Mariposa está esperando de pie,
en el cruce de dos calles, en el centro de la ciudad. Va ataviada como le ha
ordenado su amo: un vestido de algodón y nada más. Ni tan solo ropa interior, sin joyas
ni maquillaje, apenas unas sobrias sandalias para no ir descalza. Mariposa desvía la vista, nerviosa, hacia
todos lados. ¿Dónde estará su amo? ¿Vendrá? Le da la impresión de que todos la analizan sin piedad, de que todos pueden adivinar sus pechos bajo el vestido o
adivinar también que no lleva ropa interior. Desvía la vista al suelo.
Avergonzada. ¿Qué está haciendo? Cuando comenzó a hablar con quien hoy es su amo, quedó claro ella que
necesitaría de un razonable lapso de tiempo para olvidarse del pasado, solucionar el presente
y prepararse para su futuro. Para convertirse en sumisa. Y ahora, mes y medio después,
está en la calle, esperando a su amo.
Cruzándose con ella, las personas la observan.
Es una muchacha atractiva, de corta estatura y delgada, con varios tatuajes en
sus piernas y sus brazos, a la vista de todos. Algún viandante, más detallista, pasa de
largo por su físico y observa su rostro, Unos penetrantes ojos
azules, una nariz algo grande pero perfecta, esos labios finos, las cejas
levantadas y un aro adornando esa nariz. Objetivamente es una mujer hermosa. Como
un pequeño regalo envuelto con delicadeza. Quizás no sea una mujer alta y
espectacular, de melena rizada y grandes pechos. Pero todos los hombres que se
han cruzado con ella (y alguna que otra mujer) desearían quedarse cinco minutos
más a su lado. La evidente timidez de Mariposa acentúa eso, desviando la vista cuando se cruza con otra, revolviéndose incómoda sobre sus pies. Resoplando e intentando que no se note que ahora mismo le tiembla
hasta el último centímetro de piel de su cuerpo, incluso el alma. Si es que eso es posible.
¿Qué se supone que está haciendo?
Debería darse la vuelta y salir corriendo. Esto no es lo que había
planeado. Le gustaba comunicarse de forma virtual con aquel amo. La
excitaba y sentía que estaba aprendiendo tanto acerca del BDSM como de ella
misma. Le gustaba lo que escribía y como lo escribía. Le gustaba que estuviese
atento por y para ella. Se sentía una privilegiada, en cierta manera. Y le
encantaba la idea de haber encontrado en aquel hombre una coartada moral para
no tener que decidir. Desde hacía semanas su amo la ordenaba como debía vestir,
como debía maquillarse o no, lo decidía todo. Eso, para ella, era como un
remanso de paz donde olvidarse de todo y ceder el control a su amo.
Pero ahora estaba en la calle,
esperándole. Ahora era real. ¿Lo deseaba? Sí. Pero también había algo
aprisionando su corazón, una mezcla de miedo y remordimiento. ¿Y si él no
venía?
En realidad, el amo estaba
observándola desde el otro lado de la calle. Observando como Mariposa se movía nerviosa
en la esquina, mirando a todos lados y esperando. Hasta que ella se fijó en él.
Entonces el amo arrancó a andar, se acercó a ella, la besó en la mejilla y la
ordenó que le acompañase. Mariposa caminaba como un robot,
sus pasos eran mecánicos, si atreverse a hacer ninguna otra cosa que no fuese
obedecer a aquel hombre. Ya no quería salir corriendo, solo quería realmente
abandonarse a su voluntad, dejar que aquel hombre hiciese cuanto quisiese (lo
que habían pactado) con ella.
Al llegar al piso, el hombre la ordenó
que no dijese ni una palabra. La acompañó hasta un comedor. Allí cogió su
bolso, lo dejó sobre una silla, le levantó los brazos y le sacó el vestido por
la cabeza.
Mariposa, completamente desnuda,
cerró los ojos.
Ahora ya daba todo igual, poco
podía importar si era lo correcto o no, si era lo que había planeado o se
estaba traicionando a sí misma. Por fin estaba en un
lugar y con una persona con la que podía ser ella misma, sin tener que decidir
nada, obteniendo placer de ello, siendo útil, siendo deseada. Por supuesto que
iba a esforzarse por darle placer a su amo, porque eso es lo único que le
apetecía en ese momento.
¿Estaría a la altura? Para ella,
que un hombre de su experiencia la quisiese enseñar ya era un privilegio. Pero
todo era tan diferente a lo que conocía… tenía miedo por no estar a la altura,
por su comportamiento, por si lo haría bien o no. Todo era excitante, pero ese
mismo todo se convertía también en temor. Temor por lo que pudiese suceder,
temor por no estar a la altura.
Su amo le había repetido varias
veces que no era un concurso, que debía relajarse. Pero ahora, completamente
desnuda frente a él, sentía que era una prueba. Desnudarse y
actuar. ¿Y si lo hacía mal? ¿Volverían a verse? ¿Le defraudaría?
El amo la rodeó con sus brazos.
Mariposa recostó su cabeza en el pecho de él. Podía escuchar los latidos del
corazón de su amo.
-No estés nerviosa, Mariposa -susurró
el amo a su oído-. No has venido aquí para que compruebe si haces las cosas bien
o no. Si yo no te juzgo, no lo hagas tú.
-Si amo.
Esa fue la primera vez que
Mariposa pronunció la palabra “amo” delante de su amo.