viernes, 16 de octubre de 2026

La espera (relato)





La mujer vuelve a bajar la vista por segunda vez consecutiva en dirección a su reloj de pulsera. Han pasado apenas treinta segundos. Quizás un minuto. Por mucho que mire el reloj, el tiempo seguirá siendo tiempo. Implacable. Si acaso parecerá correr más despacio. Sentada en el sofá de su casa, desnuda bajo la luz de una vela que tiembla en una esquina de la estancia. La mujer aguarda sin saber cuánto más tendrá que esperar. El tiempo se ha vuelto una especie de materia espesa que se desliza entre sus dedos y cae sobre sus piernas. Le dijo que llegaría en cinco minutos, de eso hacía cinco minutos o menos. El tiempo justo para desnudarse, hacerse con el antifaz, apagar las luces de casa y encender la vela. El hombre está a punto de llegar y la incertidumbre de en qué momento sonará el timbre de entrada, comienza a deshilachar su paciencia. Inmóvil, con las piernas firmemente juntas como si alguien aparte de ella pudiese ver su sexo. La piel estremecida por una corriente de aire que entra desde la ventana entreabierta. Su desnudez no es un gesto de impaciencia, sino una forma de obediencia al tiempo que una manera de despojarse también de todo lo cotidiano mientras espera. Le gusta que su amo la ordene esperarla desnuda, así no tiene que romperse la cabeza delante del espejo recuperando uno tras otro, vestidos de su armario para ver cual le sienta mejor. La mujer cierra los ojos y se obliga a respirar despacio, a no confundir el silencio con una ausencia definitiva, a no imaginar razones para una demora que todavía no tenía explicación. La espera, cuando ignora su propio límite, acaba por parecerse a un dulce tormento: cerrar los ojos, fingir serenidad, y aun así sentir cómo cada minuto erosiona su paciencia. Y ella sigue ahí, desnuda sobre el sofá, tratando de aprender la difícil tarea de quien no puede hacer otra cosa que esperar. Con el coño ardiéndole entre las piernas, palpitando como un segundo corazón. Pronto llegará su amo y todo su cuerpo será de él, como siempre ha sucedido. Un intermedio en lo cotidiano. Una fractura de doloroso placer en medio del rutinario devenir de las semanas.

Su amo nunca se molesta en ofrecer excusas ni en disfrazar sus deseos con justificaciones pueriles. Llega, y su sola presencia basta para alterar el aire de la habitación. Con un saludo ("hola perra") la reclama para su placer con una seguridad que no admite duda. Ella quedaba atrapada en la intensidad de esos encuentros, en el calor de la piel, en la respiración entrecortada y en el estremecimiento que le recorre siempre el cuerpo. Siempre. Después, cuando él se marcha con el mismo silencio con el que ha llegado, todo vuelve a la normalidad, lentamente. Ella se queda  desnuda en el suelo, con la piel perlada de sudor, los músculos temblorosos y el cuerpo dolorido, como si aún conservara la huella de su presencia. A veces está sangrando, siempre acompañada de ese cansancio profundo que parece alcanzarle hasta el más pequeño de sus huesos. En la quietud que sigue a su partida, mientras recupera el aliento, siente que el abandono es también una forma de intimidad: la de quedarse a solas con las sensaciones, los recuerdos y el eco persistente de lo sucedido, lo sentido. Ese, y no cualquier otro momento de la semana, es el mejor de todos, cuando él se viste y se va y ella se queda en el suelo derrotada. Una sensación tan increíble que supera cualquier expectativa.

Está a punto de suceder, él llegará y, la rutina del placer y el dolor la transportará al mas delicioso de los infiernos. Cuando acabe, después de ducharse, la mujer se observará en el espejo y se sentirá orgullosa, sin un solo rastro de culpabilidad. Felizmente orgullosa. Dolorida, humillada, cansada… feliz.

El timbre del portero automático grita desde la entrada. Ella se levanta, va corriendo hasta la puerta principal, oprime el botón "soy yo" dice su amo con esa voz inconfundible. La sumisa oprime un botón y después deja entreabierta la puerta. Luego vuelve corriendo al comedor, se arrodilla en el suelo y se pone el antifaz en los ojos.

