viernes, 31 de julio de 2026

El autobús nocturno (relato)

 




“Sólo hay una fuerza motriz: el deseo”
(Aristóteles)

 Podría decir que ocurrió de forma imprevista, pero estaría faltando a la verdad. Cuando una posibilidad se repite noche tras noche, termina por convertirse en una certeza. Cada vez que subía a aquel autobús, me sorprendía alimentando la misma fantasía, aferrándome a la esperanza de que, por una vez, David derrotara a Goliat. De que la razón lograra imponerse a los instintos.

De domingo a jueves paso la noche recorriendo las plantas de un edificio de oficinas en las afueras de la ciudad. Cuando los empleados terminan su jornada dejan tras de sí montañas de papeles, vasos de café, botellas de plástico, polvo y toda clase de pequeños descuidos que, sumados, acaban convirtiéndose en un páramo postapocalíptico. A la mañana siguiente regresan a sus mesas y todo ha desaparecido. Nadie se pregunta quién ha obrado el milagro. Nadie piensa en la mujer que ha pasado ocho horas borrando cualquier rastro de su paso. Esa mujer soy yo. La prestidigitadora de la basura. Entro a las nueve de la noche y salgo a las cinco de la mañana. Ocho horas limpiando sin apenas detenerme para beber un poco de agua e ir al lavabo. Suelo dejar la limpieza de los baños para último momento porque así puedo usarlos con la tranquilidad de quien no ensucia un lienzo recién pintado. No es el trabajo con el que soñaba cuando era joven, pero es el que tengo y, por ahora, el que pone comida en la mesa.

Estoy separada y tengo dos hijos. Nunca pude permitirme el lujo de quedarme en casa abrazada a mi orgullo mientras las facturas se acumulaban. Si para sacar a mi familia debo pasar las noches fregando suelos, vaciando papeleras y limpiando retretes por un sueldo que apenas alcanza para llegar a fin de mes, lo haré sin protestar. Lo hago, de hecho. Nunca he tenido dinero para comprarme anillos, así que, al menos, no corro el riesgo de que se me caigan.

Cada noche subo al mismo autobús que me lleva hasta el polígono industrial donde está la oficina. Cada madrugada tomo el mismo camino de vuelta. Salgo de casa a las ocho de la tarde y regreso poco después de las seis de la mañana. El tiempo justo para ducharme, preparar el desayuno y despertar a mis hijos. Después intento dormir. Lo intento porque siempre hay un perro ladrando, un vecino con la televisión demasiado alta o una moto acelerando bajo mi ventana. Cuando consigo cerrar los ojos, el despertador vuelve a sonar. Siempre igual. A mediodía hago la compra. Después recojo a los niños en el colegio, paso la tarde con ellos, preparo la cena, los acuesto... y vuelta a empezar. Así, día tras día. 

Vivo rodeada de gente y, aun así, pocas veces me he sentido tan sola.

¿Su padre? Podría reclamarle una pensión, pero antes tendría que encontrarlo. Desapareció hace tres años y en todo ese tiempo no ha habido ni una llamada, ni una explicación y no ha dejado más rastro que su ausencia.

Hace también tres años que no ceno en un restaurante, que no río por cualquier tontería o que no siento ese cosquilleo que produce la ilusión. Tres años subiendo al mismo autobús, recorriendo los mismos polígonos industriales y bajándome siempre frente al mismo trabajo de mierda.

Nunca una expresión fue tan literal.

Hace tiempo que dejé de imaginar un futuro mejor. Tal vez por eso me refugio en los libros. Cada noche subo al autobús, ocupo el mismo asiento de siempre y dejo que las palabras me transporten a lugares donde la vida es diferente. Poco importa el autor o el argumento. Cualquier historia capaz de abrir una ventana a un mundo mejor se convierte, durante unos minutos, en un oasis en mitad del desierto.

Pero antes de abrir el libro hay un pequeño ritual que nunca me salto.

Saludo al conductor.

Supongo que ha llegado el momento de hablar de él. Porque, aunque esta es mi historia, también es la suya. Porque este relato no va sobre autobuses nocturnos, tampoco sobre edificios de oficinas, ni tan solo sobre la rutina gris de quienes sobreviven encadenando un día con el siguiente. Trata de dos personas corrientes que, sin proponérselo, acabaron cruzándose en el momento preciso.

