jueves, 6 de abril de 2023

Reflexiones sobre el miedo al abandono


El miedo al abandono forma parte de la vida, del miedo a fracasar como ser humano, miedo a quedarnos solos, a ser rechazados o simplemente terror por no comprender porque alguien desaparece de nuestras vidas sin más explicaciones. Miedo a que se repita el abandono, miedo a quedarnos solos, miedo a la tristeza o a la oscuridad.

Un miedo que se alimenta de nuestro propio miedo, una espiral de violencia que acaba haciéndonos creer que todos se acercan a nosotros con propósitos perversos, para aprovecharse de nuestra inocencia y que, en cuanto consigan lo que buscan, desaparecerán, nos abandonarán.

Esto sucedió, sucede y sucederá. Forma parte de la condición humana asentada en el egoísmo. Pero también debemos reconocer que seguirá sucediendo cuanto mas alimentemos esos miedos.

Evitar a las personas para evitar posibles abandonos es lo mismo que evitar al médico para que no te diga algo que ya sabes.

La vida es contemplar el paisaje desde una estación de tren, dejamos pasar trenes por miedo a subirnos y acabar en alguna estación de algún lugar remoto, solos y abandonados. Preferimos ver pasar los trenes, sentados tranquilamente en ese incómodo asiento de madera de la estación. Alimentando nuestros miedos a paladas. Hasta que un día te das cuenta de que se ha hecho de noche y los trenes han dejado de pasar. Y es entonces que te sientes tranquilo porque si nadie llega, nadie podrá abandonarte.

Las personas que sufren miedo al abandono, no lo sufren porque las personas que se acercan a ellos les abandonan a los pocos días (algunas personas lo harán, la mayoría permanecerá) sino que lo hacen por un problema de apego a los demás. O por decirlo de otra forma: desapego. Se está más cómodo solo, sentado en la estación del tren en plena noche. Puede que haga más frio pero es más seguro. El desapego hacia los demás nace cuando nacemos (bonito juego de palabras) y se alimenta de como nos educaron nuestros padres. La sensación de que si algo sucede, nadie nos ayudará, como sucedió cuando éramos pequeños.

Dicen los que saben de esto (que no soy yo) que el miedo al abandono debe comenzar a solucionarse revisando las ideas irracionales (o fantasías) que suceden en nuestra cabeza respecto a los demás. Si dejamos de pensar que todos nos abandonarán o que todos llegan hasta nosotros porque quieren algo... si conseguimos apartar esas ideas irracionales (porque no son reales) y relacionarlos con los demás con la vista centrada en el futuro y no en el pasado, entonces, algún día conseguiremos subir al tren y ver donde nos lleva.

Lo malo de todo eso es que cuando queramos subir, quizás nuestro tren haya pasado de largo. 

Pero a eso se le llama vivir: a equivocarse. Equivocarse en la misma medida que nos arriesgamos. Y es que quien no se arriesga, no se equivoca. Quien no se arriesga nunca será abandonado. Y, en este juego, la lógica se rompe porque que te abandonen no significa que te has equivocado.

Esa es la clave.

Es habitual, en el mundo BDSM, que las personas jóvenes que se inician en el mundo de la sumisión, prefieran a personas dominantes que tengan mas edad que ellas. Eso forma parte de un mecanismo mental que les hace creer que una persona experimentada, mayor que ellas, que esa figura paternal, nunca les abandonará. Aunque sus padres reales si que les hayan abandonado. 

Podéis juzgar, podéis pensar que de todos los perfiles que se han nombrado aquí, no hay ni uno mentalmente estable (incluido yo). Y puede que tengáis razón. Pero, al menos, nosotros sabemos lo que pasa dentro de nuestras cabezas e intentamos integrarlos en nuestras vidas.

Aunque eso signifique que una joven se vista de colegiala y vaya a casa de un hombre maduro para adoptar roles de papi e hijita.

Todo es aceptable, incluso los miedos.

