“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo” (Aristóteles)
De domingo a jueves paso la noche recorriendo las plantas de un edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. Cuando los empleados terminan su jornada dejan tras de sí montañas de papeles, vasos de café, botellas de plástico, polvo y toda clase de pequeños descuidos que, sumados, acaban convirtiéndose en un páramo postapocalíptico. A la mañana siguiente regresan a sus mesas y todo ha desaparecido. Nadie se pregunta quién ha obrado el milagro. Nadie piensa en la mujer que ha pasado ocho horas borrando cualquier rastro de su paso. Esa mujer soy yo. La prestidigitadora de la basura. Entro a las nueve de la noche y salgo a las cinco de la mañana. Ocho horas limpiando sin apenas detenerme para beber un poco de agua e ir al lavabo. Suelo dejar la limpieza de los baños para último momento porque así puedo usarlos con la tranquilidad de quien no ensucia un lienzo recién pintado. No es el trabajo con el que soñaba cuando era joven, pero es el que tengo y, por ahora, el que pone comida en la mesa.
Estoy separada y tengo dos hijos. Nunca pude permitirme el lujo de quedarme en casa abrazada a mi orgullo mientras las facturas se acumulaban. Si para sacar a mi familia debo pasar las noches fregando suelos, vaciando papeleras y limpiando retretes por un sueldo que apenas alcanza para llegar a fin de mes, lo haré sin protestar. Lo hago, de hecho. Nunca he tenido dinero para comprarme anillos, así que, al menos, no corro el riesgo de que se me caigan.
Cada noche subo al mismo autobús que me lleva hasta el polígono industrial donde está la oficina. Cada madrugada tomo el mismo camino de vuelta. Salgo de casa a las ocho de la tarde y regreso poco después de las seis de la mañana. El tiempo justo para ducharme, preparar el desayuno y despertar a mis hijos. Después intento dormir. Lo intento porque siempre hay un perro ladrando, un vecino con la televisión demasiado alta o una moto acelerando bajo mi ventana. Cuando consigo cerrar los ojos, el despertador vuelve a sonar. Siempre igual. A mediodía hago la compra. Después recojo a los niños en el colegio, paso la tarde con ellos, preparo la cena, los acuesto... y vuelta a empezar. Así, día tras día.
Vivo rodeada de gente y, aun así, pocas veces me he sentido tan sola.
¿Su padre? Podría reclamarle una pensión, pero antes tendría que encontrarlo. Desapareció hace tres años y en todo ese tiempo no ha habido ni una llamada, ni una explicación y no ha dejado más rastro que su ausencia.
Hace también tres años que no ceno en un restaurante, que no río por cualquier tontería o que no siento ese cosquilleo que produce la ilusión. Tres años subiendo al mismo autobús, recorriendo los mismos polígonos industriales y bajándome siempre frente al mismo trabajo de mierda.
Nunca una expresión fue tan literal.
Hace tiempo que dejé de imaginar un futuro mejor. Tal vez por eso me refugio en los libros. Cada noche subo al autobús, ocupo el mismo asiento de siempre y dejo que las palabras me transporten a lugares donde la vida es diferente. Poco importa el autor o el argumento. Cualquier historia capaz de abrir una ventana a un mundo mejor se convierte, durante unos minutos, en un oasis en mitad del desierto.
Pero antes de abrir el libro hay un pequeño ritual que nunca me salto.
Saludo al conductor.
Supongo que ha llegado el momento de hablar de él. Porque, aunque esta es mi historia, también es la suya. Porque este relato no va sobre autobuses nocturnos, tampoco sobre edificios de oficinas, ni tan solo sobre la rutina gris de quienes sobreviven encadenando un día con el siguiente. Trata de dos personas corrientes que, sin proponérselo, acabaron cruzándose en el momento preciso.
Se llama Carlos.
De lunes a viernes ocupa el asiento del conductor con una puntualidad casi obstinada. En todo este tiempo no recuerdo haberlo visto faltar un solo día. Debe de rondar los cincuenta años. Es un hombre corpulento, de piel morena, con el cabello gris, una mandíbula firme y unos ojos grandes que transmiten una serenidad sanadora. Pero si algo llama la atención en él no es su aspecto, sino la forma en que mira a los demás. Tiene una expresión abierta, una sonrisa sincera y la extraña costumbre de saludar a cada pasajero como si fuera la primera persona a la que se alegra de ver esa noche.
