jueves, 8 de octubre de 2026

Un miedo recurrente y dos teorías de lo mas tontas

La IA, nuestra mejor amiga para ilustrar textos...



Hay momentos en la vida en los que uno empieza a pensar que debería probar aquello que lleva años mirando desde la orilla. Ese runrun que se construye poco a poco, día a día, mes a mes (me principalmente al BDSM, entre otras cosas). Ideas que dan miedo, pero que al mismo tiempo te atraen de forma sospechosa. Como si una parte de ti quisiera hacerlo y otra, más sensata (y más aburrida), estuviera detrás diciendo: “No seas idiota, podría estar tranquilamente viendo una serie de Netflix”. El problema es la creencia común de que, para armar una sólida coraza de valentía, tienen que pasar los meses, incluso los años. Y que algún día, cuando seamos más maduros, más seguros, más inteligentes, más espiritualmente evolucionados y, si es posible, ligeramente más delgados, estaremos preparados. Quizá sea cierto. Lo que nadie te cuenta es que mientras esperas a convertirte en esa persona preparada para el apocalipsis, también pasan los años y se construye una una cruel paradoja: quizá sea demasiado tarde precisamente porque llevas demasiado tiempo esperando a que sea demasiado pronto.

¡Toma ya!

Yo tengo dos teorías que me ayudan a decidirme en cuestiones así (sean relacionadas con el BDSM o no).

Una es la teoría de la hipoteca. Imagina que vas al banco y dices que quieres comprarte una casa. El director de la oficina bancaria, que ha estudiado cuidadosamente la forma en que estafarte legalmente, luce un reloj más caro que tu moto, empieza a hacer números.

 -Son 300.000 euros.

Tu asientes con la cabeza.

-Más intereses -dice a continuación.

Vuelves a asentir con la cabeza, aunque tu rostro se tuerce.

Y mientras dice “solo tendrás que pagar durante treinta años” te muestra la cifra final con una sonrisa propia de un psicópata de película barata. Cuando seas un anciano por fin el piso de 47 m2 será tuyo después de entregar una parte de tu sueldo durante media vida. Si hiciésemos las cuentas con absoluta frialdad, sin emoción, saldríamos corriendo del banco como si hubiésemos robado la caja fuerte. Cuestión de lógica. Pero como somos animales racionales, también somos ingenuos y en vez de robarles nosotros a ellos, permitimos que nos roben. Y firmamos. Y, sorprendentemente, casi todos acabamos viviendo en ese piso y pagando la hipoteca. Y no sucede porque el día de la firma, sepamos exactamente cómo serán los próximos treinta años. No sabemos qué trabajos tendremos, qué nos pasará, ni siquiera si dentro de quince años seguiremos queriendo esa cocina tan amplia que nos pareció tan importante a la hora de decidirnos a ser propietarios. Nos limitamos a repetir mentalmente el mantra del “ya veremos” mientras nos encogemos de hombros y estampamos nuestra firma en varios documentos. Porque resulta que ese “ya veremos” es una de las herramientas más poderosas de la civilización occidental. El capitalismo funciona en base a las falsas promesas y a la ingenua necesidad de alcanzarlas.
Ciertas cosas de la vida funcionan igual. Aunque las promesas sean falsas o ciertas. Hay grandes decisiones que, si las contemplas en su totalidad, te paralizan.

Aprender algo nuevo durante diez años. Cambiar de profesión. Montar un proyecto. Escribir un libro. Irte a otro país. Empezar una relación. Dejar una relación. Subirte a un escenario. Hacer algo que siempre has pensado que no era para ti… comenzar en el BDSM. Te enfrentas a esas decisiones como te enfrentas a una hipoteca. ¿Y si no funciona? ¿Y si dentro de cinco años me arrepiento? ¿Y si no soy suficientemente bueno? ¿Y si hago el ridículo? ¿Y si me engancho? ¿Y si tengo malas experiencias? Y la pregunta más importante de todas. ¿Y si pierdo el tiempo para nada?

Precisamente esta última duda esconde la paradoja porque también pierdes tiempo si no haces nada. Solo que esa pérdida no produce facturas, así que parece menos dramática.

Pero acabas firmando la hipoteca.

La segunda teoría es la del (autobús número) 15. He escrito varias veces en este blog sobre esa teoría, podéis leerlo AQUÍ. De todas formas os lo resumiré.

