miércoles, 24 de diciembre de 2025

La necesidad y los sentidos (relato)




La lluvia comenzó su acostumbrada tarea justo en el instante en que la mujer alcanzaba a resguardarse en el portal, como si el cielo hubiese decidido acompañar el leve temblor que le recorría el pecho con algún que otro relámpago y rachas de agua. Un gesto cómplice del clima, imitándole el pulso descontrolado. Pura teatralidad. Ella cerró los ojos e intentó relajarse, como si eso fuese algo posible.

El hombre solía decir que amaba la lluvia por los olores; ella compartía esa devoción, aunque el hedor a cloaca que ascendía ahora desde las entrañas de la ciudad no era precisamente el perfume que habría elegido para el momento. ¿Sería una señal, un aviso, un mal presagio? Llevaba horas dándole vueltas a esa visita, imaginando una y otra vez lo que significaría acortar la distancia amable de las palabras escritas, que actuaban en forma de escudo. ¿Por que hacerlo de aquella manera? Lo diferente, no siempre es algo que aporte una enseñanza positiva. Aunque también sabia que de las enseñanzas negativas se aprende mas que del resto. Acertar diez veces es rutina, fallar diez veces es tragedia.

Por fin estaba allí, frente a la puerta, con la lluvia marcando el compás del miedo y la curiosidad. Podía salir corriendo bajo la tormenta, perderse otra vez en unas calles que conocía de haberlas transitado minutos antes, o podía subir al piso y enfrentarse a sus miedos, a sus dudas, enfrentarse a la desconfianza. Ambas opciones eran reales, casi palpables: la huida tenía el sabor amargo de lo familiar aunque también la promesa de un alivio inmediato. Entrar, en cambio, era un salto al vacío, una apuesta por lo que aún no tenía nombre.

Mientras el agua le goteaba por la frente desde su pelo mojado, recordó cuantas veces había huido antes, y cada vez que escapaba, lo desconocido no desaparecía: le perseguía un silencioso eco que se estiraba en la oscuridad. Huir era volver a empezar el mismo círculo. Entrar significaba, romperlo, pero esa valentía podía acabar mal. 

"Fallar diez veces es tragedia", se repitió a si misma. ¿Por que se castigaba de esa forma? Salir corriendo no significaria haber fracasado, estaba segura de que el hombre la entendería. Subir a su piso, en cambio, presentaba demasiadas preguntas sin responder y temores que podían llegar a ser realidades.

Respiró hondo. La puerta esperaba. 

Decidió confiar porque no solo estaba confiando en aquel hombre, sino que estaba confiando en si misma: En todos los hombres y todas las mujeres, en realidad. Confiar y acertar significaría salir de allí caminando con el paso mas firme y seguro. Y , aunque el miedo le hiciese temblar cada hueso de su cuerpo, prefería avanzar. 

Solo era un abrazo, nada mas. Eso habían dicho. "Solo"... como si un abrazo con un desconocido no pudiese ser el detonante de mil tragedias.

Dos plantas más arriba la aguardaba una puerta entreabierta. Con el corazón encogido empujó. Al otro lado se abría un pasillo silencioso.  Respiró hondo y entró, cerrando la puerta, sellando el pacto. ¿Y si se estaba poniendo demasiado dramática? En los últimos años  había aprendido a no temer ese vértigo que aparece cuando una decisión se tambalea, porque, en el fondo, cada tropiezo te revela una forma diferente de mirar el mundo. Equivocarse no es un fracaso, sino una manera imperfecta (pero profundamente humana) de avanzar. Y en ese avance, aunque a veces duela, encuentras siempre una chispa de claridad.

Pero repetir el fracaso era una tragedia. ¿Por qué no podía apartar es idea de su cabeza?

La casa desprendía un calor indefinible, algo que no sabía nombrar pero que la envolvía. Un hogar. A su derecha, colgado del interfono, descansaba un antifaz. Solo tenía que ponérselo. Nada más. No había llegado hasta allí para pensar. Se lo ajustó y murmuró, casi en un hilo de voz: 

“Ya” dijo ella..

Con la venda, el mundo quedaba reducido a la respiración y a un silencio repleto de imperceptibles sonidos. No veía nada, pero lo presentía todo: el leve crujido del suelo, el murmullo del aire cuando él se acercó, la forma en que una presencia puede rodear sin tocar. Y entonces, sin sorpresa, sintió la mano de él posarse en su brazo. No había en ese contacto ni posesión ni prisa. Era un leve contacto que parecía pedir permiso al propio tiempo. Su piel respondió antes que su pensamiento, como si la conciencia fuera siempre la última en llegar. El instante se estiró, delgado y tenso, como un hilo que pudiera romperse con una palabra.