Esa es también la clave.


sábado, 25 de marzo de 2023

La vida como un videojuego


Hay gente que vive la vida como si fuese un videojuego e, incluso así, hay mas ramas en el árbol. ¿Quién dijo que vivir era sencillo? Dentro del videojuego de la vida, unos lo viven pasando pantallas y fases con la (inútil) esperanza de que algún día llegue a la fase final, derroten a algún enemigo y obtengan su recompensa. Pobres de ellos, inconscientes de que el enemigo final siempre te derrota y la vida es ese videojuego al que nunca podremos ganar. Spoiler: como mucho conseguiremos disfrutar de algunas fases. Otros viven la vida como ese videojuego donde constantemente repites la misma fase, ganes o pierdas, eternos peterpanes empeñados en que el videojuego carece de final, firmemente anclados en el convencimiento de que esa fase es la única que merece la pena del juego. Aunque pierdan. Aunque ganen. Aunque se vaya la luz y no se acuerden como se abría un libro.

Si yo tuviese que enmarcarme en una de estas opciones imagino que, como un vino egocéntrico, me decantaría por el eterno Peter pan, empeñado en disfrutar de cierta fase de la vida, empeñado en repetir placeres y obviar las siguientes fases que todos te dicen que has de pasar.

Por suerte, la vida no es un videojuego y, aunque repitas pantalla, puedes obviar esas ciertas fases de la vida aunque al final (y nunca mejor dicho) llegue ese final boss que arrasa con todo. ¿Por que debemos casarnos y tener hijos? ¿Por que debemos alcanzar un estatus de vida? ¿Por que no podemos portarnos con 50 como si tuviésemos 20? Aclaración a esto último: podéis comportaros como si tuvieseis 20 aunque tengáis 50, pero ni se os ocurra vestir como uno de 20 aunque Amazon os sugiera que una camiseta fit es lo que necesitáis porque una cosa es sentirse joven y otra es carecer de sentido del ridículo.

Toda mi vida adulta he ejercido el rol de amo, no ha sido una cosa continuada, tampoco ha sido algo buscado ni aun menos el motor que me ha movido a jugar al videojuego de la vida. Siempre he pensado que puedes hacer con 50 lo mismo que hacías con 20 aunque la merma de facultades hace que cada vez parezca mas difícil volver a jugar al día siguiente. Lo que te lleva al aprendizaje de que está en el juego, no en el éxito. Da igual que derrotemos al final boss o él nos derrote a nosotros porque el placer está en los diminutos píxeles de algunas pantallas donde podemos quedarnos a disfrutar un rato. Siento decepcionaros ambiciosas y competitivas personas que estáis leyendo esta tontería.

Da igual que tengas 20 o 50, da igual que te hayan dado un premio nobel o que apenas tengas neuronas para conseguir acabar un sudoku sin hacer trampas. Porque el disfrute, aunque lo vivas de diferente forma, siempre será el mismo.

Resumen de esta dispersión mía: poco importa si sois de permanecer siempre en la misma fase o no porque el disfrute de la vida no es jugar ni ganar, el disfrute son esas pantallas donde te cruzas con personajes que te ayudan a que el juego merezca realmente la pena. Y si no es así... siempre puedes  pedir perdón y reiniciar pantalla.

sábado, 25 de febrero de 2023

Soy idiota


No soy perfecto. Bajo el prisma de la objetividad puede que no alcance a ser una persona de casi bien. Tengo mis defectos que son muchos y eso combinado con una edad que no es poca, me convierte en alguien con la misma férrea voluntad de una persona a dieta frente a una pizza sin piña. El ansia y la desidia se mezclan en nuestra forma de ser y cuando algo apetece, apetece mucho pero, de la misma manera que perdemos el interés rápidamente. Y eso sucede con segundos de diferencia tan solo. Como un bipolar que no sabe donde ha guardado la medicación. 

