sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Locura Vs Locura

Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar). En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.

También dicen que acostarse con un desconocido es un acto irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo, arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero irracional no parece la palabra adecuada.

¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?

La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo, la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal, como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de irracionales.

El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema del que me apasiona escribir.

La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o "-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos en una tarde.

Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al cabo. Mi lógica.

¡Ah, entonces hablamos de locuras!

Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza por tu cumpleaños.

Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder que no.

Sí, estamos hablando de sexo.

O de BDSM.

Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma

¿Es una locura?

Depende.

Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad reglamentada.

¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse incluso en mis sueños.

Tengo la sensación de estar encadenando ideas que probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca. Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.

Así que lo dejaré aquí.

No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.


miércoles, 10 de junio de 2026

La luz de la tarde (relato)




La luz de la tarde entraba por la ventana con amable tibieza, bañándolo todo de una luz suave y casi dorada. En el silencio de la inmensa instancia, dos presencias ocupaban ese espacio. Nadie mas. No hacía falta hablar. Bastaba el sonido leve de una página al pasar, el movimiento pausado de unas manos, la forma en que la respiración parecía acompasarse con el aire inmóvil. Leyendo, observándose en silencio. Aunque la mirada de una de las dos personas era algo mas insistente, sin ser agresiva, firme pero sutil. Como quien contempla el mar sabiendo que no puede poseerlo, pero sabe que siempre volverá a esa playa.

En esta escena hay detalles imposibles de ignorar. La curva de una sonrisa fugaz que aparecía sin previo aviso. La inclinación de la cabeza al concentrarse. La manera en que la luz encontraba siempre un lugar donde quedarse sobre la piel. Cada encuentro, cada tarde, se añadía nueva información a un deseo cuidadosamente escondido. Nunca decían nada. Tampoco debían, en una biblioteca lo primero que lees es “silencio” así que guardaban las palabras tras miradas inocentes, saludos breves con un movimiento de cabeza que dejaban un eco persistente. Y sin embargo, bajo esa superficie tranquila, crecía una tensión dulce y persistente.

A veces imaginaban acercarse un poco más. No para romper el silencio, sino para compartirlo. Sentarse cerca, sentir el calor de aquella presencia mezclándose con el propio. Descubrir si ese otro corazón latía con calma aparente o escondía tormentas semejantes a la suya.

Nunca se acercaron porque la imaginación es un territorio seguro. Un escenario donde podían abusar de los pequeños gestos, de las miradas casuales que tal vez significaban algo o tal vez nada. Podían permitirse pensar en la cercanía de unas manos rozándose por accidente, en cruzar la mirada demasiado rato, en la electricidad sutil que nace cuando dos personas perciben la existencia de una posibilidad y ninguna se atreve a nombrarla.

Los días avanzaban lentamente. Cada tarde, la luz transformaba lo dorado en algo tenue. Luego la artificial luz blanca lo invadía todo.

Y mientras esos días desaparecían y volvían a comenzar, el deseo seguía allí, igual de intacto que de silencioso. Sin exigir. Sin reclamar. Sin poseer. Simplemente habitaba el espacio entre esas dos personas como una llama pequeña que se niega a extinguirse. 

Quizá nunca llegaría el momento de hablar. Quizá todo quedaría reducido a recuerdos construidos sobre gestos. Pero, por alguna razón, había una belleza especial en ese tipo de relación. En desear sin poseer. En mirar sin invadir. En guardar dentro del pecho un secreto que hacía de los días algo infinitamente mejor.

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(En este relato, si lo vuelves a leer, verás que, en ningún momento, se menciona el género de los personajes. Ahora hazte una pregunta: ¿qué géneros has imaginado y por qué?)


domingo, 7 de junio de 2026

Prejuicio sin orgullo






Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.

La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”.  Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.

Usamos “prejuicio” como si fuera sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata: técnicamente posible, pero no recomendable.

La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.

Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el ascensor.

Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer, la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.

Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí. ¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio? Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).

Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja, guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de llevar una doble vida.

Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.


sábado, 6 de junio de 2026

Recuerdos íntimos


Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo. 


martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.


jueves, 23 de abril de 2026

“En la colonia penitenciaria” de Franz Kafka: sadomasoquismo sin erotismo



Hay textos que no necesitan de escenas sexuales para hablar del deseo. Yo que escribo toto tipo de textos, puedo corroborar que eso es posible. Difícil, pero posible. ¿Por qué entonces siempre hablamos de sexo cuando hablamos de deseo? Porque es lo mas obvio, lo más sencillo para hablas de deseo. Pero no todos somos Franz Kafka, quien tenía mas recursos que el resto y supo plasmar ese deseo sin ni un solo componente sexual. Sucede en el cuento “En la colonia penitenciaria" donde nos encontramos con un sadomasoquismo que no tiene nada que ver con el cuero ni con los látigos, sino con algo mucho más inquietante: la obediencia. El dolor como gramática. El cuerpo como superficie de escritura. Y si, has leído bien: el cuerpo como superficie de escritura y los momentos donde Kafka describe eso son difíciles de leer por terriblemente explícitos.

Para entender esta tendencia kafkiana hacia el castigo ritualizado que expone en el cuento, hay que explicar la profunda impresión que le causó a Kafka la lectura de “El jardín de los suplicios” de Octave Mirbeau donde Mirbeau convierte la tortura en algo estético. El escenario de un jardín donde el dolor florece como una forma de arte macabro. No hay erotismo explícito, pero sí arte literario coreografiado alrededor del sufrimiento que Kafka reconoció como un espejo de sus obsesiones. Le gustó la idea pero no el escenario. Le gustó el fondo pero no la forma, así que Kafka decidió coger esa idea y llevársela a su campo: el del poder de las administraciones.

En la colonia penal descrita por Kafka en su cuento, el sadismo no es un impulso carnal, no tiene nada que ver con el placer del BDSM ni con los deseos ocultos de los oficiales torturadores. Aquí el sadismo es administrativo. La máquina (una criatura de agujas y engranajes), además de torturar, educa al torturado (porque graba en su piel la ley hasta su muerte). Además, el oficial que aplica el castigo no disfruta del sufrimiento ajeno. Pero sí que disfruta de la pureza de ese castigo administrativo que está aplicando, goza con la exactitud con la que la ley se imprime en la piel del condenado. Es el sadismo frío de la burocracia, que los oficiales ejecutan con la alegría de quien cree estar haciendo lo correcto para la sociedad. Es un placer administrativo.

