jueves, 1 de enero de 2026

Propósitos de año nuevo (un año más)



El mes de enero aterriza siempre con la misma energía espiritual: un calendario nuevo, un cuaderno sin estrenar y la firme convicción de que, por fin, vamos a convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos. Una especie de Pokémon evolucionado, pero de hacendado.

Los propósitos se alinean como si fueran un ejército disciplinado: ir al gimnasio, comer sano, leer más, ahorrar, ser mejores personas. Durante tres días (cuatro si eres un héroe) la cosa parece funcionar. Te levantas temprano contra tu voluntad, desayunas avena que sabe a relleno de cojín, lees diez páginas de un libro que no entiendes y te convences de que esta vez sí, ya está: has roto la maldición.

Pero entonces llega la vida real, con su puntualidad castrense. Nos da la impresión de que el gimnasio está cada vez mas lejos, la avena se convierte en un castigo medieval, el libro se queda en la mesita como el recordatorio de un futuro inexistente, y el ahorro… bueno, el ahorro se convierte en un concepto casi metafísico.

31 días después, febrero nos encuentra como cada año: con la tarjeta del gimnasio sin estrenar, un tupper de verduras marchitas en la nevera y la sospecha de que quizá, solo quizá, la mejor versión de nosotros mismos es la que no se toma tan en serio los propósitos.

Seamos honestos: si de verdad quisiéramos cambiar radicalmente, no esperaríamos al 1 de enero. Y si esperamos… es porque en el fondo nos encanta este ritual tragicómico de prometer lo imposible. Es nuestro pequeño teatro anual. Nuestro momento drama queen encima de un escenario donde nuestros amigos y familiares nos aplauden.

¿Qué importa que el resultado sea siempre le decepción propia y ajena? A eso se le llama vivir.

Y ahora, si me permitís, voy a volver a lo mío que estoy dudando si apuntarme al gimnasio o beberme la tercera cerveza del día.

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miércoles, 24 de diciembre de 2025

La necesidad y los sentidos (relato)




La lluvia comenzó su acostumbrada tarea justo en el instante en que la mujer alcanzaba a resguardarse en el portal, como si el cielo hubiese decidido acompañar el leve temblor que le recorría el pecho con algún que otro relámpago y rachas de agua. Un gesto cómplice del clima, imitándole el pulso descontrolado. Pura teatralidad. Ella cerró los ojos e intentó relajarse, como si eso fuese algo posible.

El hombre solía decir que amaba la lluvia por los olores; ella compartía esa devoción, aunque el hedor a cloaca que ascendía ahora desde las entrañas de la ciudad no era precisamente el perfume que habría elegido para el momento. ¿Sería una señal, un aviso, un mal presagio? Llevaba horas dándole vueltas a esa visita, imaginando una y otra vez lo que significaría acortar la distancia amable de las palabras escritas, que actuaban en forma de escudo. ¿Por que hacerlo de aquella manera? Lo diferente, no siempre es algo que aporte una enseñanza positiva. Aunque también sabia que de las enseñanzas negativas se aprende mas que del resto. Acertar diez veces es rutina, fallar diez veces es tragedia.

Por fin estaba allí, frente a la puerta, con la lluvia marcando el compás del miedo y la curiosidad. Podía salir corriendo bajo la tormenta, perderse otra vez en unas calles que conocía de haberlas transitado minutos antes, o podía subir al piso y enfrentarse a sus miedos, a sus dudas, enfrentarse a la desconfianza. Ambas opciones eran reales, casi palpables: la huida tenía el sabor amargo de lo familiar aunque también la promesa de un alivio inmediato. Entrar, en cambio, era un salto al vacío, una apuesta por lo que aún no tenía nombre.

Mientras el agua le goteaba por la frente desde su pelo mojado, recordó cuantas veces había huido antes, y cada vez que escapaba, lo desconocido no desaparecía: le perseguía un silencioso eco que se estiraba en la oscuridad. Huir era volver a empezar el mismo círculo. Entrar significaba, romperlo, pero esa valentía podía acabar mal. 

"Fallar diez veces es tragedia", se repitió a si misma. ¿Por que se castigaba de esa forma? Salir corriendo no significaria haber fracasado, estaba segura de que el hombre la entendería. Subir a su piso, en cambio, presentaba demasiadas preguntas sin responder y temores que podían llegar a ser realidades.

Respiró hondo. La puerta esperaba. 

Decidió confiar porque no solo estaba confiando en aquel hombre, sino que estaba confiando en si misma: En todos los hombres y todas las mujeres, en realidad. Confiar y acertar significaría salir de allí caminando con el paso mas firme y seguro. Y , aunque el miedo le hiciese temblar cada hueso de su cuerpo, prefería avanzar. 

Solo era un abrazo, nada mas. Eso habían dicho. "Solo"... como si un abrazo con un desconocido no pudiese ser el detonante de mil tragedias.

Dos plantas más arriba la aguardaba una puerta entreabierta. Con el corazón encogido empujó. Al otro lado se abría un pasillo silencioso.  Respiró hondo y entró, cerrando la puerta, sellando el pacto. ¿Y si se estaba poniendo demasiado dramática? En los últimos años  había aprendido a no temer ese vértigo que aparece cuando una decisión se tambalea, porque, en el fondo, cada tropiezo te revela una forma diferente de mirar el mundo. Equivocarse no es un fracaso, sino una manera imperfecta (pero profundamente humana) de avanzar. Y en ese avance, aunque a veces duela, encuentras siempre una chispa de claridad.

Pero repetir el fracaso era una tragedia. ¿Por qué no podía apartar es idea de su cabeza?

La casa desprendía un calor indefinible, algo que no sabía nombrar pero que la envolvía. Un hogar. A su derecha, colgado del interfono, descansaba un antifaz. Solo tenía que ponérselo. Nada más. No había llegado hasta allí para pensar. Se lo ajustó y murmuró, casi en un hilo de voz: 

“Ya” dijo ella..

Con la venda, el mundo quedaba reducido a la respiración y a un silencio repleto de imperceptibles sonidos. No veía nada, pero lo presentía todo: el leve crujido del suelo, el murmullo del aire cuando él se acercó, la forma en que una presencia puede rodear sin tocar. Y entonces, sin sorpresa, sintió la mano de él posarse en su brazo. No había en ese contacto ni posesión ni prisa. Era un leve contacto que parecía pedir permiso al propio tiempo. Su piel respondió antes que su pensamiento, como si la conciencia fuera siempre la última en llegar. El instante se estiró, delgado y tenso, como un hilo que pudiera romperse con una palabra.

No hubo palabras. Solo el avance lento de unas manos que cogieron las suyas sin pretender conquistar nada. Ella se dejó llevar por algo que era casi una entrega, lo hizo sin vértigo, porque esa confianza que no exigía promesas. Él la condujo hacia otra estancia (quizá un comedor) y en la breve distancia el aire cambió de temperatura, como si cada paso modificara la forma misma del mundo. “¿Cómo te sientes?”, preguntó él. Era la primera vez que oía su voz: grave como un eco antiguo, como una chimenea en invierno, firme como una promesa verdadera. Unos adjetivos que la oscuridad magnificaba. Ella alzó la cabeza y contestó “bien” con toda la rotundidad de la que era capaz. Estaba bien pero se sentía removida por dentro, con la sensación de que, en cualquier momento, podría romperse la cuerda que sostenía el frágil puente sobre el que estaban ambos,

Él le retiró el abrigo con una delicadeza inesperada, después la envolvió en un abrazo que parecía llegar desde otro tiempo. En la distancia de la virtualidad habían hablado de los abrazos: ese roce no sexual que existe entre iguales, entre familia, entre amigos; ese puente de piel que algunos buscan como un hogar y otros rehúyen como una enfermedad contagiosa. Aquel abrazo era un refugio. Los brazos de él, amplios, la rodearon como si la custodiaran del mundo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Olía a perfume, sí, pero también a piel viva, a presencia, a un lugar donde cerrar los ojos y quedarse a vivir unos minutos más. Ese perfume la movió a escuchar una canción de Jazz, el tacto de sus manos en la espalada la movieron a imaginar el olor de un bebe recién nacido. Las respiraciones de ambos estaban teñidas de color verde claro. Pura sinestesia.

