Mostrando entradas con la etiqueta La señora F. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La señora F. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de septiembre de 2026

La verdad


Te gusta que te abofeteen, te insulten, te humillen, te usen… te gusta sentirte usada, porque sentirte usada significa también sentirte útil frente a la persona que te esta usando. Olvidas los problemas del día a día, centrándote simplemente en obedecer. Que ya es mucho... 

Eres dura, te disgusta que sean duros contigo, pero lo aceptas como esa parte del juego. Cuanto más duros sean, mas valor tiene lo que haces.

Cuando te golpean o te excitas, gimes como una gata en celo. Es lo que mejor recuerdo, lo que mas me gustó. Aunque tú no eres una gata, eres una perra a al que le encanta que le ponga un collar y la traten como un animal que camina a cuatro patas.

Siempre que nos vimos me prometiste que me darías placer, pero al final fuiste tu la que obtuvo el placer. Si llevo la cuenta de cuantas veces te corriste tu y cuantas yo, me ganas por una absurda goleada. Pero el placer no siempre consiste en el orgasmo. El placer radica en el acto de usar o de ser usado. En golpear y recibir el golpe con estoicidad. En que te insulten y encontrar el placer en esa humillación verbal porque sabes que hay algo de verdad cuando te ponen adjetivos como perra, sucia, puta o arrastrada.

Cuando te abofetean y te dicen que no sirves para nada, tu cuerpo se arquea, se separa un poco del amo y asientes, siempre sin dejar de gemir. De nuevo sabes que forma parte de esa humillación verbal que es una practica del BDSM, pero también porque te gusta pensar que hay algo de verdad en toda esa humillación. Una verdad incómoda que te hace sentir libre.

Cuanto más sumisa, más libre. De eso se trata todo esto. No de golpes, orgasmos ni vendas en los ojos.


lunes, 31 de agosto de 2026

Soñar con ella



Después de volver a escribirme ayer con la señora F, tras varios años del saludable ejercicio que consiste en “enfadarte e ignorar”, por la noche soñé con ella. No es una licencia literaria, tampoco una forma de decir que estuve pensando en ella antes de dormir. Literalmente soñé con ella. Tras varios años de incómodo silencio mi cerebro consideró que el momento adecuado para reabrir la carpeta “Señora F” era durante el sueño, que es cuando uno está especialmente indefenso. Cuando algo me produce un cierto impacto emocional (volver a saber de ella resultó ser bastante más impactante de lo que mi razón habría previsto), mi cerebro decide continuar con el asunto por su cuenta y riesgo mientras yo cierro los ojos y los ronquidos comienza a invadir el dormitorio.

Recuerdo perfectamente el sueño. 

Esto también suele sucederme o, al menos, eso me gusta pensar, porque hace poco descubrí que cualquier capacidad de recordar nuestras aventuras nocturnas tiene un inconveniente: parece que lo que recordamos son tan solo los últimos minutos antes de despertarnos. No la película completa que nuestro cerebro ha estado proyectando durante la noche.

Así que, en resumen: mi cerebro recibió información emocional nueva, decidió procesarla durante la noche y, como colofón, me entregó por la mañana un informe perfectamente detallado que probablemente era una reconstrucción de los últimos cinco minutos. La eficacia de mi cerebro resulta sorprendente, sobre todo, porque cada día soy más tonto.

¿Qué soñé? He estado dudando si contarlo aquí o no. No por respeto a la privacidad de otra persona, porque estamos hablando de un sueño y, por tanto, asumo que tanto jurídica como moralmente, mis sueños me pertenecen en régimen de plena propiedad intelectual. Y punto. Además, se lo he contado a la Señora F y, para mi sorpresa (o quizá no tanto), quiere leerlo. Creo que ahí está precisamente el motivo por el que le dije que había soñado con ella. Porque fue un sueño erótico bastante sucio y, en cierta manera, decirle que he soñado con ella y contarlo aquí es una forma de provocarla. Recuerdo que me encantaba provocarla. Hay cosas que, al parecer, sobreviven a los años de incómodo silencio. ¿Por qué me ha dicho ella que quiere leerlo? No creo que sea porque esté deseando que la provoquen. Sería una interpretación egoísta por mi parte. Supongo que será esa clase de curiosidad inocente que lleva a una persona a pedir que le cuenten qué ha soñado alguien con ella después de años sin hablar. Eso es… curiosidad. 