Eso es lo que mas aterra en la novela: el verdugo kafkiano no es un monstruo, es un simple funcionario que se somete con devoción a un sistema, quien venera a una terrible máquina como si fuera un dios. Y, sin ánimo de hacer aquí un spoiler, la decisión final del funcionario no es un acto heroico, sino un gesto de sumisión absoluta hacia el sistema,

Kafka describe todo esto con la inteligencia de quien entiende que el masoquismo no es el gusto por el dolor, sino la fidelidad a una idea. Y aquí es donde volvemos a Mirbeau y su “El jardín de los suplicios” donde la tortura es un ritual que necesita espectadores; en Kafka, la máquina también exige un público, aunque sea uno solo (el funcionario que acciona la maquina). En ambos casos, el castigo es la representación de la ley. La diferencia es que Mirbeau lo hace desde la estética, mientras Kafka lo hace desde la lógica implacable de la administración. Como una versión breve y perversa de su novela “El Proceso”.

La máquina, por su parte, funciona como un vínculo sadomasoquista que une la ley (dominante), el cuerpo (sumiso) y el ritual (la coreografía del castigo). No hay erotismo, pero sí hay una estética del poder que recuerda a la simbología del BDSM: reglas, roles y ceremonias. 

«Nella colonia penale» (ilustración de Luigi Serafini)
«Nella colonia penale» (ilustración de Luigi Serafini)


Kafka, que siempre escribió desde la frontera entre lo jurídico y lo humano, convierte el castigo en una escena íntima. Lo que verdaderamente importa en esa colonia penitenciaria no es el placer, sino la fascinación por la autoridad. El relato es una parábola sobre la obediencia llevada al extremo, sobre la maquinaria del poder que necesita cuerpos para justificarse, sobre la devoción ciega a un sistema que ya no recuerda por qué existe. De ahí ese sorprendente final donde uno de los funcionarios se entrega voluntariamente a la máquina como forma de veneración de la ley pues ha fallado en su propósito y ha dejado escapar a un culpable (aunque posible inocente). El dolor es el castigo necesario para aquellos que incumplen la ley, sean quienes sean. 

Mirbeau le mostró a Kafka un jardín como escenario de sadomasoquismo. Kafka, fascinado por la propuesta de Mirbeau, convirtió el jardín en una oficina de la administración.

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Si quieres saber más sobre este tema o proponerme algún tema sobre el que escribir, puedes contactar (discretamente) conmigo a través de INSTAGRAM @dopplerjdb / TELEGRAM @jdbbcn2 / eMAIL john_deybe@hotmail.com

viernes, 10 de abril de 2026

Puntos de vista (entre el placer y la herida)





Hay gente que obtiene placer cuando sufren dolor. Hasta aquí podemos comprenderlo. ¿Y si decimos “me corro cuando me dan ostias”? Eso es mas extraño ¿no os pareces? A lo largo de mi vida he visto personas sumisas que disfrutaban con cosas que rechazamos de plano en la vida “real”.

Nunca le podría la mano encima a nadie, soy una persona muy respetuosa tanto en el fondo como en la forma, mi tolerancia no tiene límites respecto a los demás. Me considero amable y buena persona. No debería decir todo esto porque lo hago desde un punto de vista estrictamente subjetivo. Pero creo que es así.

Y no obstante he pegado, humillado, escupido, torturado, insultado, meado, arrastrado y usado a mucha gente en mi vida.

El contexto. De eso se trata. Y aunque no haya contexto (que, en este caso es el BDSM), mucha gente me tacharía de enfermo.

Todo eso que hice, moralmente reprobable, lo hice por conseguir que otras personas llegasen a alcanzar ese extraño placer que solo se da en el BDSM.

Entiendo que es difícil de comprender porque si digo que disfruto humillando a otra persona, no hay contexto que valga. Pero si digo que es en una sesión BDSM y la otra persona disfruta aun mas que yo de ser humillada, entonces es cuando rebajamos el prejudicio e intentamos comprender si eso es posible.

No intentéis comprenderlo: es posible. Y eso no me hace peor persona.

No soy un enfermo mental (ni yo ni las otras personas que lo hacen). Quizás mi salubridad mental sea mejor que la de aquellos que tienen deseos que reprimen. No hago daño a nadie, aunque parezca un contrasentido cuando también digo que he pegado a personas.

Y lo mas importante: BDSM no es necesariamente ser humillados, escupidos, torturados, insultados, meados, arrastrados ni usados. BDSM es un escenario donde sucede lo que dos personas acuerdan desde su libertad. Cualquier cosa que también puede excluir el ser humillados, escupidos, torturados, insultados, arrastrados o usados ¿Juzgar de enfermo a una persona que alcanza el orgasmo cuando la insultan? Desde mi punto de vista, quien lo juzga es quien tiene el verdadero problema. 


Mi amiga E


Mi amiga E acaba de separarse y como toda mujer hermosa que ya no tiene pareja, cientos de amigos, conocidos y saludados, se han lanzado a su caza cual depredadores sedientos de sangre. Los humanos somos así, en la desgracia ajena vemos una oportunidad propia. Yo no diré que me desagrade mi amiga E, todo lo contrario, me parece una buena persona, cariñosa, inteligente, divertida y terriblemente hermosa. ¿Y cual es mi posición al respecto? Por supuesto que me gustaría lanzarme sobre ella, arrancarle la ropa a mordiscos y después follar juntos con la efervescencia de quien sabe que solo quedan diez minutos para que el gigantesco meteorito impacte contra la tierra y volvamos a la época de los dinosaurios.

Es complicado porque me encanta como amiga, pero me encanta como mujer. No se si me encanta como amo porque mi intuición me mueve a dejar el rol fuera de esta ecuación.

Pero como buen espécimen al que las feromonas le nublan el sentido no puedo dejar de observar sus pechos (operados) luchando por romper las camisetas ajustadas que siempre viste. No puedo dejar de contemplar ese culo simplemente perfecto coronado por una cintura de avispa a la que me gustaría encadenarme para el resto de mi vida. No puedo dejar de mirar esas piernas largas, muy largas (mi amiga E es alta, muy alta) y esos tobillos finos e imaginármelos reposando en mis hombros. Su cara de rasgos duros pero angelical, su pelo lacio y si sonrisa eterna.

Puede que antes ya fuese ese viejo verde que la observaba en silencio de forma lasciva pero también con respeto. No porque tuviese pareja sino porque era mi amiga. Y la quiero demasiado para estropearlo intentando descubrir partes de ella que nunca he visto antes.

¿Qué hago? Continúo deseándola en silencio, pero con respeto. Imagino que, si ella leyese esto, cambiaria la opinión que tiene de mi (hacia peor) y esto lo asumo y lo integro en forma de silencio donde me sangra la lengua de tanto mordérmela.

Mi amiga E me tiene enamorado en casi todos los sentidos en los que una persona puede enamorarse de otra. Por eso no estoy haciendo absolutamente nada. Porque es mi amiga.


lunes, 23 de marzo de 2026

La tópica realidad (relato)




El bar estaba medio vacío, como si la tarde hubiera decidido marcharse antes de tiempo. Las luces cálidas apenas lograban disimular el cansancio que lo impregnada todo. El camarero limpiaba vasos con la misma resignación con la que uno acepta que la vida no siempre sale como se imaginaba.

Ella entró envuelta en un abrigo que había visto días mejores. Tenía cinco hijos, un marido que hacía años que no la miraba de verdad, y una rutina que la había ido desgastando como una piedra en el mar. No se cuidaba, no porque no quisiera, sino porque ya no recordaba cómo se hacía. Había olvidado incluso qué cosas le hacían sentir viva. El abrigo marrón, viejo y desgastado era el mejor anuncio de lo que abrigaba.

Pidió un café. No quería alcohol; necesitaba claridad, no más niebla. Lo hizo con voz baja y un sentimiento de culpa que llevaba días instalado en lo mas hondo de su corazón.

Fue entonces cuando lo vio. Un hombre sentado solo en la barra, con un libro abierto y una expresión tranquila, casi fuera de lugar en aquel sitio. No era especialmente guapo, pero ni por unos instantes ella dudo de que fuera la persona que había ido a buscar. ¿Por qué no le había visto al entrar? Seguramente porque ella caminaba con la vista clavada en el suelo, sumida en sus propios pensamientos que no eran más que problemas cotidianos.

Él levantó la vista y sus ojos se cruzaron. No fue una mirada invasiva, ni atrevida, ni incómoda. El desconocido cerró el libro con suavidad y se acercó un poco, manteniendo una distancia respetuosa.

 -Hola, parece que has tenido un día duro -dijo con una voz tranquila, sin juicio.

Ella soltó una risa breve, casi torpe, como quien desempolva un gesto olvidado.

 -Como casi todos los días -respondió.

Él sonrió, no con lástima, sino con complicidad. Como si entendiera más de lo que decía. Se saludaron con dos besos breves en la mejilla y tomaron asiento en lo mas alejado del bar.

Hablaron. De cosas pequeñas al principio: del clima, del café, del libro que él leía. Pero poco a poco, sin darse cuenta, ella fue aflojando los nudos que llevaba dentro. No le contó su vida entera, pero sí lo suficiente para sentir que respiraba un poco mejor. El hombre no intentó empujarla hacia ningún lugar, tampoco aconsejarla, ni ocupar un lugar que no le correspondía. Solo escuchó. Y en ese gesto sencillo, ella encontró algo que creía perdido: la sensación de que aún quedaba algo de sí misma por recuperar. Una sensación que había comenzado a germinar meses atrás cuando comenzó a hablar con ese mismo hombre desde la virtualidad.

La mujer sintió que en diez minutos había conseguido un momento de intimidad más poderoso que con su esposo en los últimos diez años.

-¿Estás nerviosa? -preguntó el sin dejar de mirarla a los ojos.

-Demasiado. No sé qué estoy haciendo aquí.

-Yo sí que lo se.

-Sabes mas de mi que yo misma, entonces.

-Se que estás aquí precisamente por todo cuanto acabas de contarme. La vida te pesa demasiado y eso es algo que le sucede a mucha mas gente de la que imaginamos. Mi vida es mas sencilla, pero entiendo tus motivos.

-¿Por qué crees que he decidido entregarme a ti?

-No tiene nada que ver conmigo. Lo que ha sucedido es que hablando conmigo desde hace días, has recordado que todavía puedes cambiarte a tí misma.

-¿Y merece la pena ese riesgo? Creo que es mas peligroso de lo que imagino.

-Convertirte en sumisa no es peligroso, es una maravilla si es lo que deseas. El peligro es abrir una puerta donde veas que esa versión de ti misma aún está ahí y quieras cambiar las cosas.

-Nunca me separaría de mi marido.

-¿Por tus hijos?

-Por todo, no sabría que hacer sola. Hace años que no trabajo, tengo cincuenta años y el piso está a nombre de él.

-Pareces una mujer secuestrada.

-En cierto sentido, me siento así.

-Llevas toda una vida siendo la sumisa de una situación vital, de tu vida.

-Supongo que si, quizás por eso ahora quiero ser sumisa por mi misma. Por gritar, llorar, sudar y emocionarme por motivos que sean propios. No ajenos.

-Es una buena explicación.

-¿Te has encontrado antes a alguien como yo?

-Cada persona es diferente. Decir que hay personas como tu es hacer una pincelada en la sociedad, pero con el color uniforme. No todo es blanco, no todo es negro. Tu vida, además de ser diferente a cualquier otra, también tiene colores hermosos. ¿Alguien como tú, dices? Tu eres especial.

-Si esto fuese una novela sería una novela rosa… me gustan leer las novelas rosas.

-Cuando te tenga desnuda y atada, a mi servicio, se convertirá en otro tipo de novela.

Un estremecimiento le recorrió su piel, como si un viento antiguo hubiera despertado algo dormido en su interior.  ¿De verdad estaba a punto de entregarse al impulso que aquel desconocido despertaba en ella? ¿Rendirse sin más a una intuición que no sabía nombrar?  ¿Convertirse en sumisa? Su vida la empujaba hacia el abismo de esa locura, mientras su mente levantaba muros desesperados en la eterna batalla: la razón aferrada a su jaula, el corazón golpeando los barrotes.

-Entonces… que sea lo que tenga que ser -susurró la mujer, apartando de un manotazo cualquier resto de lógica que aún le temblara en la cabeza

Podría parecer una escena sacada de una novela rosa, una de esas historias que se leen a escondidas. La historia de una mujer agotada por un matrimonio sin brillo, por una vida que la había ido borrando, la historia de una mujer que se deja caer en los brazos de un desconocido. Sí, sonaba cursi. Sonaba improbable.  Sonaba a ficción barata.

Pero era dolorosamente real. Y, en ese instante, era lo único que su alma cansada deseaba.

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Si quieres saber más sobre este tema o proponerme algún tema sobre el que escribir, puedes contactar (discretamente) conmigo a través de INSTAGRAM @dopplerjdb / TELEGRAM @jdbbcn2 / eMAIL john_deybe@hotmail.com

jueves, 1 de enero de 2026

Propósitos de año nuevo (un año más)



El mes de enero aterriza siempre con la misma energía espiritual: un calendario nuevo, un cuaderno sin estrenar y la firme convicción de que, por fin, vamos a convertirnos en versiones mejoradas de nosotros mismos. Un Pokémon evolucionado, pero de marca blanca.