Nunca repite el saludo. Siempre encuentra una frase distinta, una palabra amable o una sonrisa oportuna.
A excepción de mis hijos, ese breve instante al subir al autobús era lo mejor que me ocurría en todo el día.
Un ángel. O al menos eso creía yo.
La noche en que todo cambió -porque sé que es ahí adonde queréis llegar- llevaba un vestido de algodón y unas sandalias., poco más, el calor era tal que incluso asfixiaba el poder de decisión. Me miré reflejada en el espejo, mi cuerpo parecía todavía el de una muchacha con diez años menos. ¿Hasta cuándo? Me observo pequeña, delgada, mis formas son graciosas, quizás eso sea lo que alimenta el engaño respecto a mi edad. Siempre me ha gustado arreglarme, pero desde hace demasiado que no tengo la oportunidad de hacerlo. Supongo que depende de si te vistes para alguien o tan solo para el espejo del dormitorio. Aún no sé por qué aquella noche me metí dentro de un vestido de algodón tan impropio para un trabajo como el mío. Pero lo hice, movida por una desconocida necesidad construida desde el aburrimiento. Al subir al autobús Carlos me recibió con una sonrisa amplia y una frase que me descolocó "esta noche está usted más preciosa que nunca". No supe que contestar, creo que musité una torpe frase de agradecimiento y corrí a refugiarme en el asiento de siempre. Aunque no era consciente, me había vestido para él, por descontado.
Durante el trayecto no dejaba de mirarme por el retrovisor, con esos ojos negros grandes e intimidantes. Cuando llegamos, se despidió de mí con un simple adiós. Por delante me quedaban ocho horas.
Mientras comenzaba a limpiar me di cuenta de la excitación que se había apoderado de cada centímetro de mi piel. Intenté apartar cualquier idea absurda de mi cabeza, pero no era capaz, recordando aquella mirada en todo cuanto limpiaba. ¿Por qué había desviado la vista, avergonzada, en dirección al suelo? Me había comportado como una colegiala que no ha visto un pene en su corta vida.
Recordaba sus manos grandes y velludas, su cuello ancho y moreno, su pelo largo y blanco. Sus dientes. Su nariz. Esos ojos negros que no dejaban de mirarme.
Dejé la aspiradora en el suelo y me senté en una mesa para recuperar la respiración. Aún quedaban muchas horas, debía forzarme a recuperar la razón, también la calma. Tenía un trabajo que hacer y no podía permitirme el lujo de perderlo. Inconscientemente abrí las piernas y deslicé mi mano hacia mi entrepierna, completamente mojada. Cerré los ojos y apreté con fuerza. Deseaba masturbarme, aunque no debía. Mi mano izquierda se agarró fuerte a la mesa mientras obligaba a mi mano derecha a salir de debajo de mi falda, tropezando contra algo. ¿Qué era? Uno de esos gruesos rotuladores fosforescentes. ¿Y si al guardia de seguridad le daba por subir a la planta en una de sus rondas nocturnas?
Lo que todos imagináis es correcto: encontraría a la señora de la limpieza metiéndose material de oficina por el coño.
Aunque antes de eso lo metí en la boca lubricándolo lo suficiente, después lo deslicé suavemente por el interior de mis muslos y lo apreté contra la entrada de mi vagina. El rotulador entró sin problemas. Abrí un poco más las piernas y apoyé los pies en la mesa. Estaba completamente estirada, abierta e imaginando que era el conductor del autobús quien metía y sacaba el rotulador, cada vez con mayor rapidez, como si fuese su propio y descomunal pene. Quise imaginarlo descomunal, por descontado. Poco importaba ya si aparecía el guardia de seguridad o los integrantes de un circo ruso de tres pistas. Estaba poseída por un desenfreno como hacía años que no conocía. Desde que mi marido me había abandonado no había vuelto a estar con un hombre.
Aunque ahora, de repente, algo estaba cambiando.
Mi mano izquierda siguió buscando más objetos por encima de la mesa hasta dar con un rotulador un poco más fino, lo ensalivé y lo puse en la entrada de mi culo presionando levemente. Costó un poco más, pero entró sin problemas. Imaginé que el conductor de autobús era quien manejaba hábilmente esos rotuladores. Poco después, un grito desgarró el silencio de la octava planta del edificio de oficinas.
El vigilante de seguridad no tardó en aparecer. Me encontró limpiando los rotuladores que habían estado dentro de mí con un trapo, concentrada en mi trabajo, como si nada hubiera ocurrido.