La explicación más sensata, siempre es la menos divertida.

Sea como sea, voy a ello: lo primero que recuerdo del sueño es estar parado frente a la puerta de una casa, en una planta de un edificio antiguo. No era el lugar donde, en el pasado, la señora F me recibió arrodillada, con los ojos vendados y la boca abierta. Esta vez mi subconsciente había tenido la delicadeza de cambiar de escenario. La puerta estaba entreabierta. Empujé y, naturalmente, no había nadie. Solo un pasillo lleno de juguetes infantiles. No me preguntéis por qué. Supongo que, después de decidir que iba a montar una escena erótica, mi subconsciente pensó sería divertido sembrar el camino de juguetes infantiles. Así que allí estaba yo, avanzando y sorteando juguetes como quien atraviesa el pasillo de una guardería hasta llegar a un comedor iluminado con velas. 

Después del pasillo de juguetes, lo siguiente que necesitaba la escena era una iluminación romántica. Todo perfectamente normal al menos dentro de los estándares de mi cerebro enfermo. En el centro, completamente desnuda y con una venda cubriéndole los ojos estaba la Señora F. Recuerdo que me abalancé sobre ella y le di una bofetada tan fuerte que la tiré contra el suelo. ¿Por qué soñé eso? No creo que fuese violencia nacida de la frustración alimentada por años de silencio. La Señora F era una sumisa que le gustaba ser abofeteada, usada, humillada, golpeada, escupida, insultada… ese golpe no había sido más que un “hola".

Recuerdo que me obsesioné en su momento con sodomizar a la Señora F y nunca pude hacerlo. Quizás esa fue la causa de nuestro desencuentro, quería hacerlo y quería hacerlo ya y cualquier negativa era una ofensa que alimentaba mi frustración. Ahora soy otra persona, pero, de todas formas, en el sueño, separé sus nalgas en el suelo, escupí en su culo y la sodomicé con fuerza mientras la humillaba verbal y físicamente intentando reducirla a un simple agujero que usar, que sintiese que su culo siempre me había pertenecido.

De repente, estábamos en otra habitación ella de rodillas encima de una cama, con mi polla en su boca. Recuerdo que sus mamadas eran magnificas, pero cuando me la chupaba, se excitaba demasiado y entonces comenzaba a perder el control. Había que frenarla constantemente. A golpes, claro.

Una vez más, sin que mi subconsciente entendiese sobre transiciones narrativas, estábamos ahora en un sofá, abrazados. Y alrededor del sofá estaba todo el mundo que queremos: familia, amigos, parejas, exparejas… un comité de supervisión emocional dispuesto a contemplarnos sin más. Nadie decía nada. Nosotros tampoco. Seguíamos abrazados, como si aquella fuera la cosa más natural del mundo y no una situación demasiado incómoda. Ella seguía llevando el antifaz que le cubría los ojos.

Y, curiosamente, eso parecía tener bastante más sentido que todo lo demás. Porque si hay algo que caracteriza a los sueños es esa capacidad para presentarte una situación completamente absurda y conseguir que, mientras estás dentro, te parezca perfectamente razonable hasta que te despiertas y piensas: ¿pero qué demonios estaba haciendo allí toda esa gente?

Alguien pica a la puerta, me levanto, estoy desnudo, cruzó con vergüenza ese grupo de conocidos y voy a la puerta, es la puerta de mi casa ahora. La abro, la Señora F está al otro lado. Sonriendo.

-¿Vamos a un buen restaurante? -pregunta

-Vamos -contesto.

En el ascensor nos besamos. Al salir a la calle, resulta que está llena de gente, pero todos están mirando un eclipse de Sol. Vamos a un restaurante, pedimos y, a partir de ahí, el sueño empieza a tomar una dirección bastante más interesante. La Señor F se desliza bajo la mesa y comienza a comerme la polla y entonces…

SUENA EL DESPERTADOR.

Así, sin más. Sin créditos. Sin final. Sin la más mínima consideración por mi pene erecto a punto de explotar. Creo que sucedió así. O quizá no exactamente. Puede que mi memoria haya hecho lo que suele hacer con los sueños: coger una sucesión de escenas inconexas, mezclarlas alegremente y después convencerme de que aquello ocurrió exactamente así. Prefiero fingir que mi subconsciente es una entidad independiente y caprichosa que toma sus propias decisiones mientras yo duermo. Es una explicación más elegante que admitir que, después de volver a saber de ella tras varios años, mi cerebro decidió dedicar parte de la noche a ponerse creativo.