Los propósitos se alinean como si fueran un ejército disciplinado: ir al gimnasio, comer sano, leer más, ahorrar, ser mejores personas. Durante tres días (cuatro si eres un héroe) la cosa parece funcionar. Te levantas temprano contra tu voluntad, desayunas avena que sabe a relleno de cojín, lees diez páginas de un libro que no entiendes y te convences de que esta vez sí, ya está: has roto la maldición.

Pero entonces llega la vida real para adueñarse de nuestra voluntad, de repente nos da la impresión de que el gimnasio está cada vez mas lejos, la avena se convierte en un castigo medieval, el libro se queda en la mesita comiendo polvo y el ahorro… bueno, el ahorro se convierte en un concepto casi metafísico.

31 días después, febrero nos encuentra como cada año: con la tarjeta del gimnasio sin estrenar, un tupper de verduras marchitas en la nevera y la sospecha de que quizá, solo quizá, la mejor versión de nosotros mismos es la que no se toma tan en serio los propósitos.

Seamos honestos: si de verdad quisiéramos cambiar radicalmente, no esperaríamos al 1 de enero. Si esperamos es porque, en el fondo, nos encanta este ritual tragicómico de prometer lo imposible. Es nuestro pequeño teatro anual. Nuestro momento drama queen encima donde nuestros amigos y familiares nos aplauden.

¿Qué importa que el resultado sea siempre le decepción propia y ajena? A eso se le llama vivir.

Y ahora, si me permitís, voy a volver a lo mío que estoy dudando si apuntarme al gimnasio o beberme la tercera cerveza del día.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

La necesidad y los sentidos (relato)




La lluvia comenzó su acostumbrada tarea justo en el instante en que la mujer alcanzaba a resguardarse en el portal, como si el cielo hubiese decidido acompañar el leve temblor que le recorría el pecho con algún que otro relámpago y rachas de agua. Un gesto cómplice del clima, imitándole el pulso descontrolado. Pura teatralidad. Ella cerró los ojos e intentó relajarse, como si eso fuese algo posible.

El hombre solía decir que amaba la lluvia por los olores; ella compartía esa devoción, aunque el hedor a cloaca que ascendía ahora desde las entrañas de la ciudad no era precisamente el perfume que habría elegido para el momento. ¿Sería una señal, un aviso, un mal presagio? Llevaba horas dándole vueltas a esa visita, imaginando una y otra vez lo que significaría acortar la distancia amable de las palabras escritas, que actuaban en forma de escudo. ¿Por que hacerlo de aquella manera? Lo diferente, no siempre es algo que aporte una enseñanza positiva. Aunque también sabia que de las enseñanzas negativas se aprende mas que del resto. Acertar diez veces es rutina, fallar diez veces es tragedia.

Por fin estaba allí, frente a la puerta, con la lluvia marcando el compás del miedo y la curiosidad. Podía salir corriendo bajo la tormenta, perderse otra vez en unas calles que conocía de haberlas transitado minutos antes, o podía subir al piso y enfrentarse a sus miedos, a sus dudas, enfrentarse a la desconfianza. Ambas opciones eran reales, casi palpables: la huida tenía el sabor amargo de lo familiar aunque también la promesa de un alivio inmediato. Entrar, en cambio, era un salto al vacío, una apuesta por lo que aún no tenía nombre.

Mientras el agua le goteaba por la frente desde su pelo mojado, recordó cuantas veces había huido antes, y cada vez que escapaba, lo desconocido no desaparecía: le perseguía un silencioso eco que se estiraba en la oscuridad. Huir era volver a empezar el mismo círculo. Entrar significaba, romperlo, pero esa valentía podía acabar mal. 

"Fallar diez veces es tragedia", se repitió a si misma. ¿Por que se castigaba de esa forma? Salir corriendo no significaria haber fracasado, estaba segura de que el hombre la entendería. Subir a su piso, en cambio, presentaba demasiadas preguntas sin responder y temores que podían llegar a ser realidades.

Respiró hondo. La puerta esperaba. 

Decidió confiar porque no solo estaba confiando en aquel hombre, sino que estaba confiando en si misma: En todos los hombres y todas las mujeres, en realidad. Confiar y acertar significaría salir de allí caminando con el paso mas firme y seguro. Y , aunque el miedo le hiciese temblar cada hueso de su cuerpo, prefería avanzar. 

Solo era un abrazo, nada mas. Eso habían dicho. "Solo"... como si un abrazo con un desconocido no pudiese ser el detonante de mil tragedias.

Dos plantas más arriba la aguardaba una puerta entreabierta. Con el corazón encogido empujó. Al otro lado se abría un pasillo silencioso.  Respiró hondo y entró, cerrando la puerta, sellando el pacto. ¿Y si se estaba poniendo demasiado dramática? En los últimos años  había aprendido a no temer ese vértigo que aparece cuando una decisión se tambalea, porque, en el fondo, cada tropiezo te revela una forma diferente de mirar el mundo. Equivocarse no es un fracaso, sino una manera imperfecta (pero profundamente humana) de avanzar. Y en ese avance, aunque a veces duela, encuentras siempre una chispa de claridad.

Pero repetir el fracaso era una tragedia. ¿Por qué no podía apartar es idea de su cabeza?

La casa desprendía un calor indefinible, algo que no sabía nombrar pero que la envolvía. Un hogar. A su derecha, colgado del interfono, descansaba un antifaz. Solo tenía que ponérselo. Nada más. No había llegado hasta allí para pensar. Se lo ajustó y murmuró, casi en un hilo de voz: 

“Ya” dijo ella..

Con la venda, el mundo quedaba reducido a la respiración y a un silencio repleto de imperceptibles sonidos. No veía nada, pero lo presentía todo: el leve crujido del suelo, el murmullo del aire cuando él se acercó, la forma en que una presencia puede rodear sin tocar. Y entonces, sin sorpresa, sintió la mano de él posarse en su brazo. No había en ese contacto ni posesión ni prisa. Era un leve contacto que parecía pedir permiso al propio tiempo. Su piel respondió antes que su pensamiento, como si la conciencia fuera siempre la última en llegar. El instante se estiró, delgado y tenso, como un hilo que pudiera romperse con una palabra.