Se llama Carlos.

De lunes a viernes ocupa el asiento del conductor con una puntualidad casi obstinada. En todo este tiempo no recuerdo haberlo visto faltar un solo día. Debe de rondar los cincuenta años. Es un hombre corpulento, de piel morena, con el cabello gris, una mandíbula firme y unos ojos grandes que transmiten una serenidad sanadora. Pero si algo llama la atención en él no es su aspecto, sino la forma en que mira a los demás. Tiene una expresión abierta, una sonrisa sincera y la extraña costumbre de saludar a cada pasajero como si fuera la primera persona a la que se alegra de ver esa noche.

Nunca repite el saludo. Siempre encuentra una frase distinta, una palabra amable o una sonrisa oportuna.

A excepción de mis hijos, ese breve instante al subir al autobús era lo mejor que me ocurría en todo el día.

Un ángel. O al menos eso creía yo.

La noche en que todo cambió -porque sé que es ahí adonde queréis llegar- llevaba un vestido de algodón y unas sandalias., poco más, el calor era tal que incluso asfixiaba el poder de decisión. Me miré reflejada en el espejo, mi cuerpo parecía todavía el de una muchacha con diez años menos. ¿Hasta cuándo? Me observo pequeña, delgada, mis formas son graciosas, quizás eso sea lo que alimenta el engaño respecto a mi edad. Siempre me ha gustado arreglarme, pero desde hace demasiado que no tengo la oportunidad de hacerlo. Supongo que depende de si te vistes para alguien o tan solo para el espejo del dormitorio. Aún no sé por qué aquella noche me metí dentro de un vestido de algodón tan impropio para un trabajo como el mío. Pero lo hice, movida por una desconocida necesidad construida desde el aburrimiento. Al subir al autobús Carlos me recibió con una sonrisa amplia y una frase que me descolocó "esta noche está usted más preciosa que nunca". No supe que contestar, creo que musité una torpe frase de agradecimiento y corrí a refugiarme en el asiento de siempre. Aunque no era consciente, me había vestido para él, por descontado.

Durante el trayecto no dejaba de mirarme por el retrovisor, con esos ojos negros grandes e intimidantes. Cuando llegamos, se despidió de mí con un simple adiós. Por delante me quedaban ocho horas.

Mientras comenzaba a limpiar me di cuenta de la excitación que se había apoderado de cada centímetro de mi piel. Intenté apartar cualquier idea absurda de mi cabeza, pero no era capaz, recordando aquella mirada en todo cuanto limpiaba. ¿Por qué había desviado la vista, avergonzada, en dirección al suelo? Me había comportado como una colegiala que no ha visto un pene en su corta vida.

Recordaba sus manos grandes y velludas, su cuello ancho y moreno, su pelo largo y blanco. Sus dientes. Su nariz. Esos ojos negros que no dejaban de mirarme.

Dejé la aspiradora en el suelo y me senté en una mesa para recuperar la respiración. Aún quedaban muchas horas, debía forzarme a recuperar la razón, también la calma. Tenía un trabajo que hacer y no podía permitirme el lujo de perderlo. Inconscientemente abrí las piernas y deslicé mi mano hacia mi entrepierna, completamente mojada. Cerré los ojos y apreté con fuerza. Deseaba masturbarme, aunque no debía. Mi mano izquierda se agarró fuerte a la mesa mientras obligaba a mi mano derecha a salir de debajo de mi falda, tropezando contra algo. ¿Qué era? Uno de esos gruesos rotuladores fosforescentes. ¿Y si al guardia de seguridad le daba por subir a la planta en una de sus rondas nocturnas?

Lo que todos imagináis es correcto: encontraría a la señora de la limpieza metiéndose material de oficina por el coño.