Comienza el espectáculo.


martes, 13 de octubre de 2026

No todo lo que nos atrae nos conviene




Hay algo que me llama la curiosidad sobre las personas, siempre (y nunca aprendo): tenemos predisposición por conocer a gente nueva, gastar tiempo en descubrir cómo son realmente y, aun así, acabamos imaginando cómo podrían llegar a ser, en vez de como realmente son. 

Como si las personas vinieran con un periodo de prueba y, al cabo de unos meses, pudiéramos acceder a una actualización que nos funcionase mejor.

Nos empeñamos en mantener hilos sujetos a personas que, por una razón u otra, no terminan de encajar en nuestra vida. Quizá porque nos atraen. O porque nos entretienen. O porque nos atrae  la idea que nos hemos construido de esas personas. Y nos atrae mas que la (áspera) realidad de lo que tenemos delante. La imaginación nunca interrumpe, nunca decepciona y, sobre todo, hace exactamente lo que queremos. 

Las personas reales, en cambio, tienen la desagradable costumbre de ser ellas mismas. O al menos eso dicen.

Hemos llegado a un punto en el que cualquier comportamiento puede envolverse en la frase "es que yo soy así" y presentarse como una característica innegociable de la personalidad del otro. ¡Qué invento tan extraordinario... y tan perverso! Uno puede ser desconsiderado, impuntual, indiferente o tener la delicadeza de un jugador de rugby y, en lugar de plantearse si debe cambiar algo de su estropeado comportamiento, se limita a reivindicar su autenticidad.

Hemos confundido tener personalidad con no tener ninguna intención de mejorar. 

Esas son personas que hablan y callan sin pensar en las consecuencias. Sobre todo callan. Personas que, además tienen una curiosa habilidad de recordar que los demás existen justo cuando necesitan algo de ellos. Que pena ¿no?

Lo verdaderamente fascinante es que, cuanto más evidente resulta un defecto, más lo transformamos. La soberbia se convierte en carácter; la falta de empatía, en sinceridad; la indiferencia, en independencia emocional, y la incapacidad para reconocer los propios errores, en una admirable coherencia con nuestra forma de vida. Hemos llegado al punto de ser capaces (de forma inconsciente) de convertir cualquier carencia en una virtud si encontramos un nombre atractivo y una justificación válida.. 

Y, si alguien se atreve a señalarnos, siempre queda el recurso de acusarlo de no entendernos. Porque reconocer que quizá tengamos algo que mejorar exige un esfuerzo bastante mayor que repetir que somos así. O contratacar. O simplemente callar.

Hace poco escribía sobre la importancia de vivir el día a día y de atreverse a convertir la cotidianeidad en algo memorable. No hace falta protagonizar una película, recorrer medio mundo ni coleccionar experiencias extraordinarias. A veces basta con aprender algo, cambiar de perspectiva o dejar de invertir tiempo y energía en aquello que insiste en demostrarnos que no merece tanta atención. Y aquí conviene recordar algo: no todo lo que nos atrae nos conviene, no todo lo que nos resulta familiar nos hace bien y no todo lo que nos cuesta soltar merece la pena conservarlo. 

A veces no estamos ante un gran misterio por resolver, sino ante una realidad bastante sencilla que nos resistimos a aceptar. Esa persona, por desgracia, es así (y nunca cambiará).

Para ser honestos, hay que reconocer que en esta ecuación quizás hayamos hecho mal los cálculos porque cabe la derivada de que también podemos equivocarnos respecto a las intenciones del otro. No tenemos un máster en interpretar las intenciones ajenas. A veces puede suceder que llamemos defecto a lo que simplemente es una diferencia, y otras veces nos atribuimos una superioridad moral que nadie nos ha concedido. Que uno vea las cosas de una manera no significa que las cosas sean necesariamente así. De acuerdo, existe ese peligro de juzgar a la ligera. Pero, al final, la vida es demasiado corta para pasársela intentando corregir a quienes no consideran que tengan nada que corregir, aunque en realidad no deban corregirlo pero a nosotros nos hace daño. Y lo saben.