Lo importante es que me he levantado con el pene erecto y una mala hostia considerable. No es la mejor combinación para empezar a trabajar después de un mes de vacaciones. Uno espera reincorporarse progresivamente a la rutina, recuperar horarios, aceptar poco a poco que la vida laboral existe… No que el primer problema del día consiste en explicar a tu propio cuerpo que el sueño ha terminado y que, lamentablemente, la jornada laboral empieza igualmente.

¿Qué he hecho Masturbarme finalizando el sueño con mi imaginación y en la boca de la Señora F. 

Mejor llegar tarde al trabajo que empalmado…


domingo, 30 de agosto de 2026

La vuelta de la señora F


Hace mucho que no sabía nada de ella. Cinco años, quizá alguno más. El tiempo, tiene la mala costumbre de pasar. Pero la recuerdo perfectamente. Entre otras cosas porque fue la última persona con la que disfruté de verdad siendo amo (o jugando a serlo, que a estas alturas tampoco vamos a ponernos académicos). Todo lo que vino después fue, en mayor o menor medida, un intento de repetir el pasado con ella y con otras que la precedieron.

Muchos os preguntaréis qué pasó  para dejar pasar todo este tiempo. Lo de siempre: las prisas, las expectativas y las ganas son un combustible maravilloso hasta que te explotan en la cara. Cuando las ganas se convierten en frustración, la razón muere ahogada. Y acabamos mal. No pasó nada especialmente grave, pero tampoco nos despedimos como dos personas civilizadas. Hubo reproches virtuales, algún que otro mensaje desafortunado y, finalmente, silencio. La forma en que se gestionan muchos desencuentros en el siglo XXI: dejamos de hablarnos sin vernos las caras y confiamos en que el tiempo haga el trabajo sucio.

Y lo hizo. Durante unos cinco años. Hasta hoy que me ha escrito, creo que simplemente para saber de mí. Ni otros motivo. Hemos hablado de nuestras vidas, de cómo estamos, de lo que ha pasado durante todo este tiempo. Sin reproches, sin esa necesidad tan humana de demostrar quién tuvo razón. Eso ha sido lo mejor. Como si no hubieran pasado cinco años, sino cinco minutos. Aunque eso también me ha desconcertado. Algo me dice que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, nosotros seguimos exactamente en el mismo punto en el que lo dejamos. Y todavía no sé si eso es una buena noticia magnífica o una señal inequívoca de que estamos condenados. De que hemos perdido cinco años sumidos en la cotidianeidad de Matrix.

Reconozco que me he emocionado. He imaginado muchas volver a dominarla. ¿Por qué ella y no otras? No tengo ni la más remota idea. Hay personas que pasan por nuestra vida y desaparecen. Y hay otras que, por alguna razón, se quedan instaladas en algún rincón de la cabeza y no conseguimos olvidarnos de ellas. Debería haberle escrito muchas veces. No lo hice. Bueno, no exactamente: hace unos cuatro años la vi cruzando un semáforo desde mi coche. Le mandé un mensaje diciéndole que la había visto. Su respuesta fue tan cálida como sumergirse desnudo en las aguas de un fiordo noruego. Supongo que no era el momento. Supongo que me lo merecía.

Ella lee este blog y sabe que hay bastante de ella escondida entre algunos de estos textos. Incluso existe una sección llamada “La señora F”. Quizás no sabía que era ella. Si es así, enhorabuena: acabas de descubrirlo.

Me ha pedido que escriba cómo me he sentido al volver a saber de ella. Podría hacer un tratado haciendo gala de ese psicólogo de marca blanca que que creo ser. Prefiero ahorrároslo. Lo resumiré en unos cuantos adjetivos: sorprendido, contento, curioso, excitado, emocionado, dubitativo e ilusionado. Aunque no son emociones completas. Son más bien pequeños trozos de emociones que se han mezclado entre ellas.