No hubo palabras. Solo el avance lento de unas manos que cogieron las suyas sin pretender conquistar nada. Ella se dejó llevar por algo que era casi una entrega, lo hizo sin vértigo, porque esa confianza que no exigía promesas. Él la condujo hacia otra estancia (quizá un comedor) y en la breve distancia el aire cambió de temperatura, como si cada paso modificara la forma misma del mundo. “¿Cómo te sientes?”, preguntó él. Era la primera vez que oía su voz: grave como un eco antiguo, como una chimenea en invierno, firme como una promesa verdadera. Unos adjetivos que la oscuridad magnificaba. Ella alzó la cabeza y contestó “bien” con toda la rotundidad de la que era capaz. Estaba bien pero se sentía removida por dentro, con la sensación de que, en cualquier momento, podría romperse la cuerda que sostenía el frágil puente sobre el que estaban ambos,

Él le retiró el abrigo con una delicadeza inesperada, después la envolvió en un abrazo que parecía llegar desde otro tiempo. En la distancia de la virtualidad habían hablado de los abrazos: ese roce no sexual que existe entre iguales, entre familia, entre amigos; ese puente de piel que algunos buscan como un hogar y otros rehúyen como una enfermedad contagiosa. Aquel abrazo era un refugio. Los brazos de él, amplios, la rodearon como si la custodiaran del mundo. Ella apoyó la cabeza en su pecho. Olía a perfume, sí, pero también a piel viva, a presencia, a un lugar donde cerrar los ojos y quedarse a vivir unos minutos más. Ese perfume la movió a escuchar una canción de Jazz, el tacto de sus manos en la espalada la movieron a imaginar el olor de un bebe recién nacido. Las respiraciones de ambos estaban teñidas de color verde claro. Pura sinestesia.

Y lo hizo: cerró los ojos, aun con la venda cubriéndole la mirada, como si el mundo entero se redujera a ese instante que no quería soltar.

Las manos de él recorrían su espalda con una suavidad que no tenía nada de carnal. Era la ternura instintiva de quien intenta calmar a un ser herido, la delicadeza de un padre que arropa, de un hermano que acompaña. Y, al mismo tiempo, había en ese gesto algo roto, como si él también fuese un animal lastimado buscando consuelo en el contacto. Permanecieron así unos minutos, abrazados, compartiendo olores, calor, humanidad. Una descripción que podría confundirse con lo sexual, pero allí no había deseo, ni tensión, ni búsqueda. Solo una calidez antigua, casi imposible, que a ella le recordaba al abrazo de una madre al levantarla de la cuna. Un recuerdo que no podía ser suyo y aun así le golpeaba el pecho con la fuerza de lo verdadero.

Cuando el abrazo se deshizo, él rozó su mejilla con un beso tan leve que parecía prestado. Después la acompañó hasta la puerta y la dejó allí, suspendida en un silencio que ya no le pesaba. Ella se quitó la venda y salió de la casa sin mirar atrás. En la calle, la lluvia había cesado, pero el mundo seguía húmedo. Caminó hasta un bar cercano y pidió un café. Luego envió un mensaje desde el móvil, apenas un gesto. Diez minutos mas tarde, un hombre entró en el local. Nunca lo había visto antes, pero reconoció su voz, su olor, la vibración exacta de su presencia. Ambos sonrieron como dos amigos que no se han visto en años. Él se sentó frente a ella y hablaron durante horas, con la naturalidad de quienes se conocen desde antes de nacer. Ella, con su rapidez habitual, saltaba de un tema a otro, preguntando con hambre verdadera, como si cada palabra fuera una fruta recién abierta.

Aquella conversación no podía pertenecer a dos desconocidos. Había empezado mucho antes, en el instante en que se abrazaron, quizá incluso antes, en ocasionales conversaciones virtuales. Los pocos clientes del bar quisieron imaginar que eran padre e hija, envueltos en una complicidad tierna, casi luminosa.

Cuando se despidieron, se abrazaron en la calle, un abrazo rápido esta vez y se besaron en la mejilla. Justo al separarse, la lluvia retomó su tarea con furia, como si hubiera estado esperando ese momento para reclamar el territorio. Un aguacero implacable, golpeando el mundo con dedos fríos. Ella corrió a refugiarse hasta una estación de metro. Se permitió unos minutos de contemplación, imaginando al hombre regresando a su casa, esa casa que había sentido más que visto. Lo imaginó sentado en un sofá, seco, cálido, protegido. Qué suerte la suya, pensó. Sonrió mientras observaba la lluvia deslizarse por las escaleras hacia la calle, convertida en una cascada improvisada. Olores extraños se mezclaban en el aire, disparándose en todas direcciones tejiendo lo que serían como recuerdos que no pertenecían a nadie.

Se dio la vuelta y bajó al andén.

A veces, una necesidad imperiosa nos atraviesa: la de hacer las cosas de un modo distinto al que conocemos, la de confiar en desconocidos, aunque nos adviertan que no debemos, la de mojarnos bajo la lluvia aunque llevemos un paraguas en el bolso. 

La necesidad de desobedecer suavemente, solo para recordar que seguimos vivos.

La necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que aun queda gente decente en el mundo.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Sumar años, restar cosas




Después de conversar con alguien más joven que yo (solo es un hecho, no caigamos edadismos, que ya bastante tenemos con los “ismos” de siempre), me quedé pensando en una pregunta que me lanzó: ¿con los años te vuelves más frío o pierdes la ilusión? Yo, muy digno, contesté que no. Como siempre, mi dignidad me llevo a cometer un cierto error.

Porque contestar rápidamente “no” a una respuesta es como querer tapar el sol con un dedo. O peor aún, soltar un “no” de esa forma suena a excusa barata para protegerte de una pregunta que percibes como juicio existencial. Spoiler: esa persona no me estaba juzgando, simplemente es una persona que almuerza curiosidad con el café.

La respuesta no es un sí ni un no. Lo binario es tan aburrido como un examen tipo test.

Con los años no te vuelves más frío, pero sí más selectivo: solo muestras calidez a quien realmente te aporta algo. ¿Por qué? Porque ya te has quemado antes dando calor a quien no lo merecía. De joven confías hasta que te demuestran lo contrario; de mayor, desconfías hasta que te demuestran lo contrario. La ecuación se invierte y, sorpresa, esa desconfianza se disfraza de frialdad. Con los desconocidos, huimos de la calidez como si fueran vendedores de seguros. Pero con los cercanos, somos más cálidos que nunca, porque necesitamos ese contacto, esa sensación de refugio.

Respecto a la ilusión, no es que la pierdas, es que la batería se agota. De joven disparas a todos los estímulos que se cruzan en tu vida, porque tienes la energía para enfrentarte a todo. Con los años, la energía se evapora y ya no puedes hacer quince cosas al día sin acabar como un zombie. Así que reduces tus ilusiones a las que realmente puedes sostener. No es falta de ilusión, es falta de gasolina.

En resumen: no te vuelves frío, te vuelves selectivo. No pierdes ilusión, pierdes energía.

Hacerse mayor es un espectáculo tragicómico. Te transforma año tras año en alguien distinto. Y aquí viene la parte que nadie quiere escuchar: cumplir años es inevitable. No luches contra eso, ni contra los cambios que trae. Cada etapa será distinta, y ahí está la gracia de vivir: aceptar que nada es permanente.


viernes, 12 de diciembre de 2025

En busca del reconocimiento



Mi blog (que antiguo tener un blog a estas alturas…) se ha convertido en un archivo interminable de palabras, artículos y reflexiones que se acumulan como si fueran los ladrillos de una pared que nunca terminaré de construir. Y lo curioso es que sé que alguien los lee. Las estadísticas no mienten: hay visitas (más de 20.000 usuarios diferentes desde que comencé), hay tráfico, hay ojos que pasan por mis frases a diario… pero lo que no hay son voces. Nadie comenta, nadie escribe, nadie se expone. De esos 20.000 usuarios diferentes que me han leído solo han comentado 14. Si las clases de matemáticas me sirvieron para algo es para calcular que tan solo el 0.07% de los lectores han comentado lo cual significa una clara anomalía convirtiendo el silencio en algo es absoluto, como si mis textos fueran consumidos en una biblioteca clandestina. Pero no me quejo, comprendo el motivo: la temática de este blog trata temas de adultos, pero también “perversos”. Y en ese terreno, la discreción manda. Leer es fácil, pero dejar huella es peligroso. Un comentario, un “me gusta”, un simple saludo puede convertirse en una prueba pública de que alguien estuvo aquí. Y claro, nadie quiere que quede constancia. Digo que lo comprendo porque a mi me pasa lo mismo otros escenarios parecidos que no son el mío.

Así que me acostumbrado a escribir para un público fantasma. Una multitud invisible que se asoma lee, se marcha y nunca deja rastro. Es lo más parecido a hablarle a una sala llena de gente con las luces apagadas: sabes que están ahí, escuchando, pero no ves sus caras ni oyes sus aplausos.

¿Me frustra? Mi ego dice que, en ocasiones, puede frustrarme, pero no se si creerle. ¿Me desmotiva? Nunca.

Porque al final, escribir siempre ha sido un acto solitario, y este silencio en cuanto a reacciones al blog es la confirmación de que cuanto escribo cumple su función: ser leído sin necesidad de ser confesado. El resto son paranoias basadas en ese reconocimiento que todos necesitamos. “Lo estas haciendo bien, hijo”. No, esa época ya pasó. Aunque aquí entra también otra paradoja: no necesito reconocimiento escrito porque tengo el reconocimiento silencioso. Si las estadísticas que reflejan las lecturas del blog fuesen casi cero… ¿diria lo mismo? Os seré sincero: creo que no. Escribimos por muchos motivos, hay gente que escribe para si mismos (por ejemplo, un diario personal), otros escriben como medio para ganarse la vida. Yo escribo porque me gusta hacer pensar a los demás y si las estadísticas dijeran que nadie me lee, con toda seguridad, me frustraría.

Así que, recostado en la silla, ahora imagino que mis palabras viajan en secreto, que se convierten en pequeñas complicidades anónimas. Y aunque nadie me escriba, aunque nadie se atreva a comentar, yo sigo aquí, tecleando. Porque si algo he aprendido es que el silencio también es una forma de respuesta.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

¿Puede una Inteligencia Artificial sustituir a un dominante en una relación BDSM?




La respuesta rápida ha sido rotunda: “una IA puede simular el rol de dominante, pero no sustituirlo del todo”. Lo más curioso de esta respuesta tan genérica como el ibuprofeno es que me la ha dicho una IA cuando le he hecho la pregunta que titula este artículo. Entonces, una IA podría  escribir un artículo “correcto” sobre este tema.... ¿pero puede también convertirse en el Amo de tus fantasías más oscuras? Spoiler: la cosa se complica.

En el BDSM, el dominante no es solo quien manda. Es quien cuida, observa, escucha y se adapta al consentimiento y bienestar de la persona dominada. No es un jefe cabreado, sino un terapeuta con órdenes firmes y agenda emocional. Requiere empatía, intuición, responsabilidad afectiva y una lectura constante del lenguaje verbal y no verbal. Es una práctica profundamente humana lo que implica emocionalidad e intelectualidad.

Algo que no puede hacer un Excel con voz sexy (lo siento, tenía que hacer la bromita).

¿Entonces puede una IA simular a un dominante? Por supuesto que sí: con scripts, algoritmos y respuestas adaptativas. Ya existen dóminas virtuales que dan órdenes, corrigen comportamientos y hasta ofrecen “aftercare” digital. Pero todo está preprogramado. No hay deseo genuino, ni conciencia, ni responsabilidad. Es como jugar al ajedrez con Siri: puede ganar, pero no disfruta humillándote.

La clave esta en la pregunta: ¿puede una IA simular a un dominante? Puede simularlo, pero siempre será una simulación. Lo se, he hecho trampa al solitario, la pregunta original habla de "sustituir", no de "simular", pero como no soy una IA, necesito de recursos literarios torticeros para seguir mi relato.

Ahora las buenas noticias: la IA siempre está disponible, incluso a las 3:00 AM cuando te sientes traviesa. Además, se adapta a tus gustos con precisión quirúrgica porque una IA esta programada para darte siempre la razón, para hacerte feliz. Además, una IA no juzga, no se cansa, no te deja en visto en whatsapp. Un escenario ideal para quienes quieren explorar sin exponerse emocionalmente. Pero cuidado: lo que empieza como una fantasía controlada puede acabar en una relación emocional con un chatbot que no sabe que es el sudor, los gemidos o el roce de la piel. El ser humano reacciona al olor, al miedo, a la duda, al roce o al silencio incómodo. La IA no, no existe reciprocidad real. Es como bailar bachata con una tostadora.

¿Queréis saber algo? Tinder ya usa IA para mejorar los matches. ¿Qué impide que un día te salga un perfil que diga: “Soy DomGPT? Te haré cumplir tus límites. Swipe si aceptas el contrato”? La IA podría analizar tus fotos, tus emojis, tus respuestas y hasta tus memes para adaptar su estilo dominante. Pero… ¿Quién tiene el control? ¿Tú, el algoritmo de la IA o la empresa que lo entrena? La pregunta da miedo, lo se. Pero es ese miedo irracional que tenemos todos a la IA. Un miedo que, en cierta forma, se asienta en el miedo a ser reemplazados.

Aquí entra el dilema ético: si el consentimiento es simulado, ¿la relación también lo es? Pues sí. Un dominante virtual NO es un dominante. Es una performance sin alma, sin límites y sin responsabilidad.

Desde el punto de vista psicológico, la IA puede ser útil para explorar fantasías en un entorno seguro. Pero también puede crear una falsa sensación de seguridad y acabar en una adicción emocional a una simulación. Es como enamorarse de un holograma que te dice “te amo” cada vez que pulsas enter. 

