrido.

 - ¿Ha pasado algo? -preguntó.

Levanté la mano y forcé una sonrisa.

 -Me he pillado un dedo con un cajón. El susto ha sido mayor que el golpe.

Se quedó en silencio observándome durante unos segundos, quizá tratando de decidir si debía hacer alguna otra pregunta. Finalmente se encogió de hombros, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo. Esperé hasta que sus pasos dejaron de escucharse antes de liberar el aire que había estado reteniendo.

Continué trabajando durante las siete horas siguientes con una emoción desconocida instalada en algún lugar profundo de mí. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido. ¿Cómo puede alguien sentirse vivo sin detenerse a contemplar una puesta de sol? ¿Sin disfrutar de una buena comida? ¿Sin esperar algo, sin desear algo, sin tener a alguien que despierte en nosotros esa inquietud? Quizá la felicidad no dependía únicamente de conseguir aquello que deseamos, sino de volver a ser capaces de desear.

Llevaba demasiado tiempo pensando en el conductor de aquel autobús. Demasiado tiempo imaginando una posibilidad que solo existía en mi cabeza. Y sabía que, si no era capaz de dar un paso adelante, seguiría siendo eso: una fantasía, una puerta entreabierta que nunca me atrevería a cruzar.

Siete interminables horas más tarde volví a subir al autobús para encontrarme con el mismo hombre al volante. Sonriéndome. Tomé asiento donde siempre. Debía haber diez personas más, también los de siempre, así pues, conocía donde iban a bajarse todos. El desasosiego comenzó a crecer en mi interior como una de esas enredaderas que trepan por la pared y nada consigue detenerlas. No podía dejar de mirar a aquel hombre mientras apretaba con fuerza los muslos en un infantil esfuerzo por obviar lo inevitable. Me conocía su nuca de memoria, también sus brazos girando con firmeza el volante, sus pies apretando los pedales. Sus ojos mirándome por el retrovisor. Esos ojos negros y penetrantes.

Era como nadar en el mar en plena noche.

Estábamos a punto de llegar a mi parada, la última del recorrido. Todos los pasajeros habían abandonado el vehículo y posiblemente dormían ya en sus camas. Después el autobús nocturno emprendería la vuelta hacia las cocheras para aguardar hasta la noche siguiente. El autobús giró a la derecha y enfocó la parada. Yo me levanté, di unos pasos vacilantes hasta el conductor y le susurré "voy hasta el final". Me miró, limitándose a asentir mientras yo volvía a mi asiento. A pesar de caminar de espaldas era consciente de que aquellos ojos negros se clavaban en mi a través del espejo retrovisor. Estaba cansada y excitada.

Al poco rato el autobús entró en la terminal y se dirigió a una especie de hangar. Aparcó entre otros dos autobuses, el motor dejó de temblar y todas las luces se apagaron menos las de emergencia, apenas una débil bombilla amarillenta sobre el asiento del conductor y otras dos en los asientos traseros. Mis manos temblaban como las de una colegiala antes de su primer beso. Vi como su silueta se acercaba, era más alto y corpulento de lo que había imaginado.

Tomó asiento a mi lado.

—Hola —dijo antes de que sus labios se apoderasen de mi cuello.

Sus grandes manos se deslizaban por mis muslos, por mis pechos, por mi nuca, por todas y cada una de las partes que hacía años que no tocaba nadie excepto yo misma, aunque de otra forma. La penumbra me salvaba de la vergüenza. Abrí las piernas y dejé que metiese sus manos donde yo había estado metiéndolas por la noche. Su respiración era fuerte, su olor también. Cerré los ojos y permití que sus dedos se introdujesen dentro de mí, completamente mojada. Dos dedos dentro de mi vagina y otro dentro de mi culo. Era una sensación extraña, nunca ningún hombre había entrado en ambos sitos al mismo tiempo, resultaba agradable. Estaba tan mojada que apenas le había costado hacerlo. Entonces recordé el episodio de los rotuladores. Inspiré profundamente intentando no correrme mientras aquel tipo liberaba uno de mis pechos y se lo metía en la boca, casi fuera de sí. Yo estaba inmóvil, sentada y dejándome hacer. Luchando por no tirarme de cabeza a su bragueta. No fue necesario esperar demasiado. El hombre sacó sus manos del interior de mi ropa y las usó para liberar una magnífica herramienta que brilló en la penumbra de aquel extraño escenario, como un dorado tesoro. Soy consciente de haber utilizado adjetivos propios de un relato porno, pero era la realidad, su pene era grande, ancho y abrumadoramente hermoso. No podía aguantar más. Mis mandíbulas se abrieron de inmediato y me abalancé sobre aquel trozo de carne armada de un voraz apetito. La sentía deliciosa y prohibida, como un gran pastel de chocolate que hubiese estado contemplado cada día tras los cristales de la pastelería, sin atreverme a comprarlo. El problema fue que aquel pastel era demasiado grande para mis mandíbulas. El tipo gemía y movía mi cabeza acompasadamente mientras yo intentaba inútilmente tragarme su polla hasta el mismísimo centro del universo. No me importaba que oliera o que tuviera un sabor que a otras mujeres hubiese repugnado. Llevaba demasiado tiempo haciendo cosas asquerosas para otros así que ahora iba a hacer algo verdaderamente asqueroso, solo por y para mí. Me agarró del pelo y separó mi cabeza de su pene, me besó paseando su lengua por todos lados y dejándola caer en la garganta con pasmosa facilidad. Mientras intentaba devolverle el beso no dejaba de masajearle su miembro.

De improviso me puso de pie y me liberó del vestido por la cabeza. Ahora solo quedaban mis bragas empapadas y mis sostenes con mis pechos prácticamente fuera. Aunque estaba a oscuras, sentí vergüenza. Hacía demasiado que no me mostraba a nadie. Tengo todas las manías y complejos de una persona normal. Sin saber cómo, me encontré sin bragas ni sujetador. Habían volado, al igual que el vestido. Recé porque después pudiese encontrarlos. El conductor se quitó toda la ropa y me recostó contra el asiento, quedando yo a cuatro patas, apoyada encima de un respaldo y con el culo en pompa. Noté como su lengua comenzaba a deslizarse por mis labios vaginales en dirección al culo y después de vuelta. Aquel desconocido me estaba comiendo como nunca nadie lo volvería a hacer. Noté como su lengua luchaba por abrirse paso en mi ano mientras sus manos masajeaban con dureza mis pechos. Cerré los ojos e intenté abandonarme a cualquier sensación. De repente me encontré gimiendo y gritando. Mordiéndome el labio inferior y golpeando el asiento con mis puños.

El conductor cesó en su empeño y me dio la vuelta para meter de nuevo su polla en mi boca. Apenas pude reaccionar, su pene volvía a entrar y salir a toda velocidad, ahogándome sin compasión. Agarré la base de su polla con una de mis manos y comencé a masajearla, como si le estuviese masturbando. Con la otra le acariciaba los testículos. Noté como su respiración se aceleraba. Él se hizo con el control de mi cabeza y comenzó a follarme la boca con brusquedad, me estaba ahogando, aunque ya nada me importaba. Necesitaba conocer el sabor de aquel desconocido. El conductor lanzó un grito al tiempo que una gran cantidad de semen comenzaba a amontonarse en mi boca. Entonces sacó rápidamente la polla y acabo las últimas descargas en mi cara. En mis labios. En mi nariz. En mis mejillas. En mi barbilla. Después hizo algo que recordaré toda la vida. Sacó una linterna de su bolsillo y me enfocó la cara.

Aquel perverso y maravilloso hombre tan solo quería ver mi rostro manchado de semen.