Cada cual es libre de construir su personalidad como le venga en gana, faltaría más. Y los demás somos igualmente libres de decidir cuánto espacio queremos reservarle en la nuestra. Y en ambos casos, podemos equivocarnos. 

Madurar consiste precisamente en eso: dejar de confundir el potencial de las personas con su realidad, aceptar que no somos responsables de las versiones que imaginamos de los demás y comprender que dejarlas marchar no es una derrota sino la decisión más sensata.

Así que, en lugar de seguir tirando de una cuerda que no lleva a ninguna parte, quizá convenga soltarla. Sin discursos, sin reproches y, a ser posible, sin necesidad de redactar un informe sobre las causas del abandono. Simplemente abrir las manos y que la cuerda se escape entre ellas. Al fin y al cabo, hay muchas calles por recorrer y muy poco tiempo para quedarse plantado en una esquina esperando que alguien decida convertirse en quien nunca nos prometió ser. La mejor manera de cambiar de vida no es tomar grandes decisiones, sino dejar de insistir en las pequeñas equivocaciones de siempre, girar la esquina y descubrir qué nuevos viandantes hay en el otro lado.

Por suerte, el mundo es bastante grande y las calles del barrio no acaban donde termina nuestra paciencia.


sábado, 10 de octubre de 2026

Pasar la vida esperando el momento adecuado



Hay personas que viven y otras personas que se limitan a pasar por la vida. Las primeras experimentan cuanto sucede a su alrededor, las segundas administran sus días como lo haría una gestoría del siglo pasado. Los primeros disfrutan de una tarde de domingo mientras los segundos aprovechan para preocuparse porque al día siguiente es lunes. Ambos tipos de personas parecen vivas, aunque, si miramos bien, no siempre resulta evidente.

Hemos perfeccionado tanto el arte de ocupar nuestro tiempo que apenas nos queda tiempo para vivirlo. Desayunamos pensando en el trabajo y trabajamos pensando en las vacaciones. Después, en vacaciones, los dos primeros días descansamos, recuperándonos del estrés de los anteriores once meses y, al tercer día, comenzamos a preocuparnos porque quedan menos días para volver al trabajo. ¿Por qué en vacaciones los días pasan mas rápidos que trabajando? Al regresar de esas vacaciones, necesitamos de nuevo más vacaciones. No es que estemos cansados de vivir, estamos cansados de anticiparnos a la vida. Hemos convertido vivir en una especie de sala de espera: esperamos al viernes, al verano, a la jubilación, a los cumpleaños, a que el trabajo mejore, a que mejore nuestra situación emocional y, llegado mi caso, a practicar BDSM con una maligna sonrisa en el rostro. Pero siempre pasa algo antes de que podamos empezar a disfrutar de la vida. Y posponemos las cosas, nos convencemos de que cuando todo esté en orden, entonces sí. Entonces descansaremos, viajaremos, leeremos aquellos libros que compramos hace cinco años, disfrutaremos de nuestros amigos, nuestros amantes, aprenderemos a cocinar lasaña de setas y, finalmente, nos convertiremos en esa persona tranquila y equilibrada que siempre soñamos ser.

En mis textos adoro meter la frase “el problema es que…” como reflejo de lo binario de la vida porque la vida no se queda quieta mientras nosotros acabamos de vestirnos. Siempre llegan los problemas. Y cuando solucionamos uno, aparecen otros tres. Cuando conseguimos algo que deseábamos, descubrimos que deseamos otra cosa. La felicidad tiene por costumbre de trasladarse unos kilómetros más allá cada vez que nos acercamos. Como imanes de polos opuestos. Lo extraordinario es que seguimos convencidos de que algún día tendremos la vida organizada y seremos felices. Sin imprevistos, sin preocupaciones y sin tareas pendientes. 

Mientras eso sucede, los días pasan. Somos unos autómatas preparando el desayuno mientras nuestra mente está en una espiral de violencia repasando la discusión que tuvimos ayer. Estamos en una reunión, pero pensando en lo que vamos a comer. Estamos cenando con alguien, pero estamos preocupados por algo que mañana nos parecerá menos importante.

