Las heridas duelen. ¡Vaya si duelen! No las que necesitan de un algodón impregnado en alcohol. O en yodo. Y siempre con una tirita con dibujos del Pato Donald. Son otro tipo de heridas, parecidas a las de una úlcera sangrante, con la única diferencia de que ni son úlceras ni sangran. Heridas que ni el más experto de los médicos puede diagnosticarlas en urgencias. No hay escáner, rayos X ni inspección ocular que valga. Que va, no las lucimos por fuera, tampoco se detectan por dentro. Son heridas que, ni quienes las sufrimos sabemos dónde están. Solo que duelen. Mucho. Cuando te das un golpe, te sale un morado. Ves ese morado y recuerdas cómo y cuándo te lo hiciste. Lo mismo si te haces un corte. Pero estas otras heridas duelen y no sabemos dónde, ni cuándo, ni por qué. Solo que duelen.
Y Ahora viene el giro inesperado: lo que he escrito antes os suena de algo ¿verdad? Lo habéis visto escrito de mil formas diferentes, lo habéis escuchado, lo habéis sentido. No es nada nuevo. La misma retorica de siempre sobre las heridas internas. Poetizando el dolor. Necesitamos coger algo que nos destroza por dentro, ponerlo sobre una mesa, observarlo desde todos los ángulos posibles y buscar las palabras más bonitas para describirlo. Convertimos la tristeza en nostalgia porque no queremos reconocer que somos infelices. Convertimos la soledad en refugio porque nos avergüenza darnos cuenta de que estamos más solos de lo que imaginábamos. Convertimos el abandono en una lección. ¡No volverá a sucederme! Y siempre vuelve a suceder.
Nos gusta pensar que quienes sufren más es porque son más sensibles. Y mejor ser sensible que frio ¿no? Le ponemos adjetivos preciosos a cosas que, si nos paramos a pensarlo, son una auténtica mierda. Lo hacemos de forma tan profesional que hasta conseguimos convencernos.
Hay algo bueno en encontrar belleza en el sufrimiento. Nos permite mirarlo sin que nos dé miedo. Nos ayuda a creer que estamos leyendo una novela o viendo una película, envolviéndolo todo en palabras que podemos pronunciar sin que rompamos a llorar. Es más fácil decir que “cargamos con el peso de un alma en recomposición” que admitir que no sabemos qué nos pasa. Es más sencillo hablar de un corazón cansado que reconocer que estamos agotados de fingir que todo va bien. Lo hacemos con frases de libro de autoayuda. ¡Ojalá poder acompañarlas también con fotografías en tonos sepia o canciones de Leonard Cohen!
¿Pero por qué nos engañamos romantizando el dolor? La respuesta es sencilla: hemos conseguido poner en palabras eso que llevábamos tanto tiempo intentando explicar. Palabras que hemos leído antes en la ficción. Por fin sentimos que no estamos solos. No somos un bicho raro. El drama funciona de maravilla en la ficción. Por eso ficcionamos nuestro dolor.
El problema empieza cuando
confundimos la comprensión con estar sanando. Cuando creemos que haber
encontrado las palabras adecuadas significa que hemos encontrado también la
salida. Cuando pensamos que entender de dónde viene nuestro dolor es lo mismo
que saber qué hacer con él. Puedes reconocer todos tus miedos, pero seguirás repitiendo
los mismos errores. Así que convertimos el dolor en una parte romántica de nuestra identidad. Llega un momento
que incluso deseamos que algunas cosas no se solucionen porque hemos aprendido
a vivir en la incertidumbre. Si dejamos de sufrir por aquello que nos define,
¿Qué nos queda? ¿Quiénes somos cuando ya no tenemos una herida que explicar o de la que preocuparnos?
Por eso nos
cuesta tanto dejar de romantizar lo negativo. Es más fácil construir una
historia con aquello que nos falta que con aquello que tenemos. La tristeza
tiene motivos y culpables que podemos imaginar una y otra vez. La felicidad, en
cambio, a menudo no tiene explicación. Simplemente sucede. Y quizá por eso nos
cuesta tanto escribir sobre ser felices sin que parezca algo aburrido, sin dar
la impresión de que estamos bien porque somos unos irresponsables o no
entendemos la vida. Nos encanta el dolor porque nos convierte en seres humanos
reales. Sentimos que la paz no tiene mérito porque no viene acompañada de
lágrimas.
Y encima negamos ser masoquistas…

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