jueves, 23 de abril de 2026

“En la colonia penitenciaria” de Franz Kafka: sadomasoquismo sin erotismo



Hay textos que no necesitan de escenas sexuales para hablar del deseo. Yo que escribo toto tipo de textos, puedo corroborar que eso es posible. Difícil, pero posible. ¿Por qué entonces siempre hablamos de sexo cuando hablamos de deseo? Porque es lo mas obvio, lo más sencillo para hablas de deseo. Pero no todos somos Franz Kafka, quien tenía mas recursos que el resto y supo plasmar ese deseo sin ni un solo componente sexual. Sucede en el cuento “En la colonia penitenciaria" donde nos encontramos con un sadomasoquismo que no tiene nada que ver con el cuero ni con los látigos, sino con algo mucho más inquietante: la obediencia. El dolor como gramática. El cuerpo como superficie de escritura. Y si, has leído bien: el cuerpo como superficie de escritura y los momentos donde Kafka describe eso son difíciles de leer por terriblemente explícitos.

Para entender esta tendencia kafkiana hacia el castigo ritualizado que expone en el cuento, hay que explicar la profunda impresión que le causó a Kafka la lectura de “El jardín de los suplicios” de Octave Mirbeau donde Mirbeau convierte la tortura en algo estético. El escenario de un jardín donde el dolor florece como una forma de arte macabro. No hay erotismo explícito, pero sí arte literario coreografiado alrededor del sufrimiento que Kafka reconoció como un espejo de sus obsesiones. Le gustó la idea pero no el escenario. Le gustó el fondo pero no la forma, así que Kafka decidió coger esa idea y llevársela a su campo: el del poder de las administraciones.

En la colonia penal descrita por Kafka en su cuento, el sadismo no es un impulso carnal, no tiene nada que ver con el placer del BDSM ni con los deseos ocultos de los oficiales torturadores. Aquí el sadismo es administrativo. La máquina (una criatura de agujas y engranajes), además de torturar, educa al torturado (porque graba en su piel la ley hasta su muerte). Además, el oficial que aplica el castigo no disfruta del sufrimiento ajeno. Pero sí que disfruta de la pureza de ese castigo administrativo que está aplicando, goza con la exactitud con la que la ley se imprime en la piel del condenado. Es el sadismo frío de la burocracia, que los oficiales ejecutan con la alegría de quien cree estar haciendo lo correcto para la sociedad. Es un placer administrativo.

Eso es lo que mas aterra en la novela: el verdugo kafkiano no es un monstruo, es un simple funcionario que se somete con devoción a un sistema, quien venera a una terrible máquina como si fuera un dios. Y, sin ánimo de hacer aquí un spoiler, la decisión final del funcionario no es un acto heroico, sino un gesto de sumisión absoluta hacia el sistema,

Kafka describe todo esto con la inteligencia de quien entiende que el masoquismo no es el gusto por el dolor, sino la fidelidad a una idea. Y aquí es donde volvemos a Mirbeau y su “El jardín de los suplicios” donde la tortura es un ritual que necesita espectadores; en Kafka, la máquina también exige un público, aunque sea uno solo (el funcionario que acciona la maquina). En ambos casos, el castigo es la representación de la ley. La diferencia es que Mirbeau lo hace desde la estética, mientras Kafka lo hace desde la lógica implacable de la administración. Como una versión breve y perversa de su novela “El Proceso”.

La máquina, por su parte, funciona como un vínculo sadomasoquista que une la ley (dominante), el cuerpo (sumiso) y el ritual (la coreografía del castigo). No hay erotismo, pero sí hay una estética del poder que recuerda a la simbología del BDSM: reglas, roles y ceremonias. 

«Nella colonia penale» (ilustración de Luigi Serafini)
«Nella colonia penale» (ilustración de Luigi Serafini)


Kafka, que siempre escribió desde la frontera entre lo jurídico y lo humano, convierte el castigo en una escena íntima. Lo que verdaderamente importa en esa colonia penitenciaria no es el placer, sino la fascinación por la autoridad. El relato es una parábola sobre la obediencia llevada al extremo, sobre la maquinaria del poder que necesita cuerpos para justificarse, sobre la devoción ciega a un sistema que ya no recuerda por qué existe. De ahí ese sorprendente final donde uno de los funcionarios se entrega voluntariamente a la máquina como forma de veneración de la ley pues ha fallado en su propósito y ha dejado escapar a un culpable (aunque posible inocente). El dolor es el castigo necesario para aquellos que incumplen la ley, sean quienes sean. 

Mirbeau le mostró a Kafka un jardín como escenario de sadomasoquismo. Kafka, fascinado por la propuesta de Mirbeau, convirtió el jardín en una oficina de la administración.

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