Hemos hecho de la vida algo fascinante: estar en todas partes sin estar realmente en ninguna. Lo cual me lleva a mi teoría de que el presente no existe. Lo que existe es un continuo viaje entre el futuro y el pasado (en nuestra cabeza).

Y a toda esta imperfección humana ahora le hemos de sumar una tecnología de la que alguien nos prometió que nos haría la vida mejor pero para lo que realmente sirve es para perder el tiempo. Podemos consultar el estado del tráfico mientras estamos atrapados en él, leer las noticias mientras alguien nos habla y comprobar si tenemos mensajes mientras esperamos que alguien nos responda.

¿Os dais cuenta de que, incluso la tranquilidad, es una tarea que nos imponemos y de la que esperamos resultados? No queremos vivir mejor. Que va, eso es un engaño. Lo que querríamos es gestionar mejor nuestras incapacidades.

Vivir se ha convertido en una suscripción mensual a una App del móvil para aprender a respirar de forma zen, requiere un retiro espiritual en una isla donde el café cuesta lo mismo que un coche de segunda mano. Creemos que disfrutar del día exige levantarse a las cinco de la mañana para contemplar el amanecer. Pero no: habitar un día no es obligarse a habitarlo mediante estímulos externos (que nos vacían los bolsillos). Habitar un día consiste en prestar atención a lo que ya está ocurriendo. Nada más. Escuchar una conversación sin interrumpir al otro. Caminar sin convertir esta actividad en una carrera para subir el contador de pasos. Tomarse un café sin utilizarlo como combustible para la siguiente obligación. Sentarse junto a alguien y disfrutar de su compañía sin sentir la necesidad de consultar en nuestro móvil si el resto del mundo sigue existiendo. Son cosas sencillas y precisamente por eso las despreciamos. O no las valoramos en su justa medida. Hemos desarrollado una preferencia por todo aquello que resulta difícil de conseguir. Estamos olvidando los pequeños placeres. Nos impresiona más un viaje a un país lejano que una tarde agradable en nuestro barrio, nos impresiona más una cena extraordinaria que las comidas compartidas con quienes queremos, nos impresionan más los grandes acontecimientos que esos pequeños momentos.

Necesitamos que algo sea excepcional para concederle nuestra atención. Como si la vida cotidiana fuera una demo durante el cual podemos ir tirando hasta que empiece lo verdaderamente interesante.

La felicidad (si es que existe)  llega sin anunciarse, cuando estamos haciendo algo que no consideramos importante. Y se marcha sin despedirse, mientras nosotros comprobamos los mensajes de wahtsapp en el móvil.

Hay una cierta crueldad en descubrir que algunos de los mejores momentos de nuestra vida solo adquieren valor cuando ya han pasado. En su momento eran simplemente días normales. Días que no fotografiamos, que no celebramos y que ni siquiera nos molestamos en disfrutar demasiado porque, naturalmente, habría otros. Siempre habría otros días. 

Es una de las grandes apuestas de la humanidad: vivir como si el tiempo fuera un recurso renovable e ilimitado. Como si cada conversación pudiera repetirse, cada persona fuera a estar siempre disponible y cada tarde desaprovechada pudiera recuperarse. Nos molesta pensar en que las cosas tienen un final porque va en contra de nuestra planificación semanal. Preferimos imaginar que siempre habrá tiempo para llamar, para visitar, para decir aquello que llevamos meses pensando y para hacer las cosas que realmente nos importan. Dejar las cosas para el día siguiente, yo soy un maestro en eso. Sobre todo cuando hay problemas.

A ver, no digo que debamos vivir cada instante como si fuera el último. Eso seria agotador. Imaginad convertir una comida familiar de domingo en una despedida dramática. Imaginad convertir ese atasco de las ocho de la mañana en una reflexión sobre la fragilidad de la existencia. Relax: hay momentos que solo necesitan ser momentos. No hace falta encontrar una enseñanza en que se nos queme una tostada, porque una tostada quemada es simplemente eso: una tostada quemada. Pero hay días en que pretendemos convertir esa tostada en una metáfora.