Aunque antes de eso lo metí en la boca lubricándolo lo suficiente, después lo deslicé suavemente por el interior de mis muslos y lo apreté contra la entrada de mi vagina. El rotulador entró sin problemas. Abrí un poco más las piernas y apoyé los pies en la mesa. Estaba completamente estirada, abierta e imaginando que era el conductor del autobús quien metía y sacaba el rotulador, cada vez con mayor rapidez, como si fuese su propio y descomunal pene. Quise imaginarlo descomunal, por descontado. Poco importaba ya si aparecía el guardia de seguridad o los integrantes de un circo ruso de tres pistas. Estaba poseída por un desenfreno como hacía años que no conocía. Desde que mi marido me había abandonado no había vuelto a estar con un hombre.

Aunque ahora, de repente, algo estaba cambiando.

Mi mano izquierda siguió buscando más objetos por encima de la mesa hasta dar con un rotulador un poco más fino, lo ensalivé y lo puse en la entrada de mi culo presionando levemente. Costó un poco más, pero entró sin problemas. Imaginé que el conductor de autobús era quien manejaba hábilmente esos rotuladores. Poco después, un grito desgarró el silencio de la octava planta del edificio de oficinas.

El vigilante de seguridad no tardó en aparecer. Me encontró limpiando los rotuladores que habían estado dentro de mí con un trapo, concentrada en mi trabajo, como si nada hubiera ocurrido.

 - ¿Ha pasado algo? -preguntó.

Levanté la mano y forcé una sonrisa.

 -Me he pillado un dedo con un cajón. El susto ha sido mayor que el golpe.

Se quedó en silencio observándome durante unos segundos, quizá tratando de decidir si debía hacer alguna otra pregunta. Finalmente se encogió de hombros, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo. Esperé hasta que sus pasos dejaron de escucharse antes de liberar el aire que había estado reteniendo.

Continué trabajando durante las siete horas siguientes con una emoción desconocida instalada en algún lugar profundo de mí. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido. ¿Cómo puede alguien sentirse vivo sin detenerse a contemplar una puesta de sol? ¿Sin disfrutar de una buena comida? ¿Sin esperar algo, sin desear algo, sin tener a alguien que despierte en nosotros esa inquietud? Quizá la felicidad no dependía únicamente de conseguir aquello que deseamos, sino de volver a ser capaces de desear.

Llevaba demasiado tiempo pensando en el conductor de aquel autobús. Demasiado tiempo imaginando una posibilidad que solo existía en mi cabeza. Y sabía que, si no era capaz de dar un paso adelante, seguiría siendo eso: una fantasía, una puerta entreabierta que nunca me atrevería a cruzar.

Siete interminables horas más tarde volví a subir al autobús para encontrarme con el mismo hombre al volante. Sonriéndome. Tomé asiento donde siempre. Debía haber diez personas más, también los de siempre, así pues, conocía donde iban a bajarse todos. El desasosiego comenzó a crecer en mi interior como una de esas enredaderas que trepan por la pared y nada consigue detenerlas. No podía dejar de mirar a aquel hombre mientras apretaba con fuerza los muslos en un infantil esfuerzo por obviar lo inevitable. Me conocía su nuca de memoria, también sus brazos girando con firmeza el volante, sus pies apretando los pedales. Sus ojos mirándome por el retrovisor. Esos ojos negros y penetrantes.

Era como nadar en el mar en plena noche.

Estábamos a punto de llegar a mi parada, la última del recorrido. Todos los pasajeros habían abandonado el vehículo y posiblemente dormían ya en sus camas. Después el autobús nocturno emprendería la vuelta hacia las cocheras para aguardar hasta la noche siguiente. El autobús giró a la derecha y enfocó la parada. Yo me levanté, di unos pasos vacilantes hasta el conductor y le susurré "voy hasta el final". Me miró, limitándose a asentir mientras yo volvía a mi asiento. A pesar de caminar de espaldas era consciente de que aquellos ojos negros se clavaban en mi a través del espejo retrovisor. Estaba cansada y excitada.

Al poco rato el autobús entró en la terminal y se dirigió a una especie de hangar. Aparcó entre otros dos autobuses, el motor dejó de temblar y todas las luces se apagaron menos las de emergencia, apenas una débil bombilla amarillenta sobre el asiento del conductor y otras dos en los asientos traseros. Mis manos temblaban como las de una colegiala antes de su primer beso. Vi como su silueta se acercaba, era más alto y corpulento de lo que había imaginado.