No soy perfecto, y eso quizás (o seguro) afectará a quienes me rodean. Siempre he intentado evitar que la gente se sienta incómoda, incluso durante una sesión de BDSM aunque esté tirando del pelo e insultando a otra persona. Incluso en esos momentos, intento ser buena persona porque estoy firmemente convencido que se puede ser perverso desde la bondad y la generosidad sin que eso pueda interpretarse como que me he convertido en una nube de algodón donde los unicornios vomitan arcoíris. En un ejercicio de puro egocentrismo (lo que es este blog, vaya) he de decir que puedo proporcionar experiencias únicas a los demás y el creerme con este poder cuasi infinito (como un Thor del marca blanca del Mercadona) hace que, en ocasiones, la frustración barnice todas y cada una de mis palabras. Como ese villano con risa exagerada que dice "no sabéis quien soy yo" antes de apretar un botón y convertir una pequeña ciudad de Wisconsin en una ensalada César. 

No soy perfecto y eso también hace que la gente, charlando antes de una primera sesión, acaben viéndome como un amigo en vez de como a su amo y la sesión finalice antes ni tan siquiera de comenzar. Cuando conozco a una persona que quiere ser sumisa, cuando charlamos en persona antes de la sesión, siempre intento ver a esa persona como simplemente la persona y después permitir que la mazmorra nos ponga en nuestro lugar.

Revisando estos primeros párrafos me doy cuenta de que además de imperfecto, egocéntrico, o voluble, también puedo ser profundamente idiota. Intento convencerme a mi y a quien me lea que, a pesar de mis defectos, tengo tanto a aportar a la sociedad como el psicópata que asegura ante el juez "ella lo merecía". Así que huyamos de frases hechas para el descargo y vamos al turrón: soy imperfecto y me cuesta cambiar muchas cosas de mi mismo. Como amo debo contener la impaciencia y la frustración, como persona debo impedir la permeabilidad de cuanto me sucede como amo. Pero esto acaba convirtiéndose en la pesadilla que se muerde la cola (esta bien escrito: pesadilla, no pescadilla) porque, como soy imperfecto, también soy incapaz de que las emociones del amo no afecten a la persona... y viceversa. Durante las sesiones, estoy focalizado y nada me afecta, en esos momentos el amo es una máquina perfecta de generar un entorno donde ambos obtenemos cuanto deseamos. Pero en el mismo instante que el amo sale de la habitación sigue siendo el mismo idiota. ¿Por que cuando estoy dentro de la mazmorra soy una persona diferente que cuando estoy fuera? Con los años he descubierto que ese es mi punto débil porque fuera de la mazmorra, aunque siga pensando como un amo, también soy esa persona imperfecta que se equivoca constantemente. Y lo que los demás perciben es a un amo ansioso, voluble y egocéntrico.

Quizás debería vivir siempre dentro de la mazmorra. Este texto, quizás sea la forma de pedir disculpas a todas esas personas a las que fallé siendo amo antes o después de las sesiones. Porque esas personas seguían viendo al amo y, fuera de la mazmorra, a veces puedo ser un idiota y eso les hace imaginar que no quieren comenzar o continuar con un amo idiota, con un amo ansioso o que no es capaz de manejar la frustración.

Y después de este ejercicio donde me he golpeado con un cilicio con púas, he de decir que no creo que todo sea malo porque, a pesar de que no tengo edad para cambiar muchas cosas de mi, tengo la edad de reflexionar y evitar las piedras en el camino. Aunque siga tropezando en algunas.

Hablo mucho, escribo mucho, en ocasiones puedo parecer demasiado intenso. Soy consciente de ello. Y, lo mas curioso de todo, es que esa intensidad no pertenece a la persona ni al amo sino a ese proceso donde la persona se convierte en el amo de otro.

Si eso os ha afectado, os afecta u os afectará... pido perdón, intento cambiarlo. Pero a veces parezco un idiota, lo se.


viernes, 24 de febrero de 2023

Tu sumisa del futuro (relato)

 

La mujer esta arrodillada sobre una cama, desnuda. Un hombre, tras ella, está follándola con fuerza. Esta situación, mas o menos normal, comienza a tomar otro cariz cuando observamos que la mujer tiene manos y pies inmovilizados por una especie de esposas de tela, otro hecho diferencial es que el hombre tira con fuerza del pelo de la mujer mientras la insulta, le da golpes por todo el cuerpo, la abofetea y la humilla sin compasión. La mujer parece un juguete en manos de ese hombre. ¿Sigue siendo normal? Dos horas antes ni se habían visto las caras. Habían quedado en un bar cercano a la casa de él. Habían estado hablando antes de como sería ese primer encuentro, ella vestiría falda y medias por eso la mujer había llegado al encuentro vestida con unos tejanos rotos y una camiseta vieja. No quiere demostrar que va a suceder nada. Lo que la ha movido a vestirse así ha sido una mezcla de orgullo, de miedo, de todas esas dudas que nos empuja al laberinto de la indecisión del que ya nunca conseguiremos escapar. La primera vez que ella ve al hombre sabe de inmediato, que de no ser un amo y ella pretender ser sumisa, nunca se habría acostado con él. Un punto mas a su favor, puede utilizar eso como excusa. Sin piel no hay sexo. ¿Pero ha venido en busca de sexo o de una experiencia como la que ahora mismo, dos horas después, está sufriendo?

-¿Quién eres? -pregunta el amo sin dejar de follarla.

-Me llamo L. -contesta ella.

De repente, el amo suelta un bofetón que hace que el rostro de la mujer gire hacia un lado sin descontrol. Esta follándola boca arriba y ella puede ver la cara del amo, impertérrita, mientras su pene entra una y otra vez en la vagina.

-¿Quién eres? -repite el amo

-Tu puta, tu perra, tu juguete… -contesta ella.

El amo sonríe mientras agarra su garganta y aprieta con fuerza. El aire comienza a entrar con dificultad en sus pulmones.

-Eres una inútil -continua él- que solo sirves para que me corra dentro de ti. Tienes tan poca personalidad que permites que un desconocido te folle por todos lados. Y sin pagarte… si, eres una puta, la más barata de la ciudad.

Dos horas antes, cuando después de saludarse en la puerta del bar con dos castos besos en la mejilla, ella ha pensado que era un hombre amable, atento, alguien con quien conversar tranquilamente. No ha visto a un amo, a su amo. Después han comenzado a charlar y una cosa ha llevado a la otra. La desconfianza se ha tornado en confianza, pero también el deseo se ha transformado en una inocua confortabilidad. De hecho, prefiere seguir charlando tranquilamente con ese hombre a que la use como sumisa. No porque no lo desee sino porque ahora mismo y allí mismo, solo desea seguir charlando. Lo que ella no sabe es que eso siempre sucede las primeras veces: la gente espera percibir el rol en la persona cuando rol y persona suceden en dos momentos diferenciados. Ella, sentada en el bar y bebiendo cerveza con aquel tipo, es incapaz de reconocerle como su amo con lo que ella es incapaz de reconocerse como sumisa.

¿Qué les ha llevado a acabar siéndolo dos horas mas tarde?

La respuesta a esa pregunta son cientos de enigmas. Porque el cerebro humano es imposible de comprender y aun menos de controlar.

Ella buscaba una experiencia, el buscaba una sumisa. Al final, algo les ha movido a arriesgarse pese a que no eran del todo capaces de ver en el otro a quien deseaban ver. ¿Qué podía salir mal? Muchas cosas, la mas inocua que a los cinco minutos parasen porque no funcionaba. Y es entonces cuando el deseo entra en la ecuación, un deseo de experiencias nuevas que nos hacen perder la razón.

El hombre sigue apretando el cuello de la mujer mientras ella llega al orgasmo, apenas puede moverse por los grilletes, pero su cuerpo se convulsiona mientras nota como el hombre afloja la presión. Por unos instantes ha estado a punto de perder el conocimiento, su rostro está rojo pero lo que le arde es el coño. El hombre saca el pene de su vagina, se mueve unos centímetros y lo mete en su boca. El pene sabe a sus propios flujos, es, en cierta manera, tan asqueroso como excitante. Ella le confesó al hombre que el sexo oral no es lo que mas le apasiona. Por eso ahora él está follándola la boca. Porque eso que a ella no la vuelve loca, en este nuevo contexto, es algo a lo que no puede negarse como sumisa.

Mientras el amo eyacula en su boca y mientras ella hace esfuerzos por no vomitar mientras intenta tragarlo todo, una idea pasa por su cabeza: ser sumisa es la excusa perfecta, así de simple.