Cuando era joven, un hombre de más de cincuenta años me vio bebiendo una cerveza a las once de la mañana y me explicó que, gracias a comer sano, hacer ejercicio y comenzar a beber a esas horas, él  viviría más años que yo. Después salió del bar para continuar su ejercicio matutino (running) pero, al cruzar la calle, un autobús de la línea 15 se lo llevó por delante. Todos salimos del bar aterrorizados, después volvimos a entrar temblando por lo que acabábamos de ver. No lo voy a explicar aquí pero es imposible que una persona esté viva cuando medio cuerpo esta delante del autobús y la otra mitad bajo las ruedas traseras. Conmocionado, me pedí otra cerveza. Y después otra. Desde mismo instante, cuando alguien planifica demasiado su vida o pospone algo esperando el momento perfecto, le hablo de la teoría del 15: Puedes hacer todos los planes que quieras, pero recuerda que los autobuses siguen circulando por la ciudad. Lo que no hagas hoy, es un imposible saber si podrás hacerlo mañana.

Personalmente, tengo fe en ambas teorías. Puede parecer que estoy interesado de una forma egoísta en que la gente pruebe cosas nuevas, que se adentren en el mundo de la sumisión y lo hagan de mi mano. Da la impresión que necesito que los demás se lancen a sus pequeñas aventuras personales para sentirme mejor con las mías. Pero no es eso. O, al menos, no principalmente. Hablo de mi experiencia: demasiadas veces he esperado a sentirme preparado para hacer algo y he descubierto que la preparación era una especie de perverso espejismo. Una excusa reconfortante. 

La valentía, además, tiene una pésima reputación porque solemos imaginarla como una sensación. Como si los valientes se levantaran una mañana y dijeran “vamos a ello, hoy no tengo miedo de nada”.  Pero no funciona así. La valentía consiste en probar algo mientras todavía tienes miedo. Y luego repetirlo. Y finalmente descubrir que aquello que parecía imposible hace cinco años ahora es la rutina de los martes.

Por eso me gusta la teoría del 15. Por eso me gusta la teoría de la hipoteca. No porque haya que comprometerse con absolutamente todo (eso sería una forma estúpida de organizar nuestras vidas), sino porque a hemos de preguntarnos qué pasaría si comenzásemos algo sin exigirnos ser tan analíticos como una calculadora científica.

Prueba. Dale un año. O dos. O treinta, si resulta que has comprado una casa. Pero empieza. Porque dentro de treinta años probablemente vas a ser otra persona. Incluso el año que viene. Y puede que esa persona esté encantada de que empezaras hoy. O puede que no. Ese es precisamente el trato que debes hacer contigo mismo. Pero recuerda que no sabemos nada, ni tu ni yo ni nadie. La gente que parece saberlo está, en muchos casos, vendiendo cursos con el titulo "si sigues mis consejos te enseñaré como ganar 30.000 euros en un mes”. ¿Si eres capaz de hacer eso porque estas vendiendo cursos de 100 euros en tik tok?

Quizá ahí esté la parte verdaderamente absurda de todo porque esperamos sentirnos seguros antes de empezar, cuando la seguridad probablemente solo aparece después de haber empezado.

Hay cosas que dan miedo y algunas esas cosas, además, nos atraen. Entre la curiosidad y el miedo suele haber una pequeña puerta que a veces parece tan sólida como la de la caja fuerte de un banco. El error común es que siempre esperamos para derribarla y, después, cruzar el umbral. Pero resulta que, a veces, basta con abrirla un poco, aunque solo sea para echar un vistazo a lo que hay dentro. Aunque luego decidamos que aquello es una idea terrible y volvamos corriendo a la seguridad del sofá de nuestra casa. Pero al menos habremos entrado, habremos mirado. 

Descubrir, de repente, que estábamos equivocados cuando pensábamos que era demasiado pronto porque la verdad es que llevábamos demasiado tiempo esperando a que fuera demasiado tarde.

(Lo reconozco, hay que leer esta frase mas de una vez y aun y así sigue pareciendo confusa. Pero quería escribirla para dar la impresión de que soy un alguien inteligente. No lo soy, creedme.)

Y hasta aquí este texto. Releyéndolo me siento como uno de esos vendehúmos que ofrecen cursos online para ganar dinero o, aun peor, me siento como alguien que quiere empujar a toda costa a la gente a probar el BDSM. Pero no es lo uno ni lo otro. Quizás haya un poco de lo segundo, no voy a negar cierto interés en empujar a la gente a probar. Pero este texto pretendía ser una reflexión vital sobre los miedos y la valentía. 

Espero haberlo conseguido.

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