- ¿Ha pasado algo? -preguntó.
Levanté la mano y forcé una sonrisa.
-Me he pillado un dedo con un cajón. El susto ha sido mayor que el golpe.
Se quedó en silencio observándome durante unos segundos, quizá tratando de decidir si debía hacer alguna otra pregunta. Finalmente se encogió de hombros, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo. Esperé hasta que sus pasos dejaron de escucharse antes de liberar el aire que había estado reteniendo.
Continué trabajando durante las siete horas siguientes con una emoción desconocida instalada en algún lugar profundo de mí. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido. ¿Cómo puede alguien sentirse vivo sin detenerse a contemplar una puesta de sol? ¿Sin disfrutar de una buena comida? ¿Sin esperar algo, sin desear algo, sin tener a alguien que despierte en nosotros esa inquietud? Quizá la felicidad no dependía únicamente de conseguir aquello que deseamos, sino de volver a ser capaces de desear.
Llevaba demasiado tiempo pensando en el conductor de aquel autobús. Demasiado tiempo imaginando una posibilidad que solo existía en mi cabeza. Y sabía que, si no era capaz de dar un paso adelante, seguiría siendo eso: una fantasía, una puerta entreabierta que nunca me atrevería a cruzar.
Siete interminables horas más tarde volví a subir al autobús para encontrarme con el mismo hombre al volante. Sonriéndome. Tomé asiento donde siempre. Debía haber diez personas más, también los de siempre, así pues, conocía donde iban a bajarse todos. El desasosiego comenzó a crecer en mi interior como una de esas enredaderas que trepan por la pared y nada consigue detenerlas. No podía dejar de mirar a aquel hombre mientras apretaba con fuerza los muslos en un infantil esfuerzo por obviar lo inevitable. Me conocía su nuca de memoria, también sus brazos girando con firmeza el volante, sus pies apretando los pedales. Sus ojos mirándome por el retrovisor. Esos ojos negros y penetrantes.
Era como nadar en el mar en plena noche.
Estábamos a punto de llegar a mi parada, la última del recorrido. Todos los pasajeros habían abandonado el vehículo y posiblemente dormían ya en sus camas. Después el autobús nocturno emprendería la vuelta hacia las cocheras para aguardar hasta la noche siguiente. El autobús giró a la derecha y enfocó la parada. Yo me levanté, di unos pasos vacilantes hasta el conductor y le susurré "voy hasta el final". Me miró, limitándose a asentir mientras yo volvía a mi asiento. A pesar de caminar de espaldas era consciente de que aquellos ojos negros se clavaban en mi a través del espejo retrovisor. Estaba cansada y excitada.
Al poco rato el autobús entró en la terminal y se dirigió a una especie de hangar. Aparcó entre otros dos autobuses, el motor dejó de temblar y todas las luces se apagaron menos las de emergencia, apenas una débil bombilla amarillenta sobre el asiento del conductor y otras dos en los asientos traseros. Mis manos temblaban como las de una colegiala antes de su primer beso. Vi como su silueta se acercaba, era más alto y corpulento de lo que había imaginado.
Tomó asiento a mi lado.
—Hola —dijo antes de que sus labios se apoderasen de mi cuello.
Sus grandes manos se deslizaban por mis muslos, por mis pechos, por mi nuca, por todas y cada una de las partes que hacía años que no tocaba nadie excepto yo misma, aunque de otra forma. La penumbra me salvaba de la vergüenza. Abrí las piernas y dejé que metiese sus manos donde yo había estado metiéndolas por la noche. Su respiración era fuerte, su olor también. Cerré los ojos y permití que sus dedos se introdujesen dentro de mí, completamente mojada. Dos dedos dentro de mi vagina y otro dentro de mi culo. Era una sensación extraña, nunca ningún hombre había entrado en ambos sitos al mismo tiempo, resultaba agradable. Estaba tan mojada que apenas le había costado hacerlo. Entonces recordé el episodio de los rotuladores. Inspiré profundamente intentando no correrme mientras aquel tipo liberaba uno de mis pechos y se lo metía en la boca, casi fuera de sí. Yo estaba inmóvil, sentada y dejándome hacer. Luchando por no tirarme de cabeza a su bragueta. No fue necesario esperar demasiado. El hombre sacó sus manos del interior de mi ropa y las usó para liberar una magnífica herramienta que brilló en la penumbra de aquel extraño escenario, como un dorado tesoro. Soy consciente de haber utilizado adjetivos propios de un relato porno, pero era la realidad, su pene era grande, ancho y abrumadoramente hermoso. No podía aguantar más. Mis mandíbulas se abrieron de inmediato y me abalancé sobre aquel trozo de carne armada de un voraz apetito. La sentía deliciosa y prohibida, como un gran pastel de chocolate que hubiese estado contemplado cada día tras los cristales de la pastelería, sin atreverme a comprarlo. El problema fue que aquel pastel era demasiado grande para mis mandíbulas. El tipo gemía y movía mi cabeza acompasadamente mientras yo intentaba inútilmente tragarme su polla hasta el mismísimo centro del universo. No me importaba que oliera o que tuviera un sabor que a otras mujeres hubiese repugnado. Llevaba demasiado tiempo haciendo cosas asquerosas para otros así que ahora iba a hacer algo verdaderamente asqueroso, solo por y para mí. Me agarró del pelo y separó mi cabeza de su pene, me besó paseando su lengua por todos lados y dejándola caer en la garganta con pasmosa facilidad. Mientras intentaba devolverle el beso no dejaba de masajearle su miembro.