De forma casi mecánica, abrí la boca, le mostré su semen, después me lo tragué y volví a abrir la boca para demostrarle que no quedaba ni una gota. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro. Entonces bajó la linterna para que su mirada vagara por todo mi cuerpo, tomándose su tiempo. Finalmente, la apagó y se hizo con una de mis manos para llevarme al centro del autobús.

—No te limpies —ordenó con voz firme—, voy a volver a follarte y quiero que tengas la cara manchada.

Haría eso y mucho más. Haría todo lo que me ordenase. Necesitaba hacerlo. Quería ser la mujer más sumisa del planeta. El tipo fue hasta el asiento del conductor dejándome en el centro del autobús y buscó algo, al volver pude adivinar lo que parecían dos pañuelos o trapos. Me ató ambas manos a una barra en el techo. No soy demasiado alta así que quedé prácticamente de puntillas. No era cómodo, ni mucho menos. Pero había algo en aquella situación que resultaba tan excitante como una situación de la que uno sabe que debe escapar y, aun así, prefiere quedarse. Una droga desconocida recorriéndome por dentro, bombeando desde el corazón hasta el cerebro, anulando cualquier pensamiento razonable.

Allí estaba, atada en un autobús sumida en la oscuridad, entregada a la voluntad de un desconocido. Desnuda y con la cara llena de semen.

Y mis dos hijos en casa esperando que les despertase para desayunar. No me sentí culpable, estaba harta de ser la última de la lista.

Noté como se acercaba a mi espalda. Noté como me separaba las piernas. Noté su pene abriéndose paso en mi vagina. Noté su pecho sudoroso contra mi espalda. Noté su olor confundiéndose entre los míos. Noté su respiración en mi nuca. Noté sus manos en mis pechos. Noté como comenzaba a entrar y salir de dentro de mí, con auténtica fiereza, como queriendo partirme en dos. No me lo podía creer, estaba allí a oscuras con las manos colgando del techo mientras un tipo me estaba follando a conciencia. Era lo más parecido a una violación, era simplemente delicioso, era todo cuanto había estado esperando. Al cabo de un rato una especie de corriente eléctrica comenzó a recorrerme las piernas, desde las pantorrillas a las caderas. Apreté los dientes, pero no pude evitar lanzar un grito que coincidió con la última embestida de aquel tipo. Acabábamos corriéndonos juntos.

El mejor orgasmo de mi vida. El mejor orgasmo de cualquier vida conocida, imaginé en ese momento.

Se quedó pegado a mi espalda, sin sacar el pene de mi vagina. Besándome los hombros. Noté como poco a poco su pene comenzaba a crecer de nuevo dentro de mí. No podía creerlo. El tipo sacó su pene dejando que una mezcla de semen y otros fluidos se deslizase por el interior de mis muslos. Qué vergüenza…

De improviso noté como dos de sus dedos se adentraban en mi culo. No estaba preparada para aquello. Intenté prevenirle, pero de mi boca no salía ninguna palabra. Me acababa de quedar muda ante la necesidad. Noté como la punta de su pene se apretaba contra mi ano. Nunca me habían sodomizado. Apreté los dientes y esperé lo inevitable. Un fuerte dolor se apoderó de mi espalda al tiempo que su pene se abría paso en mis entrañas. Era una sensación desagradable, molesta y totalmente ajena al placer. No era como cuando me había metido los dedos. De repente mi realidad se había tornado en lo opuesto a cuanto había sentido hasta entonces. De nuevo, no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer mientras mi mente se concentraba en encontrar alguna suerte de placer en aquel ejercicio tan doloroso. Estuvo sodomizándome cerca de diez minutos y en ningún momento conseguí el menor mínimo de los placeres. Pero no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer. Mi menté se esforzaba en repetirme que debía ser la sumisa con la que todo hombre sueña. Me había acostumbrado a tantas cosas en la vida que no podía permitirme cerrar ni una puerta más. El tipo descargó en el interior de mis intestinos con un grito ahogado en mi pelo mientras me destrozaba los pezones a pellizcos. Cuando se retiró una nueva cantidad de semen y quizás sangre se deslizó por el interior de mis muslos.