No hubo palabras. Solo el avance lento de unas manos que cogieron las suyas sin pretender conquistar nada. Ella se dejó llevar por algo que era casi una entrega, lo hizo sin vértigo, porque esa confianza que no exigía promesas. Él la condujo hacia otra estancia (quizá un comedor) y en la breve distancia el aire cambió de temperatura, como si cada paso modificara la forma misma del mundo. “¿Cómo te sientes?”, preguntó él. Era la primera vez que oía su voz: grave como un eco antiguo, como una chimenea en invierno, firme como una promesa verdadera. Unos adjetivos que la oscuridad magnificaba. Ella alzó la cabeza y contestó “bien” con toda la rotundidad de la que era capaz. Estaba bien pero se sentía removida por dentro, con la sensación de que, en cualquier momento, podría romperse la cuerda que sostenía el frágil puente sobre el que estaban ambos,

Él le retiró el abrigo con una delicadeza inesperada, después la envolvió en un abrazo que parecía llegar desde otro tiempo. En la distancia de la virtualidad habían hablado de los abrazos: ese roce no sexual que existe entre iguales, entre familia, entre amigos; ese puente de piel que algunos buscan como un hogar y otros rehúyen como una enfermedad contagiosa. Aquel abrazo era un refugio. Los brazos de él, amplios, la rodearon como si la custodiaran del mundo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Olía a perfume, sí, pero también a piel viva, a presencia, a un lugar donde cerrar los ojos y quedarse a vivir unos minutos más. Ese perfume la movió a escuchar una canción de Jazz, el tacto de sus manos en la espalada la movieron a imaginar el olor de un bebe recién nacido. Las respiraciones de ambos estaban teñidas de color verde claro. Pura sinestesia.

Y lo hizo: cerró los ojos, aun con la venda cubriéndole la mirada, como si el mundo entero se redujera a ese instante que no quería soltar.

Las manos de él recorrían su espalda con una suavidad que no tenía nada de carnal. Era la ternura instintiva de quien intenta calmar a un ser herido, la delicadeza de un padre que arropa, de un hermano que acompaña. Y, al mismo tiempo, había en ese gesto algo roto, como si él también fuese un animal lastimado buscando consuelo en el contacto. Permanecieron así unos minutos, abrazados, compartiendo olores, calor, humanidad. Una descripción que podría confundirse con lo sexual, pero allí no había deseo, ni tensión, ni búsqueda. Solo una calidez antigua, casi imposible, que a ella le recordaba al abrazo de una madre al levantarla de la cuna. Un recuerdo que no podía ser suyo y aun así le golpeaba el pecho con la fuerza de lo verdadero.

Cuando el abrazo se deshizo, él rozó su mejilla con un beso tan leve que parecía prestado. Después la acompañó hasta la puerta y la dejó allí, suspendida en un silencio que ya no le pesaba. Ella se quitó la venda y salió de la casa sin mirar atrás. En la calle, la lluvia había cesado, pero el mundo seguía húmedo. Caminó hasta un bar cercano y pidió un café. Luego envió un mensaje desde el móvil, apenas un gesto. Diez minutos mas tarde, un hombre entró en el local. Nunca lo había visto antes, pero reconoció su voz, su olor, la vibración exacta de su presencia. Ambos sonrieron como dos amigos que no se han visto en años. Él se sentó frente a ella y hablaron durante horas, con la naturalidad de quienes se conocen desde antes de nacer. Ella, con su rapidez habitual, saltaba de un tema a otro, preguntando con hambre verdadera, como si cada palabra fuera una fruta recién abierta.

Aquella conversación no podía pertenecer a dos desconocidos. Había empezado mucho antes, en el instante en que se abrazaron, quizá incluso antes, en ocasionales conversaciones virtuales. Los pocos clientes del bar quisieron imaginar que eran padre e hija, envueltos en una complicidad tierna, casi luminosa.

Cuando se despidieron, se abrazaron en la calle, un abrazo rápido esta vez y se besaron en la mejilla. Justo al separarse, la lluvia retomó su tarea con furia, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar el territorio. Un aguacero implacable, golpeando el mundo con dedos fríos. Ella corrió a refugiarse hasta una estación de metro. Se permitió unos minutos de contemplación, imaginando al hombre regresando a su casa, esa casa que había sentido más que visto. Lo imaginó sentado en un sofá, seco, cálido, protegido. Qué suerte la suya, pensó. Sonrió mientras observaba la lluvia deslizarse por las escaleras hacia la calle, convertida en una cascada improvisada. Olores extraños se mezclaban en el aire, disparándose en todas direcciones tejiendo lo que serían como recuerdos que no pertenecían a nadie.

Se dio la vuelta y bajó al andén.

A veces, una necesidad imperiosa nos atraviesa: la de hacer las cosas de un modo distinto al que conocemos, la de confiar en desconocidos, aunque nos adviertan que no debemos, la de mojarnos bajo la lluvia aunque llevemos un paraguas en el bolso. 

La necesidad de desobedecer suavemente, solo para recordar que seguimos vivos.

La necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que aun queda gente decente en el mundo.

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jueves, 18 de diciembre de 2025

Sumar años, restar cosas




Después de conversar con alguien más joven que yo (solo es un hecho, no caigamos edadismos, que ya bastante tenemos con los “ismos” de siempre), me quedé pensando en una pregunta que me lanzó: ¿con los años te vuelves más frío o pierdes la ilusión? Yo, muy digno, contesté que no. Como siempre, mi dignidad me llevo a cometer un cierto error.