De improviso me puso de pie y me liberó del vestido por la cabeza. Ahora solo quedaban mis bragas empapadas y mis sostenes con mis pechos prácticamente fuera. Aunque estaba a oscuras, sentí vergüenza. Hacía demasiado que no me mostraba a nadie. Tengo todas las manías y complejos de una persona normal. Sin saber cómo, me encontré sin bragas ni sujetador. Habían volado, al igual que el vestido. Recé porque después pudiese encontrarlos. El conductor se quitó toda la ropa y me recostó contra el asiento, quedando yo a cuatro patas, apoyada encima de un respaldo y con el culo en pompa. Noté como su lengua comenzaba a deslizarse por mis labios vaginales en dirección al culo y después de vuelta. Aquel desconocido me estaba comiendo como nunca nadie lo volvería a hacer. Noté como su lengua luchaba por abrirse paso en mi ano mientras sus manos masajeaban con dureza mis pechos. Cerré los ojos e intenté abandonarme a cualquier sensación. De repente me encontré gimiendo y gritando. Mordiéndome el labio inferior y golpeando el asiento con mis puños.
El conductor cesó en su empeño y me dio la vuelta para meter de nuevo su polla en mi boca. Apenas pude reaccionar, su pene volvía a entrar y salir a toda velocidad, ahogándome sin compasión. Agarré la base de su polla con una de mis manos y comencé a masajearla, como si le estuviese masturbando. Con la otra le acariciaba los testículos. Noté como su respiración se aceleraba. Él se hizo con el control de mi cabeza y comenzó a follarme la boca con brusquedad, me estaba ahogando, aunque ya nada me importaba. Necesitaba conocer el sabor de aquel desconocido. El conductor lanzó un grito al tiempo que una gran cantidad de semen comenzaba a amontonarse en mi boca. Entonces sacó rápidamente la polla y acabo las últimas descargas en mi cara. En mis labios. En mi nariz. En mis mejillas. En mi barbilla. Después hizo algo que recordaré toda la vida. Sacó una linterna de su bolsillo y me enfocó la cara.
Aquel perverso y maravilloso hombre tan solo quería ver mi rostro manchado de semen.
De forma casi mecánica, abrí la boca, le mostré su semen, después me lo tragué y volví a abrir la boca para demostrarle que no quedaba ni una gota. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro. Entonces bajó la linterna para que su mirada vagara por todo mi cuerpo, tomándose su tiempo. Finalmente, la apagó y se hizo con una de mis manos para llevarme al centro del autobús.
—No te limpies —ordenó con voz firme—, voy a volver a follarte y quiero que tengas la cara manchada.
Haría eso y mucho más. Haría todo lo que me ordenase. Necesitaba hacerlo. Quería ser la mujer más sumisa del planeta. El tipo fue hasta el asiento del conductor dejándome en el centro del autobús y buscó algo, al volver pude adivinar lo que parecían dos pañuelos o trapos. Me ató ambas manos a una barra en el techo. No soy demasiado alta así que quedé prácticamente de puntillas. No era cómodo, ni mucho menos. Pero había algo en aquella situación que resultaba tan excitante como una situación de la que uno sabe que debe escapar y, aun así, prefiere quedarse. Una droga desconocida recorriéndome por dentro, bombeando desde el corazón hasta el cerebro, anulando cualquier pensamiento razonable.