El hombre me desató y después limpió mi cuerpo con unas toallitas húmedas que guardaba bajo su asiento, también me besaba y me abrazaba.

En ese momento ya no importaba si lo que había ocurrido había sido correcto o si había cumplido con las expectativas que yo misma me había creado. Porque lo necesitaba de una forma que me sorprendía incluso a mí, como si durante años hubiera estado acumulando una sed imposible de calmar.

Había pasado demasiado tiempo haciendo siempre lo que debía hacer, tomando las decisiones adecuadas, cargando con responsabilidades y dejando mis propios deseos para después. No podía esperar un día más. Aunque me equivocara. Aunque doliera. Quizá el secreto de la felicidad sea encontrar algo que nos devuelva una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.

Cuando llegué a casa, mis hijos ya estaban despiertos. Los encontré preparando el desayuno por su cuenta, moviéndose por la cocina con esa mezcla de torpeza e independencia que anunciaba que el tiempo pasa más rápido de lo que queremos admitir.

Los observé en silencio y una lágrima recorrió mi mejilla. Era una lágrima de alegría, pero también de melancolía al comprender que mis hijos estaban creciendo, que cada día necesitaban un poco menos de mí, que llegaría un momento en el que mi presencia dejaría de ser imprescindible.

Aquella noche cambio mi vida. No por lo que sucedió en la oscuridad de las cocheras sino por lo que contemplé al volver a casa.

Y, lo mejor de todo, es que esa misma noche volvería a subirme a aquel autobús nocturno.


sábado, 25 de julio de 2026

Me dijo que me esperaría en su casa (relato)


Me dijo que me esperaría en su casa. Siempre que la vida me ha conducido a un momento como este (no es la primera vez) me asalta la misma pregunta: ¿Qué significa un lugar seguro cuando vas a encontrarte con alguien a quien no conoces? ¿En su casa, en la tuya o en la neutralidad de un hotel? Todo depende de es que entendemos por "espacio seguro". Nuestra casa es nuestro refugio, pero también es un espacio donde uno baja la guardia. Cuando un desconocido está a punto de cruzar el umbral, ese refugio puede convertirse en el lugar más aislado y vulnerable del mundo. En el otro lado de la balanza, entrar en la casa de otro supone aceptar una incertidumbre parecida con el agravante de que has dejado de estar en un espacio seguro. Tenemos la costumbre de traducir la palabra "desconocido" como si fuera sinónimo de "villano". A veces, por desgracia, la realidad que leemos a diario en los periódicos confirma esa interpretación. Otras veces no es más que el (natural) miedo intentando protegernos. Y demos gracias a ese miedo porque nos servirá de protección. Quizás un hotel parece la solución más sensata: un territorio prestado, sin memoria, donde ninguno de los dos juega en casa. Un lugar que pertenece a ambos y a ninguno.

Pero ella me dijo que me esperaría en su casa. Ni se me ocurrió preguntar el motivo. 

Cuando llegué al edificio pulsé el botón del portero automático, con ese poso de nerviosismo que nunca termina de desaparecer, después pronuncié la palabra convenida:

-Fernando.

Un zumbido metálico respondió al otro lado. Empujé, la puerta cedió y crucé el umbral. El portal pertenecía a uno de esos edificios modernistas del Eixample que parecen conservar el tiempo entre sus paredes. Suelos de mármol desgastados por generaciones de pasos, cenefas que aún resistían en las paredes con la pintura original y un ascensor antiguo, de hierro y madera. Todo respiraba una elegancia antigua, de esas que no necesitan demostrarse. 

El ascensor ascendía con una lentitud casi ceremoniosa, como si quisiera prolongar la espera. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido a hierro oxidado y me planté  frente a un piso cuya puerta permanecía entreabierta. Desde el interior escapaba una luz tenue, apenas un susurro en la luz del rellano. Entré y cerré tras de mí. El recibidor era lo que había imaginado: baldosas hidráulicas dibujando geometrías de otro tiempo, techos altos donde las palabras resuenan mejor que en ningún otro lado y carpinterías de madera que habían visto pasar demasiadas vidas. La casa descansaba en penumbra. Solo una luz, al fondo del largo pasillo, parecía llamarme.

