viernes, 9 de octubre de 2020

El baile descuidado (relato)

 

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Un gallo afónico apostrofa la sentencia, encaramado en lo alto del palo, retorcido nerviosamente sobre sí mismo, con esos movimientos parecidos al latigazo del verdugo. ¡Oh mundo asqueroso! Y para postre la indiferencia... En el cuarto, el amo saca del armario su traje de cuero, antaño brillante, ahora cuarteado y opaco. ¡Lamentable! El amo retuerce el cuero que deja caer trozos de sí mismo como una caspa negra sobre un esmoquin tuxedo blanco. El amo lo lanza al suelo armado de una furia incontenible. Acaba de cumplir cincuentaicuatro años y se siente como ese traje de cuero estropeado. Son las ocho y media y la sumisa llegará en breve. El gallo intenta lanzar un último alarido para descubrir que sigue afónico. ¿Y si este es el final de su vida dentro de su rol? Aplastaría ahora mismo con fuerza cigarrillo contra un sucio cenicero pero ni fuma ni tiene ceniceros en su casa. Menuda desdicha la suya, ni tan solo puede fingir que es un desdichado.

La portezuela de un taxi se abre en la calle y del vehículo desciende una mujer vestida con un liviano traje de algodón. Hace demasiado frío para vestir así, piensa el taxista. La mujer sacrifica su bienestar por la obediencia. Todo cuanto de sagrado hay en una relación así, que no debería serlo tanto. ¿Qué diablos está haciendo? Quizás un minuto más, pero nunca el resto de tu vida.

El amo, unos pisos más arriba, recupera un disco de la pila que hay en el suelo y lo coloca cuidadosamente en el tocadiscos. La música que invade su pequeño apartamento. Es jazz. ¡Menuda sorpresa! En realidad, todos los discos que tiene son de jazz, piensa. Aburrido.

El decoro impide a la mujer haber salido de casa sin ropa interior. ¿Qué pensará él? En cierta manera le ha desobedecido.

El amo toma asiento en el sofá, cierra los ojos, se humedece los labios y permite que la música le envuelva y le transporte a un lugar más cálido.

La mujer, su sumisa, oprime el timbre de su puerta.

El amo no abre.

jueves, 8 de octubre de 2020

La señora M. (parte 4 y última)

 

Salimos del bar y nos lanzamos a un exterior donde una suerte de salvaje frio se estaba apoderando del aire, pintando de incomodidad todos y cada uno de nuestros huesos. La señora M. había vuelto al abrigo de su abrigo (valga la burda redundancia) y yo me hundía poco a poco dentro de mi cazadora, con el cuello subido. El viento, golpeándonos por todos lados, nos obligaba a girar el rostro inútilmente hacia cualquier punto cardinal. ¿Se estarían aliando los elementos con la señora M. para impedir que cayese en mis garras? Tengo garras en vez de manos porque soy un depredador. Así que intenté, con una de mis garras, coger una de sus delicadas manos pero la señora M. la metió rápidamente dentro de un bolsillo y pegó los brazos a los costados para que tampoco pudiese colgarme de su brazo. Solos, en la calle, se estaba transformado en uno de esos animales que se ocultan en sus caparazones y no vuelven a salir hasta que llega el repartidor de Amazon con la compra del supermercado. Tomé la dirección de mi casa con paso decidido mientras, la señora M. caminaba unos pasos por detrás mío, ralentizando su ritmo, como si con eso pudiese evitar cuanto de inevitable hay en la vida.

-Date prisa -ordené-, hace frio.

La señora M. me miró con un rictus de desprecio pintado en su hermoso rostro. ¡Que maravillosa expresión! La señora M. no había salido corriendo, en vez de eso, seguía mis pasos. De ahí que cualquier cosa que hiciese o fingiese, me parecía maravilloso.

Llegamos a la puerta del edificio donde vivo. Metí la llave en la cerradura y empujé la puerta, aguantándola mientras le franqueaba el paso. Intentando que el viento no cerrase mis ojos. La señora M. sonrió por vez primera desde que habíamos salido a la calle.

-No voy a entrar.

-¿Entonces por qué has venido? -pregunté.

-Ya lo sabes.

Y diciendo esto, entró en el edificio. Entramos en el ascensor y subimos a mi piso, abrí la puerta y ella se lanzó al interior, como conociese la distribución de toda la vida.

Quizás debería aclarar ahora la pequeña perversión que esconde este relato. Espero que el amable lector sepa disculpar tan (fácil) literaria trampa. Ojalá el relato tuviese otro final, pero la vida es demasiado imperfecta para que todo encaje en nuestras mejores fantasías. Por supuesto que la señora M. conocía la distribución de mi piso. De la misma forma que en vez de “mi” piso debería haber dicho “nuestro” piso.

La señora M. (mi esposa) tenía razón al decir que no iba a entrar en el edificio donde vivía el amo que pretendía pervertirla. Por eso entró en el edificio donde ambos vivimos desde hace más de diez años.

¿Si la señora M. era mi esposa, a que venía todo ese teatrillo del bar? Intentaré contestar de la forma mas sincera posible e intentando que esta farsa no destruya el relato que he armado pacientemente. La señora M. y quien suscribe estamos casados desde hace años, ella es mi sumisa, también es sumisa de quien yo decida que sea. Es una excelente sumisa, no lo niego. Pero, como en toda buena obra que se precie, hay que escribir un buen final o todo cuanto has construido queda en nada. Y la nada se la lleva el viento, inevitablemente. Como cuando degustas los mejores platos del mejor restaurante del mundo pero el postre es un flan soso o un arroz con leche duro como una roca. Hay que ser muy valiente para poder acabar con ciertas etapas de nuestra vida, sobre todo si esas etapas nos han regalado los placeres mas intensos que nunca experimentamos ni volveremos a experimentar.

Cuando, dos semanas antes, ella me dijo que quería acabar de una vez por todas con su etapa de sumisa, yo quedé desconcertado. Como un niño a quien su padre da una bofetada sin venir a cuento. Dolido y desconcertado a partes iguales. Mi esposa (la señora M.) es la mejor sumisa que he tenido nunca bajo mis ordenes, también la mejor compañera e incluso la mejor amiga. Y ese triunvirato era, a mis ojos, la perfección echa carne. Mi esposa, sentados en nuestro sofá bebiendo una copa de un excelente vino, confesó que habían sido años divertidos, excitantes e incluso ilusionantes, pero (como en toda balanza que se precie) también dijo que estaba cansada y quería caminar en otra dirección, alejada de su rol de sumisa. Quizás también cambiar de piso, quizás tener un hijo, quizás cambiar de trabajo. Y cualquiera de esos cambios los quería hacer junto a mí. Como su marido. Nunca más como su amo.

Cuando amas a alguien debes respetarlo por encima de cualquier otro propósito. Incluso cuando humillaba a la señora M. o la prestaba a otros amos mientras contemplaba como la usaban, seguía respetándola como si ella fuese mi diosa. Que lo era. Y lo hacía porque todos esos actos eran conscientes, consensuados y deseados. Por eso, cuando amas a alguien, independientemente de la moralidad o los deseos propios, debes respetar las decisiones ajenas.

Lo único que le pedí a la señora M. es que quedásemos en un bar. Como en nuestro primer encuentro. También le pedí que jugásemos al amo perverso y a la sumisa dudosa. Como en nuestro primer encuentro. Mi esposa no pudo negarse.

La primera vez que nos vimos, hace mas de doce años, ella acabo subiendo a mi casa y convirtiéndose en mi sumisa, en mi esposa, en mi compañera y mi amiga. Y la mejor manera de acabar con todo eso consistía en que, como sumisa, me rechazase en el mismo bar, con la misma ropa. Doce años mas tarde. Como si aquella primera vez hubiese sido el epitome del rechazo.

En casa, la señora M. vuelve al comedor vestida con un pijama de algodón con dibujos marineros. Se ha quitado el maquillaje y lleva un calcetín de cada color. Observándola me parece la mujer más hermosa del mundo.

Mi esposa, mi amiga, mi compañera para siempre.

Mi sumisa nunca más.

(fin)

miércoles, 7 de octubre de 2020

La señora M. (parte 3)

 Comunicación efectiva: lo que no deberías hacer con tu pareja | KENA

 La guerra dialéctica que enfrentaba a la señora M. contra quien escribe estas líneas duraba ya más de media hora. Las frases volaban y golpeaban al oponente quien, llegado el turno, se recuperaba a duras penas, daba un rápido trago a su bebida y contraatacaba con otra frase. La lucha por evidenciar quien se imponía a quien era tan feroz como igual, besos y mordiscos cruzando una línea pintada de oro y mejillas sonrosadas también. La señora M. se defendía blandiendo un arma construida con prudencia y arrojo (y también con asombrosa agilidad) contra mis nada sutiles proposiciones y devolvía el golpe con certeras palabras que hacían tambalear mi pretendida posición de amo. Aquello parecía no tomar ningún rumbo porque nadie iba a dar su brazo a torcer, nadie iba a apiadarse ni pestañear más de lo necesario. No es que tuviésemos miedo a que aquel dialogo arrojase un final no deseado sino porque ser derrotado era la demostración tácita del otro era mejor. El ego se imponía sobre el objetivo. La diferencia entre la señora M. y yo es que ella podía aceptar ser derrotada pero yo no. Si la señora M. no hubiese contemplado en algún momento la posibilidad de acabar derrotada no habría venido a mi encuentro vestida tal y como le había ordenado. Soy consciente de la simplicidad de esta explicación, aunque los argumentos sencillos siguen siendo argumentos.

Transcurrida esa media hora, en el meridiano de uno de sus ataques en forma de frase, levanté mi dedo índice y chisté ordenando silencio. Ella calló de inmediato, quizás sorprendida por mi acto.

Punto para el amo. ¿O no?

-Ya hemos discutido bastante -dije intentando parecer lo más cordial posible-. Hablemos ahora de lo verdaderamente importante…

-Importante para ti -interrumpió ella.

-Si vuelves a interrumpirme tendrás un castigo -dije.

-No eres nadie para castigarme -replicó ella con una sonrisa burlona.

-Pero pronto seré alguien para ti. Y cuando eso suceda, te castigaré por tu insolencia.

-¿De verdad crees que voy a arriesgar todo cuanto tengo por alguien como tú?

-De verdad lo creo.

La señora M. no dijo nada, en lugar de eso sacó su teléfono móvil y consultó algo, luego volvió a guardarlo en su bolso y se quedó mirándome. Era una mujer atractiva, aunque su belleza era también peculiar, no se trataba de una de esas perfecciones arrebatadoras que te obligan a girar la cabeza cuando te cruzas con ella por la calle. Aunque en el conjunto existía una holgazana perfección: su pelo, sus dientes, su forma de moverse, su voz, sus formas… todo sumado arrojaba un resultado irresistible. Y ella, a pesar de todas sus inseguridades, también sabía eso porque yo no era el primero que había intentado pervertirla. Ni sería el último. Hay personas que pasan por la vida del resto como una suave brisa de otoño. La señora M. sin pretenderlo, era uno de esos huracanes que arrancan tejados y envían ovejas a cientos de kilómetros de distancia.

¿Qué había consultado en su teléfono móvil?

Nos quedamos mirando, en silencio, luchando una vez mas aunque ahora por ver quien era el primero que desviaba la vista. Incluso sin hablar, seguíamos luchando. Sus ojos de color ámbar eran tan hipnóticos como el sexto vaso de whisky.

-¿Y ahora qué? -dijo ella finalmente.

-Ahora iremos a mi piso, está a cinco minutos de aquí, allí te desnudaré, te ataré a una cama, te azotaré y te usaré. Después te ducharás, comerás algo y volverás a tu casa en taxi para decirle a tu marido que el encuentro con tu amiga del colegio ha durado más de lo previsto.

-No he utilizado ninguna excusa. Le he dicho que venía a verte a ti.

-¿Y qué te ha dicho él? -pregunté.

-Que haga lo que crea que debo hacer. El confía en mí, el solo quiere lo mejor para mí.

-¿Te has dado cuenta de algo? El te dice que hagas lo que debas, no que hagas lo que deseas.

- Cuando decides compartir tu vida con alguien no puedes hacer cuanto deseas sino aquello que debes.

-Entonces estar con alguien significa dejar de hacer cosas que deseas.

-Claro, pero la recompensa es infinita porque estás con quien quieres, compartiendo muchas otras cosas.

Sonreí para mis adentros. Por fin acaba de encontrar el resquicio en la señora M. donde meter mis dedos y tirar con fuerza. Ella misma, en esa lógica defensa de acabar sometida por mí, me había regalado el mejor argumento para conseguir tenerla atada y arrodillada a mis pies.

-Escúchame atentamente -comencé, apoyándome en la mesa y acercándome un poco mas a ella-. Acabas de decir que vas a negarte a tener una sesión conmigo porque así debe ser. ¿Correcto?

-Está loco, pero aun sabes escuchar. Eso he dicho.

-Podrías haber dicho que no vas a tener una sesión conmigo porque no lo deseas. Así pues, deseas que te domine pero no es lo que debe ser.

La señora M. no dijo nada. Su silencio acababa de convertirse en un “si”.

-¿Deseas ser mi sumisa? -pregunté alzando la voz-. ¿Si o no?

Algunos clientes en otras mesas giraron sus rostros en nuestra dirección. La señora M. se hundió un poco más en su asiento, avergonzada quizás.

-Contéstame: ¿si o no? -volví a preguntar.

Acababa de ordenarle que me contestase. Una orden.

-Supongo que si mis circunstancias fuesen otras…

-¿Si o no? -volví a preguntar.

-No hay una respuesta sencilla a eso. No puedes simplificar las cosas hasta lo binario.

La cogí de una mano, por encima de la mesa y apreté con fuerza.

-¿Si o no? -repetí alzando aún más la voz.

-Si -dijo ella con voz casi inaudible.

Al escuchar su respuesta dejé de apretar su mano, aunque no la retiré. Me quedé cogiéndola mientras la acariciaba. La expresión de su rostro, entre sorpresa y huraña, comenzó a transformarse en algo parecido a una manzana a punto de ser devorada.

Levanté mi otra mano, en dirección al camarero, dibujando en el aire esa señal que indica que tiene que traer la cuenta.

-Es hora de irnos -dije sin dejar de acariciar su mano.

(continuará)

lunes, 5 de octubre de 2020

La señora M. (parte 2)


 

La señora M. pidió agua, yo estaba bebiendo cerveza. En el momento en que el camarero nos dejó solos (aunque rodeados de otros, en otras mesas) ella repitió la frase, ferozmente parapetada tras un muro construido a toda prisa con pedazos de miedo y desconfianza.

-No va a suceder nada entre nosotros -dijo-. ¿Lo sabes, no?

Aclaro: un muro construido de miedo y desconfianza hacia ella misma. El principal problema de las inseguridades radica en que únicamente podemos ver proyectado en los demás aquello que somos. En una ocasión, durante un viaje por Estados Unidos, un anciano mal afeitado al borde de una carretera en el desierto de California, me explicó que existe una serpiente (la serpiente rey) que confunde su propia cola con la de otro animal y comienza devorándose a sí misma. La señora M. también se devoraba a sí misma al confundir la persona a quien debía temer.

-¿Cuan segura estás de eso? -pregunté.

-Totalmente segura, de no ser así no habría venido.

-Pero has venido y te has vestido como te ordené -dije con mi voz aún más firme.

Ella acababa de transformarse en una de esas personas que observa la única cerilla húmeda que sabes que nunca arderá. Aunque, en su caso, el problema era que esa cerilla prendiese. Menuda superviviente de pacotilla...

-Y comienzo a arrepentirme de haberme vestido así -dijo ella.

-Te arrepientes de haber venido porque eres consciente de que tu fuerza de voluntad, frente a alguien como yo, es tan sólida como una gelatina de fresa.

-Odio las gelatinas, no puedo comerlas desde que supe de que están hechas.

Por supuesto que sé de que parte del animal se fabrican las gelatinas de sabores. Por eso pasé de comerlas a odiarlas. Como el tabaco, como las gominolas de fresa, como las películas de Christopher Nolan. Pero no quería entrar en una discusión sobre comida. O no sobre ese tipo de comida.

-¿Y qué te gusta comer?

-Pizza, salmón, pollo y chocolate negro -contestó ella rápidamente, intentando reprimir una sonrisa que la acercase a mi territorio.

La señora M. luchaba con todas sus fuerzas contra la idea de que me pudiese parecer ni remotamente cordial. O viceversa. Y así obraba, con los brazos aun firmemente cruzados sobre el pecho, tirada hacia detrás en su silla, intentando construir un muro de ladrillos invisibles entre ambos. Tanto esfuerzo para nada. Porque incluso un reloj estropeado marca la hora correcta dos veces al día.

-Es un menú de lo mas curioso para una mujer que conserva la silueta como tú -dije.

-Son muchas horas de gimnasio. Tú, en cambio, la última vez que fuiste al gimnasio fue cuando te perdiste en un centro comercial ¿verdad? -preguntó ella, finalmente sonriendo, señalando mi barriga.

No podía permitirlo, no debía entrar en su juego. Cuando quieres ser rey no permites que el bufón se ría de ti. Cuando eres un depredador no puedes confraternizar con tu presa.

Sobre todo cuando estás dispuesto a devorarla.

A dentelleadas debía solucionarlo, si era preciso.

-Tienes razón, prefiero comer a sudar -comencé-. Pero también sudo, sobre todo cuando domino a una mujer como tú atándola a la cama, azotándola y sodomizándola mientras ahogas tus gritos contra una almohada. O con una brida en tu preciosa boca de dientes blancos. Prefiero lo segundo.

Podría haber escogido cualquier otro símil menos elemental. Llevo demasiados años siendo amo como para reducirlo todo, cuál hábil cocinero con una salsa, al inocente tópico de una sumisa atada y sodomizada en una cama. Aunque para alcanzar la cima debes escalar poco a poco, fijando con maestría los clavos en la pared rocosa. De no hacer eso, la caída resulta mortal.

Siempre.

La señora M. no dijo nada, en vez de eso cogió su vaso de agua llevándolo con cuidado a la boca, sin separar los codos de su cuerpo para continuar ocultando los reveladores pezones aun luchando por traspasar la tela de su vestido de algodón. Con la vista firmemente colocada en el fondo del vaso. La imaginé luchando contra ella misma en un ring mientras una multitud jaleaba a las boxeadoras gemelas, golpeándose la una a la otra sin piedad.

-¿Estás incómoda? -continué-. Nadie se ha dado cuenta de que no llevas sujetador. Solo yo. Y con eso es más que suficiente.

-No se lo que estoy haciendo aquí. No quiero jugar con fuego, tenía curiosidad por venir pero ahora se que me he equivocado. No porque no seas la persona que esperaba sino porque eres precisamente la persona que esperaba que fueses.

La tragedia magníficamente convertida en literatura cuando Oscar Wilde dijo aquello de “ten cuidado con lo que deseas, puede convertirse en realidad”. Aunque la decepción de la señora M. significaba una nueva victoria en mi escalada, un nuevo clavo firmemente clavado en la pared de la montaña del placer: ella esperaba a alguien como yo. O no. Que más daba. Porque esperaba algo.

-Me sabe mal tanta decepción en el acierto -dije yo-. Pero no te preocupes, lo que tenga que suceder, sucederá. Y da igual si es hoy o dentro de diez años. Da igual si has venido o no. ¿Sabes lo que sucede cuando dos poderosos imanes se encuentran?

-Dejemos las metáforas. ¿Por qué no hablamos con las palabras desnudas? -preguntó ella.

“Las palabras desnudas”, que maravillosa expresión. De repente, me di cuenta de que aquella mujer me atraía aún más que cinco minutos atrás. Y, con toda seguridad, me atraía aún menos de lo que me atraería dentro de cinco minutos.

-De acuerdo -comencé yo-, quitémonos lo superfluo: voy a dominarte, lo sabes por mucho que te resistas. Y si no quieres que te domine porque tienes un marido o porque ya tienes un amo entonces utilizaré cualquier otra expresión: follarte, usarte, devorarte… escoge tu.

-Mi marido es mi amo.

-Mejor aún, porque entonces solo le serás infiel a una persona -dije sin dejar de sonreír-. La culpa será menor.

Como decía alguien en una película de James Bond: "¿Te gustan las mujeres casadas, verdad James?". A lo que Bond respondía: "Así las cosas son más sencillas".

Pues eso.

(continuará)

domingo, 4 de octubre de 2020

La señora M. (parte 1)

 

10 Cosas y gestos que hacen las mujeres que vuelven locos a los hombres en  cuestión de segundos

Pervertir a un desconocido no es tarea fácil. Has de introducir tus dedos en voluntades ajenas y tirar con fuerza para abrir el cofre. Todos tenemos esos resquicios por donde comenzar, aunque muchas veces no pueden ser abiertos por la simple verdad de que desconocemos donde habitan.

Siempre me ha gustado pervertir a quien me atrae física o intelectualmente. En cierta manera, soy tan perverso como amoral, no voy a ocultarlo. Disfruto lanzando a las personas lejos de su zona de confort para llevarlas hasta un territorio donde la seguridad es un axioma. Y no hablo de seguridad física sino de la emocional.

No es un juego y si alguien cree que estoy jugando entonces debería recordar que la vida, en sí misma, es un gran tablero.

No desvelaré el nombre de la señora M. porque sus circunstancias obligan a mi prudencia a quedarse en un territorio cercano al silencio. Pero sí que contaré como pervertí a la señora M.

La conocí a través de Internet. Ella escribía un blog donde, en ocasiones, dejaba entrever una temática que la etiquetaba como sumisa. Y yo soy uno de esos amos, de esos que husmean en el aire mientras se afilan los dientes con una piedra roma. Dos más dos son cuatro y esta simple suma es fácil de hacer porque llevo toda mi vida pervirtiendo a quien prefiere quedarse en su zona de confort. Pero, como he dicho antes, para pervertir a alguien, ese alguien debe mostrar los resquicios donde meter tus dedos de depredador.

Soy una persona normal, pero también soy consciente de que la vida está construida a base de momentos inolvidables. La mayoría de esos momentos los asocio a la dominación, a la gente nueva que entra en mi vida. A ver por primera vez a alguien retorciéndose de dolor a mis pies.

Después de intercambiarnos algunos correos electrónicos, le envié el definitivo donde le decía que la esperaría a las 6 de la tarde en un bar de la ciudad. Le dije como debía vestir. También le advertí que de nada serviría que asegurase que no iba a acudir a la cita porque yo iba a estar allí esperándola. Como no podía ser de otra manera, la señora M. contestó diciendo que no quería hacerme perder el tiempo, asegurando que nunca acudiría a esa cita. Estoy convencido de que contestó a mi correo pellizcándose los labios con los dientes.

Un truco para mover tus piezas mejor sobre el tablero consiste en que cuando alguien te diga que no quiere hacerte perder el tiempo, en realidad está diciendo que no se atreve a algo. Incluso sin ser consciente de ello. Como cuando escondes los brazos bajo las sábanas para que no te toque un fantasma que no existe. Siempre obedeciendo a tus propios miedos.

Aunque de forma epistolar, respondí de forma tajante, ordenándola que no volviese a escribirme: iba a estar esperándola en ese bar y a esa hora. Ella no respondió, tiñéndolo todo de un silencio necesario. La mejor de las noticias, porque el silencio no es un “No”, pero sobre todo… porque ella había obedecido a mi primera orden (el que no volviese a contestar uno de mis correos). ¿Habría encontrado el resquicio donde meter mis dedos? Seguro que sí, podía olerlo en el aire.

Dos días más tarde, entré en el bar donde la había citado y me senté en una mesa alejada de la entrada. Yo había visto alguna foto suya, publicadas en su blog, casi todas mostrando una maravillosa desnudez aunque su rostro estaba difuminado. Ella no había visto ninguna foto mía por lo que, reconocerla, iba a resultar tarea fácil, a pesar de que el bar estaba lleno.

La señora M. apareció al cabo de cinco minutos, envuelta en un abrigo. La reconocí de inmediato, su pelo como ondas de mar, su sonrisa de arcángel y su demoniaca silueta. Se detuvo en la puerta y contemplando interior. Sabiéndose observada por su misteriosa cita. Levanté mi mano haciéndole una seña. Ella sonrió y se acercó a la mesa, me levanté para saludarla dándonos dos besos en las mejillas aunque también aproveche ese momento para cogerla del brazo y apretar un poco. La señora M. se quitó el abrigo y tomó asiento. Iba vestida tal y como la había ordenado, con un vestido de algodón sin mangas, la falda por encima de las rodillas y sin ropa interior. Supe de inmediato que iba sin ropa interior porque sus pezones luchaban por romper el algodón de su vestido. La señora M. cruzó los brazos sobre sus pechos, ocultando tan maravilloso espectáculo.

-He venido -dijo sonriendo- pero eso no significa nada. No va a pasar nada.

Satisfecho de mi mismo, con el ego luchando por escapar de mi pecho y comenzar a lanzar fuegos artificiales, me limité a observarla mientras yo dibujaba en mi rostro una sonrisa amable. Los comienzos… ¡oh los comienzos! Esas primeras miradas que se beben la vida, dibujando notas musicales en el aire. Y la señora M. asegurando que nada iba a pasar, una y otra vez.

Claro que no va a pasar nada, por eso has obedecido a un desconocido y has ido a su encuentro vestida como te han ordenado.  

Claro que si señora M.

(continuará)

lunes, 28 de septiembre de 2020

Cuanto de verdad hay en la mentira (o de mentira hay en la verdad)

 

5. La mentira

Mentimos a diario, desde que abrimos los ojos hasta que el sueño nos vence. Incluso mentimos durmiendo porque nuestros sueños, esa gran mentira, tiene mucho de verdad.

Toda mentira, desde la más insignificante a la más trascendente, esconde una verdad que puede ser igual de insignificante o igual de trascendente. Curiosamente, el tamaño de la verdad no siempre es el mismo que el de su correspondiente mentira. Es por es que, en ocasiones, la mentira explota en nuestra cara y la verdad sale a la luz. Y esto es porque el tamaño de la mentira era demasiado pequeño para contener esa gran verdad. Rasgándose de lado a lado como una croqueta mal rebozada, dejando escapar todo el rebozado sin que podamos evitarlo.

“¿Cómo me queda este peinado?”, pregunta una persona. “Te queda bien”, contesta la otra.

Quien pregunta desea que le mientan, no está preparada para una verdad donde su nuevo peinado es tan hermoso como un gato atropellado en una noche de tormenta.

Quien responde, utilizando la mentira piadosa, esconde también una verdad. El nuevo peinado de quien pregunta es siempre más horrendo que el anterior, pero no le disgusta del todo. La verdad es que esos extravagantes cortes de pelo le otorgan personalidad.

“¿Me quieres?”, pregunta uno. “Claro que sí”, contesta el otro.

Aquí, verdad y mentira se mezclan tanto en la pregunta como en la respuesta. Como si querer o no querer fuese algo tan único y diferente como el color blanco o el color negro.

“¿Quieres probar en una sesión de BDSM?” pregunta una persona. “No lo sé”, responde la otra.

Claro que lo sabe, sabe que quiere probarlo pero le aterra decirlo en voz alta. Por eso ha mentido. Aunque también es consciente que ese “no lo sé” tiene algo de verdad. De no ser así, haría años que habría aparcado la fantasía de ser sumisa y lo habría intentado.

“¿Quedamos para tomar un café?”, pregunta uno. “No se si debería tomar un café contigo, me conozco y creo que te conozco”, contesta el otro.

El dragón, de un rojo intenso, desciendo dando círculos en el aire hasta detenerse sobre la cabeza de estos dos últimos mentirosos. El dragón les observa con su ojo de reptil y sonríe de la forma en que sonríen los dragones. Que no es una sonrisa. Ahora mismo podría abrir sus fauces y quemar a ambos.

Pero, en lugar de eso, vuelve a girar sobre si mismo y se aleja aleteando con fuerza.

Ese dragón es una gran mentira también, que esconde una gran verdad.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Le compré a su esposa por una noche (relato)

 

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Conocí a M. en la virtualidad de este mundo de construido con unos y ceros, un lugar donde todos observamos, ajenos a la realidad que hay tras esas brillantes pantallas, gigantescas o diminutas. La realidad de M. era la de una mujer casada, sumisa de su marido y tan obediente que mi alma de león fue incapaz de convencerla para que, además de someterse a él, se sometiese también a mis deseos. Soy amo desde hace 35 años y durante todo este tiempo he conocido a muchas personas, aunque M. era diferente. ¿Por qué? Por como escribía, por la reflexión que sus sabias palabras hacían de su propia condición. ¿Cómo convencer a alguien que ya lo tiene todo? Entonces se me ocurrió formular una pregunta. ¿Y si hablo con tu amo (tu esposo también) para que te ceda a mi servicio durante una noche? Le dije que estaba incluso dispuesto a pagar por ella, estaría incluso dispuesto a permitir que su marido estuviese presente. Ella, siempre mediante correos electrónicos, me dijo que se lo preguntaría a su marido. A su amo.

La respuesta llegó dos días más tarde. Sus palabras decían que su marido estaba dispuesto a cedérmela a cambio de una compensación económica. Pero que él debía estar presente. Le pregunté con quién debía planificar la sesión y pactar los límites. M. contestó que debía hablar con su marido y me dio una dirección de correo. No volvería a saber de ella hasta que nos viésemos cara a cara el día de la cesión.

Escribí a aquel hombre y le propuse lo que pretendía: atar y usar a su esposa delante de él. Ese fue el verbo y no otro: usar. Podría haber dicho “dominar” o “someter” a su esposa. Pero escribí “usar” en el convencimiento de que aquel hombre no confundiría el uso del verbo con una inexperiencia que, para nada, era la mía. Durante unos días estuvimos intercambiándonos correos y pactando todo cuanto iba a suceder.

Al siguiente fin de semana fui a una casa rural, en los pirineos, donde vivían ambos. Era una bonita casa de nueva construcción, rodeada de un césped perfectamente cuidado. Caminé hasta la entrada y oprimí el timbre de la puerta. No puedo negar que, a pesar de toda mi experiencia, el león que creían que era, en realidad se había convertido en un temeroso mapache.

Un zumbido me indicó que la verja estaba abierta. Empujé y crucé el jardín hasta la puerta principal donde me esperaba un hombre elegantemente vestido. De pelo blanco y apariencia aristocrática. Hubiese imaginado cualquier tipo de marido para M. menos aquel tipo, mayor que ella y con tal apariencia. El tipo me estrechó la mano mientras sonreía amablemente. Habíamos pactado que M. nos esperaría vestida como yo había solicitado, en la mazmorra que tenían en el sótano. El marido de M. me ofreció bebida pero le dije que prefería comenzar ya. Entonces el tipo alargó una mano mientras con la otra frotaba dos dedos en el aire construyendo ese signo internacional que es dinero.