Relax.

Por otro lado, habitar la vida tampoco significa renunciar al futuro. Tenemos responsabilidades, necesidades, objetivos y problemas que no se resuelven haciendo yoga. Hoy en día se aceptan muchos métodos de pago, desde tarjetas a bizum, pero no se puede pagar una factura simplemente con una actitud positiva.

Y aquí viene la clave de este texto que me está llevando (y os está llevando) de un lugar a otro sin demasiado rumbo: trabajar para construir una vida es diferente a sacrificar los días buscando lo que deseamos tener.

Trabajar en ello no debe ser un sacrificio. Podemos perseguir nuestros objetivos sin convertir cada momento del dia en un instrumento para alcanzarlos. Podemos aspirar a más sin despreciar lo que ya tenemos. Podemos reconocer que algo necesita cambiar y, al mismo tiempo, encontrar motivos para disfrutar del momento actual. Podemos permitirnos no hacer nada, no es conformismo sino evitar que nuestra felicidad dependa de una lista de prerrequisitos. Porque debemos aceptar que nunca tendremos todo resuelto. Siempre habrá algo pendiente, una conversación que deberíamos tener o un armario que organizar. La vida no se vuelve perfecta porque hayamos terminado nuestras tareas. Las tareas tienen la asombrosa capacidad para reproducirse de los conejos

Esperar a que desaparezcan todas las preocupaciones para empezar a disfrutar es como esperar a que deje de llover para aprender a nadar. Por eso, de vez en cuando, convendría detenernos. No para meditar, reflexionar o alcanzar un estado superior de conciencia. Basta con dejar de hacer algo durante unos minutos sin sentir que estamos incumpliendo una obligación moral. Mirar por la ventana. Escuchar la lluvia. Conversar con alguien sin consultar el teléfono. Sentarnos en una terraza y observar a las personas pasar. Encontrar a un antiguo amante y revolcarnos desnudos.

Somos criaturas contradictorias, capaces de preocuparnos por el futuro y añorar el pasado en el mismo minuto, de desear que el tiempo pase deprisa cuando estamos aburridos y de suplicar que se detenga cuando somos felices. Mi teoría de que el presente no existe: siempre yendo de los recuerdos las predicciones y vuelta a los recuerdos.

Los días van a seguir pasando. Lo harán tanto si estamos preocupados como si no. El lunes llegará, las vacaciones terminarán y el calendario continuará avanzando. ¿Qué haremos mientras tanto? Podemos seguir convirtiendo cada experiencia en una oportunidad y cada descanso en un proyecto de mejora personal. Podemos llegar al final de cada jornada con la satisfacción de haber cumplido todos nuestros objetivos. O podemos empezar a concederle al presente un poco más de atención. No hacernos promesas que acaban convirtiéndose en obligaciones.

Nunca he querido comprarme un cuaderno para escribir mis propósitos y metas conseguidas. Me parece una forma idiota de vivir. Simplemente quiero estar aquí, habitando los días, dominando, comiendo, riendo, besando, viendo una serie de Netflix.

Quizá dentro de unos años no recordemos el asunto de ese correo que parecía exigir nuestra atención. Probablemente tampoco recordaremos muchas de las cosas que hoy nos parecen urgentes. Lo que si que recordaremos es la risa de alguien, el sabor de sus labios, una conversación excitante o simplemente la tranquilidad de una tarde en la que no tuvimos que demostrar nada a nadie. Solo disfrutar de la vida.

Podemos tener una agenda impecable y una colección de objetivos cumplidos y, aun así, experimentar la extraña sensación de haber llegado tarde a todo. Una forma perversa de fracaso, especialmente teniendo en cuenta que nadie nos pidió que viviésemos la vida como si estuviésemos representando a nuestro pueblo en el Gran Prix del Verano.

Mi consejo: evitemos preguntarnos que hemos conseguido hoy, o qué nos falta por hacer, o cuánto nos queda para llegar a ese lugar donde, supuestamente, todo será mejor. La pregunta es más sencilla: ¿he estado viviendo mi vida hoy o me he limitado a pasar por ella?