Y cuando me llaman, voy. Yo también se obedecer, sobre todo porque ella había seguido mis instrucciones y, en alguna suerte de justicia, ahora había llegado mi turno. Avancé por el pasillo siguiendo aquella luz tenue, no sin imaginar, durante unos instantes, que al final me aguardaría algún fenómeno extraño o, peor aún, el propio creador. La imaginación siempre encuentra tiempo para exagerar justo antes de que la realidad se revele. Pero no, la realidad fue aun mas emocionante porque al final del pasillo estaba ella. Arrodillada y vestida exactamente como le había pedido (ordenado): una falda de cuero negro, medias de rejilla, tacones y una camisa blanca abotonada. Llevaba los ojos cubiertos por una venda, el cabello revuelto, los labios pintados de rojo intenso e inmóvil, envuelta en un silencio que parecía llenar toda la estancia.

-Hola perra -dije

-Hola amo -contestó ella.

Me acerqué despacio, dejando que cada uno de mis pasos anunciara mi presencia. No quería sorprenderla; quería que el sonido de mis pisadas fuera el hilo que la guiara hasta mí. El sonido que la pusiese aun mas nerviosa. Convertir el momento en una experiencia inolvidable.

Era el comedor de uno de esos pisos del Eixample donde las habitaciones parecen sucederse con una lógica antigua. No era especialmente grande. Varias puertas se abrían hacia otras estancias y los muebles de madera daban a la casa una calidez anclada en el pasado. Había, además, pequeñas pistas de la vida de quien la habitaba: objetos tribales traídos de algún viaje, cuadros sin una aparente relación entre sí y un tapiz que caía sobre un sofá cubierto de cojines de todos los colores, como si el confort hubiera vencido hacía tiempo a cualquier pretensión de orden. Entre toda aquella geografía doméstica también vi algunos juguetes en una cesta y una consola de juegos. Eran el rastro silencioso de otra presencia, la de un hijo que no estaba allí, pero cuya existencia parecía seguir ocupando los rincones. Aquella noche, sin embargo, solo estábamos ella y yo. El escenario perfecto para lo que íbamos a hacer.

-¿Estas bien? -pregunté.

-Si amo -contestó ella- algo nerviosa.

-Si no estuvieses nerviosa en esta situación, me comenzaría a preocupar. Ponte en pie -ordené finalmente.

Obedeció, me acerqué a ella, olía de maravilla, no era perfume, era un olor mas animal, como quien sabes que siempre va a oler igual, se ponga el perfume que se ponga. Entonces sostuve su cara entre mis manos y le di un beso, nada agresivo, nada que fuese a dar a entender que iba a usar a esa mujer como me apeteciese. Era un beso tranquilizador, un beso que decir “gracias” y “comencemos” al mismo tiempo. Sin dejar de besarla, bajé mis manos hasta sus pechos y comencé a tocarlos por encima de la tela de la camisa. Le había ordenado que no se pusiese ropa interior. Acabó el beso y comencé a sobar sus pechos con codicia y sin miramientos, pellizcando sus pezones a través de la tela, como cuando eres joven y tocas unos pechos por primera vez, con prisa y sin tacto. Quería que se sintiese manoseada, indefensa, que sintiese que era un juguete en mis manos. Una herramienta para mi placer. Ella se encogía y lanzaba algún que otro suspiro, mezcla de dolor (estaba manoseándola con auténtica fuerza) y placer. Me detuve y abrí la camisa, con calma, me tomé mi tiempo para desabrochar cada uno de los botones, dejando al aire un palmo mas de piel. Ella comenzó a temblar. Después abrí la camisa y observé sus pechos. Los pechos de una mujer madura, perfectos a mis ojos. Con una gran areola y un pezón atravesado por un aro, en ambos pechos. La mujer escondía sorpresas. O no. Ya había visto esos pechos antes en foto.