La señora F tenía una maravillosa costumbre: cada día me enviaba una fotografía después de la ducha, con una toalla en la cabeza, completamente desnuda y siempre sonriendo. Borré todas aquellas fotografías hace tiempo. Mi memoria, en cambio, decidió hacer una copia de seguridad. Y allí siguen. Soy capaz de recordar cada centímetro de su piel.

¿Y ahora qué? No tengo ni idea.

Supongo que, si ahora mismo me dijese que fuera a su casa, probablemente saldría disparado antes incluso de haber terminado de leer su mensaje. Hay cosas que cinco años no consiguen curar del todo. Volvería a retomar lo que dejamos. A pesar del tiempo. A pesar del desencuentro. A pesar de todo lo que ha cambiado. Es lo primero que siento al saber de ella. ¿Por qué? Algunas cosas no queremos recuperarlas exactamente como fueron. Queremos descubrir qué podrían ser ahora. Retomar una ilusión antigua con una vida nueva. Recuperar aquella excitación, aquella complicidad, aquella sensación de estar haciendo algo que quizá no deberíamos hacer y, precisamente por eso, resultaba tan difícil de olvidar. Pero hay otra parte de mí que tiene un miedo atroz de repente. Miedo de proponer algo y reducir su acercamiento, sus emociones y su curiosidad en una oportunidad egoísta. Porque ella ha vuelto a aparecer como persona, no como recuerdo, y no quiero cometer el error de confundir ambas cosas. Y, sobre todo, porque hace mucho tiempo que abandoné la frustración. La dejé atrás. La jubilé. O eso quiero creer. Y sospecho que ella sería la única persona capaz de hacerla volver diciendo una sola palabra: “no”.

Así que aquí estoy. Con más años, probablemente algo más de sentido común y exactamente las mismas dudas que entonces. No sé qué ocurrirá. No sé si esto será simplemente una conversación que llega cinco años tarde, el principio de algo nuevo o simplemente una pequeña visita del pasado para recordarme que hay historias que nunca terminamos de cerrar y, si se cierran, se han de cerrar con un buen sabor de boca.

Hoy he vuelto a saber de la señora F. Y, sinceramente, después de cinco años, eso ya me parece suficiente motivo para decir una cosa: 

Hoy es un buen día.


domingo, 20 de agosto de 2023

Los diferentes puntos de vista


A ella le gusta ser humillada, no solo le gusta sino que lo necesita. Una humillación que nace de la voluntariedad del sometimiento a otro. En nuestra vida, en ocasiones, recibimos humillaciones que nos hacen bajar la cabeza y apretar los dientes o comenzar a sacar vapor por nuestros oídos cual olla exprés. Pero la humillación que ella necesita es la que la obliga a estar desnuda y arrodillada mientras el hombre la menosprecia, le tira del pelo, la arrastra, la usa, la insulta, la golpea... una humillación que, a diferencia de la no buscada, esta humillación hace que su entrepierna se moje y la mujer aúlle como la perra que desea ser. ¿A quien podría confesarle eso? A casi nadie. Por eso necesita que quien vaya a humillarla entienda lo que significa esa humillación para ella.

En la vida, si alguien nos humilla, perdemos la respiración. Pero ella, cuando ejerce de sumisa, si alguien la humilla, es como salir al aire libre y dar una bocanada de aire fresco. Ese aire helado que nos quema por dentro pero también nos renueva. Nos hace sentir vivos.

Perra y humillada. Algo que fuera de contexto es una sinrazón cercana a lo insalubre pero que, cuando es sumisa, se convierte en la gasolina que le permitirá seguir unas semanas mas recordando la ultima vez que sucedió, aguardando la próxima vez... 

La teoría de que no vivimos el presente sino que rebuscamos en el pasado para teorizar sobre el futuro de las cosas, olvidándonos del ahora... es la realidad de casi todos. Mi realidad, tu realidad y la realidad de ella, también la realidad del resto. ¿Cómo conseguir vivir el presente? Encontrando algo que te haga olvidar del pasado y del futuro, ese algo que conecte con tu esencia interior.

Para esa mujer es la humillación, el sentirse útil, el dar placer... el imagina que el mundo, ahora mismo, se reduce a cuanto sucede en esa habitación.

