domingo, 17 de noviembre de 2024

La mujer de mirada cansada




La mujer de mirada cansada tiene una presencia que, sin llamar la atención, nunca pasa desapercibida. Su cabello rubio, lacio y brillante, cae sobre sus hombros, enmarcando un rostro que refleja una belleza comunión de la madurez y los rasgos de quien aun conserva esa añorada juventud. Sus ojos, ligeramente cansados, cuentan historias de noches largas y reflexiones profundas, hay en ellos una mezcla de dulzura y melancolía, como si hubieran visto y sentido más de lo que están dispuestos a revelar. Mirada que esconde más que muestra, en desacuerdo con el resto de sus risueñas expresiones. Un rostro hermoso, sin lugar a dudas, aunque no llama la atención por eso. Su voz es su rasgo más distintivo: peculiar, con una tonalidad única que captura la atención de quienes la escuchan, como una sirena escondida en el cuerpo de una mujer común que se dirige a ti, sonríe, vocaliza cualquier palabra y tu, desdichado marinero que la escuchas, quedas irremediablemente fascinado por el canto y caes postrado a sus pies. Es una voz que podría ser suave como un susurro o firme como una declaración, pero mantiene un matiz que la hace especial, resonando con una calidez que envuelve y un dejo de misterio que invita a conocer más. El misterio de alguien que no parece misterioso. La claridad de alguien que esconde cientos de secretos en cientos de cajas firmemente cerradas. Si sabes observar te das cuenta de que lo que ves de esa mujer es solo una pequeña parte de lo que es. Hay emociones firmemente atornilladas a nuestra personalidad que solo podemos mostrar a quien tenemos tal confianza que podríamos poner nuestra vida en sus manos.

Una sonrisa se dibuja lentamente en su rostro, no es una sonrisa abierta, sino más bien una curva sutil y enigmática en la comisura de sus labios, apenas perceptible, como una sombra de emoción contenida. Sus ojos parecen brillar con una chispa oculta, dejando entrever ese secreto que permanece velado detrás de una mirada tranquila. Es una sonrisa que provoca curiosidad, que sugiere que hay algo más detrás de su aparente calma, una verdad que no se revela con facilidad. Esa pequeña sonrisa guarda la promesa de historias no contadas, de pensamientos intrincados que juegan en su mente, de intenciones que nunca se manifestarán. Una sonrisa que despierta preguntas. 

No voy a describir más de su físico por varios motivos, el más importante es porque en cuanto vi su mirada, me dió igual el resto. Describir a una mujer obviando su apariencia física permite resaltar aspectos de una personalidad compleja y tridimensional que no se reduce a su apariencia externa. Quien lee sobre una persona o personaje necesita esa descripción física. Necesita saber si esa persona es alta, es delgada, camina elegantemente o, en el caso de relatos eróticos necesita conocer el tamaño de los cuartos traseros y de los pechos, del pene y de unos músculos bronceados. La cosificación en el relato es imprescindible para encender la mecha del interés ajeno. 

Pero este no es el caso. 

La mujer de mirada cansada podría ser todo cuanto no se ajusta a mis gustos físicos y me seguiría pareciendo tan interesante que su recuerdo vuelve a mi cabeza constantemente y sin poder evitarlo. 

Me resulta del todo imposible acercarme a ella y desvelar mis intenciones sin tomar ciertos riesgos que puedan destruir cualquier escenario conocido. ¿Cuáles son mis intenciones? Eso es lo que desconozco, solo tengo la certeza de que su personalidad se ha quedado grabada en mi cabeza desde el primer instante en que me crucé con ella. Me gustaría conocerla más a fondo, sin dobleces ni segundas intenciones, observar esos ojos cansados sin nadie a nuestro alrededor y hablar, simplemente. Entrecerrar los ojos y dejarme mecer por su voz. 

Escuchar sus secretos: no deseo más.

sábado, 28 de septiembre de 2024

La puerta (relato)

 


Isabel se detiene frente a la puerta entreabierta que franquea la entrada la piso. Un último respiro, una última oportunidad, la idea de salir corriendo cruza su cabeza rebotando de lado a lado haciéndola casi perder el equilibrio. Lo desea tanto que sabe que debe salir corriendo, pero su coño mojado manda sobre el resto de su cuerpo, manteniéndolo ahí, inmóvil y sin capacidad de reacción. Isabel abre la puerta, hay un antifaz colgado de un telefonillo, cierra la puerta, se quita las gafas, las guarda en su bolso y se coloca el antifaz. Respira profundamente. Ahora debería decir “ya estoy, amo” pero su voz ha huido despavorida. Su voluntad se ha perdido al cerrar la puerta, pero su cuerpo no reacciona. Abre la boca, pero ninguna palabra sale de ella. Seguramente el amo estará pensando por que tarda tanto. Entonces recuerda, con el antifaz cubriendo sus ojos, que el amo le dijo que lo que más le había atraído de ella eran sus gafas, le había dicho que quería correrse en su cara mientras ella miraba a través de las gafas como todo aquel semen caía sobre ella. Lo quiere, desea todo eso y más aún. Quiere ser usada, humillada, quiere sentir dolor y sentir el orín caliente de aquel desconocido cayendo por su cuerpo. ¿Por qué? Nunca se ha entregado de esa forma a nadie antes y nunca a un desconocido a quien no va a ver durante toda la sesión. Esa circunstancia alejada de toda lógica es precisamente lo que la ha movido a venir. Nada de conversaciones previas, nada de juzgarse el uno al otro, nada de preliminares. Directa a su casa a ser usada. Eso la hace sentirse la mas perra de la ciudad. Incluso de la provincia. Eso es lo que siempre ha buscado: sentirse viva sin tener que pagar el peaje de cualquier tipo de relación habitual. El sexo convencional hace tiempo que dejó de tener sentido para ella. Por eso está en casa de ese desconocido que la va a sodomizar en cuanto ella diga “ya estoy, amo”.

-Ya estoy, amo.

Isabel escucha unas pisadas aproximándose a ella.

-Hola cerda -dice el hombre con voz firme, cogiéndola de los hombros.

La mujer no sabe que contestar, se deja guiar unos cuantos pasos hasta que se detienen.

-Delante de ti hay una cama, súbete a ella, a cuatro patas.

Isabel obedece, apretando los dientes. Está tan excitada que apenas puede articular un pensamiento coherente. Solo desea sentir, descubrir, llorar, gritar…

El hombre levanta su falda, le quita las bragas, después la recoloca en altura y posición. Isabel imagina que es para acceder mejor a sus entrañas. El hombre abre sus nalgas, está examinando su culo. Isabel siente una mezcla de vergüenza y excitación. El hombre introduce un dedo, sin previo aviso, casi hasta el fondo. Isabel suelta una pequeña queja, duele, pero es un dolor que necesita sentir, después nota el escupitajo de el hombre en su culo. Entra un nuevo dedo, ya son dos. Isabel se relaja y comienza a disfrutar de los dedos del desconocido hurgando en su culo. El amo saca los dedos y Isabel nota la lengua de el lamiéndola, entrando en su culo. ¿Es eso habitual? ¿Un amo haciéndole un beso negro a la sumisa? Nunca nadie se lo ha hecho antes, es una sensación diferente, entre cosquillas, placer y una extraña sensación que es agradable. El hombre se detiene, la coge de las caderas y comienza a entrar en su culo, poco a poco, la polla abriéndose paso en sus entrañas. Duele un poco pero no demasiado. Isabel se deja llevar, solo quiere que aquel tipo abuse de ella, la use, la humille, la mueva a donde nunca se ha atrevido a ir.

Solo quiere sentir.

viernes, 27 de septiembre de 2024

El cartero y el olor corporal (relato)

 


El amo está escribiendo a mano una carta dirigida a la que va a ser su sumisa, lo hace armado de una hoja de papel y un bolígrafo. Un acto impensable en los tiempos actuales, igual de inédito que lo que le va a proponer a ella. 

Nunca se han visto antes. Si todo va bien, será su primera sesión, tomarán algo antes de ir al hotel, ella necesita olerle para saber que es el hombre a quien desea entregarse. El amo prefiere no pensar en eso como un exámen. Sería terrible que le rechazasen por su olor: doble decepción.

El hombre posa la punta del bolígrafo en la hoja y comienza a escribir.

“Vendrás a mi encuentro con un vestido corto, medias negras, también llevarás esas gafas que tanto me gustan. Tomaremos algo, quizás en la terraza de un jardín público, un lugar donde mantener una conversación subida de tono sea difícil, pero necesitas fumar esos puritos, lo entiendo, aunque me revienten las terrazas. En eso seré yo tu sumiso.”

El amo sonríe, siempre ha imaginado el rol de amo como el de un sumiso encubierto, alguien que está al servicio de su sumisa pero que debe hacerla creer que ella obedece sus ordenes cuando, en realidad están enmarcándose en la realidad los deseos de ella.

“Cuando vayamos al hotel, te dirigirás a mi como amo. Al entrar en la habitación te quedarás inmóvil para que tu amo pueda meter la mano entre tus piernas y comprobar lo mojada que estás. Después te desnudaré por completo y te masturbaré un rato, seguirás de pie, pero no te dejaré correr, aun no. Tu orgasmo es un premio. Y todo el mundo sabe que para conseguir un premio has de ganar la competición”.

El amo le había preguntado si quería correrse durante las sesiones y ella había contestado que sí. “Contemplo correrme claro que si” había sido su respuesta. Pero sucedería solo cuando yo le diese permiso, así lo habíamos pactado.

“Cuando tu coño sea una cascada de agua que fluye sin llegar al orgasmo, te ordenaré que te arrodilles, te quitaré las gafas y, a continuación, colocaré un antifaz sobre tus ojos y después pondré mi polla en tu boca. Has de saber que una buena mamada de su sumisa es lo que más le gusta a tu amo. Quizás me corra en tu cara o en tu garganta, quien sabe, solo se que de vez en cuando te clavaré la polla bien adentro para provocarte arcadas. Mientras eso sucede te agarraré con fuerza del pelo, te escupiré, te humillaré, te abofetearé… todo eso con mi polla dentro de tu boca. Y cuando te pregunte, tu contestarás con la polla dentro de tu boca, aunque no se entienda nada.”

Ella también le había dicho que quería experimentar el dolor.

“Después te estiraré en la cama, pondré unas pinzas en tus pezones y en tus labios vaginales y me quedaré observándote, controlando tu dolor, cuidando de que sea doloroso, pero no sea bloqueante, te masturbaré para aliviar el dolor. Placer y dolor, ambas sensaciones se producen en la misma zona del cerebro”

El dolor y el placer van juntos. Siempre, incluso pueden convertirse en algo indivisible. El amo lo sabe. Pero el dolor hay que controlarlo, siempre.

“Cuando te hayas corrido, porque así lo haya decidido yo, te penetrare por el coño y por el culo, cambiando constantemente de agujero, usándote como lo que eres, humillándote, escupiéndote… ayudándote a moverte hasta ese espacio fuera de la zona de confort donde descubrir una nueva forma de entender el placer. Creo que me correré en tu boca y cuando lo haya hecho te ordenaré que abras la boca para comprobar que te lo has tragado todo. Quizás me corra en tu cara, tu con las gafas puestas, para que puedas ver la leche de tu amo saliendo disparada hacia ti para después llevarte hasta un espejo y que observes tu rostro de perra lleno de semen. Y entonces, solo entonces… volveremos a comenzar. Eso será en nuestra primera sesión.”

El amo sonrie de nuevo, la carta no necesita mas, demasiada información sería apagar la llama de la necesaria sorpresa, así que firma la carta, la introduce en un sobre y baja hasta la calle para meterla en un buzón. 

Ahora ya todo depende de su olor... y del cartero…

jueves, 26 de septiembre de 2024

Despertar




La mujer levanta la vista, tiene el pelo desordenado, el rostro sudoroso, está arrodillada en el suelo, con su rostro manchado de semen. Arrodillada a los pies de un hombre que acaba de usarla como un objeto sexual. La mujer sonríe satisfecha.

Despertar nuevas emociones asociadas a la sexualidad es un viaje íntimo y personal que va más allá del descubrimiento. Es un proceso de empoderamiento y liberación que puede darse a cualquier edad o  en cualquier situación. ¿Por qué despertamos de repente? La curiosidad, la búsqueda de placer, el deseo de reconectar con nuestro cuerpo o el sentirnos liberados de juicios y estereotipos pero, sobre todo, porque algo nos hace despertar casi de forma involuntaria, como el despertador que suena a las seis de la mañana.