-Arrodíllate, perra -ordené con voz firme-

Ella obedeció.

-Ahora abre la boca y haz que merezca que haya venido a verte.

La mujer abrió su boca y metí mi pene en ella. Su lengua, sus labios, sus manos comenzaron a hacer un trabajo digno de la mejor de las sumisas, de la perra mas arrastrada, de la meretriz mas profesional. Agarré su pelo desordenado entre mis manos y comencé a clavar con fuerza mi pene en su boca, hasta su garganta. Ella lo intentó, aunque las arcadas interrumpían de vez en cuando el momento.

Me gustaba demasiado y ella lo hacía demasiado bien, así que me detuve y la ordené que se levantase. No quería correrme en su boca a los cinco minutos. Después la ayudé a ponerse a cuatro patas encima del sofá. Levanté su falda y observé su culo, dos cachetes dispuestos a ser azotados, manoseados o dormidos. Separé ambas nalgas y observé su ojete. No nos llevemos las manos a la cabeza a estas alturas del relato: era un ojete. No existe palabra mejor para definirlo. Escupí en el y metí un dedo, luego dos. La mujer se retorcía pero apenas se quejó. Entonces me quité los pantalones y la penetré analmente, con cuidado, pero con firmeza. Ella aguantó a pesar de algún gritito cuyo eco se perdió en el comedor.

Mientras la sodomizaba pregunté:

-¿Quién eres?

-Tu sumisa, amo.

-He preguntado quién eres, no que eres.

-Me llamo L.

-Tu nombre no es la respuesta correcta. ¿Quién eres? -pregunté clavando aun con más fuerza mi pene en sus entrañas.

Ella no contestó, se tomó unos segundos pensando la respuesta. Aguantando mis embestidas. Finalmente hizo lo que yo esperaba de ella: me dio la respuesta perfecta.

-Guau -ladró simplemente.

-Buena perra -dije yo.

Quizá esa fuera la verdadera clave de todo esto: descubrir que también puedes convertirte en alguien que nunca habías imaginado ser. Atravesar una frontera íntima y hacer algo que jamás encontraría espacio en una conversación cotidiana, algo destinado a permanecer en el territorio del secreto. Dar cuerpo a las fantasías más escondidas, no desde la culpa, sino desde la confianza compartida, el consentimiento y el cuidado. Permitir que aquello que solo había existido en la imaginación respirara, aunque fuera durante unas horas. Porque es en esos momentos cuando comprendes que la vida puede ser algo más que la repetición dócil de los días. Más que el despertador, el café rápido, el andén del metro, la oficina y el regreso. Más que esa sucesión de rutinas que, apaga la bombilla día a día. Porque la vida, cuando logramos desprendernos de algunas de las trampas que construye la mente, es también aquello que nos atrevemos a imaginar y, con un poco de fortuna, a vivir.

Y aunque no siempre alcancemos la existencia que deseamos, hay una forma de felicidad que nace simplemente de intentar acercarse a ella.


viernes, 24 de julio de 2026

Morder, imaginar, sexualizar, reflexionar... vivir

Si nuestros abuelos tuviesen internet (y algunos lo tienen) lo que dirían (o piensa) sería acerca de cuanta fresca hay suelta en las redes. Antaño se denominaba fresca a una mujer que actuaba con descaro, o que no mostraba la sumisión o el “decoro” esperado. Por supuesto, es una expresión que viene de una época donde la mujer, como se decía, no solo debía ser honesta sino parecerlo. Una mujer sometida al patriarcado. Una mujer a la que no se le permitía liberarse porque el patriarcado imaginaba que esa liberación significaría un retroceso en todas las ventajas que llevaban disfrutando como hombres apenas unos cientos de miles de años.