Tomó asiento a mi lado.

—Hola —dijo antes de que sus labios se apoderasen de mi cuello.

Sus grandes manos se deslizaban por mis muslos, por mis pechos, por mi nuca, por todas y cada una de las partes que hacía años que no tocaba nadie excepto yo misma, aunque de otra forma. La penumbra me salvaba de la vergüenza. Abrí las piernas y dejé que metiese sus manos donde yo había estado metiéndolas por la noche. Su respiración era fuerte, su olor también. Cerré los ojos y permití que sus dedos se introdujesen dentro de mí, completamente mojada. Dos dedos dentro de mi vagina y otro dentro de mi culo. Era una sensación extraña, nunca ningún hombre había entrado en ambos sitos al mismo tiempo, resultaba agradable. Estaba tan mojada que apenas le había costado hacerlo. Entonces recordé el episodio de los rotuladores. Inspiré profundamente intentando no correrme mientras aquel tipo liberaba uno de mis pechos y se lo metía en la boca, casi fuera de sí. Yo estaba inmóvil, sentada y dejándome hacer. Luchando por no tirarme de cabeza a su bragueta. No fue necesario esperar demasiado. El hombre sacó sus manos del interior de mi ropa y las usó para liberar una magnífica herramienta que brilló en la penumbra de aquel extraño escenario, como un dorado tesoro. Soy consciente de haber utilizado adjetivos propios de un relato porno, pero era la realidad, su pene era grande, ancho y abrumadoramente hermoso. No podía aguantar más. Mis mandíbulas se abrieron de inmediato y me abalancé sobre aquel trozo de carne armada de un voraz apetito. La sentía deliciosa y prohibida, como un gran pastel de chocolate que hubiese estado contemplado cada día tras los cristales de la pastelería, sin atreverme a comprarlo. El problema fue que aquel pastel era demasiado grande para mis mandíbulas. El tipo gemía y movía mi cabeza acompasadamente mientras yo intentaba inútilmente tragarme su polla hasta el mismísimo centro del universo. No me importaba que oliera o que tuviera un sabor que a otras mujeres hubiese repugnado. Llevaba demasiado tiempo haciendo cosas asquerosas para otros así que ahora iba a hacer algo verdaderamente asqueroso, solo por y para mí. Me agarró del pelo y separó mi cabeza de su pene, me besó paseando su lengua por todos lados y dejándola caer en la garganta con pasmosa facilidad. Mientras intentaba devolverle el beso no dejaba de masajearle su miembro.

De improviso me puso de pie y me liberó del vestido por la cabeza. Ahora solo quedaban mis bragas empapadas y mis sostenes con mis pechos prácticamente fuera. Aunque estaba a oscuras, sentí vergüenza. Hacía demasiado que no me mostraba a nadie. Tengo todas las manías y complejos de una persona normal. Sin saber cómo, me encontré sin bragas ni sujetador. Habían volado, al igual que el vestido. Recé porque después pudiese encontrarlos. El conductor se quitó toda la ropa y me recostó contra el asiento, quedando yo a cuatro patas, apoyada encima de un respaldo y con el culo en pompa. Noté como su lengua comenzaba a deslizarse por mis labios vaginales en dirección al culo y después de vuelta. Aquel desconocido me estaba comiendo como nunca nadie lo volvería a hacer. Noté como su lengua luchaba por abrirse paso en mi ano mientras sus manos masajeaban con dureza mis pechos. Cerré los ojos e intenté abandonarme a cualquier sensación. De repente me encontré gimiendo y gritando. Mordiéndome el labio inferior y golpeando el asiento con mis puños.

El conductor cesó en su empeño y me dio la vuelta para meter de nuevo su polla en mi boca. Apenas pude reaccionar, su pene volvía a entrar y salir a toda velocidad, ahogándome sin compasión. Agarré la base de su polla con una de mis manos y comencé a masajearla, como si le estuviese masturbando. Con la otra le acariciaba los testículos. Noté como su respiración se aceleraba. Él se hizo con el control de mi cabeza y comenzó a follarme la boca con brusquedad, me estaba ahogando, aunque ya nada me importaba. Necesitaba conocer el sabor de aquel desconocido. El conductor lanzó un grito al tiempo que una gran cantidad de semen comenzaba a amontonarse en mi boca. Entonces sacó rápidamente la polla y acabo las últimas descargas en mi cara. En mis labios. En mi nariz. En mis mejillas. En mi barbilla. Después hizo algo que recordaré toda la vida. Sacó una linterna de su bolsillo y me enfocó la cara.