La mujer coje los doscientos euros que el hombre le tiende, los guarda en su bolso y, a continuación, permite que aquel tipo con el que nunca se habría acostado, la desnude para hacerle el amor. No es la primera vez que están juntos. Muchos podrían pensar que el oficio de ella es tarifar el amor por horas, pero nada más lejos de la verdad. La mujer no necesita ese dinero, es la tercera vez que lo hace, siempre con el mismo hombre, quizás sea la última. Hace dos meses aquel hombre le ofreció una contraprestación económica que ella aceptó porque solo escuchar la proposición su sexo se convirtió en un manantial. También imaginó que saldría de aquel encuentro con vergüenza y culpa pero al acabar y con esos doscientos euros de mas en su bolso, la mujer salió empoderada, orgullosa y libre. Salió de aquel hotel con el convencimiento de que iba a continuar explorando su sexualidad. Y si alguien la llamaba puta le arrancaría la oreja de un mordiscos, a pesar de que ella misma cada mañana delante del espejo observa su cuerpo esbelto y se dice a si misma "para lo cachonda que estoy y lo guarra que soy follo poco". Pues eso se va a acabar, convertirse en una puta la ha ayudado a entender que cruzar esas líneas que ella misma había marcado, son una forma de liberación. Puta y orgullosa.

Reconecta con nuestros deseos y aprender a comunicarlos, es un paso fundamental. ¿Pero a quién comunicárselo? A nuestra pareja, quizás, a un amante, a un amigo íntimo pero nunca al cura de la parroquia, a nuestro jefe o al presidente de la comunidad de vecinos. Superar tabúes no significa convertirse en el mas payaso del circo.

Las dos personas se observan el uno a la otra y viceversa, casi examinando el más pequeño de los gestos. Ambos sostienen una copa de vino cada uno a la que han dado un breve sorbo. Se miran a los ojos y desconfían por el simple motivo de que están deseando confiar con toda la fuerza del universo. Cuanto más desconfíen más lucharán por confiar. Confiar en alguien a quien puedan contarle todos sus deseos y encontrar esa intersección que les permita irse a un hotel y sudar como cerdos llevando a cabo sus fantasías más oscuras. Porque iluminar esas fantasías es la clave del disfrute sin etiquetas.

-¿Te gusta el sexo anal? -pregunta el hombre.

-Me encanta -contesta ella.

Ambos hacen chocar sus copas y sonríen abiertamente.

Crecemos con creencias que limitan nuestra sexualidad. La cultura, la religión o la educación nos mueven a callarnos todo aquello que se salga de los estándares, impidiendonos durante muchos años redefinir nuestra sexualidad. Porque lo que hemos visto, oído o vivido no son nuestros deseos sexuales sino los de las películas, novelas, amantes, parejas o incluso lo que dice el Papa de Roma. Pero esa no es la definición de lo que el sexo significa para nosotros. Porque cada persona vive el sexo de una forma diferente. Liberarse también es celebrar que no hay una única manera de vivir la sexualidad. Cada persona tiene sus propios ritmos, deseos y formas de experimentar el placer. La diversidad de experiencias, cuerpos y deseos es lo que hace que la sexualidad sea tan rica y personal. Nos empeñamos en definir, diccionario en mano, lo que es la felicidad, el amor, el miedo o el bacalao al horno cuando la realidad es que todos tenemos una forma diferente de vivir esas cosas, especialmente si eres cocinero.

La mujer está completamente desnuda, atada en una cama, con una venda en los ojos. Puede escuchar al hombre caminando por la habitación. La mujer intenta relajarse, confía en él y sabe que todos los "no" y los "si" que han pactado, se van a respetar. Ojala la penetre por todos lados, la haga gritar, la haga correrse y se corra en todos sus agujeros, ojalá la insulte, la escupa, la humille y le tire del pelo, incluso que la abofetee, ojalá todo eso y más. Ojalá que las fronteras se difuminen y el placer se apodere de todo. Ojalá acabe y se queden desnudos en la cama, abrazados y charlando sobre lo sucedido. Ojalá.