Y lo hizo: cerró los ojos, aun con la venda cubriéndole la mirada, como si el mundo entero se redujera a ese instante que no quería soltar.

Las manos de él recorrían su espalda con una suavidad que no tenía nada de carnal. Era la ternura instintiva de quien intenta calmar a un ser herido, la delicadeza de un padre que arropa, de un hermano que acompaña. Y, al mismo tiempo, había en ese gesto algo roto, como si él también fuese un animal lastimado buscando consuelo en el contacto. Permanecieron así unos minutos, abrazados, compartiendo olores, calor, humanidad. Una descripción que podría confundirse con lo sexual, pero allí no había deseo, ni tensión, ni búsqueda. Solo una calidez antigua, casi imposible, que a ella le recordaba al abrazo de una madre al levantarla de la cuna. Un recuerdo que no podía ser suyo y aun así le golpeaba el pecho con la fuerza de lo verdadero.

Cuando el abrazo se deshizo, él rozó su mejilla con un beso tan leve que parecía prestado. Después la acompañó hasta la puerta y la dejó allí, suspendida en un silencio que ya no le pesaba. Ella se quitó la venda y salió de la casa sin mirar atrás. En la calle, la lluvia había cesado, pero el mundo seguía húmedo. Caminó hasta un bar cercano y pidió un café. Luego envió un mensaje desde el móvil, apenas un gesto. Diez minutos mas tarde, un hombre entró en el local. Nunca lo había visto antes, pero reconoció su voz, su olor, la vibración exacta de su presencia. Ambos sonrieron como dos amigos que no se han visto en años. Él se sentó frente a ella y hablaron durante horas, con la naturalidad de quienes se conocen desde antes de nacer. Ella, con su rapidez habitual, saltaba de un tema a otro, preguntando con hambre verdadera, como si cada palabra fuera una fruta recién abierta.

Aquella conversación no podía pertenecer a dos desconocidos. Había empezado mucho antes, en el instante en que se abrazaron, quizá incluso antes, en ocasionales conversaciones virtuales. Los pocos clientes del bar quisieron imaginar que eran padre e hija, envueltos en una complicidad tierna, casi luminosa.

Cuando se despidieron, se abrazaron en la calle, un abrazo rápido esta vez y se besaron en la mejilla. Justo al separarse, la lluvia retomó su tarea con furia, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar el territorio. Un aguacero implacable, golpeando el mundo con dedos fríos. Ella corrió a refugiarse hasta una estación de metro. Se permitió unos minutos de contemplación, imaginando al hombre regresando a su casa, esa casa que había sentido más que visto. Lo imaginó sentado en un sofá, seco, cálido, protegido. Qué suerte la suya, pensó. Sonrió mientras observaba la lluvia deslizarse por las escaleras hacia la calle, convertida en una cascada improvisada. Olores extraños se mezclaban en el aire, disparándose en todas direcciones tejiendo lo que serían como recuerdos que no pertenecían a nadie.

Se dio la vuelta y bajó al andén.

A veces, una necesidad imperiosa nos atraviesa: la de hacer las cosas de un modo distinto al que conocemos, la de confiar en desconocidos, aunque nos adviertan que no debemos, la de mojarnos bajo la lluvia aunque llevemos un paraguas en el bolso. 

La necesidad de desobedecer suavemente, solo para recordar que seguimos vivos.

La necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que aun queda gente decente en el mundo.

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jueves, 18 de diciembre de 2025

Sumar años, restar cosas




Después de conversar con alguien más joven que yo (solo es un hecho, no caigamos edadismos, que ya bastante tenemos con los “ismos” de siempre), me quedé pensando en una pregunta que me lanzó: ¿con los años te vuelves más frío o pierdes la ilusión? Yo, muy digno, contesté que no. Como siempre, mi dignidad me llevo a cometer un cierto error.

Porque contestar rápidamente “no” a una respuesta es como querer tapar el sol con un dedo. O peor aún, soltar un “no” de esa forma suena a excusa barata para protegerte de una pregunta que percibes como juicio existencial. Spoiler: esa persona no me estaba juzgando, simplemente es una persona que almuerza curiosidad con el café.

