La lluvia comenzó su acostumbrada tarea justo en el
instante en que la mujer alcanzaba a resguardarse en el portal, como si el cielo hubiese decidido
acompañar el leve temblor que le recorría el pecho con algún que otro relámpago y rachas de agua. Un gesto cómplice del clima, imitándole el pulso descontrolado. Pura teatralidad. Ella cerró los ojos e intentó relajarse, como si eso fuese algo posible.
El hombre solía decir que amaba la lluvia por los olores; ella compartía esa devoción, aunque el hedor a cloaca que ascendía ahora desde las entrañas de la ciudad no era precisamente el perfume que habría elegido para el momento. ¿Sería una señal, un aviso, un mal presagio? Llevaba horas dándole vueltas a esa visita, imaginando una y otra vez lo que significaría acortar la distancia amable de las palabras escritas, que actuaban en forma de escudo. ¿Por que hacerlo de aquella manera? Lo diferente, no siempre es algo que aporte una enseñanza positiva. Aunque también sabia que de las enseñanzas negativas se aprende mas que del resto. Acertar diez veces es rutina, fallar diez veces es tragedia.
Por fin estaba allí, frente a la puerta, con la lluvia marcando el compás del miedo y la curiosidad. Podía salir corriendo bajo la tormenta, perderse otra vez en unas calles que conocía de haberlas transitado minutos antes, o podía subir al piso y enfrentarse a sus miedos, a sus dudas, enfrentarse a la desconfianza. Ambas opciones eran reales, casi palpables: la huida tenía el sabor amargo de lo familiar aunque también la promesa de un alivio inmediato. Entrar, en cambio, era un salto al vacío, una apuesta por lo que aún no tenía nombre.
Mientras el agua le goteaba por la frente desde su pelo mojado, recordó cuantas veces había huido antes, y cada vez que escapaba, lo desconocido no desaparecía: le perseguía un silencioso eco que se estiraba en la oscuridad. Huir era volver a empezar el mismo círculo. Entrar significaba, romperlo, pero esa valentía podía acabar mal.
"Fallar diez veces es tragedia", se repitió a si misma. ¿Por que se castigaba de esa forma? Salir corriendo no significaria haber fracasado, estaba segura de que el hombre la entendería. Subir a su piso, en cambio, presentaba demasiadas preguntas sin responder y temores que podían llegar a ser realidades.
Respiró hondo. La puerta esperaba.
Decidió confiar porque no solo estaba confiando en aquel hombre, sino que estaba confiando en si misma: En todos los hombres y todas las mujeres, en realidad. Confiar y acertar significaría salir de allí caminando con el paso mas firme y seguro. Y , aunque el miedo le hiciese temblar cada hueso de su cuerpo, prefería avanzar.
Solo era un abrazo, nada mas. Eso habían dicho. "Solo"... como si un abrazo con un desconocido no pudiese ser el detonante de mil tragedias.
Dos plantas más arriba la aguardaba una puerta entreabierta. Con el corazón encogido empujó. Al otro lado se abría un pasillo silencioso. Respiró hondo y entró, cerrando la puerta, sellando el pacto. ¿Y si se estaba poniendo demasiado dramática? En los últimos años había aprendido a no temer ese vértigo que aparece cuando una decisión se tambalea, porque, en el fondo, cada tropiezo te revela una forma diferente de mirar el mundo. Equivocarse no es un fracaso, sino una manera imperfecta (pero profundamente humana) de avanzar. Y en ese avance, aunque a veces duela, encuentras siempre una chispa de claridad.
Pero repetir el fracaso era una tragedia. ¿Por qué no podía apartar es idea de su cabeza?
“Ya” dijo ella..
Con la venda, el mundo quedaba reducido
a la respiración y a un silencio repleto de imperceptibles
sonidos. No veía nada, pero lo presentía todo: el leve crujido del suelo, el
murmullo del aire cuando él se acercó, la forma en que una presencia puede
rodear sin tocar. Y entonces, sin sorpresa, sintió la mano de él posarse en su
brazo. No había en ese contacto ni posesión ni prisa. Era un leve contacto que
parecía pedir permiso al propio tiempo. Su piel respondió antes que su
pensamiento, como si la conciencia fuera siempre la última en llegar. El
instante se estiró, delgado y tenso, como un hilo que pudiera romperse con una
palabra.
No hubo palabras. Solo el avance lento de unas manos que cogieron las suyas sin pretender conquistar nada. Ella se dejó llevar por algo que era casi una entrega, lo hizo sin vértigo, porque esa confianza que no exigía promesas. Él la condujo hacia otra estancia (quizá un comedor) y en la breve distancia el aire cambió de temperatura, como si cada paso modificara la forma misma del mundo. “¿Cómo te sientes?”, preguntó él. Era la primera vez que oía su voz: grave como un eco antiguo, como una chimenea en invierno, firme como una promesa verdadera. Unos adjetivos que la oscuridad magnificaba. Ella alzó la cabeza y contestó “bien” con toda la rotundidad de la que era capaz. Estaba bien pero se sentía removida por dentro, con la sensación de que, en cualquier momento, podría romperse la cuerda que sostenía el frágil puente sobre el que estaban ambos,
Él le retiró el abrigo con una delicadeza inesperada, después la envolvió en un abrazo que parecía llegar desde otro tiempo. En la distancia de la virtualidad habían hablado de los abrazos: ese roce no sexual que existe entre iguales, entre familia, entre amigos; ese puente de piel que algunos buscan como un hogar y otros rehúyen como una enfermedad contagiosa. Aquel abrazo era un refugio. Los brazos de él, amplios, la rodearon como si la custodiaran del mundo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Olía a perfume, sí, pero también a piel viva, a presencia, a un lugar donde cerrar los ojos y quedarse a vivir unos minutos más. Ese perfume la movió a escuchar una canción de Jazz, el tacto de sus manos en la espalada la movieron a imaginar el olor de un bebe recién nacido. Las respiraciones de ambos estaban teñidas de color verde claro. Pura sinestesia.
Y lo hizo: cerró los ojos, aun con la venda cubriéndole la mirada, como si el mundo entero se redujera a ese instante que no quería soltar.
Las manos de él recorrían su
espalda con una suavidad que no tenía nada de carnal. Era la ternura instintiva
de quien intenta calmar a un ser herido, la delicadeza de un padre que arropa,
de un hermano que acompaña. Y, al mismo tiempo, había en ese gesto algo roto,
como si él también fuese un animal lastimado buscando consuelo en el contacto. Permanecieron
así unos minutos, abrazados, compartiendo olores, calor, humanidad. Una descripción que podría confundirse con lo sexual, pero allí no había deseo, ni tensión, ni
búsqueda. Solo una calidez antigua, casi imposible, que a ella le recordaba al
abrazo de una madre al levantarla de la cuna. Un recuerdo que no podía ser suyo
y aun así le golpeaba el pecho con la fuerza de lo verdadero.
Cuando el abrazo se deshizo, él
rozó su mejilla con un beso tan leve que parecía prestado. Después la acompañó hasta la
puerta y la dejó allí, suspendida en un silencio que ya no le pesaba. Ella se quitó la venda y salió de la casa sin mirar atrás. En la calle, la lluvia
había cesado, pero el mundo seguía húmedo. Caminó hasta un bar cercano y pidió
un café. Luego envió un mensaje desde el móvil, apenas un gesto. Diez minutos mas tarde, un hombre entró en el local. Nunca lo había visto antes, pero
reconoció su voz, su olor, la vibración exacta de su presencia. Ambos sonrieron
como dos amigos que no se han visto en años. Él se sentó frente a ella y
hablaron durante horas, con la naturalidad de quienes se conocen desde antes de
nacer. Ella, con su rapidez habitual, saltaba de un tema a otro, preguntando
con hambre verdadera, como si cada palabra fuera una fruta recién abierta.
Aquella conversación no podía pertenecer a dos desconocidos. Había empezado mucho antes, en el instante en que se abrazaron, quizá incluso antes, en ocasionales conversaciones virtuales. Los pocos clientes del bar quisieron imaginar que eran padre e hija, envueltos en una complicidad tierna, casi luminosa.
Cuando se despidieron, se abrazaron en la calle, un abrazo rápido esta vez y se besaron en la mejilla. Justo al separarse, la lluvia retomó su tarea con furia, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar el territorio. Un aguacero implacable, golpeando el mundo con dedos fríos. Ella corrió a refugiarse hasta una estación de metro. Se permitió unos minutos de contemplación, imaginando al hombre regresando a su casa, esa casa que había sentido más que visto. Lo imaginó sentado en un sofá, seco, cálido, protegido. Qué suerte la suya, pensó. Sonrió mientras observaba la lluvia deslizarse por las escaleras hacia la calle, convertida en una cascada improvisada. Olores extraños se mezclaban en el aire, disparándose en todas direcciones tejiendo lo que serían como recuerdos que no pertenecían a nadie.
Se dio la vuelta y bajó al andén.
A veces, una necesidad imperiosa
nos atraviesa: la de hacer las cosas de un modo distinto al que conocemos, la
de confiar en desconocidos, aunque nos adviertan que no debemos, la de mojarnos
bajo la lluvia aunque llevemos un paraguas en el bolso.
La necesidad de desobedecer
suavemente, solo para recordar que seguimos vivos.
La necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que aun queda gente decente en el mundo.
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