Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares
virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay
una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una
pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro
de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no
lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez,
donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una
persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú
buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de
las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una
extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la
fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...
Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al
desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.
Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más
claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas
maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es
bastante sencillo: o aportas o apartas.
Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre
de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la
irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas:
personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen
maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.
Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso:
aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.
Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea
hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no
el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también
me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.
Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la
mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y
emocionarte.