Dos horas antes el amo le preguntó por que quería ser sumisa y ella solo supo contestar que siempre lo había querido ser, como si eso pudiese considerarse una respuesta. Si su yo del futuro hubiese viajado en el tiempo para ayudarla a contestar, ella se habría visto desnuda, con manos y pies atados, sudorosa y diciendo “eres sumisa porque es la excusa perfecte” mientas un hilo de semen escapa por la comisura de sus labios.

Y es que no hay mejor ánimo que el dejarse sorprender, a pesar de que tu yo del futuro sea una sumisa usada, humillada y golpeada.

jueves, 23 de febrero de 2023

Decidirse


En este mismo blog he escrito mucho sobre ese impredecible milagro que nos mueve a traspasar una línea imaginaria y adentrarnos en el mundo del BDSM. Y digo milagro porque la razón impone que el cruzar esa línea signifique adentrarse en la locura. 

Pasamos mucho tiempo en nuestro amable sofá, viendo series de Netflix, quedando con amigos, viendo a nuestros hijos correr por el comedor, tomando una caña en el bar de la esquina, odiando los lunes cuando entramos a trabajar. Hemos metido todo eso (y mucho mas) en una batidora para convertir nuestras vidas en algo cotidiano donde sentirnos cómodos. Porque la cotidianeidad es control. La cotidianeidad es conducir con el cinturón de seguridad. 

Entonces, algo escarba en nuestras fantasías y soñamos (una vez mas) con la idea de convertirnos en dominantes o dominados. En escapar de esa rutina. En adentrarnos en algo que desconocemos. Pero hemos escuchado , leído, visto e imaginado tantas veces sobre el BDSM que volvemos a nuestro mullido sofá porque la otra opción parece demasiado extrema. Y así una y otra vez. He conocido a personas que con sesenta años tuvieron su primera sesión, otras lo hicieron siendo menores de edad. El abanico es tan grande como la propia vida consciente. E incluso cuando ya hemos levantado el culo del sofá y hemos comenzado a caminar hacia esa luz que parece oscuridad, en algún momento sacudimos la cabeza de un lado a otro y volvemos al sofá.

¿Pudiendo estar calentito viendo una serie en televisión quien quiere estar en una habitación estando desnudo, usado o incluso humillado? La respuesta es sencilla: esa cotidianeidad debe romperse en mil pedazos para poder recomponerse. Porque la mayoría de las veces, el hecho de que alguien comience en el BDSM no es por voluntad sino por pura necesidad. Necesidad de huir, de conocer, de reinventarse... necesidad de placer, dolor, humillación o poder.

¿En que momento nos decidimos a tener nuestra primera sesión? Es el mismo momento en que firmamos una hipoteca, le pedimos matrimonio a alguien o decidimos cambiar de trabajo. Son momentos que, pensados con absoluta frialdad, nos llevaría a no hacerlas. Porque en el sofá se sigue estando calentito.

Pero después existen esos otros momentos donde deseamos que nos rompan por dentro, necesitamos explotar de placer, necesitamos un espacio donde todo sea posible, donde abandonarnos y gritar con fuerza. Ese espacio al que querremos volver porque esa rotura dota de cierto sentido a la cotidianeidad.

Algunas personas se adentran en el BDSM por puro placer, placer físico incluso. Otras se adentran por una necesidad que desconocen. Otras lo hacen por curiosidad o porque siempre fantasean con ello mientras tienen sexo con otras personas o se masturban. Pero todas abandonan el sofá para volver después a él.

Tomar decisiones no es fácil, tomarlas a la ligera es aun más difícil. Porque cuanto menos pensamos mas culpables nos sentimos. Nos han enseñado que debemos ser responsables y debemos actuar dentro de cierta moral. El BDSM parece ir contra eso. Una locura donde cuanto sucede es reprobable entre dos personas. algo que nos hará sentir culpables. 

Cuanto todo se tuerce necesitamos una salida, cuando todo se estanca también. El BDSM no es una solución a ninguna de esas cosas. Pero tener la necesidad de ser dominado o dominante y no ejercer (o ni tan siquiera probarlo) es como ir al mejor restaurante del mundo y saltarnos los postres porque engordan.


