Durante años, la mujer había vestido como quien se disculpa
por existir. Camisas largas, colores neutros, telas que caían desde sus hombros
como cortinas de un viejo teatro. No estrategia, era pudor. Una forma
silenciosa de decir no miréis aquí, como si su cuerpo fuese un secreto que
debía custodiarse por vergüenza, por decoro, por esa absurda expectativa social
que dicta que la mujer, al hacerse mayor, debe volverse invisible.
Y un soleado día de Julio, la mujer cumplió cincuenta años
y, mientras observaba el paisaje urbano desde la ventana de su comedor, sosteniendo
el primer café del día, algo en ella se quebró. Una de ideas que se instalan de
repente y sin permiso en tu cabeza. Como una explosión.
La mujer dejó el café sobre la encimera y fue hasta el
dormitorio. Se miró al espejo. Ya no buscaba juventud porque no podía
encontrarla. Ese había sido su error. De repente buscaba la verdad. Y la vio: el
cuerpo de una mujer de cincuenta años: vivido, marcado, hermoso en su propia
gramática. Un cuerpo que había sostenido hijos, trabajos, duelos, risas,
amantes, derrotas y veranos. Un cuerpo que no debía esconderse, sino mostrarse
para contar una historia. En ese mismo instante, abrió el armario como quien
abre una ventana después de años de humedad. Sacó una falda roja que nunca
había usado. Una blusa que dejaba ver los hombros. Un vestido que, según ella,
era “demasiado” para su edad. Y se los probó uno por uno, como si estuviera
eligiendo no ropa, sino versiones de sí misma.
Cuando salió a la calle, así vestida, sintió las miradas.
Algunas curiosas, otras incómodas, otras admiradas. Pero lo que ayer le hubiese
avergonzado ahora no le importaba, caminando con la serenidad de quien ha
dejado de pedir permiso.
En el mercado, una mujer murmuró “a nuestra edad ya no toca
ir así”. La mujer sonrió con una calma que desarmaba. “A nuestra edad toca lo
que nos dé la gana. Nos lo hemos ganado”, respondió fingiendo una amable
sonrisa. Y siguió caminando, dejando tras de sí un leve perfume y una
declaración silenciosa: la madurez no es retirada, es la reconquista.
A cada paso, la mujer descubría algo nuevo: que la
provocación no era un gesto sexual, sino un gesto político; que mostrar el
cuerpo no era exhibicionismo, sino resistencia; que la libertad, a veces,
empieza por un escote. No buscaba la aprobación en los demás, como había hecho
los últimos años. Ahora buscaba aire. Y vaya si lo encontró.
Desde entonces, esa mujer se viste como quien celebra cada amanecer.
Como quien se sabe dueña de su narrativa. Como quien ha comprendido que cumplir
años no significa esconderse.
Ahora toca existir sin disculpas.
Y cada mañana, al elegir qué ponerse, se repite la misma frase:
“Por fin me veo.”

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