La próxima vez que acudáis a un estadio de futbol a gritarle insultos humillantes al deportista rival... la próxima vez que alguien os humille o humilléis a alguien en una cena de amigos o en una reunión de trabajo, incluso con familiares o con la pareja... la próxima vez que humilléis a un camarero aunque sea involuntariamente... recordad en todos esos momentos y recordad que la señora F vive la humillación de una forma tan sana que ninguno de nosotros debería ni atrevernos a juzgarla.

miércoles, 15 de febrero de 2023

El culo de la señora F. (relato)


La señora F está desnuda, a 4 patas encima de la cama de matrimonio de su casa, ella misma se ha colocado con cuidado una venda en los ojos, sonriéndose pícaramente en el espejo antes de dejar de ver. Ha anudado con fuerza el pañuelo tras su cabeza. La señora F tiene el pelo corto y negro, también tiene ojos de niña que acaba de hacer una travesura. La misma travesura que está a punto de hacer. Ha puesto la calefacción de la casa, va a estar un buen rato desnuda, lo sabe, lo desea. También ha dejado la puerta entreabierta, justo después de que el hombre que viene a usarla oprimiese el botón de su piso en el portero automático, después ha dejado toda la casa a oscuras a excepción del dormitorio, iluminado tenuemente con velas. Porque lo sucio también puede ser romántico, o viceversa.

La señora F está temblando, involuntariamente, aunque incluso ese temblor es algo agradable. Acaba de entrar en ese estado donde el miedo, el dolor, la duda o cualquier otra sensación objetivamente negativa se convierte es subjetivamente positiva. En puro placer. Ese es el poder de adoptar el rol de sumisa: entrar en un mundo donde no debe pensar en nada, donde todo es excitante. Si un cliente entrase en su establecimiento y la abofetease, posiblemente se echaría a llorar y llamaría a la policía, el trauma duraría semanas. Si su amo la abofetea ella alcanza el orgasmo.

De repente escucha la puerta de la entrada cerrarse, unos pasos en el pasillo y a su amo entrando en la habitación. En realidad no es su amo, es un amo con el que antes tuvo alguna que otra experiencia excitante. ¿Qué es lo que convierte a un amo en tu amo? ¿La continuidad? ¿El compromiso? Eso le da igual ahora mismo. Es mas, lo prefiere así, saber que esa persona, de vez en cuando, puede usarla y devolverla a una ficción donde todo parece negativo pero todo es positivo.

-Hola sumisa.

-Hola amo.

Las manos frías de su amo abren sus nalgas, seguramente está observando su culo. Ese amo (no su amo) parece obsesionado con follarle el culo. No lo ha hecho aun, estuvieron a punto, pero su culo continuó a salvo durante unos meses más. El amo escupe dentro de su culo y mete un dedo lentamente. El placer es inmenso, un placer mezclado con miedo que hace que su culo se cierre y el dedo parezca molesto, no es capaz de relajarse imaginando que ese tipo solo quiere y va a romper su culo. Lo desea pero le aterra. Y este miedo, a diferencia de los otros miedos, es bloqueante. Necesita mas tiempo.

El amo saca el dedo de su culo y lo desliza hasta su coño totalmente mojado, comienza a masturbarla. La señora F no puede evitar que los gemidos escapen por su garganta. El amo la coge con fuerza del cuello y la abofetea.

-No quiero que te corras -ordena el amo- estás en tu casa desnuda y a 4 patas para que yo utilice tus agujeros y me corra, no para que tu te corras.

Apenas puede respirar, ni hablar, la mano del amo atenaza su garganta. La señora F asiente con la cabeza.

Entonces el amo se estira en la cama y ella escucha como él baja la cremallera de su pantalón.

-Ahora haz eso para lo único que sirves, inútil.

La señora F intenta localizar el pene con sus manos, cuando lo hace lo engulle sin pensarlo. La mamada dura mas de media hora y cuando aquel hombre eyacula en su boca, la señora F sonríe sin sonreír, salta de alegría estando inmóvil y da gracias a la vida sin decir ni una palabra.

Porque ahora da igual todo.

martes, 14 de febrero de 2023

La vuelta de la señora F (relato)


La señora F vuelve a estar arrodillada en la entrada de su casa, como meses atrás. Han pasado demasiadas cosas y no todas han sido buenas. Quizás ese sea el motivo por el que está repitiendo esta rutina. Aunque eso la aterra y la entristece a partes iguales porque se convertiría en un motivo que dibuja a trazo fino una realidad donde las cosas no tan buenas seguirán ahí y solo podrán ser contrarrestadas por momentos de puntual locura. Como el de ahora.