Porque contestar rápidamente “no” a una respuesta es como querer tapar el sol con un dedo. O peor aún, soltar un “no” de esa forma suena a excusa barata para protegerte de una pregunta que percibes como juicio existencial. Spoiler: esa persona no me estaba juzgando, simplemente es una persona que almuerza curiosidad con el café.

La respuesta no es un sí ni un no. Lo binario es tan aburrido como un examen tipo test.

Con los años no te vuelves más frío, pero sí más selectivo: solo muestras calidez a quien realmente te aporta algo. ¿Por qué? Porque ya te has quemado antes dando calor a quien no lo merecía. De joven confías hasta que te demuestran lo contrario; de mayor, desconfías hasta que te demuestran lo contrario. La ecuación se invierte y, sorpresa, esa desconfianza se disfraza de frialdad. Con los desconocidos, huimos de la calidez como si fueran vendedores de seguros. Pero con los cercanos, somos más cálidos que nunca, porque necesitamos ese contacto, esa sensación de refugio.

Respecto a la ilusión, no es que la pierdas, es que la batería se agota. De joven disparas a todos los estímulos que se cruzan en tu vida, porque tienes la energía para enfrentarte a todo. Con los años, la energía se evapora y ya no puedes hacer quince cosas al día sin acabar como un zombie. Así que reduces tus ilusiones a las que realmente puedes sostener. No es falta de ilusión, es falta de gasolina.

En resumen: no te vuelves frío, te vuelves selectivo. No pierdes ilusión, pierdes energía.

Hacerse mayor es un espectáculo tragicómico. Te transforma año tras año en alguien distinto. Y aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: cumplir años es inevitable. No luches contra eso, ni contra los cambios que trae. Cada etapa será distinta, y ahí está la gracia de vivir: aceptar que nada es permanente.

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viernes, 12 de diciembre de 2025

En busca del reconocimiento



Mi blog (que antiguo tener un blog a estas alturas…) se ha convertido en un archivo interminable de palabras, artículos y reflexiones que se acumulan como si fueran los ladrillos de una pared que nunca terminaré de construir. Y lo curioso es que sé que alguien los lee. Las estadísticas no mienten: hay visitas (más de 20.000 usuarios diferentes desde que comencé), hay tráfico, hay ojos que pasan por mis frases a diario… pero lo que no hay son voces. Nadie comenta, nadie escribe, nadie se expone. De esos 20.000 usuarios diferentes que me han leído solo han comentado 14. Si las clases de matemáticas me sirvieron para algo es para calcular que tan solo el 0.07% de los lectores han comentado lo cual significa una clara anomalía convirtiendo el silencio en algo es absoluto, como si mis textos fueran consumidos en una biblioteca clandestina. Pero no me quejo, comprendo el motivo: la temática de este blog trata temas de adultos, pero también “perversos”. Y en ese terreno, la discreción manda. Leer es fácil, pero dejar huella es peligroso. Un comentario, un “me gusta”, un simple saludo puede convertirse en una prueba pública de que alguien estuvo aquí. Y claro, nadie quiere que quede constancia. Digo que lo comprendo porque a mi me pasa lo mismo otros escenarios parecidos que no son el mío.

Así que me acostumbrado a escribir para un público fantasma. Una multitud invisible que se asoma lee, se marcha y nunca deja rastro. Es lo más parecido a hablarle a una sala llena de gente con las luces apagadas: sabes que están ahí, escuchando, pero no ves sus caras ni oyes sus aplausos.

¿Me frustra? Mi ego dice que, en ocasiones, puede frustrarme, pero no se si creerle. ¿Me desmotiva? Nunca.

Porque al final, escribir siempre ha sido un acto solitario, y este silencio en cuanto a reacciones al blog es la confirmación de que cuanto escribo cumple su función: ser leído sin necesidad de ser confesado. El resto son paranoias basadas en ese reconocimiento que todos necesitamos. “Lo estas haciendo bien, hijo”. No, esa época ya pasó. Aunque aquí entra también otra paradoja: no necesito reconocimiento escrito porque tengo el reconocimiento silencioso. Si las estadísticas que reflejan las lecturas del blog fuesen casi cero… ¿diria lo mismo? Os seré sincero: creo que no. Escribimos por muchos motivos, hay gente que escribe para si mismos (por ejemplo, un diario personal), otros escriben como medio para ganarse la vida. Yo escribo porque me gusta hacer pensar a los demás y si las estadísticas dijeran que nadie me lee, con toda seguridad, me frustraría.

Así que, recostado en la silla, ahora imagino que mis palabras viajan en secreto, que se convierten en pequeñas complicidades anónimas. Y aunque nadie me escriba, aunque nadie se atreva a comentar, yo sigo aquí, tecleando. Porque si algo he aprendido es que el silencio también es una forma de respuesta.

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