domingo, 5 de julio de 2026

Busco...




Buscamos mientras confesamos en voz alta que nada buscamos. Nos detenemos y observamos con curiosidad mientras aseguramos que solo estamos de paso. Indagamos cual detective de novela barata y cuando somos desenmascarados decimos que tan solo estábamos paseando por el parque, sin ningún otro propósito. No deberíamos avergonzarnos por reconocer que buscamos, pero nos pasamos el día asegurando lo contrario, desviando la vista, esperando algo que nunca llega. Nos encogemos de hombros cuando lo mas sencillo sería decir: "Claro que busco". En vez de eso nos escudamos en frases como "Yo no busco, pero si encuentro algo, bienvenido sea" o "Yo no busco aunque se lo que no quiero encontrar". Tópicos que caen en el mas común de los ridículos y nos arrastran hasta ese foso lleno de barro donde todos pelean por salir y nadie consigue escapar. Vivimos en la contradicción de esa vergüenza del que asegura no buscar cuando, por un motivo y otro (casi) siempre estamos buscando. ¿Por qué sucede? Si decimos que buscamos parecerá que no sabemos retener, parecemos desesperados o que estamos en un supermercado contemplando una estantería repleta de personas a quien escoger.

Pero la realidad es que buscamos, y en el BDSM buscamos mas aun porque una vez has probado las mieles de la práctica, no te gusta estar observando el partido desde el banquillo.

Conozco a cientos de personas y nunca soy capaz de reconocer que, de una forma y otra, estoy buscando a esa sumisa que quizás podía una de ellas. Incluso ahora, escribiendo esto siento que estoy haciendo algo reproblable porque este texto da a entender que busco a una mujer "sumisa" para practicar BDSM. Pero ahora mismo esa es mi circunstancia. Y no voy a pedir disculpas si las palabras "buscar", "bdsm" o "mujer sumisa" chirrían en las nuevas sensibilidades. Es lo que hay, no hablo de vosotros, hablo de mi.

Mucha gente en las redes sociales buscan encontrar a otras personas para cientos de propósitos diferentes. ¿Por que debería sentirme mal reconociendo que busco sumisa? ¿Me convierte eso en un fracasado? ¿Por qué alguien con mi experiencia no tiene sumisa ahora mismo? No creo que sea un fracasado pero tampoco me gusta pensar que alguien me juzga de esa forma...  "No será tan buen amo si no tiene sumisa...". Y una vez mas, temo que alguien, desde el desconocimiento, malinterprete que una persona diga "No tengo sumisa ahora mismo", como si las personas fueran una pertenencia transitoria.

Pero no puedo vivir constantemente mordiéndome la lengua por lo que piensen los demás. Asi que voy a pensar en mi mismo.

Si, busco. ¿Qué hay de malo?

El resto ya no depende de mi.

sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Locura Vs Locura

Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar). En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.

También dicen que acostarse con un desconocido es un acto irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo, arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero irracional no parece la palabra adecuada.

¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?

La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo, la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal, como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de irracionales.

El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema del que me apasiona escribir.

La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o "-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos en una tarde.

Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al cabo. Mi lógica.

¡Ah, entonces hablamos de locuras!

Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza por tu cumpleaños.

Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder que no.

Sí, estamos hablando de sexo.

O de BDSM.

Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma

¿Es una locura?

Depende.

Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad reglamentada.

¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse incluso en mis sueños.

Tengo la sensación de estar encadenando ideas que probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca. Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.

Así que lo dejaré aquí.

No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.


miércoles, 10 de junio de 2026

La luz de la tarde (relato)




La luz de la tarde entraba por la ventana con amable tibieza, bañándolo todo de una luz suave y casi dorada. En el silencio de la inmensa instancia, dos presencias ocupaban ese espacio. Nadie mas. No hacía falta hablar. Bastaba el sonido leve de una página al pasar, el movimiento pausado de unas manos, la forma en que la respiración parecía acompasarse con el aire inmóvil. Leyendo, observándose en silencio. Aunque la mirada de una de las dos personas era algo mas insistente, sin ser agresiva, firme pero sutil. Como quien contempla el mar sabiendo que no puede poseerlo, pero sabe que siempre volverá a esa playa.

En esta escena hay detalles imposibles de ignorar. La curva de una sonrisa fugaz que aparecía sin previo aviso. La inclinación de la cabeza al concentrarse. La manera en que la luz encontraba siempre un lugar donde quedarse sobre la piel. Cada encuentro, cada tarde, se añadía nueva información a un deseo cuidadosamente escondido. Nunca decían nada. Tampoco debían, en una biblioteca lo primero que lees es “silencio” así que guardaban las palabras tras miradas inocentes, saludos breves con un movimiento de cabeza que dejaban un eco persistente. Y sin embargo, bajo esa superficie tranquila, crecía una tensión dulce y persistente.

A veces imaginaban acercarse un poco más. No para romper el silencio, sino para compartirlo. Sentarse cerca, sentir el calor de aquella presencia mezclándose con el propio. Descubrir si ese otro corazón latía con calma aparente o escondía tormentas semejantes a la suya.

Nunca se acercaron porque la imaginación es un territorio seguro. Un escenario donde podían abusar de los pequeños gestos, de las miradas casuales que tal vez significaban algo o tal vez nada. Podían permitirse pensar en la cercanía de unas manos rozándose por accidente, en cruzar la mirada demasiado rato, en la electricidad sutil que nace cuando dos personas perciben la existencia de una posibilidad y ninguna se atreve a nombrarla.

Los días avanzaban lentamente. Cada tarde, la luz transformaba lo dorado en algo tenue. Luego la artificial luz blanca lo invadía todo.

Y mientras esos días desaparecían y volvían a comenzar, el deseo seguía allí, igual de intacto que de silencioso. Sin exigir. Sin reclamar. Sin poseer. Simplemente habitaba el espacio entre esas dos personas como una llama pequeña que se niega a extinguirse. 

Quizá nunca llegaría el momento de hablar. Quizá todo quedaría reducido a recuerdos construidos sobre gestos. Pero, por alguna razón, había una belleza especial en ese tipo de relación. En desear sin poseer. En mirar sin invadir. En guardar dentro del pecho un secreto que hacía de los días algo infinitamente mejor.

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(En este relato, si lo vuelves a leer, verás que, en ningún momento, se menciona el género de los personajes. Ahora hazte una pregunta: ¿qué géneros has imaginado y por qué?)


domingo, 7 de junio de 2026

Prejuicio sin orgullo






Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.

La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”.  Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.

Usamos “prejuicio” como si fuera sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata: técnicamente posible, pero no recomendable.

La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.

Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el ascensor.

Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer, la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.

Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí. ¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio? Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).

Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja, guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de llevar una doble vida.

Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.


sábado, 6 de junio de 2026

Recuerdos íntimos


Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo.