Respiro deprisa, demasiado. Es curioso cómo el cuerpo puede convertirse en un pésimo aliado: mientras mi mente exige serenidad, los pulmones parecen haber decidido que ha llegado el momento de huir. Debo tranquilizarme. Inspirar por la nariz. Expirar por la boca. Regularmente. Como recomiendan esas personas que siempre parecen saber qué hacer en los reels de Instagram pero que estoy segura de que nunca se han encontrado en mi situación: en una casa que no es la mía y con los ojos vendados.
Inspiro. Expiro.
Intento concentrarme en el aire, en su recorrido, como si
tuviera algún propósito. No puedo ver nada. Llevo una venda sobre los ojos, lo
cual, además de ser una circunstancia poco favorable para la serenidad, tiene
la virtud de convertir cualquier ruido en una amenaza y cualquier silencio en
una imaginación.
Mi corazón late de forma también acelerada, Demasiado
deprisa. Y quizá tenga motivos porque estoy en la casa de un hombre al que
nunca he visto. O, al menos, nunca lo he visto en persona. He hablado con él.
Mucho, incluso. Durante dos semanas. Lo suficiente para que hoy en día
consideremos que existe una intimidad, siempre que una esté dispuesta a aceptar
que conocer las opiniones de alguien sobre literatura, cocina o sexo constituye
alguna forma moderna de conocimiento. Lo llamamos una relación virtual,
expresión que parece una novedad cuando no es más que la versión acelerada de
las cartas que nuestras abuelas intercambiaban con desconocidos. La diferencia
es que ellas necesitaban semanas para enamorarse de una caligrafía. Nosotras
podemos hacerlo antes de que termine de cargarse una fotografía. Tan rápido que
hace apenas quince días comencé a intercambiar mensajes con este hombre y hoy
me encuentro en su casa, con los ojos cubiertos, intentando adivinar si estoy
en el comedor o en algún escenario especialmente elaborado de mi propia mala
conciencia.
Antes de que me pusiera la venda pude ver un pasillo. Eso fue
todo. Después escuché unos pasos a cierta distancia. Luego sentí unas manos
sobre mis hombros y alguien me condujo hasta otra habitación. Desde entonces,
nada.
No sé dónde está.
No sé qué está haciendo.
Y, si he de ser completamente sincera conmigo misma, tampoco
sé si el hombre que me ha acompañado hasta otra instancia se encuentra ahora en
algún lugar de esta casa o incluso si es el mismo hombre con quien he pasado
estas dos últimas semanas hablando. La confianza es una virtud
extraordinariamente hermosa hasta que se practica con desconocidos.
Inspiro. Expiro. Intento tranquilizarme.
No lo consigo porque que pueden parecer excitantes si se
contemplan desde la distancia, pero que pierden considerablemente su encanto
cuando una las vive con una venda en los ojos. Y ésta, decididamente, no parece
normal. ¿Estoy aterrorizada? Quizá. Sería absurdo fingir lo contrario. Mi
corazón parece haberse tomado la situación como una emergencia nacional y no
encuentra motivo alguno para guardar las formas. Debería tranquilizarme. Pero
¿quiero marcharme?
Curiosamente, no.
Hay algo desconcertante en el miedo cuando no te bloquea ni
tampoco te hace salir corriendo. Este terror, esta incertidumbre acerca de lo
que ocurrirá dentro de unos minutos, me agita de una manera que hacía años que
nada ni nadie conseguía. Es casi ofensivo descubrir que una puede pasar tanto
tiempo sintiéndose perfectamente segura y, al mismo tiempo, completamente
muerta.
Quizá el miedo no sea la forma más sensata de sentirse viva.
Pero, siendo sincera, es bastante más de lo que tenía antes de entrar en este
piso.
El hombre me dijo que viniera vestida con una falda, medias
oscuras, una camisa blanca de botones y una chaqueta. Y yo obedecí, claro, lo cual es
una forma peculiar de descubrirse a una misma. Por un instante me imaginé
convertida en la mujer ejecutiva que nunca fui: la jefa de una oficina llena de
hombres sin personalidad, dictando órdenes con la seguridad de quien ha
confundido el poder con la costumbre de levantar la voz. Pero hay una ironía en
todo esto. Vestida así no me siento poderosa, sino aún más sumisa; no la dueña
de una oficina, sino al servicio de un desconocido. Qué extraño privilegio el
de obedecer creyendo, por un momento, que una se está vistiendo para mandar.
De repente siento un movimiento, unos pasos, una respiración
cercana. Unas manos que comienzan a desabrochar lentamente mi camisa, botón a
botón de forma tan lenta que creo que en cualquier momento voy a arrancármela yo
misma. Me dijo que no vistiese ropa interior así que ahora mismo el hombre ha abierto
mi camisa y debe estar observando mis pechos. ¿Le gustarán? A mí me gustan,
pero entiendo que no son los pechos de una joven de 18 años. Tengo mas del
doble de esa edad, bastante más. Pero no voy a avergonzarme por no tener el
cuerpo de una joven, soy quién soy y he decidido venir hasta aquí a demostrar
de lo que soy capaz. Mi cuerpo, como me dijo el hombre en nuestra primera
conversación, es solo una herramienta. ¿Dónde queda la sensualidad en todo
esto? De momento, la sensación me parece sensual. Aunque sigo aterrorizada.
Sus manos comienzan a manosear mis pechos, de forma nada
amable, duele, pero es un dolor diferente, un tipo de dolor donde ninguna voz
interna te pide que acabe de inmediato. Pellizca mis pezones. El dolor es mas
intenso. Me doblo sobre mi misma.
Lo que está haciendo el hombre no es un capricho suyo,
sino algo que habíamos acordado. Habíamos pasado una mañana entera
intercambiando mensajes, plasmando con palabras el inventario de nuestros
deseos: lo que haríamos, lo que no; aquello que nos intrigaba y aquello que no
estábamos dispuestos a permitir. Hablamos de límites, de curiosidad, de
consentimiento y de dolor, con esa meticulosidad casi absurda con la que dos
adultos intentan ponerle reglas a algo que, por naturaleza, las detesta. Y,
entre todas aquellas cosas, fui yo quien dijo que quería sentir dolor. En los
pechos, en el cuerpo entero. Lo dije con la tranquilidad de quien cree que
nombrar un deseo equivale a comprenderlo. Pero una cosa es desear el dolor y
otra muy distinta descubrir qué aspecto tiene cuando deja de ser una fantasía y
se convierte en una realidad. Quizá por eso, cuando obedecí al hombre y me
vestí como me había pedido, comprendí la pequeña crueldad de nuestro acuerdo:
yo había elegido cada una de aquellas reglas y, sin embargo, al cumplirlas, me
sentía menos dueña de mí que nunca. La paradoja tenía algo de exquisitamente
ridículo. Habíamos hablado durante horas de mi libertad para decir que no, y
ahora yo descubría que precisamente porque podía decir que no, la obediencia
resultaba inquietante.
Sus manos se deslizan por todas partes, levantando mi
falda, manoseando mi culo, metiendo sus dedos por todos lados, besándome, mordiéndome,
lamiéndome, dejándome completamente desnuda, excitada y deseando más, mucho más.
Y sucedió todo eso, sucedió mucho más. Tanto que jamás lo hubiese
imaginado. Con los ojos vendados en todo momento. Al final tenía la voz ronca
de tanto gritar y gemir, algunas partes de mi cuerpo estaban irritadas por sus
latigazos. Mi vagina, mi culo, habían sido usados tanto rato de forma tan brutal
que apenas podía caminar. Me dolía la boca, los pezones, me dolían las piernas,
los brazos, me dolían hasta los dedos de los pies. Nunca había sentido algo
semejante. Estaba completamente derrotada, exhausta hasta ese punto en que el
cuerpo parece pertenecerle a otra persona. Habíamos hecho todo cuanto habíamos
acordado, ni más ni menos. Quizá había sido demasiado valiente al decir que sí
a ciertas cosas; quizá había confundido la curiosidad con el valor. Pero hubo
algo aún más sorprendente: en ningún momento se me ocurrió pedirle que parase. Y,
tal vez, esa era la parte más desconcertante de todas. No había habido engaño
ni imposición, ninguna frontera atravesada sin mi permiso. Había sido yo quien
había señalado aquellas fronteras y, después, quien había permitido que él se
acercara a ellas. Sin embargo, allí estaba, agotada y temblorosa, con la
extraña sensación de haber perdido algo de mí precisamente porque había
decidido entregarlo. Entonces me di cuenta de que mi propósito, en todo
momento, había sido ese, el de acabar la sesión sintiéndome usada, derrotada, absolutamente
sumisa.
Sali del piso vestida como había llegado (me pude duchar
antes) pero nunca le vi la cara. Podría reconocerle en la calle si tuviese su
polla en mi boca o sus manos en mi garganta. Podría reconocer su olor o su voz.
Pero si me cruzase con él, nunca le reconocería.
Y eso, curiosamente, fue lo mejor de nuestro encuentro.

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