Aquel perverso y maravilloso hombre tan solo quería ver mi rostro manchado de semen.

De forma casi mecánica, abrí la boca, le mostré su semen, después me lo tragué y volví a abrir la boca para demostrarle que no quedaba ni una gota. Una sonrisa de placer se dibujó en su rostro. Entonces bajó la linterna para que su mirada vagara por todo mi cuerpo, tomándose su tiempo. Finalmente, la apagó y se hizo con una de mis manos para llevarme al centro del autobús.

—No te limpies —ordenó con voz firme—, voy a volver a follarte y quiero que tengas la cara manchada.

Haría eso y mucho más. Haría todo lo que me ordenase. Necesitaba hacerlo. Quería ser la mujer más sumisa del planeta. El tipo fue hasta el asiento del conductor dejándome en el centro del autobús y buscó algo, al volver pude adivinar lo que parecían dos pañuelos o trapos. Me ató ambas manos a una barra en el techo. No soy demasiado alta así que quedé prácticamente de puntillas. No era cómodo, ni mucho menos. Pero había algo en aquella situación que resultaba tan excitante como una situación de la que uno sabe que debe escapar y, aun así, prefiere quedarse. Una droga desconocida recorriéndome por dentro, bombeando desde el corazón hasta el cerebro, anulando cualquier pensamiento razonable.

Allí estaba, atada en un autobús sumida en la oscuridad, entregada a la voluntad de un desconocido. Desnuda y con la cara llena de semen.

Y mis dos hijos en casa esperando que les despertase para desayunar. No me sentí culpable, estaba harta de ser la última de la lista.

Noté como se acercaba a mi espalda. Noté como me separaba las piernas. Noté su pene abriéndose paso en mi vagina. Noté su pecho sudoroso contra mi espalda. Noté su olor confundiéndose entre los míos. Noté su respiración en mi nuca. Noté sus manos en mis pechos. Noté como comenzaba a entrar y salir de dentro de mí, con auténtica fiereza, como queriendo partirme en dos. No me lo podía creer, estaba allí a oscuras con las manos colgando del techo mientras un tipo me estaba follando a conciencia. Era lo más parecido a una violación, era simplemente delicioso, era todo cuanto había estado esperando. Al cabo de un rato una especie de corriente eléctrica comenzó a recorrerme las piernas, desde las pantorrillas a las caderas. Apreté los dientes, pero no pude evitar lanzar un grito que coincidió con la última embestida de aquel tipo. Acabábamos corriéndonos juntos.

El mejor orgasmo de mi vida. El mejor orgasmo de cualquier vida conocida, imaginé en ese momento.

Se quedó pegado a mi espalda, sin sacar el pene de mi vagina. Besándome los hombros. Noté como poco a poco su pene comenzaba a crecer de nuevo dentro de mí. No podía creerlo. El tipo sacó su pene dejando que una mezcla de semen y otros fluidos se deslizase por el interior de mis muslos. Qué vergüenza…

De improviso noté como dos de sus dedos se adentraban en mi culo. No estaba preparada para aquello. Intenté prevenirle, pero de mi boca no salía ninguna palabra. Me acababa de quedar muda ante la necesidad. Noté como la punta de su pene se apretaba contra mi ano. Nunca me habían sodomizado. Apreté los dientes y esperé lo inevitable. Un fuerte dolor se apoderó de mi espalda al tiempo que su pene se abría paso en mis entrañas. Era una sensación desagradable, molesta y totalmente ajena al placer. No era como cuando me había metido los dedos. De repente mi realidad se había tornado en lo opuesto a cuanto había sentido hasta entonces. De nuevo, no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer mientras mi mente se concentraba en encontrar alguna suerte de placer en aquel ejercicio tan doloroso. Estuvo sodomizándome cerca de diez minutos y en ningún momento conseguí el menor mínimo de los placeres. Pero no iba a quejarme. Simplemente le dejé hacer. Mi menté se esforzaba en repetirme que debía ser la sumisa con la que todo hombre sueña. Me había acostumbrado a tantas cosas en la vida que no podía permitirme cerrar ni una puerta más. El tipo descargó en el interior de mis intestinos con un grito ahogado en mi pelo mientras me destrozaba los pezones a pellizcos. Cuando se retiró una nueva cantidad de semen y quizás sangre se deslizó por el interior de mis muslos.