Allí estaba, atada en un autobús sumida en la oscuridad, entregada a la voluntad de un desconocido. Desnuda y con la cara llena de semen.
Y mis dos hijos en casa esperando que les despertase para desayunar. No me sentí culpable, estaba harta de ser la última de la lista.
Noté como se acercaba a mi espalda. Noté como me separaba las piernas. Noté su pene abriéndose paso en mi vagina. Noté su pecho sudoroso contra mi espalda. Noté su olor confundiéndose entre los míos. Noté su respiración en mi nuca. Noté sus manos en mis pechos. Noté como comenzaba a entrar y salir de dentro de mí, con auténtica fiereza, como queriendo partirme en dos. No me lo podía creer, estaba allí a oscuras con las manos colgando del techo mientras un tipo me estaba follando a conciencia. Era lo más parecido a una violación, era simplemente delicioso, era todo cuanto había estado esperando. Al cabo de un rato una especie de corriente eléctrica comenzó a recorrerme las piernas, desde las pantorrillas a las caderas. Apreté los dientes, pero no pude evitar lanzar un grito que coincidió con la última embestida de aquel tipo. Acabábamos corriéndonos juntos.
El mejor orgasmo de mi vida. El mejor orgasmo de cualquier vida conocida, imaginé en ese momento.
Se quedó pegado a mi espalda, sin sacar el pene de mi vagina. Besándome los hombros. Noté como poco a poco su pene comenzaba a crecer de nuevo dentro de mí. No podía creerlo. El tipo sacó su pene dejando que una mezcla de semen y otros fluidos se deslizase por el interior de mis muslos. Qué vergüenza…
De improviso noté como dos de sus dedos se adentraban en mi culo. No estaba preparada para aquello. Intenté prevenirle, pero de mi boca no salía ninguna palabra. Me acababa de quedar muda ante la necesidad. Noté como la punta de su pene se apretaba contra mi ano. Nunca me habían sodomizado. Apreté los dientes y esperé lo inevitable. Un fuerte dolor se apoderó de mi espalda al tiempo que su pene se abría paso en mis entrañas. Era una sensación desagradable, molesta y totalmente ajena al placer. No era como cuando me había metido los dedos. De repente mi realidad se había tornado en lo opuesto a cuanto había sentido hasta entonces. De nuevo, no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer mientras mi mente se concentraba en encontrar alguna suerte de placer en aquel ejercicio tan doloroso. Estuvo sodomizándome cerca de diez minutos y en ningún momento conseguí el menor mínimo de los placeres. Pero no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer. Mi menté se esforzaba en repetirme que debía ser la sumisa con la que todo hombre sueña. Me había acostumbrado a tantas cosas en la vida que no podía permitirme cerrar ni una puerta más. El tipo descargó en el interior de mis intestinos con un grito ahogado en mi pelo mientras me destrozaba los pezones a pellizcos. Cuando se retiró una nueva cantidad de semen y quizás sangre se deslizó por el interior de mis muslos.
El hombre me desató y después limpió mi cuerpo con unas toallitas húmedas que guardaba bajo su asiento, también me besaba y me abrazaba.
En ese momento ya no importaba si lo que había ocurrido había sido correcto o si había cumplido con las expectativas que yo misma me había creado. Porque lo necesitaba de una forma que me sorprendía incluso a mí, como si durante años hubiera estado acumulando una sed imposible de calmar.
Había pasado demasiado tiempo haciendo siempre lo que debía hacer, tomando las decisiones adecuadas, cargando con responsabilidades y dejando mis propios deseos para después. No podía esperar un día más. Aunque me equivocara. Aunque doliera. Quizá el secreto de la felicidad sea encontrar algo que nos devuelva una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.
Cuando llegué a casa, mis hijos ya estaban despiertos. Los encontré preparando el desayuno por su cuenta, moviéndose por la cocina con esa mezcla de torpeza e independencia que anunciaba que el tiempo pasa más rápido de lo que queremos admitir.
Los observé en silencio y una lágrima recorrió mi mejilla. Era una lágrima de alegría, pero también de melancolía al comprender que mis hijos estaban creciendo, que cada día necesitaban un poco menos de mí, que llegaría un momento en el que mi presencia dejaría de ser imprescindible.
Aquella noche cambio mi vida. No por lo que sucedió en la oscuridad de las cocheras sino por lo que contemplé al volver a casa.
Y, lo mejor de todo, es que esa misma noche volvería a subirme a aquel autobús nocturno.