Hoy en día, las mujeres pueden mostrarse como deseen donde deseen sin miedo a que nadie piense de ellas que son unas “frescas”. Pero, como también dirían nuestros abuelos, toda “modernidez” tiene sus desventajas. La mujer puede mostrarse como desee en las redes, pero eso no evita que decenas, miles, cientos de miles, millones y mucho mas de hombres las sexualicemos por el simple hecho de mostrar una foto en bikini en sus vacaciones de la playa, una foto de unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sentada en un asiento del metro o, como la foto que acompaña este texto. Cualquier segmento de piel femenina mostrada en redes, hace que los hombres imaginemos cientos de (oscuros y equivocados) motivos por los que se muestra la mujer. ¿Y cuáles son los motivos de esas mujeres? Imagino que lo hacen porque quieren, porque pueden y porque vivimos en el año 2026. ¡Maldita sea!

Pero no, nosotros sexualizamos todo y le otorgamos unas intenciones provocativas. “Esa mujer pide guerra” piensa (o pensamos) la mayoría. Si una mujer enseña los pezones es porque quiere algo. Menuda fresca, pensarían nuestros abuelos. Que buena foto piensan la mayoría de las mujeres. Me encantaría morder esos pezones, pienso yo.

¿Veis? Acabo de sexualizar a la mujer de la foto.

La foto pertenece a una mujer cuyo perfil de Instagram me llamó la atención no porque se mostrase desnuda en todas las fotos (todo lo contrario), tampoco por su físico (y es hermosa, al menos desde mis estándares) sino por la aleatoriedad de lo que mostraba y la aleatoriedad de los textos que lo acompañaban. Cuando veo eso en Instagram pienso: aquí hay vida inteligente. Y me quedo a vivir en esas páginas.

Hoy, cuando he visto que ha publicado la foto que acompaña este texto he pensado “me gustaría morderle los pezones” e, inmediatamente me he arrepentido de esta idea. ¿Debería? Si es lo primero que he pensado es porque es la verdad mas absoluta sobre lo que me ha hecho sentir la foto. Después de esta primera idea, lo siguiente ha sido querer escribir sobre la foto. Pero tenía que adjuntarla a este texto para que me comprendieseis. Y lo he hecho (después de que ella me diese permiso). Porque debéis tener en cuenta siempre una cosa: las fotos pertenecen a las personas que las hacen, las postean o las protagonizan. No a los observadores.

Aunque en mi caso, viendo esta foto, soy mas un voyeur descarado que un observador.

Y eso me hace sentir mal porque no quiero sexualizar a nadie. Por muy sexual que me parezca la foto. Y quizás por eso estoy escribiendo este texto, a modo de disculpa porque siento que la pasión se ha impuesto a la razón. Y escribir es volver a la razón e intentar comprender porque ha sucedido eso. Analizar, comprender, enfriar la cerveza antes de beberla.

Reconozcámoslo, no es nada malo querer morder los pezones de una desconocida porque has visto una foto suya. Lo malo sería mordérselos sin su permiso. Lo malo sería perseguirla o acosarla.

Hace años conocí a una persona que me hizo entender que no me debo culpabilizar de mis fantasías porque son parte de mi y porque son eso: fantasías. No hago daño a nadie. Quizás por eso hace (demasiados años) comencé a practicar BDSM, porque muchas de esas fantasías podían hacerse realidad en un escenario seguro, sano y consensuado (SSC). Y una de esas primeras personas con las que lo practique fue esa persona. Ella trabajaba de psicóloga y era la mujer mas inteligente que he conocido nunca. Mucho de lo que soy, se lo debo.

Ahora veo de nuevo esa foto y sigo pensando que me gustaría ponerle un antifaz en el rostro para no ver sus ojos ni que ella vea los míos y simplemente morder y saborear esos grandes pezones hasta quedarme sin fuerzas. Y luego decirle adiós a la mujer sin habernos mirado nunca a los ojos. Eso es una fantasía. Y eso es aceptable. Incluso escribir esto es aceptable. Aunque signifique que he sexualizado una foto que quizás no tenía ese componente sexual para quien la hizo y la mostró.