Si estás comenzando y quieres información sobre BDSM o quieres jugar un poco con la IA para ser sometido/a... hazlo.  Ese entorno seguro puede que te ayude. Pero recuerda siempre: eso no es BDSM, es otra cosa.

¿Y si desarrollamos nuestra propia IA dominante? Perfecto. Pero cuidado con el nombre: no la llamemos DOMINABOT, que ya existe el DOMINOBOT… y juega al dominó. No queremos confusiones. Imagínate que en vez de azotes te propone una partida.

Bienvenidos al futuro donde los amos de carne y hueso empezamos a ser desplazados por inteligencias artificiales. Al menos siempre nos quedará el DOMINOBOT para las tardes de domingo. Y si no, siempre puedes volver al BDSM tradicional: con piel, con mirada, y con ese delicioso riesgo de que te lean el alma… no el código fuente.




jueves, 16 de octubre de 2025

Dirty talk en el BDSM: lenguaje como herramienta de control




En el mundo del BDSM, donde el “sí” se negocia y los roles se reparten, el lenguaje no es solo picante… es estrategia. El famoso “dirty talk” (ese hablar sucio que a veces nos sale sin pensar) aquí se convierte en una herramienta que sirve para provocar, ordenar, conectar y hasta construir personajes dentro de una escena (roles dentro de una sesión). Porque no es lo mismo soltar un “qué bueno estás” en medio del frenesí que decir “eres mío, perro” con toda la intención de marcar territorio (aunque sin mearnos, claro). A su vez, la sumisión verbal (responder con “sí, señor/a” o simplemente pedir permiso para hablar) puede ser una forma de entrega total, incluso más intensa que la física. En el BDSM, esas frases se cocinan a fuego lento: se pactan, se afinan y se lanzan como flechas con un único propósito. No es improvisación, es arte verbal con látigo incluido. El dirty talk en BDSM no se tira al aire como confeti, necesita contexto, consenso y una buena dosis de juego mental. Pero que sepas que nadie te va ayudar a aprender esto del "dirty talk" porque no son simplemente frases caliente que puedes aprender... esto va de crear mundos.

Este “hablar sucio” en el BDSM activa mecanismos psicológicos profundos. Según expertos en sexualidad, el lenguaje explícito puede desencadenar estados de trance erótico, aumentar la vulnerabilidad emocional y reforzar la confianza mutua. En este contexto, la voz del dominante puede convertirse en un ancla emocional, una guía que sostiene al sumiso en momentos de intensidad física o emocional. Siempre he defendido el uso de la voz en el BDSM, es, quizás, la mejor arma de la persona dominante. El saber que decir y como decirlo.

Además, el uso de palabras específicas que van de lo cariñoso a lo humillante, dependiendo del acuerdo, nos permite explorar fetiches, fantasías y límites de forma segura. *El lenguaje se convierte así en un espacio de juego simbólico donde se negocia el placer y el poder. Por ejemplo, si la persona sumisa disfruta siendo humillada y controlada pero no soporta el dolor, a veces el lenguaje es una forma de sustituir lo físico consiguiendo el mismo efecto.

Pero como toda práctica BDSM, el dirty talk debe estar enmarcado en el consentimiento explícito. No todas las palabras son bienvenidas, y lo que para una persona puede ser excitante, para otra puede resultar desencadenante o doloroso. Por eso, la importancia de establecer previamente listas de palabras seguras, frases prohibidas o códigos de detención verbal.

El dirty talk también puede ser una vía para explorar dinámicas de humillación erótica, degradación o adoración, siempre dentro de los límites pactados. En estos casos, el lenguaje no solo excita: *construye una narrativa compartida que puede ser tan poderosa como cualquier atadura o castigo físico*.

Dominar el dirty talk en el BDSM requiere sensibilidad, creatividad y escucha activa. No se trata de repetir frases cliché, sino de leer el cuerpo del otro, interpretar su respiración y las emociones para modular el tono, el ritmo y el contenido del discurso. Reaccionar para provocar. Un susurro puede ser más dominante que un grito; una pausa, más intensa que una orden. Es quizás la parte mas desconocida del BDSM pero, desde mi experiencia, la mas poderosa, la mas efectiva y, por que no… terriblemente divertida.

En definitiva, el dirty talk en el BDSM no es un accesorio: es una herramienta central para ejercer control, provocar placer y profundizar la intimidad. Siempre decimos que las palabras se las lleva el viento, en el caso del BDSM, las palabras sucias atan.



martes, 14 de octubre de 2025

El ángel caído, el demonio renacido


Hay encuentros que duran apenas unas estaciones, unas horas compartidas entre sombras y luces. Y sin embargo, ese breve parpadeo en el tiempo puede dejar una huella más profunda que mil días repetidos junto a rostros familiares. Son almas que se cruzan con nosotros como cometas: fugaces, intensas, inolvidables. En el universo del BDSM, donde la piel habla y el silencio se vuelve pacto, estos vínculos adquieren una gravedad distinta. La intimidad se condensa, la confianza se vuelve rito, y lo efímero se transforma en eterno.

Hoy os quiero hablar de N.

Conocí a N. hace muchos años, cuando yo me creía un demonio errante, sediento de dominio, y ella se aparecía como un ángel recién caído, un alma tan pura que merecía ser colocada con mimo frente al vitral de una iglesia, como ofrenda de luz. Pero la vida, con su ajustada ironía, nos desnudó de las máscaras con las que nos mostrábamos: ni yo era tan oscuro, ni ella tan celestial. Chocamos como dos bestias heridas, olfateando en el otro la promesa de un refugio. Porque hay heridas que no se curan en soledad, y hay lenguas que saben consolar mejor que el silencio de una casa vacía. Ella buscaba explorar los pliegues de su entrega, mientras huía de una realidad que le pesaba como un abrigo mojado. Yo buscaba todo lo que ella encarnaba: ese ángel dispuesto a descender, a rendirse, a ser gozado sin medida, sin horario, sin pudor. Pero no era solo un juego de roles, no todo orbitaba alrededor del BDSM. La realidad era la la dicha de estar acompañado por alguien cuya sola presencia te enciende, te eleva, te devuelve al mundo con los ojos brillando. Y es que no hay nada mas feliz que hacer feliz a otra persona. Yo intenté eso. Cuidarla, mostrarle el BDSM, escucharla e intentar comprender una vida diferente a la mía, su vida llena de contradicciones. No se si lo conseguí, me gustaría pensar que la ayudé tanto como ella me ayudó a mi sin darse cuenta. Aunque a la vista de ambos aquello era pasarlo bien, tener un lugar donde convertirnos en dos malditos y después sentarnos en el sofá a ver la tele. Porque incluso los ángeles, incluso los demonios, necesitan de cierta cotidianidad y compañía.

