
Un día cualquier por la tarde en
cualquier asfixiante tarde de verano en Barcelona: yo estaba en el
supermercado, no es porque tuviese que comprar muchas cosas (que las
tenía que comprar, quizás sí) sino más bien movido por la
necesidad de estar en un lugar frio y rodeado de gente y comida. Lo
que, cuando el calor hace que las lagartijas se fosilicen en el
asfalto, para mi es la perfecta definición de la felicidad: o un
supermercado o un restaurante. Me encontraba yo frente a un cesto de
melones (obviaremos la más que evidente metáfora) cuando recibí un
mensaje de L en él decía “¿un rummy?”. L es una compañera
de trabajo, amiga y alguien demasiado especial en mi vida para
reducirla a cuatro adjetivos que nadie va a comprender en su
totalidad. Lo resumiremos diciendo que L. era la mejor. Antes
jugábamos a doctores, ahora jugamos al rummy en aplicación móvil.
¿Qué es más divertido? Quien se haga esa pregunta es que es
completamente idiota. Spoiler: no es el rummy. ¿Entonces porque
ahora solo jugábamos al rummy? Es lo que tiene hacerse mayor y que
la tecnología se haya adueñado de nuestra cotidianidad además de
que las cosas, todas las cosas sin excepción, cambian. Mi primera
respuesta fue “no puedo, estoy en la calle”. Vale, no estaba en
la calle, pero estaba fuera de casa, que viene a ser lo mismo. Además
¿Quién asume que un día a las 7 de la tarde en pleno verano puedes
estar en la calle? Su respuesta fue “grrr… vete a casa ahora
mismo que vamos a jugar”. Mi respuesta fue “ahora no puedo”. Y
su siguiente respuesta fue… “ve ahora mismo a casa que voy a ir y
vamos a jugar, obedece”. Al leer ese “que voy a ir” lo primero
que hice fue apartar mi vista de ese montón de melones que, de
repente, se habían convertido en los absolutamente maravillosos
melones de L, abandonar la cesta con la que cargaba en el suelo (es
decir, dejarla caer) y salir corriendo como el correcaminos ante el
coyote.
Porque cuando sucede un milagro, el
resto carece de importancia, incluso lo que es importante.
Al cabo de media hora, L apareció en
mi puerta. Años atrás, una mañana antes de ir a trabajar y cuando
L y yo jugábamos a otras cosas aparte de al rummy, ella me había
enviado un mensaje diciendo que venía a casa y yo le había
contestado que no. Ella se enfadó, vino igualmente y tuvimos una
sesión de sexo que hubiese puntuado casi cinco estrellas en
tripadvisor caso de que se puntuase algo más que la comida y el
servicio (que hubo comida, eso si).
L llegó enfadada, habían pasado
bastantes años desde aquel maravilloso desencuentro que acabó con
nosotros extenuados y bañados en sudor, pero ella seguía igual de
hermosa, aun más. Iba vestida con unos tejanos y una camiseta, su
uniforme habitual. Por cierto, si algún día hiciesen un concurso de
a quien le quedan mejor unos pantalones tejanos, L ganaría siempre,
incluso hoy.
Sin mediar palabra nos abrazamos y
comenzamos a besarnos, volviendo a aquellos tiempos donde descubrimos
que ambos somos unos maestros del beso. Cinco minutos después
estábamos en la misma habitación del pecado de años atrás,
metiéndonos mano, besándonos, arrancándonos la ropa. Habían
pasado muchos años, nuestros cuerpos, nuestras mentes, eran otros,
pero nuestra curiosidad y nuestras ganas de jugar con fuego seguían
siendo las mismas. Algo que desembocaba siempre en deseo.
-Ahora vas a jugar, pero si quieres
ganar… -dijo ella haciendo una larga pausa- deberás atarme primero
a la cama porque si no te voy a ganar yo.
Por supuesto que la até a la cama, con
piernas y brazos en cruz, totalmente desnuda y, a continuación,
hundí mi cara en su sexo. Recordaba ese olor, ese sabor, a mi
memoria volvió el pasado cuando L se retorcía en la cama, lo mismo
que estaba haciendo ahora. Me gusta atar a la gente a una cama y
hundir mi cara en su sexo. No pueden escapar, no pueden pedir, deben
limitarse a correrse una y otra vez sin evitarlo. Eso es lo que
pretendía mientras ella levantaba la cabeza y me observaba con una
mirada mezcla de rabia, placer y sorpresa.
Me detuve, cogí un antifaz y se lo
coloqué sobre los ojos. Ella negaba con la cabeza pero no puedo
evitarlo. Después me desnudé y metí mi pene en su boca. El sexo
oral que me hizo L fue como jugar a la lotería, que te toque el
premio gordo, perder el boleto y recuperarlo dos días antes de que
caduque para cobrar el premio. No quise correrme en su boca porque
ella estaba atada y recordaba que, aunque a L le encantaba llegar
hasta el final, nunca se lo tragaba. Y yo soy un cabrón, pero
también un caballero. Saqué mi pene de su boca y la penetré,
lentamente, comenzado a follar con suavidad, besándonos, tocándole
el cuerpo por todas partes. Entonces la desaté le quite la venda y
volvimos a repetir todo cuanto habíamos hecho en el pasado, incluso
ese sexo anal que tanto recuerdo y donde ella me había dicho años
atrás “es la primera vez que me corro por el culo”. Al final
eyaculé en su boca mientras L seguía chupando y chupando, después
se levantó y fue hasta el lavabo para escupir los millones de
potenciales hijos que iban a escapar por el desagüe.
L volvió a la cama y nos quedamos
desnudos, abrazados.
-Hemos vuelto a hacerlo -dije
acariciando su pelo
-Yo no quería hacerlo.
-¿Entonces por que has venido?
-Odio cuando me dices NO, incluso
cuando tienes motivos -dijo ella sin dejar de sonreír al tiempo que
comenzaba a deslizarse de nuevo hasta mi pene para metérselo en su
boca.
-No me comas la polla -ordené.
Ambos rompimos a reír.
Puede que repetir el pasado nunca salga
bien porque ese pasado se ha reescrito en nuestra memoria. Pero,
incluso, cuando las cosas pueda salir peor... siempre nos quedará el
humor. Y ese es el mayor placer del mundo.