¿Importa realmente eso? Vivimos en un mundo repleto de violencia, enfermedades, tragedias, desastres, guerras y confrontación por absolutamente todo. Imaginarme besando esos pechos y mordiendo suavemente esos pezones hace que, durante unos instantes, el mundo sea infinitamente mejor y mas excitante. Escribir ahora esto es intelectualmente satisfactorio (al menos para mi). No hablo de esas distracciones banales para olvidarnos de lo difícil de la vida. No hablo del pan y el circo de los romanos.

Hablo de algo que tiene todo el sentido en mi mundo: la pasión por lo que haces o por lo que observas.

Contemplar esa foto, esos pezones ahogados por la lencería y atravesados por dos aros, ver ese cuerpo real y tatuado. Imaginar a esa mujer en la puerta de mi casa con los ojos vendados… es lo que me hace sentir feliz. Aunque la sexualice, aunque nunca suceda. Porque esto está sucediendo en mis fantasías. Y ese es un lugar donde no hago daño a nadie. Contemplada también vosotros y vosotras, contemplad esta maravilla de foto y olvidaos (durante unos segundos) de todo lo malo que os rodea. De eso se trata.

 


jueves, 23 de julio de 2026

Corrección Vs Incorreccíon

“Trátame como una puta arrastrada”, ordenó ella en voz baja en cuanto nos quedamos a solas. Era el momento exacto cuando (teóricamente) yo debía comenzar a ordenar. Y ella a obedecer. No fue la primera vez que sucedía, tampoco será la última. Pero esta vez las consecuencias han sido diferentes, aquí, sentado frente a mi ordenador. Años atrás nunca me habría cuestionado la pregunta, ahora tampoco la cuestiono porque entiendo su contexto. Pero, a diferencia tiempos pasados, ahora me pregunto si es buena idea exponerlo aquí. Llevo 42 años hablando sobre BDSM en todo tipo de plataformas, revistas, podcasts, libros, etc. y nunca me he sentido tan censurado como en la actualidad. Quiero aclarar algo: la censura es autoimpuesta, es una sensación personal, no es la realidad.

Nunca nadie me ha dictado lo que debo escribir. O dejar de escribir. Las reacciones a lo que digo, es algo que escapa a mi control. Es decir, debería seguir siendo indiferente el escribir algo que realmente sucedió.

Pero ahora resulta que me autocensuro.

Contar hoy en día que una mujer me ha dicho “trátame como una puta arrestada” y la he tratado como tal es algo que no está bien visto, aunque exista consenso, aunque sea un juego de roles. El problema es la verbalización de una expresión que, hoy en día, es censurable. Porque reducimos un escenario a la mínima expresión. No nos preocupamos por contextualizar. Soltamos frases echas y vamos hasta el siguiente juicio de valor como el que cuenta granos de arena en la playa.

Trataré a una mujer como una puta arrastrada si ese es su dedeo, si lo dialogamos con claridad, si existe consenso y voluntad por ambas partes. Siempre ha sido así y es lo natural. Pero no puedo exponerlo en voz alta. Lo cual me parece ridículo porque si la crítica es bienintencionada, pero se hace desde el desconocimiento, es el arma del tonto que tira una y otra vez piedras a un rio.

Por supuesto que, si llegamos al consenso, desde nuestra libertad mas absoluta y de forma segura y sabiendo lo que vamos a hacer… la trataré como una puta arrastrada si esa su fantasía. Pero esa no es la fantasía de toda mujer. Los gustos, los espacios, los deseos y los miedos son diferentes en cada persona.

Pero eso si me dices que quieres algo relajado y tranquilo, ni se me ocurrirá hacerlo de otra forma. Pero si me dices que quieres que te pervierta… lo haré sin problemas, aunque me cueste expresarlo en voz alta.

Porque en el consenso entre dos personas y en las fantasías propias, todo está permitido.