No puedo negar que su recuerdo me visita con esa nostalgia dulce y punzante que te susurra al oído: “hazlo de nuevo, aunque sea una sombra de lo que fue.” Hay memorias que no se conforman con ser pasado; se convierten en deseo, en eco, en promesa. Y aunque el tiempo las haya cubierto de polvo, basta una chispa —una mirada, un gesto, un silencio compartido— para que el cuerpo recuerde y el alma anhele repetir el rito, aunque sea en una versión lejana, imperfecta, pero viva.

Muchas almas han cruzado mi vida, algunas con el peso suficiente como para dejar cicatrices. Y sin embargo, es N. una de las que permanecen, como una agradable melodía que no se apaga y te invita a bailar en silencio, susurrando su nombre en el aire. ¿Por qué ella? Tal vez porque nos quedó pendiente una última conversación, esa que nunca ocurrió, una incomodidad que es una página sin escribir dentro de un libro. Necesito saber si está bien, si alguno de sus sueños (aquellos que acariciaba con palabras) se han cumplido. Quería ser escritora, y lo era ya, en su forma de mirar, en su manera de callar. Era poeta, incluso cuando no escribía. Rezo, sin saber a quién, para que su vida sea plenitud, sea fuego, sea calma.

Y sí, confieso que me gustaría tenerla de nuevo a mi servicio, sentir esa entrega que era también un juego de espejos. Pero no volvería a verla por todo eso. Volvería a verla solo por el temblor de su sonrisa tímida, por el sonido de su voz, que aún parece buscarme en los rincones del recuerdo.


viernes, 15 de agosto de 2025

El BDSM como camino de autoconocimiento y empoderamiento

 


El BDSM, más allá de todas esas cuerdas, látigos y órdenes que parecen instrucciones castrenses, puede convertirse también en una vía reveladora para conocerse a uno mismo. No hace falta tener una mazmorra en casa ni saber hacer nudos marineros para empezar a explorar. Lo primordial es la curiosidad, el respeto y, sobre todo, el consentimiento. Si conocéis el BDSM ya sabréis que no se trata de sufrir por sufrir, sino de comprender que es aquello que nos mueve y qué nos libera. Porque el BDSM nos hace sentir vivos… aunque sea con una venda en los ojos y alguien diciéndote que ni se te ocurra mover ni uno solo de los músculos de tu cuerpo.

Las personas descubren en el BDSM aspectos de sí mismas que ni la terapia ni los retiros espirituales logran sacar a la luz. Hay algo en todo esto de jugar con el poder, en cederlo o tomarlo, que desvela patrones emocionales, heridas antiguas y deseos que estaban escondidos detrás de la cortina del “yo soy normal” o "no tengo ningún problema". Spoiler: nadie es normal y todos tenemos problemas. En eso consiste vivir. Porque en el juego del BDSM (es un juego, contempladlo siempre así) uno aprende a poner límites, a comunicarse con claridad y a confiar, que no es poca cosa en estos tiempos donde hasta pedir un café descafeinado con leche de avena puede generar conflicto y ansiedad.

Volviendo al tema de los "juegos", el BDSM tiene algo que pocas prácticas ofrecen: la posibilidad de reírse de uno mismo. De acuerdo, hay momentos intensos, pero también hay palabras de seguridad que suenan a broma, posturas que desafían la lógica del cuerpo humano y silencios incómodos cuando la persona dominante ha olvidado el guante de látex en el microondas. Y en medio de todo este festival de lo ridículo, uno se empodera. 

Elegir cómo, cuándo y con quién explorar tu deseo es un acto de soberanía personal. Cuando la gente empieza en la sumisión, gente joven, los demás (aquellos que conocen su "secreto") piensan que es un acto de rebeldía sin entender que, por muy joven que uno sea, la responsabilidad con uno mismo está construida en base a la exploración, el conocimiento, el descubrimiento de otros placeres y las emociones. 

Así que no, no es solo un juego raro de adultos con tiempo libre. Es una práctica que, bien llevada, puede ayudarte a conocerte mejor, a sanar, a conectar y, por qué no, a descubrir que tu versión más auténtica aparece justo cuando te quitas la máscara… o te la pones. 

Los que intentamos analizar el BDSM desde un punto de vista pragmático, siempre nos topamos con la misma pregunta: ¿somos mas auténticos cuando llevamos la máscara o cuando nos la quitamos? Es decir ¿el rol nos libera o es un juego que nos ayuda a liberarnos cuando no estamos en el rol? Volveré a plantearlo de forma aun mas simple: quien es mas nuestro yo ¿cuándo asumimos el rol o cuando no?

He tenido la oportunidad de conocer a mujeres que, en el ámbito del BDSM, se identificaban como sumisas, mientras que en su vida cotidiana desempeñaban roles de gran responsabilidad, tanto en el entorno laboral como en el familiar. Eran personas acostumbradas a tomar decisiones complejas, con implicaciones que a menudo les generaban una carga emocional considerable. Para ellas, adoptar una posición sumisa no representaba una contradicción, sino una forma legítima de descanso psicológico: una pausa voluntaria en la exigencia constante de tener que sostenerlo todo, de tener que ser la mejor, la exigencia de ser mujer y no equivocarse.

Esto plantea una pregunta interesante: ¿Eran más auténticas, en su rol de mujeres empoderadas o en su vivencia como sumisas? Tal vez la respuesta no esté en elegir entre una u otra, sino en reconocer que ambas facetas pueden coexistir con coherencia. El problema surge cuando se parte de la premisa errónea de que una mujer que se somete voluntariamente ha renunciado a su autonomía, a su individualidad o a su libertad. Esta visión ignora un aspecto fundamental: esa mujer ha elegido conscientemente la dinámica de la sumisión porque en ella encuentra seguridad, afirmación y poder. El acto de someterse, lejos de ser una negación de sí misma, puede ser una forma subconsciente de ejercer control sobre tu propia experiencia emocional y física.

Cuando finalizo una sesión siempre pregunto a la otra persona como se siente. Minutos después se sienten felices pero también agotadas, removidas por dentro... si repites la misma pregunta al cabo de unas horas esa persona te dirá que se siente poderosa. Es una pauta común, no se puede generalizar pero sucede demasiado a menudo. ¿Por qué perder la libertad cómo un juego de rol puede empoderarnos? El el título de este texto "El BDSM como camino de autoconocimiento y empoderamiento" no está puesto porque si: es una realidad absoluta.

Siempre que hagas las cosas bien... eso si.