El cuestionamiento de las normas abre las puertas a nuevas experiencias que antes parecían inalcanzables o inapropiadas disfrutando de lo que nos han dicho que no era correcto y disfrutándolo sin sentirnos culpables ni juzgados. Liberarse está relacionado con el empoderamiento, sentirnos seguros en nuestra piel, disfrutando del placer sin vergüenza. Y a medida que nos empoderamos seremos más capaces de decir "no" o "si" a lo que realmente rechazamos o deseamos.



miércoles, 28 de agosto de 2024

Sexo Oral Vs Sexo Oral en el BDSM

 



El sexo oral en el BDSM es una práctica cargada de simbolismo, poder, control y mucha saliva. Comúnmente creemos que arrodillarse y abrir la boca o ver a una ama con las piernas abiertas esperando a ser lamida es algo que también sucede en el sexo “normal” (o eso que conocemos como “sexo vainilla” que nada tiene que ver con los sabores de helado), creemos que es algo conocido: comer o ser comido (o comer y ser comido), pero, como ocurre con otras prácticas en el BDSM, el sexo oral se puede explorar de maneras diferentes y es ahí donde deja de ser una práctica meramente sexual, y se convierte en un acto de obediencia o sumisión además de ser una herramienta de castigo o recompensa. La profundidad emocional es lo que diferencia el sexo oral en el BDSM del sexo oral en el sexo. Si somos dominantes, utilizaremos el sexo oral para expresar poder y control sobre el dominado. El acto de dar o recibir sexo oral puede simbolizar la entrega de uno y la autoridad del otro. Además, para la persona dominada, hacer sexo oral se convierte en un acto de adoración, obediencia o devoción. Al mismo tiempo, la persona dominante, observando a su mascota, perdón... observando a su sumisa o sumiso haciéndole sexo oral, siente una reafirmación del control sobre su propiedad. Es decir: un acto simple y conocido que, dentro de un contexto de roles, amplia el sentido de absolutamente todo.

El dominante decide cuándo, cómo y en qué condiciones se realiza. Esto puede incluir órdenes explícitas, restricciones de tiempo, posiciones específicas, o incluso el uso de cuerdas o antifaces, también puede convertirse en un juego donde el dominante controla si el sexo oral es recompensado con un orgasmo o si se detiene antes de llegar a ese punto (ya sea por pasiva o por activa). Además, como en otras prácticas de BDSM que también son prácticas “habituales” fuera del BDSM, el sexo oral puede ser “vainilla” pero también mucho más intenso y agresivo, incluso humillante, dependiendo de la escena y el acuerdo mutuo. El BDSM permite todo ese abanico de colores que en otros escenarios sería impensable.

Podemos sumar la práctica del ahogamiento (también conocido como "breath play") y combinarla con el sexo oral. Esto implica controlar la respiración de la persona sumisa durante la felación o el cunnilingus, a menudo como un acto de poder extremo, aunque requiere un alto nivel de confianza y experiencia. Otras prácticas asociadas son la garganta profunda o también el cómo utilizamos el semen en el sexo oral (eyaculando en la cara de la persona dominada para humillarla, o en su boca obligándola a tragarlo, aunque no quiera, etc). Porque el sexo oral puede ser usado como castigo si se obliga al sub a realizar sexo oral bajo ciertas condiciones que podrían ser humillantes (siempre de previo y mutuo acuerdo). Como recompensa, el sexo oral puede ser una forma de gratificación cuando el sumiso ha cumplido con las órdenes del dominante o ha mostrado obediencia y dedicación. Y aquí hay que decir, que ciertas personas utilizan en el BDSM el sexo oral como recompensa en ambos sentidos: del dominante al dominado o del dominado al dominante.

El sexo oral en el BDSM puede ser una práctica llena de significado, complejidad y conexión emocional. No es solo sexo oral… probadlo si tenéis la oportunidad (aunque solo suceda eso en vuestra primera sesión) porque es una buena forma de comenzar, conectando íntimamente con la otra persona en una práctica que conocéis y es familiar, lo que coloca esa práctica en una zona de confort conocida. El resto consiste en añadirle matices poco a poco… ah, y tener un mullido cojín a mano para que las rodillas de la persona dominada no sufran mas de lo necesario...


martes, 20 de agosto de 2024

Dolor y placer (en la vida y en el BDSM)

 


Dolor y el placer son dos experiencias que, a priori, consideramos como contrarias. No obstante, están conectadas de forma tan compleja que una simple frase no es suficiente. Intentaré explicarlo sin naufragar en el intento.