La fantasía previa (relato)


L se pregunta si está haciendo bien. Una pregunta que se repite varias veces al día por muchos motivos diferentes al actual. La mayoría de esas veces nunca obtiene una respuesta porque todas esas preguntas son en realidad dudas tan etéreas como una pluma de oca en un día de fuerte viento. Pero hoy y ahora, en la cama, desnuda e intentando conciliar el sueño, se pregunta si realmente está haciendo bien. Realmente. Ya no es una duda etérea sino una pregunta que la obligará a tomar una decisión. Una decisión que quizás ya haya tomado involuntariamente Durante toda su vida ha fantaseado con la idea de convertirse en sumisa, de ser usada, humillada y golpeada. Esas fantasías que funcionan cuando se quedan en ese indefinido espacio entre el sueño y la realidad. Pero ahora podría ser realidad. Ha estado toda la mañana hablando con un amo en Tinder y después de la conversación, sin poder conciliar el sueño, algo le dice que la fantasía podría ser real, pero también le asusta. 

L se pregunta si desea convertirse en sumisa o debería olvidarse de todo. Aunque pueda confiar o desconfiar de ese hombre, en realidad la única de quien desconfía es de si misma. Sabe que en cualquier momento puede darse la vuelta y salir corriendo. Pero le excita tanto la situación... Se conoce, ha llegado el momento y necesita de toda esa dureza con control. Necesita cerrar los ojos y abandonarse.

L desnuda en su cama, alarga la mano y coge el consolador que guarda en el cajón. Lo pone en marcha y lo desliza entre sus piernas. Necesita imaginar todo cuanto han hablado, necesita sentir que, desde la fantasía, es real. Imagina a ese hombre usándola, humillándola, golpeándola, follándola por todos lados, corriéndose en su cara. Todo le da miedo y todo lo desea.

L mueve el consolador hasta su culo. Nunca ha disfrutado del sexo anal pero quiere volver a probarlo. Y desde ahora mismo va a entrenarse para ello. Incluso el consolador, delgado en su extremo, le duele, pero sigue empujando un poco mas mientras con la otra mano frota su clítoris. Dolor y placer. ¿Y no es eso lo que desea? 

L, con el consolador en su culo, se corre como pocas veces antes sin poder dejar de imaginar que el hombre con quien ha estado charlado es quien está sodomizándola mientras la abofetea y le dice que es una auténtica perra enculable. 

L saca el vibrador y lo deja encima de la mesilla, después cierra los ojos y se queda dormida. Con la esperanza de que en sus sueños, cuanto acaba de imaginar, continúe. Con la esperanza de que cuando despierte, continúe en la vida real.



viernes, 17 de febrero de 2023

Confesar Vs callar


¿Deberíamos confesar a quienes nos rodean nuestros secretos mas inconfesables? Algunos dirán que eso sería una demostración de amistad, sinceridad o confianza. Mi análisis profundamente intelectual respecto a esto es: chorradas

En primer lugar, ser totalmente transparentes en todo es un error porque estoy convencido que la personalidad también se forja con eso que llaman "secretos", todo lo inconfesable que guardamos y que, por definición, no confesamos a nadie. En segundo lugar porque, el hecho de que alguien sea nuestro amigo no significa que compartamos con él la forma de ver la vida. 

No nada pero que descubrir que la amistad puede cimentarse también en los prejuicios.

Que no os vendan frases de esas que se estampan en tazas con colores pastel porque la transparencia está sobrevalorada. No sucede absolutamente nada si ocultáis a quienes os rodean algunos secretos porque eso, aparte de salvar situaciones incomodas, también nos enriquece, aunque parezca lo contrario. Quien dice "yo no tengo nada que ocultar" es quien más a ocultar tiene.

Por supuesto que tenéis derecho a guardarle secretos a vuestras parejas, amigos, familia, compañeros de trabajo  y/o mascotas. Es mas: deberíais. Y eso no significa que seáis mentirosos porque el silencio no es mentira. A no ser que seas un politico de derechas entrevistado en El Hormiguero...