viernes, 2 de octubre de 2026

La paradoja del placer ajeno



-Pégame fuerte, en el estómago -dice ella.

¿Debería? Si analizamos la pregunta sin ver más colores, la mayoría diría que no. Pero, como el ajo en la salsa boloñesa, en el BDSM el contexto es el todo. Porque ella esta deseando que la golpee con fuerza. Y tengo mucha fuerza. Podría hacerle mucho daño. ¿Debería?

-¿Por qué debería hacerlo? -preguntó yo.

-Porque me lo merezco.

-Quizás sea yo quien deba juzgar eso no tu.

El castigo lo impone una persona sobre otra. En este caso una persona dominante sobre una persona dominada. El castigo es una forma de aprendizaje habitual durante muchos siglos, incluso sigue vigente, casi siempre fuera del contexto BDSM, lo que es una terrible forma de aprendizaje.

Porque, para mí, el castigo solo tiene sentido entre dominante y dominada… y solo si la persona dominada ha aceptado esos castigos de antemano como parte de su “educación”.

Hay personas dominadas que buscan el castigo de forma directa, obviando la relación de poder. Lo hacen porque se sienten bien desobedeciendo y se sienten aún mejor siendo castigadas. En el imaginario BDSM se llama brat a quien desobedece o provoca deliberadamente a su dominante, como parte del juego. La dinámica del juego se llama brat play. Pero, como siempre, es algo acordado.

Pero este texto no va sobre los brats. De eso ya escribí en su momento. La reflexión de hoy va por un más incómodo: ¿hasta qué punto me siento cómodo provocando dolor a una persona que obtiene placer (precisamente) a través del dolor? El problema no es moral. Como ya he contado alguna vez, soy un ser completamente amoral, sólo superado en este aspecto por los políticos y los teleoperadores que te llaman pasadas las diez de la noche.

Mi problema es bastante más sencillo, y quizá por eso resulta más difícil de resolver: no disfruto realmente provocando dolor.

Puedo comprender perfectamente que otra persona encuentre placer en él. Puedo aceptarlo, puedo participar en ello y, dentro de los límites que hayamos establecido, puedo incluso asumir que forma parte de mi papel. Pero una cosa es comprender el placer ajeno y otra muy distinta es sentirlo uno mismo.

Y ahí aparece la pequeña paradoja porque si la otra persona es masoquista, ese dolor es aquello que desea. Pero que alguien disfrute recibiéndolo no significa que yo tenga que disfrutar administrándolo. Su placer no fabrica automáticamente el mío (en términos sádicos).

 

Y quizá ésa sea la parte que me resulta más difícil de encajar. Porque, por muy dominante que sea el papel que interpreto, no aparece de repente un pequeño demonio en mi interior que haga que disfrute haciendo sufrir a los demás. No siento satisfacción por el dolor en sí mismo.

De modo que la cuestión no es si debo hacerlo. La cuestión es cuánto de aquello que hago por el placer de otra persona estoy dispuesto a hacer cuando, sencillamente, no es algo que me proporciona placer a mí. La dominación también consiste, de vez en cuando, en descubrir que llevar la corona no significa disfrutar del reino.

Por eso, cuando adopto el rol de dominante, siempre intento que la persona a la que domino obtenga todo aquello que desea, aunque bordee mis límites o no me produzca satisfacción.

Existe la idea común de que un sumiso o una sumisa deben obedecer absolutamente todo lo que su amo o ama tenga a bien ordenar, como si la persona dominante fuese una suerte de monarca medieval, instalado en su trono, frunciendo el ceño con autoridad y señalando con un dedo imperial mientras todo un reino corre, obediente, a satisfacer sus caprichos. En la realidad, la dominación rara vez consiste en eso. El verdadero truco (y aquí es donde todo se vuelve deliciosamente paradójico) consiste en procurar que la persona dominada obtenga exactamente aquello que desea, mientras se le hace creer (con arte, elegancia y complicidad) que, en realidad, es ella quien está satisfaciendo a la dominante. Todo depende de donde esté el espectador, la mirada siempre cambia.

¿Qué clase de juego de roles sería si, de vez en cuando, no aceptáramos la deliciosa ficción de que uno manda y el otro obedece?

Si la persona sometida encuentra su placer precisamente a través del dolor, corresponde a la dominante proporcionárselo. Incluso cuando no sea algo que le resulte particularmente cómodo.

No todo aquello que uno hace por el otro tiene que ser, necesariamente, aquello que uno escogería para sí mismo.

Esa es, supongo, una de las peculiaridades de este asunto: conocer los propios límites, respetar los del otro y, dentro de ese territorio cuidadosamente acordado, estar dispuesto a hacer ciertas cosas simplemente porque sabes que para la otra persona significan algo. No es un sacrificio si recibes algo a cambio y, además, en mi caso, puedo vivir con ello.

Así que retraso el brazo y golpeo con fuerza contenida el estómago de la sumisa, que se dobla y cae al suelo, acompañando el impacto con un gemido ahogado de dolor. ¿Habré golpeado demasiado fuerte? Entonces ella levanta la vista hacia mí: tiene el rostro enrojecido, los ojos vidriosos y apenas consigue recuperar el aliento. Un fino hilo de baba se le escapa por la comisura de los labios mientras intenta respirar con dificultad.

Una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

De esto se trata el BDSM. Por esto me gusta el BDSM.


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