domingo, 6 de septiembre de 2026

Aportar o apartar: conocer a gente en la era digital



Cuando conoces a alguien, sobre todo en esos lugares virtuales donde uno parece entrar con la misión de cruzar géneros y razas, hay una pregunta que aparece casi de inmediato: ¿Qué buscas? No suele ser una pregunta nacida de una genuina curiosidad, es, más bien, un mecanismo de ahorro de tiempo: averigüemos cuanto antes si nuestros deseos son compatibles y, si no lo son, ahorrémonos la energía de conocernos. Vivimos en la era de la inmediatez, donde parece más importante no perder cinco minutos que descubrir quién es una persona durante los siguientes cinco años. El otro quizá no busque lo que tú buscas. Colón, por ejemplo, buscaba Asia y encontró América, en lo que es una de las mayores meteduras de pata geográficas de la historia y, de paso, una extraordinaria colección de masacres justificadas en nombre de la razón y la fe. Pero oye, su error le hizo inmortal. Qué bonito todo...

Dejando a un lado que la paciencia también puede conducir al desastre, conocer a alguien empieza por algo más trivial: la paciencia en la escucha.

Yo sé, más o menos, qué busco. Aunque tengo bastante más claro qué no busco. Y quizá sea porque ya tengo en mi vida algunas cosas maravillosas que no necesito salir a perseguir. Mi criterio, por tanto, es bastante sencillo: o aportas o apartas.

Procuro conocer a cada persona con la mente abierta y libre de prejuicios. Procuro, digo. No siempre lo consigo. La vida tiene además la irritante costumbre de demostrarme que mis primeras impresiones son pésimas: personas que me caen mal terminan enamorándome, y personas que me caen maravillosamente bien terminan resultándome insoportables. Se que el problema no son ellos, sino mi prejuicio que se arma a la velocidad del correcaminos.

Quizá conocer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que todavía no sabemos qué estamos buscando.

Aunque cuando conozco una persona, de forma inconsciente, sea hombre o mujer (o lo que sea), mi mente argumenta si esa persona practica o no el BDSM y si es dominante o dominado. Me gusta ese juego. Suelo acertar, pero también me equivoco. Mi tragedia, a diferencia de Cristóbal Colón es que, cuando yo me equivoco, no paso a la posteridad sino que abrazo la frustración.

Y quizás eso es lo divertido de conocer gente, tener la mente abierta, tener paciencia y esperar. Y, sobre todo, descubrir y emocionarte.


viernes, 4 de septiembre de 2026

La verdad


Te gusta que te abofeteen, te insulten, te humillen, te usen… te gusta sentirte usada, porque sentirte usada significa también sentirte útil frente a la persona que te esta usando. Olvidas los problemas del día a día, centrándote simplemente en obedecer. Que ya es mucho... 

Eres dura, te disgusta que sean duros contigo, pero lo aceptas como esa parte del juego. Cuanto más duros sean, mas valor tiene lo que haces.

Cuando te golpean o te excitas, gimes como una gata en celo. Es lo que mejor recuerdo, lo que mas me gustó. Aunque tú no eres una gata, eres una perra a al que le encanta que le ponga un collar y la traten como un animal que camina a cuatro patas.

Siempre que nos vimos me prometiste que me darías placer, pero al final fuiste tu la que obtuvo el placer. Si llevo la cuenta de cuantas veces te corriste tu y cuantas yo, me ganas por una absurda goleada. Pero el placer no siempre consiste en el orgasmo. El placer radica en el acto de usar o de ser usado. En golpear y recibir el golpe con estoicidad. En que te insulten y encontrar el placer en esa humillación verbal porque sabes que hay algo de verdad cuando te ponen adjetivos como perra, sucia, puta o arrastrada.

Cuando te abofetean y te dicen que no sirves para nada, tu cuerpo se arquea, se separa un poco del amo y asientes, siempre sin dejar de gemir. De nuevo sabes que forma parte de esa humillación verbal que es una practica del BDSM, pero también porque te gusta pensar que hay algo de verdad en toda esa humillación. Una verdad incómoda que te hace sentir libre.

Cuanto más sumisa, más libre. De eso se trata todo esto. No de golpes, orgasmos ni vendas en los ojos.