Cuando termines estas líneas levanta la vista y mirar dónde estás. Sin buscar nada. Sin esperar nada. Sin convertirlo en un propósito para mañana. 

Solo estar.

Que, bien mirado, ya es bastante trabajo.


jueves, 8 de octubre de 2026

Un miedo recurrente y dos teorías de lo mas tontas

La IA, nuestra mejor amiga para ilustrar textos...



Hay momentos en la vida en los que uno empieza a pensar que debería probar aquello que lleva años mirando desde la orilla. Ese runrun que se construye poco a poco, día a día, mes a mes (me principalmente al BDSM, entre otras cosas). Ideas que dan miedo, pero que al mismo tiempo te atraen de forma sospechosa. Como si una parte de ti quisiera hacerlo y otra, más sensata (y más aburrida), estuviera detrás diciendo: “No seas idiota, podría estar tranquilamente viendo una serie de Netflix”. El problema es la creencia común de que, para armar una sólida coraza de valentía, tienen que pasar los meses, incluso los años. Y que algún día, cuando seamos más maduros, más seguros, más inteligentes, más espiritualmente evolucionados y, si es posible, ligeramente más delgados, estaremos preparados. Quizá sea cierto. Lo que nadie te cuenta es que mientras esperas a convertirte en esa persona preparada para el apocalipsis, también pasan los años y se construye una una cruel paradoja: quizá sea demasiado tarde precisamente porque llevas demasiado tiempo esperando a que sea demasiado pronto.

¡Toma ya!

Yo tengo dos teorías que me ayudan a decidirme en cuestiones así (sean relacionadas con el BDSM o no).

Una es la teoría de la hipoteca. Imagina que vas al banco y dices que quieres comprarte una casa. El director de la oficina bancaria, que ha estudiado cuidadosamente la forma en que estafarte legalmente, luce un reloj más caro que tu moto, empieza a hacer números.

 -Son 300.000 euros.

Tu asientes con la cabeza.

-Más intereses -dice a continuación.

Vuelves a asentir con la cabeza, aunque tu rostro se tuerce.

Y mientras dice “solo tendrás que pagar durante treinta años” te muestra la cifra final con una sonrisa propia de un psicópata de película barata. Cuando seas un anciano por fin el piso de 47 m2 será tuyo después de entregar una parte de tu sueldo durante media vida. Si hiciésemos las cuentas con absoluta frialdad, sin emoción, saldríamos corriendo del banco como si hubiésemos robado la caja fuerte. Cuestión de lógica. Pero como somos animales racionales, también somos ingenuos y en vez de robarles nosotros a ellos, permitimos que nos roben. Y firmamos. Y, sorprendentemente, casi todos acabamos viviendo en ese piso y pagando la hipoteca. Y no sucede porque el día de la firma, sepamos exactamente cómo serán los próximos treinta años. No sabemos qué trabajos tendremos, qué nos pasará, ni siquiera si dentro de quince años seguiremos queriendo esa cocina tan amplia que nos pareció tan importante a la hora de decidirnos a ser propietarios. Nos limitamos a repetir mentalmente el mantra del “ya veremos” mientras nos encogemos de hombros y estampamos nuestra firma en varios documentos. Porque resulta que ese “ya veremos” es una de las herramientas más poderosas de la civilización occidental. El capitalismo funciona en base a las falsas promesas y a la ingenua necesidad de alcanzarlas.
Ciertas cosas de la vida funcionan igual. Aunque las promesas sean falsas o ciertas. Hay grandes decisiones que, si las contemplas en su totalidad, te paralizan.

Aprender algo nuevo durante diez años. Cambiar de profesión. Montar un proyecto. Escribir un libro. Irte a otro país. Empezar una relación. Dejar una relación. Subirte a un escenario. Hacer algo que siempre has pensado que no era para ti… comenzar en el BDSM. Te enfrentas a esas decisiones como te enfrentas a una hipoteca. ¿Y si no funciona? ¿Y si dentro de cinco años me arrepiento? ¿Y si no soy suficientemente bueno? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si me engancho? ¿Y si tengo malas experiencias? Y la pregunta más importante de todas. ¿Y si pierdo el tiempo para nada?