La señora F vuelve a estar arrodillada y desnuda. Una desnudez que nunca la ha molestado. Le apetece mostrarse completamente desnuda a quien la va a dominar. Es como transmitir la idea de que, desnuda, nada puede ocultar.

La señora F vuelve a estar arrodillada, desnuda y con una venda en los ojos. Y esa sensación, o mejor dicho, la perdida de ese sentido es lo que le da sentido a absolutamente todo. Porque expuesta y, sobre todo, sin poder ver, genera una sensación de falta de control que es uno de los motivos que la ha llevado a volver a estar ahí. Todos esperan que ella, mujer fuerte donde las haya, solucione los problema del ecosistema que la rodea. Todos la ven como aquel quien tiene la fuerza necesaria para cambiar las cosas y tomar decisiones. Pero cuando la toma de decisiones implica daño o error, todos miran hacia otro lado y la señora F debe tragarse sus lágrimas en soledad. Por eso adora perder el control durante unas horas. No tiene que pensar, no tiene que tomar ninguna decisión que afecte a nadie. No hay riesgo. Solo placer y obediencia.

La señora F vuelve a estar arrodillada, desnuda, con una venda en los ojos y la boca abierta. Escucha como su amo, o al menos ese que lo fue, ha vuelto y está bajando la cremallera de su pantalón. Ella sonríe satisfecha, siente su sexo mojado y palpitando. La señora F solo quiere que aquel hombre la coja del pelo y le folle la boca mientras la abofetea, le castiga los pezones y la humilla porque para la señora F ese es el mejor momento del día, de la semana, del mes y quizás del año. El hombre mete su pene en la boca de ella y el circulo se cierra. Ahora solo debe cumplir su tarea, no hay mas pensamientos que ese.

La señora F vuelve a estar arrodillada, desnuda, con una venda en los ojos, la boca abierta y la polla del amo dentro.

jueves, 14 de octubre de 2021

La buceadora

Artista interpreta deslumbrante baile subacuático en la piscina más  profunda del mundo

La sumisa está arrodillada en el frío suelo. Está completamente desnuda a excepción de un collar que rodea su cuello y del que salen dos cadenas que acaban en sendas pinzas capturando sus pezones. También lleva una venda en los ojos. ¿Consideramos la venda de los ojos y el collar con cadenitas como vestuario? Imagino que no porque salir vestida así a la calle significaría salir desnuda. 

La sumisa está exhausta, sudorosa y temblando de frío. Lleva más de dos horas practicando sexo oral a su amo que está sentado en el sofá. El amo se ha corrido varias veces en su boca, pero ella nunca se ha detenido, como le ordenó él antes de la sesión. Le duelen tanto las mandíbulas que imagina que cuando salga a la calle no podrá ni decir "hola". ¿Es esto lo que ella deseaba? Puede que desee mucho más, pero lo que también desea es volver a ser ella misma. Ser una sumisa desnuda y agotada, pero sentir que es una sumisa que ha recuperado el control.  Demasiados años doblegándose a las voluntades de otros sin argumentar ni un reproche pero tampoco ningún deseo. Y ahora está ahí, pasando por el trámite de sentirse examinada, como en una primera entrevista de trabajo. Pero sabiendo que, antes de entrar por la puerta, el trabajo ya era suyo. Sabiendo también que en este nuevo trabajo, podrá actuar como ella es en vez de ser el muñeco de un ventrílocuo.

Confundimos la necesidad de tomar aire con la necesidad de volver a nuestra esencia. Por mucho que el buceador salga a tomar aire, sigue siendo un buceador. ¿Pero y si en vez de un buceador quieres ser una sirena? Porque por mucho que tomes aire no te convertirás en una sirena hasta que te despojes del traje de neopreno, las aletas y las gafas. ¿Y si el buceador es en realidad una sirena? Entonces solo necesita un mar cristalino donde nadar, ajena a la falta de aire o a la oscuridad del fondo del océano.

A la mujer le gustaría ver la expresión de su amo, pero sigue con los ojos vendados. ¿Estará satisfecho con ella? Se ha corrido varias veces en su boca, si, pero eso es satisfacción física, tan solo esto. Y cualquiera con una mínima habilidad puede conseguirlo.