La respuesta no es un sí ni un no. Lo binario es tan aburrido como un examen tipo test.

Con los años no te vuelves más frío, pero sí más selectivo: solo muestras calidez a quien realmente te aporta algo. ¿Por qué? Porque ya te has quemado antes dando calor a quien no lo merecía. De joven confías hasta que te demuestran lo contrario; de mayor, desconfías hasta que te demuestran lo contrario. La ecuación se invierte y, sorpresa, esa desconfianza se disfraza de frialdad. Con los desconocidos, huimos de la calidez como si fueran vendedores de seguros. Pero con los cercanos, somos más cálidos que nunca, porque necesitamos ese contacto, esa sensación de refugio.

Respecto a la ilusión, no es que la pierdas, es que la batería se agota. De joven disparas a todos los estímulos que se cruzan en tu vida, porque tienes la energía para enfrentarte a todo. Con los años, la energía se evapora y ya no puedes hacer quince cosas al día sin acabar como un zombie. Así que reduces tus ilusiones a las que realmente puedes sostener. No es falta de ilusión, es falta de gasolina.

En resumen: no te vuelves frío, te vuelves selectivo. No pierdes ilusión, pierdes energía.

Hacerse mayor es un espectáculo tragicómico. Te transforma año tras año en alguien distinto. Y aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: cumplir años es inevitable. No luches contra eso, ni contra los cambios que trae. Cada etapa será distinta, y ahí está la gracia de vivir: aceptar que nada es permanente.

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viernes, 12 de diciembre de 2025

En busca del reconocimiento



Mi blog (que antiguo tener un blog a estas alturas…) se ha convertido en un archivo interminable de palabras, artículos y reflexiones que se acumulan como si fueran los ladrillos de una pared que nunca terminaré de construir. Y lo curioso es que sé que alguien los lee. Las estadísticas no mienten: hay visitas (más de 20.000 usuarios diferentes desde que comencé), hay tráfico, hay ojos que pasan por mis frases a diario… pero lo que no hay son voces. Nadie comenta, nadie escribe, nadie se expone. De esos 20.000 usuarios diferentes que me han leído solo han comentado 14. Si las clases de matemáticas me sirvieron para algo es para calcular que tan solo el 0.07% de los lectores han comentado lo cual significa una clara anomalía convirtiendo el silencio en algo es absoluto, como si mis textos fueran consumidos en una biblioteca clandestina. Pero no me quejo, comprendo el motivo: la temática de este blog trata temas de adultos, pero también “perversos”. Y en ese terreno, la discreción manda. Leer es fácil, pero dejar huella es peligroso. Un comentario, un “me gusta”, un simple saludo puede convertirse en una prueba pública de que alguien estuvo aquí. Y claro, nadie quiere que quede constancia. Digo que lo comprendo porque a mi me pasa lo mismo otros escenarios parecidos que no son el mío.

Así que me acostumbrado a escribir para un público fantasma. Una multitud invisible que se asoma lee, se marcha y nunca deja rastro. Es lo más parecido a hablarle a una sala llena de gente con las luces apagadas: sabes que están ahí, escuchando, pero no ves sus caras ni oyes sus aplausos.

¿Me frustra? Mi ego dice que, en ocasiones, puede frustrarme, pero no se si creerle. ¿Me desmotiva? Nunca.

Porque al final, escribir siempre ha sido un acto solitario, y este silencio en cuanto a reacciones al blog es la confirmación de que cuanto escribo cumple su función: ser leído sin necesidad de ser confesado. El resto son paranoias basadas en ese reconocimiento que todos necesitamos. “Lo estas haciendo bien, hijo”. No, esa época ya pasó. Aunque aquí entra también otra paradoja: no necesito reconocimiento escrito porque tengo el reconocimiento silencioso. Si las estadísticas que reflejan las lecturas del blog fuesen casi cero… ¿diria lo mismo? Os seré sincero: creo que no. Escribimos por muchos motivos, hay gente que escribe para si mismos (por ejemplo, un diario personal), otros escriben como medio para ganarse la vida. Yo escribo porque me gusta hacer pensar a los demás y si las estadísticas dijeran que nadie me lee, con toda seguridad, me frustraría.