En nuestro cerebro, las áreas que procesan el dolor también están involucradas en la sensación de placer. Esta primera afirmación nos ayudará a comenzar a comprender porqué dolor y placer no son opuestos, sino que pueden coexistir y alimentarse. Esta conexión es perceptible (o al menos yo la he percibido) en prácticas donde el dolor se convierte en una fuente de placer, como ocurre en algunos aspectos del BDSM. Lo primero: si alguien te asegura que el BDSM es esencialmente dolor entonces deberías tomas la decisión de salir corriendo en cualquier dirección para alejarte de esta persona. Nada en el BDSM es esencialmente algo porque el BDSM es la adopción de un rol (dominante o dominado) donde somos los implicados quienes consensuamos que practicas hacer. Y si rechazamos el dolor eso no excluye que podamos disfrutar del BDSM. Por supuesto que hay BDSM placentero sin dolor.

Volvamos al aspecto biológico de todo esto: las endorfinas (neurotransmisores que se liberan en respuesta al dolor) también nos inducen sensaciones de euforia y bienestar, lo que explicaría por qué, en ciertos momentos (escenarios), el dolor también es placer. Esta respuesta biológica es una reminiscencia evolutiva que nos ayuda a lidiar con situaciones de estrés o daño físico, proporcionando una "recompensa" interna que contrarresta el sufrimiento. Como cuando un tiburón arranca de un gentil bocado el pie de un bañista, pero la víctima no se da cuenta de que los deditos de sus pies son la merienda del escualo hasta pasado buen un rato. Ese chute de endorfinas posterior al terrible mordisco le ayuda a sobrevivir y a sobrellevar el dolor. Como cuando tenemos un accidente grave y el verdadero dolor en nuestro cuerpo aparece transcurrido un tiempo, cuando desaparece ese necesario chute de endorfinas que nos ayuda a sobrellevar las crisis inesperadas.

En muchas culturas, el dolor se ve como un medio para alcanzar un estado superior de conciencia o placer utilizando ritos de paso, sacrificios físicos y ejercicios extremos para purificar el cuerpo y la mente, abriendo la puerta a experiencias placenteras o espirituales más profundas.

En el sexo, algunas personas experimentan placer a través del dolor consensuado. Aquí, el dolor no es el fin en sí mismo, sino una vía para intensificar la conexión emocional, la liberación de tensiones o el descubrimiento de nuevas sensaciones. Como cuando algunas personas practican sexo anal y la respuesta verbal es “me duele, pero me gusta”. 

Aunque debemos reconocer que esta frontera (o percepción) entre dolor y placer está influenciada por el contexto, las expectativas y nuestras experiencias en el pasado. Lo que es doloroso para una persona puede ser placentero para otra, dependiendo de su historia personal y de cómo su cerebro procesa esas sensaciones. Lo que explicaría porqué a unas personas el dolor las transporta hasta el placer y a otras las paraliza.

En nuestra vida diaria, el dolor (emocional) también puede llevar al placer. Superar dificultades junto a otra persona puede fortalecer los lazos afectivos, creando una sensación de logro y conexión profunda. Superar el dolor o la adversidad puede llevar a una mayor apreciación del placer y la felicidad en nuestra vida.

Dolor y placer en el sexo, en la cultura, en nuestra vida diaria... dolor y placer son esas dos caras de la misma moneda, inseparables. Explorar y entender la conexión entre ambos puede enriquecer nuestra vida, permitiéndonos experimentar todo ese catálogo de emociones y sensaciones que definen nuestra existencia. 

El escenario del BDSM es uno de los más óptimos (por el control) para conseguir esta nueva experiencia  con el dolor que puede ayudarnos a comprender un poco mejor nuestra auténtica esencia. 