La mujer sonríe, consciente de que este primer paso es justamente lo que había estado buscando de forma inconsciente en los últimos meses: nuevos retos, nuevas sensaciones, sentir que está nadando en un mar nuevo en vez de buceando en la misma oscuridad de siempre. ¿Y si sale mal? Si imaginas que algo va a salir mal entonces no salgas de tu cama cada mañana porque el hecho de respirar ya implica que algo puede salir mal.  Todo placer nuevo trae nuevos inconvenientes. El secreto consiste en la decisión: decidir si quieres quedarte con lo conocido o arriesgarte con lo nuevo. Quizás ambos. Tampoco es una mala solución.

La mujer respira profundamente y espera a que su nuevo amo diga algo. Entonces solo escucha una pregunta que viene de él:

-¿Que es lo que más deseas, sumisa?

martes, 12 de octubre de 2021

Breve encuentro

Ayuda con estos gifs! - Poringa!

La perra me está esperando en el recibidor de su casa. A mí, a nadie más. Utilizando el posesivo diría "mi perra me está esperando". Porque el BDSM es posesión.

He dicho "perra" porque a las personas se les llama por su nombre. Si os vais a escandalizar por llamar perra a una mujer en un contexto como el que nos ocupa, entonces mejor dejad de leer y volved a vuestros quehaceres. 

Retomo: la (mi) perra me está esperando en el recibidor de su casa. Empujo la puerta entreabierta y la encuentro de pie, vestida, con una venda en los ojos y una vela en el suelo iluminando la estancia. Es más pequeña de lo que imaginaba. Mejor. Me gusta la gente pequeña. Cierro la puerta, la cojo del cuello y digo "hola perra" antes de besarla en los labios. Pronuncio las palabras con una deliberada debilidad, casi el susurro de un adolescente. Todo tiene un motivo. La perra apenas devuelve el beso. Después descubriré que esa mujer es capaz de asumir que venga un desconocido a su casa a usarla, pero le cuesta dar un beso porque necesita algo más. Quizás el día previo al apocalipsis nuclear sea capaz de darme un beso de verdad, pienso.

Meto una mano por debajo de su falda, aparto su braga y meto mis dedos en su coño. Está húmedo. Después saco los dedos y los huelo. Antes de eso he colocado un collar en su cuello. Mis dedos huelen a flujo de perra. No esperaba menos.

El plan es llegar, masturbarla e irme. Sin que ella pueda verme. Sus besos saben a tabaco y alcohol, pienso mientras continuo masturbándola. La perra se corre dos, tres, cuatro veces. Le quito el vestido y observo su cuerpo. Es pequeña. Me encanta ese cuerpo aunque para mí el físico sea secundario. Lo que realmente me atrae es su mente de perra arrastrada. ¿Os seguís escandalizando? Pues dejad de leer porque eso es lo que es ella para mí.

Una perra arrastrada.

Aunque esta noche no lo sea. Pero, a pesar de esa diferencia, ella sigue siendo la perra arrastrada que quiero que sea.

Meto uno de mis dedos en su culo, está cerrado pero acaba entrado. La hago apoyarse contra la pared y la cojo con fuerza del cuello. Meto más adentro el dedo, ella se queja. Le gusta pero le duele. Tiene miedo. Saco mi dedo. Debo detenerme porque esta noche no ha venido el amo. En realidad quien ha venido es un vecino que va a masturbar a esa mujer que, a veces, la ha visto pasear por el barrio.

La mujer. La perra. El hombre. El amo. Todo son etiquetas.

La perra huele a sexo. Lo único que quiero es sacarme la polla y follármela por todos lados. Pero no lo hago porque me he equivocado antes con ella y no puedo permitirme ni una más. También por respeto. Cuando digo que voy a hacer algo a alguien, lo hago. Ni más ni tampoco menos.

La perra está cansada. Le pregunto si quiere que me vaya. Ella asiente aún a su pesar. Está pendiente del teléfono, no le quedan fuerzas. Ella quiere que yo la use. Yo quiero usarla. Y, a pesar de ello, abro la puerta y me voy. Las cosas han de ser como han de ser cuando han de ser. Puede que ese no sea el secreto del éxito, pero ayuda a dormir mejor y facilita que las cosas fluyan y continúen.

Cartel Reino Unido de 'Breve encuentro (1945)' - eCartelera