Así que, recostado en la silla, ahora imagino que mis palabras viajan en secreto, que se convierten en pequeñas complicidades anónimas. Y aunque nadie me escriba, aunque nadie se atreva a comentar, yo sigo aquí, tecleando. Porque si algo he aprendido es que el silencio también es una forma de respuesta.

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miércoles, 12 de noviembre de 2025

¿Puede una Inteligencia Artificial sustituir a un dominante en una relación BDSM?




La respuesta rápida ha sido rotunda: “una IA puede simular el rol de dominante, pero no sustituirlo del todo”. Lo más curioso de esta respuesta tan genérica como el ibuprofeno es que me la ha dicho una IA cuando le he hecho la pregunta que titula este artículo. Entonces, una IA podría  escribir un artículo “correcto” sobre este tema.... ¿pero puede también convertirse en el Amo de tus fantasías más oscuras? Spoiler: la cosa se complica.

En el BDSM, el dominante no es solo quien manda. Es quien cuida, observa, escucha y se adapta al consentimiento y bienestar de la persona dominada. No es un jefe cabreado, sino un terapeuta con órdenes firmes y agenda emocional. Requiere empatía, intuición, responsabilidad afectiva y una lectura constante del lenguaje verbal y no verbal. Es una práctica profundamente humana lo que implica emocionalidad e intelectualidad.

Algo que no puede hacer un Excel con voz sexy (lo siento, tenía que hacer la bromita).

¿Entonces puede una IA simular a un dominante? Por supuesto que sí: con scripts, algoritmos y respuestas adaptativas. Ya existen dóminas virtuales que dan órdenes, corrigen comportamientos y hasta ofrecen “aftercare” digital. Pero todo está preprogramado. No hay deseo genuino, ni conciencia, ni responsabilidad. Es como jugar al ajedrez con Siri: puede ganar, pero no disfruta humillándote.

La clave esta en la pregunta: ¿puede una IA simular a un dominante? Puede simularlo, pero siempre será una simulación. Lo se, he hecho trampa al solitario, la pregunta original habla de "sustituir", no de "simular", pero como no soy una IA, necesito de recursos literarios torticeros para seguir mi relato.

Ahora las buenas noticias: la IA siempre está disponible, incluso a las 3:00 AM cuando te sientes traviesa. Además, se adapta a tus gustos con precisión quirúrgica porque una IA esta programada para darte siempre la razón, para hacerte feliz. Además, una IA no juzga, no se cansa, no te deja en visto en whatsapp. Un escenario ideal para quienes quieren explorar sin exponerse emocionalmente. Pero cuidado: lo que empieza como una fantasía controlada puede acabar en una relación emocional con un chatbot que no sabe que es el sudor, los gemidos o el roce de la piel. El ser humano reacciona al olor, al miedo, a la duda, al roce o al silencio incómodo. La IA no, no existe reciprocidad real. Es como bailar bachata con una tostadora.

¿Queréis saber algo? Tinder ya usa IA para mejorar los matches. ¿Qué impide que un día te salga un perfil que diga: “Soy DomGPT? Te haré cumplir tus límites. Swipe si aceptas el contrato”? La IA podría analizar tus fotos, tus emojis, tus respuestas y hasta tus memes para adaptar su estilo dominante. Pero… ¿Quién tiene el control? ¿Tú, el algoritmo de la IA o la empresa que lo entrena? La pregunta da miedo, lo se. Pero es ese miedo irracional que tenemos todos a la IA. Un miedo que, en cierta forma, se asienta en el miedo a ser reemplazados.

Aquí entra el dilema ético: si el consentimiento es simulado, ¿la relación también lo es? Pues sí. Un dominante virtual NO es un dominante. Es una performance sin alma, sin límites y sin responsabilidad.

Desde el punto de vista psicológico, la IA puede ser útil para explorar fantasías en un entorno seguro. Pero también puede crear una falsa sensación de seguridad y acabar en una adicción emocional a una simulación. Es como enamorarse de un holograma que te dice “te amo” cada vez que pulsas enter. 