Precisamente esta última duda esconde la paradoja porque también pierdes tiempo si no haces nada. Solo que esa pérdida no produce facturas, así que parece menos dramática.

Pero acabas firmando la hipoteca.

La segunda teoría es la del (autobús número) 15. He escrito varias veces en este blog sobre esa teoría, podéis leerlo AQUÍ. De todas formas os lo resumiré.

Cuando era joven, un hombre de más de cincuenta años me vio bebiendo una cerveza a las once de la mañana y me explicó que, gracias a comer sano, hacer ejercicio y comenzar a beber a esas horas, él  viviría más años que yo. Después salió del bar para continuar su ejercicio matutino (running) pero, al cruzar la calle, un autobús de la línea 15 se lo llevó por delante. Todos salimos del bar aterrorizados, después volvimos a entrar temblando por lo que acabábamos de ver. No lo voy a explicar aquí pero es imposible que una persona esté viva cuando medio cuerpo esta delante del autobús y la otra mitad bajo las ruedas traseras. Conmocionado, me pedí otra cerveza. Y después otra. Desde mismo instante, cuando alguien planifica demasiado su vida o pospone algo esperando el momento perfecto, le hablo de la teoría del 15: Puedes hacer todos los planes que quieras, pero recuerda que los autobuses siguen circulando por la ciudad. Lo que no hagas hoy, es un imposible saber si podrás hacerlo mañana.

Personalmente, tengo fe en ambas teorías. Puede parecer que estoy interesado de una forma egoísta en que la gente pruebe cosas nuevas, que se adentren en el mundo de la sumisión y lo hagan de mi mano. Da la impresión que necesito que los demás se lancen a sus pequeñas aventuras personales para sentirme mejor con las mías. Pero no es eso. O, al menos, no principalmente. Hablo de mi experiencia: demasiadas veces he esperado a sentirme preparado para hacer algo y he descubierto que la preparación era una especie de perverso espejismo. Una excusa reconfortante. 

La valentía, además, tiene una pésima reputación porque solemos imaginarla como una sensación. Como si los valientes se levantaran una mañana y dijeran “vamos a ello, hoy no tengo miedo de nada”.  Pero no funciona así. La valentía consiste en probar algo mientras todavía tienes miedo. Y luego repetirlo. Y finalmente descubrir que aquello que parecía imposible hace cinco años ahora es la rutina de los martes.

Por eso me gusta la teoría del 15. Por eso me gusta la teoría de la hipoteca. No porque haya que comprometerse con absolutamente todo (eso sería una forma estúpida de organizar nuestras vidas), sino porque a hemos de preguntarnos qué pasaría si comenzásemos algo sin exigirnos ser tan analíticos como una calculadora científica.

Prueba. Dale un año. O dos. O treinta, si resulta que has comprado una casa. Pero empieza. Porque dentro de treinta años probablemente vas a ser otra persona. Incluso el año que viene. Y puede que esa persona esté encantada de que empezaras hoy. O puede que no. Ese es precisamente el trato que debes hacer contigo mismo. Pero recuerda que no sabemos nada, ni tu ni yo ni nadie. La gente que parece saberlo está, en muchos casos, vendiendo cursos con el titulo "si sigues mis consejos te enseñaré como ganar 30.000 euros en un mes”. ¿Si eres capaz de hacer eso porque estas vendiendo cursos de 100 euros en tik tok?

Quizá ahí esté la parte verdaderamente absurda de todo porque esperamos sentirnos seguros antes de empezar, cuando la seguridad probablemente solo aparece después de haber empezado.

Hay cosas que dan miedo y algunas esas cosas, además, nos atraen. Entre la curiosidad y el miedo suele haber una pequeña puerta que a veces parece tan sólida como la de la caja fuerte de un banco. El error común es que siempre esperamos para derribarla y, después, cruzar el umbral. Pero resulta que, a veces, basta con abrirla un poco, aunque solo sea para echar un vistazo a lo que hay dentro. Aunque luego decidamos que aquello es una idea terrible y volvamos corriendo a la seguridad del sofá de nuestra casa. Pero al menos habremos entrado, habremos mirado. 