El hombre me desató y después limpió mi cuerpo con unas toallitas húmedas que guardaba bajo su asiento, también me besaba y me abrazaba.

En ese momento ya no importaba si lo que había ocurrido había sido correcto o si había cumplido con las expectativas que yo misma me había creado. Porque lo necesitaba de una forma que me sorprendía incluso a mí, como si durante años hubiera estado acumulando una sed imposible de calmar.

Había pasado demasiado tiempo haciendo siempre lo que debía hacer, tomando las decisiones adecuadas, cargando con responsabilidades y dejando mis propios deseos para después. No podía esperar un día más. Aunque me equivocara. Aunque doliera. Quizá el secreto de la felicidad sea encontrar algo que nos devuelva una parte de nosotros mismos que creíamos perdida.

Cuando llegué a casa, mis hijos ya estaban despiertos. Los encontré preparando el desayuno por su cuenta, moviéndose por la cocina con esa mezcla de torpeza e independencia que anunciaba que el tiempo pasa más rápido de lo que queremos admitir.

Los observé en silencio y una lágrima recorrió mi mejilla. Era una lágrima de alegría, pero también de melancolía al comprender que mis hijos estaban creciendo, que cada día necesitaban un poco menos de mí, que llegaría un momento en el que mi presencia dejaría de ser imprescindible.

Aquella noche cambio mi vida. No por lo que sucedió en la oscuridad de las cocheras sino por lo que contemplé al volver a casa.

Y, lo mejor de todo, es que esa misma noche volvería a subirme a aquel autobús nocturno.


sábado, 25 de julio de 2026

Me dijo que me esperaría en su casa (relato)


Me dijo que me esperaría en su casa. Siempre que la vida me ha conducido a un momento como este (no es la primera vez) me asalta la misma pregunta: ¿Qué significa un lugar seguro cuando vas a encontrarte con alguien a quien no conoces? ¿En su casa, en la tuya o en la neutralidad de un hotel? Todo depende de es que entendemos por "espacio seguro". Nuestra casa es nuestro refugio, pero también es un espacio donde uno baja la guardia. Cuando un desconocido está a punto de cruzar el umbral, ese refugio puede convertirse en el lugar más aislado y vulnerable del mundo. En el otro lado de la balanza, entrar en la casa de otro supone aceptar una incertidumbre parecida con el agravante de que has dejado de estar en un espacio seguro. Tenemos la costumbre de traducir la palabra "desconocido" como si fuera sinónimo de "villano". A veces, por desgracia, la realidad que leemos a diario en los periódicos confirma esa interpretación. Otras veces no es más que el (natural) miedo intentando protegernos. Y demos gracias a ese miedo porque nos servirá de protección. Quizás un hotel parece la solución más sensata: un territorio prestado, sin memoria, donde ninguno de los dos juega en casa. Un lugar que pertenece a ambos y a ninguno.

Pero ella me dijo que me esperaría en su casa. Ni se me ocurrió preguntar el motivo. 

Cuando llegué al edificio pulsé el botón del portero automático, con ese poso de nerviosismo que nunca termina de desaparecer, después pronuncié la palabra convenida:

-Fernando.

Un zumbido metálico respondió al otro lado. Empujé, la puerta cedió y crucé el umbral. El portal pertenecía a uno de esos edificios modernistas del Eixample que parecen conservar el tiempo entre sus paredes. Suelos de mármol desgastados por generaciones de pasos, cenefas que aún resistían en las paredes con la pintura original y un ascensor antiguo, de hierro y madera. Todo respiraba una elegancia antigua, de esas que no necesitan demostrarse. 