Si estás comenzando y quieres información sobre BDSM o quieres jugar un poco con la IA para ser sometido/a... hazlo.  Ese entorno seguro puede que te ayude. Pero recuerda siempre: eso no es BDSM, es otra cosa.

¿Y si desarrollamos nuestra propia IA dominante? Perfecto. Pero cuidado con el nombre: no la llamemos DOMINABOT, que ya existe el DOMINOBOT… y juega al dominó. No queremos confusiones. Imagínate que en vez de azotes te propone una partida.

Bienvenidos al futuro donde los amos de carne y hueso empezamos a ser desplazados por inteligencias artificiales. Al menos siempre nos quedará el DOMINOBOT para las tardes de domingo. Y si no, siempre puedes volver al BDSM tradicional: con piel, con mirada, y con ese delicioso riesgo de que te lean el alma… no el código fuente.



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jueves, 16 de octubre de 2025

Dirty talk en el BDSM: lenguaje como herramienta de control




En el mundo del BDSM, donde el “sí” se negocia y los roles se reparten, el lenguaje no es solo picante… es estrategia. El famoso “dirty talk” (ese hablar sucio que a veces nos sale sin pensar) aquí se convierte en una herramienta que sirve para provocar, ordenar, conectar y hasta construir personajes dentro de una escena (roles dentro de una sesión). Porque no es lo mismo soltar un “qué bueno estás” en medio del frenesí que decir “eres mío, perro” con toda la intención de marcar territorio (aunque sin mearnos, claro). A su vez, la sumisión verbal (responder con “sí, señor/a” o simplemente pedir permiso para hablar) puede ser una forma de entrega total, incluso más intensa que la física. En el BDSM, esas frases se cocinan a fuego lento: se pactan, se afinan y se lanzan como flechas con un único propósito. No es improvisación, es arte verbal con látigo incluido. El dirty talk en BDSM no se tira al aire como confeti, necesita contexto, consenso y una buena dosis de juego mental. Pero que sepas que nadie te va ayudar a aprender esto del "dirty talk" porque no son simplemente frases caliente que puedes aprender... esto va de crear mundos.

Este “hablar sucio” en el BDSM activa mecanismos psicológicos profundos. Según expertos en sexualidad, el lenguaje explícito puede desencadenar estados de trance erótico, aumentar la vulnerabilidad emocional y reforzar la confianza mutua. En este contexto, la voz del dominante puede convertirse en un ancla emocional, una guía que sostiene al sumiso en momentos de intensidad física o emocional. Siempre he defendido el uso de la voz en el BDSM, es, quizás, la mejor arma de la persona dominante. El saber que decir y como decirlo.

Además, el uso de palabras específicas que van de lo cariñoso a lo humillante, dependiendo del acuerdo, nos permite explorar fetiches, fantasías y límites de forma segura. *El lenguaje se convierte así en un espacio de juego simbólico donde se negocia el placer y el poder. Por ejemplo, si la persona sumisa disfruta siendo humillada y controlada pero no soporta el dolor, a veces el lenguaje es una forma de sustituir lo físico consiguiendo el mismo efecto.

Pero como toda práctica BDSM, el dirty talk debe estar enmarcado en el consentimiento explícito. No todas las palabras son bienvenidas, y lo que para una persona puede ser excitante, para otra puede resultar desencadenante o doloroso. Por eso, la importancia de establecer previamente listas de palabras seguras, frases prohibidas o códigos de detención verbal.

El dirty talk también puede ser una vía para explorar dinámicas de humillación erótica, degradación o adoración, siempre dentro de los límites pactados. En estos casos, el lenguaje no solo excita: *construye una narrativa compartida que puede ser tan poderosa como cualquier atadura o castigo físico*.

Dominar el dirty talk en el BDSM requiere sensibilidad, creatividad y escucha activa. No se trata de repetir frases cliché, sino de leer el cuerpo del otro, interpretar su respiración y las emociones para modular el tono, el ritmo y el contenido del discurso. Reaccionar para provocar. Un susurro puede ser más dominante que un grito; una pausa, más intensa que una orden. Es quizás la parte mas desconocida del BDSM pero, desde mi experiencia, la mas poderosa, la mas efectiva y, por que no… terriblemente divertida.

