Nos empeñamos en mantener hilos sujetos a personas que, por una razón u otra, no terminan de encajar en nuestra vida. Quizá porque nos atraen. O porque nos entretienen. O porque nos atrae la idea que nos hemos construido de esas personas. Y nos atrae mas que la (áspera) realidad de lo que tenemos delante. La imaginación nunca interrumpe, nunca decepciona y, sobre todo, hace exactamente lo que queremos.
Las personas reales, en cambio, tienen la desagradable costumbre de
ser ellas mismas. O al menos eso dicen.
Hemos llegado a un punto en el que cualquier comportamiento puede envolverse en la frase "es que yo soy así" y presentarse como una característica innegociable de la personalidad del otro. ¡Qué invento tan extraordinario... y tan perverso! Uno puede ser desconsiderado, impuntual, indiferente o tener la delicadeza de un jugador de rugby y, en lugar de plantearse si debe cambiar algo de su estropeado comportamiento, se limita a reivindicar su autenticidad.
Hemos confundido tener personalidad con no tener ninguna intención de mejorar.
Esas son personas que hablan y callan sin pensar en las consecuencias. Sobre todo callan. Personas que, además tienen una curiosa habilidad de recordar que los demás existen justo cuando necesitan algo de ellos. Que pena ¿no?
Lo verdaderamente fascinante es que, cuanto más evidente resulta un defecto, más lo transformamos. La soberbia se convierte en carácter; la falta de empatía, en sinceridad; la indiferencia, en independencia emocional, y la incapacidad para reconocer los propios errores, en una admirable coherencia con nuestra forma de vida. Hemos llegado al punto de ser capaces (de forma inconsciente) de convertir cualquier carencia en una virtud si encontramos un nombre atractivo y una justificación válida..
Y,
si alguien se atreve a señalarnos, siempre queda el recurso de acusarlo de no
entendernos. Porque reconocer que quizá tengamos algo que mejorar exige un
esfuerzo bastante mayor que repetir que somos así. O contratacar. O simplemente callar.
Hace poco escribía sobre la importancia de vivir el día a día y de atreverse a convertir la cotidianeidad en algo memorable. No hace falta protagonizar una película, recorrer medio mundo ni coleccionar experiencias extraordinarias. A veces basta con aprender algo, cambiar de perspectiva o dejar de invertir tiempo y energía en aquello que insiste en demostrarnos que no merece tanta atención. Y aquí conviene recordar algo: no todo lo que nos atrae nos conviene, no todo lo que nos resulta familiar nos hace bien y no todo lo que nos cuesta soltar merece la pena conservarlo.
A veces no estamos ante un gran misterio por resolver, sino ante una realidad bastante sencilla que nos resistimos a aceptar. Esa persona, por desgracia, es así (y nunca cambiará).
Para ser honestos, hay que reconocer que en esta ecuación quizás hayamos hecho mal los cálculos porque cabe la derivada de que también podemos equivocarnos respecto a las intenciones del otro. No tenemos un máster en interpretar las intenciones ajenas. A veces puede suceder que llamemos defecto a lo que simplemente es una diferencia, y otras veces nos
atribuimos una superioridad moral que nadie nos ha concedido. Que uno vea las
cosas de una manera no significa que las cosas sean necesariamente así. De acuerdo, existe ese peligro de juzgar a la ligera. Pero,
al final, la vida es demasiado corta para pasársela intentando corregir a
quienes no consideran que tengan nada que corregir, aunque en realidad no deban corregirlo pero a nosotros nos hace daño. Y lo saben.
Cada cual es libre de
construir su personalidad como le venga en gana, faltaría más. Y los demás
somos igualmente libres de decidir cuánto espacio queremos reservarle en la
nuestra. Y en ambos casos, podemos equivocarnos.
Madurar consiste precisamente en eso: dejar de
confundir el potencial de las personas con su realidad, aceptar que no somos
responsables de las versiones que imaginamos de los demás y comprender que dejarlas
marchar no es una derrota sino la decisión más sensata.
Así que, en lugar de seguir tirando de una cuerda que no
lleva a ninguna parte, quizá convenga soltarla. Sin discursos, sin reproches y,
a ser posible, sin necesidad de redactar un informe sobre las causas
del abandono. Simplemente abrir las manos y que la cuerda se escape entre ellas. Al fin y al cabo, hay muchas calles por recorrer y muy poco
tiempo para quedarse plantado en una esquina esperando que alguien decida
convertirse en quien nunca nos prometió ser. La mejor manera de cambiar de vida
no es tomar grandes decisiones, sino dejar de insistir en las pequeñas
equivocaciones de siempre, girar la esquina y descubrir qué nuevos viandantes hay en el otro lado.
Por suerte, el mundo es bastante grande y las calles no
se acaban donde termina nuestra paciencia.

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