"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu dignidad impoluta, convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral. Tu, en cambio, eres de esas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. No eres única, todos lo hacemos en realidad.
O eso creemos.
Pero un día sucede y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de
fondo, sin un rayo de iluminación divina. Lo haces casi sin darte cuenta, como
quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: culpa, vértigo
y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer. Un placer
sucio, no por lo que implica, sino por lo que acaba de revelar de ti misma.
La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Y observando todas esos restos de piedras en el suelo, te das cuenta de una verdad incómoda: no era que no quisieras hacerlo, era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus más ferreros principios eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Como dije antes, no te preocupes, no eres única, todos hemos pasado por eso.
Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te
gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te
muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener
encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin
maquillaje, sin excusas, sin la narrativa estoica que habías construido
alrededor de tu moral y tus convicciones. Te gusta porque es un placer prohibido.
También entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el
miedo a hacerlo.
Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre).
Eso que era prohibido ahora es, de pronto, dolorosamente honesto.
Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones al
que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno de frases que pueden ser tachadas
para ser reescritas
Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin
permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.
Lo has hecho y has aprendido algo.

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