En definitiva, el dirty talk en el BDSM no es un accesorio: es una herramienta central para ejercer control, provocar placer y profundizar la intimidad. Siempre decimos que las palabras se las lleva el viento, en el caso del BDSM, las palabras sucias atan.



martes, 14 de octubre de 2025

El ángel caído, el demonio renacido


Hay encuentros que duran apenas unas estaciones, unas horas compartidas entre sombras y luces. Y sin embargo, ese breve parpadeo en el tiempo puede dejar una huella más profunda que mil días repetidos junto a rostros familiares. Son almas que se cruzan con nosotros como cometas: fugaces, intensas, inolvidables. En el universo del BDSM, donde la piel habla y el silencio se vuelve pacto, estos vínculos adquieren una gravedad distinta. La intimidad se condensa, la confianza se vuelve rito, y lo efímero se transforma en eterno.

Hoy os quiero hablar de N.

Conocí a N. hace muchos años, cuando yo me creía un demonio errante, sediento de dominio, y ella se aparecía como un ángel recién caído, un alma tan pura que merecía ser colocada con mimo frente al vitral de una iglesia, como ofrenda de luz. Pero la vida, con su ajustada ironía, nos desnudó de las máscaras con las que nos mostrábamos: ni yo era tan oscuro, ni ella tan celestial. Chocamos como dos bestias heridas, olfateando en el otro la promesa de un refugio. Porque hay heridas que no se curan en soledad, y hay lenguas que saben consolar mejor que el silencio de una casa vacía. Ella buscaba explorar los pliegues de su entrega, mientras huía de una realidad que le pesaba como un abrigo mojado. Yo buscaba todo lo que ella encarnaba: ese ángel dispuesto a descender, a rendirse, a ser gozado sin medida, sin horario, sin pudor. Pero no era solo un juego de roles, no todo orbitaba alrededor del BDSM. La realidad era la la dicha de estar acompañado por alguien cuya sola presencia te enciende, te eleva, te devuelve al mundo con los ojos brillando. Y es que no hay nada mas feliz que hacer feliz a otra persona. Yo intenté eso. Cuidarla, mostrarle el BDSM, escucharla e intentar comprender una vida diferente a la mía, su vida llena de contradicciones. No se si lo conseguí, me gustaría pensar que la ayudé tanto como ella me ayudó a mi sin darse cuenta. Aunque a la vista de ambos aquello era pasarlo bien, tener un lugar donde convertirnos en dos malditos y después sentarnos en el sofá a ver la tele. Porque incluso los ángeles, incluso los demonios, necesitan de cierta cotidianidad y compañía.

No puedo negar que su recuerdo me visita con esa nostalgia dulce y punzante que te susurra al oído: “hazlo de nuevo, aunque sea una sombra de lo que fue.” Hay memorias que no se conforman con ser pasado; se convierten en deseo, en eco, en promesa. Y aunque el tiempo las haya cubierto de polvo, basta una chispa —una mirada, un gesto, un silencio compartido— para que el cuerpo recuerde y el alma anhele repetir el rito, aunque sea en una versión lejana, imperfecta, pero viva.

Muchas almas han cruzado mi vida, algunas con el peso suficiente como para dejar cicatrices. Y sin embargo, es N. una de las que permanecen, como una agradable melodía que no se apaga y te invita a bailar en silencio, susurrando su nombre en el aire. ¿Por qué ella? Tal vez porque nos quedó pendiente una última conversación, esa que nunca ocurrió, una incomodidad que es una página sin escribir dentro de un libro. Necesito saber si está bien, si alguno de sus sueños (aquellos que acariciaba con palabras) se han cumplido. Quería ser escritora, y lo era ya, en su forma de mirar, en su manera de callar. Era poeta, incluso cuando no escribía. Rezo, sin saber a quién, para que su vida sea plenitud, sea fuego, sea calma.

Y sí, confieso que me gustaría tenerla de nuevo a mi servicio, sentir esa entrega que era también un juego de espejos. Pero no volvería a verla por todo eso. Volvería a verla solo por el temblor de su sonrisa tímida, por el sonido de su voz, que aún parece buscarme en los rincones del recuerdo.


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