-Pégame fuerte, en el estómago -dice
ella.
¿Debería? Si analizamos la
pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la
salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando
que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño.
¿Debería?
-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó
yo.
-Porque me lo merezco.
-Quizás sea yo quien deba juzgar
eso no tu.
El castigo lo impone una persona
sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El
castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue
vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de
aprendizaje.
Porque, para mí, el castigo solo
tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha
aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.
Hay personas dominadas que buscan
el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten
bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM
se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como
parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre,
es algo acordado.
Pero este texto no va sobre los brats.
De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo:
¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene
placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he
contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este
aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez
de la noche.
Mi problema es bastante más
sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto
realmente provocando dolor.
Puedo comprender perfectamente
que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en
ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que
forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy
distinta es sentirlo uno mismo.
Y ahí aparece la pequeña paradoja
porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero
que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar
administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).
Y quizá ésa sea la parte que me
resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que
interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga
que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor
en sí mismo.
De modo que la cuestión no es si debo
hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra
persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me
proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en
descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.
Por eso, cuando adopto el rol de
dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello
que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.
Existe la idea común de que un
sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga
a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca
medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando
con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus
caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero
truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en
procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea,
mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad,
es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el
espectador, la mirada siempre cambia.
¿Qué clase de juego de roles sería
si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el
otro obedece?
Si la persona sometida encuentra
su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante
proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente
cómodo.
No todo aquello que uno hace por
el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.
Esa es, supongo, una de las peculiaridades
de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de
ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas
simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un
sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con
ello.
Así que retraso el brazo y golpeo
con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo,
acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado
fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido,
los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba
se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con
dificultad.
Una leve sonrisa se dibuja en su
rostro.
De esto se trata el BDSM. Por
esto me gusta el BDSM.
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