Descubrir, de repente, que estábamos equivocados cuando pensábamos que era demasiado pronto porque la verdad es que llevábamos demasiado tiempo esperando a que fuera demasiado tarde.

(Lo reconozco, hay que leer esta frase mas de una vez y aun y así sigue pareciendo confusa. Pero quería escribirla para dar la impresión de que soy un alguien inteligente. No lo soy, creedme.)

Y hasta aquí este texto. Releyéndolo me siento como uno de esos vendehúmos que ofrecen cursos online para ganar dinero o, aun peor, me siento como alguien que quiere empujar a toda costa a la gente a probar el BDSM. Pero no es lo uno ni lo otro. Quizás haya un poco de lo segundo, no voy a negar cierto interés en empujar a la gente a probar. Pero este texto pretendía ser una reflexión vital sobre los miedos y la valentía. 

Espero haberlo conseguido.

viernes, 2 de octubre de 2026

La paradoja del placer ajeno



-Pégame fuerte, en el estómago -dice ella.

¿Debería? Si analizamos la pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño. ¿Debería?

-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó yo.

-Porque me lo merezco.

-Quizás sea yo quien deba juzgar eso no tu.

El castigo lo impone una persona sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de aprendizaje.

Porque, para mí, el castigo solo tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.

Hay personas dominadas que buscan el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre, es algo acordado.

Pero este texto no va sobre los brats. De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo: ¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez de la noche.

Mi problema es bastante más sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto realmente provocando dolor.

Puedo comprender perfectamente que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy distinta es sentirlo uno mismo.

Y ahí aparece la pequeña paradoja porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).

 

Y quizá ésa sea la parte que me resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor en sí mismo.

De modo que la cuestión no es si debo hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.

Por eso, cuando adopto el rol de dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.

Existe la idea común de que un sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea, mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad, es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el espectador, la mirada siempre cambia.

¿Qué clase de juego de roles sería si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el otro obedece?

Si la persona sometida encuentra su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente cómodo.

No todo aquello que uno hace por el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.

Esa es, supongo, una de las peculiaridades de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con ello.

Así que retraso el brazo y golpeo con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo, acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con dificultad.

Una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

De esto se trata el BDSM. Por esto me gusta el BDSM.


domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


viernes, 4 de septiembre de 2026

La verdad


Te gusta que te abofeteen, te insulten, te humillen, te usen… te gusta sentirte usada, porque sentirte usada significa también sentirte útil frente a la persona que te esta usando. Olvidas los problemas del día a día, centrándote simplemente en obedecer. Que ya es mucho... 

Eres dura, te disgusta que sean duros contigo, pero lo aceptas como esa parte del juego. Cuanto más duros sean, mas valor tiene lo que haces.

Cuando te golpean o te excitas, gimes como una gata en celo. Es lo que mejor recuerdo, lo que mas me gustó. Aunque tú no eres una gata, eres una perra a al que le encanta que le ponga un collar y la traten como un animal que camina a cuatro patas.

Siempre que nos vimos me prometiste que me darías placer, pero al final fuiste tu la que obtuvo el placer. Si llevo la cuenta de cuantas veces te corriste tu y cuantas yo, me ganas por una absurda goleada. Pero el placer no siempre consiste en el orgasmo. El placer radica en el acto de usar o de ser usado. En golpear y recibir el golpe con estoicidad. En que te insulten y encontrar el placer en esa humillación verbal porque sabes que hay algo de verdad cuando te ponen adjetivos como perra, sucia, puta o arrastrada.

Cuando te abofetean y te dicen que no sirves para nada, tu cuerpo se arquea, se separa un poco del amo y asientes, siempre sin dejar de gemir. De nuevo sabes que forma parte de esa humillación verbal que es una practica del BDSM, pero también porque te gusta pensar que hay algo de verdad en toda esa humillación. Una verdad incómoda que te hace sentir libre.

Cuanto más sumisa, más libre. De eso se trata todo esto. No de golpes, orgasmos ni vendas en los ojos.