Saqué un billete de cinco euros y lo deposité en su mano.

Había sido el propio esposo quien me había dicho debía pagar tan solo cinco euros por “usar” a su esposa. Yo había visto algo parecido antes: emputecer a tu pareja pero sin pedir una cantidad de dinero que te hiciese sentir que ella era una auténtica prostituta. Todo forma parte de un juego y hay que saber jugarlo.

Me acompañó hasta la mazmorra. Una de esas habitaciones con algunos aparatos, propios de gente amateur que practica BDSM.

M. estaba de pie en el centro de la habitación, junto a un potro. Era realmente hermosa, más hermosa aun de lo que había podido intuir en sus fotos donde el rostro estaba borrado. Iba vestida con una camisa de botones blanca, falda corta negra y medias, también zapatos de tacón. Lo que más me gustó fue su pelo rubio y alborotado. Era alta y delgada. Realmente hermosa.

El marido de M. dio unos pasos y se sentó en una silla que había en una esquina. Después me miró y asintió.

-Adelante, usa a mi mujer -dijo.

Por supuesto que iba a hacerlo. Me aproximé a ella y desabotoné de golpe su blusa. Los botones salieron volando y se perdieron en el suelo de cemento. Bajo la camisa no había más ropa, los pechos de M. eran preciosos, grandes y propios de su edad (entre cuarenta y cincuenta años), estaba morena pero sus pechos tenían la piel blanca por culpa del bikini. Ella me observaba directamente a la cara. Nuestras miradas se cruzaban mientras yo la desnudaba poco a poco. No parecía tener miedo. En ningún momento ella desvió la vista hasta su marido, solo me miraba a mi o bajaba sumisamente la vista al suelo.

Vestida tan solo con unas medias, la até al potro y la usé a conciencia. Follándola por todos lados, azotándola, escupiéndole, humillándola, tirando de su pelo y convirtiéndola en mi sumisa, aunque solo fuese una única noche. De vez en cuando echaba yo un vistazo a su marido quien seguía sentado en la silla, sonriendo.

Cuatro horas después, al acabar la sesión, M. estaba sentada en el suelo, sudando, con la cara y el cuerpo cubiertos de semen, sus ojos llenos de lágrimas, el cuerpo con marcas rojas de los azotes. Iba a ayudarla a levantarse cuando su marido se interpuso entre nosotros.

-De esto me encargo yo -dijo ayudando a su esposa a recuperar la verticalidad-. Usted puede subir a darse una ducha. Al final de las escaleras, a mano derecha, encontrará un baño con todo cuanto necesita. Después puede ir al comedor a tomar una copa, espérenos allí, si me hace ese favor. Estoy seguro de que encontrará usted el comedor y el pequeño bar donde guardo un whisky escocés de 50 años. No se preocupe, sea generoso con la copa, se lo ha ganado.

Y diciendo esto señaló la salida de la mazmorra. Cogí mi ropa y, aún desnudo, me dirigí a la ducha. Al cabo de media hora estaba sentado en el comedor de aquella lujosa casa, bebiendo un maravilloso whisky, consciente de que nunca había bebido nada igual ni lo bebería.

Al cabo de un rato apareció el matrimonio. Se había duchado, peinado y vestía un precioso traje de noche negro.

-Le presento a Mari, mi esposa -dijo el marido señalando a la mujer que colgaba de su brazo.

-Encantado -dije estrechando la mano de la mujer que había estado sometiendo durante más de cuatro horas.

Apenas había marcas en su rostro ni sus brazos. Se había maquillado los escasos moretones y parecía completamente recuperada.

-Sería un placer para nosotros que aceptase quedarse a cenar -dijo M.

-Sería un placer también para mí.

-Pero antes falta un pequeño detalle. Si acepta nuestra invitación para cenar, tendrá que pagar. Ningún placer en esta casa es gratis -dijo ella repitiendo el signo del dinero que había hecho su marido al llegar yo.

Saqué otro billete de cinco euros y lo coloqué en la palma de la mujer.

Los tres sonreímos con una sonrisa tan estúpida como nerviosa.

Aquella mujer había resumido perfectamente lo que es la vida: ningún placer en esta vida debería ser gratis.