Algunas personas que lean esto nunca habrá tenido una sesión BDSM porque les da miedo pero sí que se han tatuado el cuerpo. ¿Que diferencia hay? En esencia, ninguna. Cuando nos hacen un tatuaje, las agujas penetran en nuestra piel repetidamente, lo que provoca una respuesta natural de dolor. Sin embargo, durante este proceso, nuestro cuerpo también libera esas endorfinas que actúan como analgésicos naturales y que son responsables de la sensación de euforia. Saber que el dolor, cuando nos están tatuando, tiene un propósito puede transformar ese dolor en algo soportable e incluso deseable. La anticipación de obtener un tatuaje y el deseo de expresión personal nos llevarán a un estado mental en el que el dolor será interpretado de manera positiva, como parte de un ritual o logro personal. Saber que el dolor, cuando estamos en una sesion BDSM, tiene un propósito, será exactamente lo mismo.

Pero, como he dicho antes, ese dolor asociado al placer en el BDSM debemos explorarlo desde nuestra absoluta libertad y totalmente consensuado. ¿Mi opinión? Si sentís curiosidad, probadlo de forma segura, controlada y progresiva.

viernes, 2 de agosto de 2024

Estas cosas no son para mi

 



Casi todas la gente con la que he podido hablar sobre BDSM y nunca lo han practicado, defienden este hecho argumentando que “estas cosas no son para mí”. Ningún reproche por mi parte. Cuando veo gente intentando escalar el Everest, buceando en alta mar, paseando cinco perros por la calle o educando a cinco niños, me digo “esto no es para mí”. Pero nunca he intentado escalar ni tan siquiera la montaña más modesta que rodea la ciudad donde vivo, nunca me he sumergido en alta mar más allá de donde cubre, nunca he intentado limpiar la mierda de cinco perros en la calle, tampoco de de cinco niños en mi casa. Estas cosas no son para mi porque no las he probado, pero intuyo que no me van a gustar.

Un motivo que nos mueve a decir “esto no es para mí” es el aparente esfuerzo que requiere emprender nuevas aventuras. Cada año que pasa estamos más acomodados en nuestro escenario a pesar de que en nuestro perfil de Instagram pongamos eso de “carpe diem” o una frase de Mr. Wonderful del estilo “la vida solo pasa una vez: vívela”. Después la realidad nos golpea y nos obliga a recordad que lo más atrevido que hemos hecho en todo el año ha sido sugerirle a nuestro peluquero de confianza que corte dos centímetros más de lo habitual. Desconfiamos de las nuevas experiencias, pero no por nuevas sino por el esfuerzo que significa emprender un viaje del que desconocemos su final. O dicho de otra forma: solo lo haré si estoy convencido de que la recompensa será mayor que el esfuerzo.

Otro motivo que nos mueve a decir “estas cosas no son para mi” es la idealización que hemos hecho de cosas que nunca hemos probado. Una idealización basada muchas veces en la ficción, en noticias o en comentarios de bar. Nunca hemos conocido a nadie que haya escalado el Everest, pero aseguramos que no es para nosotros porque lo que sabemos del Everest es que hace frío, Glovo no llegá hasta ese remoto lugar y la gente muere. Nunca hemos practicado BDSM porque en nuestra imaginación hay dolor, humillación, abuso y una mazmorra que debe oler fuerte.

Los principales motivos que nos mueven a no despegar nuestros culos del sofá y probar cosas nuevas son el miedo y la apatía.

Ahora me vendréis con que vosotros no sois así, claro… por eso perdéis una hora un viernes por la noche navegando por todas las plataformas digitales buscando una buena película en vez de hacer paracaidismo nocturno o acudir a una pelea clandestina.

Vale, culpa mía. Lo reconozco: cuando escribo siempre me apoyo en las figuras más extremas. Como esos machistas que de repente le sueltan a una mujer en una discoteca “¿follamos?” y cuando ella contesta que no entonces ellos dicen a sus amigos en voz baja “menuda monja”.

De acuerdo, ni ángel ni diablo, intentaré ser más asertivo. Vamos allá: nos probamos cosas nuevas porque en esa balanza en nuestra imaginación siempre pesa más quedarnos sentados en el sofá. Esa es nuestra realidad y por mucho que leas esto y digas “No es mi caso”, reflexiona sobre cuantas cosas nuevas has probado este año. Aclaración a la norma: como cosas nuevas no valen el helado de judías pintas ni la ropa interior comestible. Hablamos de cosas que nos cambien, que nos estimulen, que nos hagan reír o llorar. Cosas que recordemos el resto de nuestras vidas.

Experiencias.

Y ahora, vuelve a reflexionar sobre todo esto y dime porque el BDSM no es para ti.