El ascensor ascendía con una lentitud casi ceremoniosa, como si quisiera prolongar la espera. Poco después, las puertas se abrieron con un ruido a hierro oxidado y me planté  frente a un piso cuya puerta permanecía entreabierta. Desde el interior escapaba una luz tenue, apenas un susurro en la luz del rellano. Entré y cerré tras de mí. El recibidor era lo que había imaginado: baldosas hidráulicas dibujando geometrías de otro tiempo, techos altos donde las palabras resuenan mejor que en ningún otro lado y carpinterías de madera que habían visto pasar demasiadas vidas. La casa descansaba en penumbra. Solo una luz, al fondo del largo pasillo, parecía llamarme.

Y cuando me llaman, voy. Yo también se obedecer, sobre todo porque ella había seguido mis instrucciones y, en alguna suerte de justicia, ahora había llegado mi turno. Avancé por el pasillo siguiendo aquella luz tenue, no sin imaginar, durante unos instantes, que al final me aguardaría algún fenómeno extraño o, peor aún, el propio creador. La imaginación siempre encuentra tiempo para exagerar justo antes de que la realidad se revele. Pero no, la realidad fue aun mas emocionante porque al final del pasillo estaba ella. Arrodillada y vestida exactamente como le había pedido (ordenado): una falda de cuero negro, medias de rejilla, tacones y una camisa blanca abotonada. Llevaba los ojos cubiertos por una venda, el cabello revuelto, los labios pintados de rojo intenso e inmóvil, envuelta en un silencio que parecía llenar toda la estancia.

-Hola perra -dije

-Hola amo -contestó ella.

Me acerqué despacio, dejando que cada uno de mis pasos anunciara mi presencia. No quería sorprenderla; quería que el sonido de mis pisadas fuera el hilo que la guiara hasta mí. El sonido que la pusiese aun mas nerviosa. Convertir el momento en una experiencia inolvidable.

Era el comedor de uno de esos pisos del Eixample donde las habitaciones parecen sucederse con una lógica antigua. No era especialmente grande. Varias puertas se abrían hacia otras estancias y los muebles de madera daban a la casa una calidez anclada en el pasado. Había, además, pequeñas pistas de la vida de quien la habitaba: objetos tribales traídos de algún viaje, cuadros sin una aparente relación entre sí y un tapiz que caía sobre un sofá cubierto de cojines de todos los colores, como si el confort hubiera vencido hacía tiempo a cualquier pretensión de orden. Entre toda aquella geografía doméstica también vi algunos juguetes en una cesta y una consola de juegos. Eran el rastro silencioso de otra presencia, la de un hijo que no estaba allí, pero cuya existencia parecía seguir ocupando los rincones. Aquella noche, sin embargo, solo estábamos ella y yo. El escenario perfecto para lo que íbamos a hacer.

-¿Estas bien? -pregunté.

-Si amo -contestó ella- algo nerviosa.

-Si no estuvieses nerviosa en esta situación, me comenzaría a preocupar. Ponte en pie -ordené finalmente.

Obedeció, me acerqué a ella, olía de maravilla, no era perfume, era un olor mas animal, como quien sabes que siempre va a oler igual, se ponga el perfume que se ponga. Entonces sostuve su cara entre mis manos y le di un beso, nada agresivo, nada que fuese a dar a entender que iba a usar a esa mujer como me apeteciese. Era un beso tranquilizador, un beso que decir “gracias” y “comencemos” al mismo tiempo. Sin dejar de besarla, bajé mis manos hasta sus pechos y comencé a tocarlos por encima de la tela de la camisa. Le había ordenado que no se pusiese ropa interior. Acabó el beso y comencé a sobar sus pechos con codicia y sin miramientos, pellizcando sus pezones a través de la tela, como cuando eres joven y tocas unos pechos por primera vez, con prisa y sin tacto. Quería que se sintiese manoseada, indefensa, que sintiese que era un juguete en mis manos. Una herramienta para mi placer. Ella se encogía y lanzaba algún que otro suspiro, mezcla de dolor (estaba manoseándola con auténtica fuerza) y placer. Me detuve y abrí la camisa, con calma, me tomé mi tiempo para desabrochar cada uno de los botones, dejando al aire un palmo mas de piel. Ella comenzó a temblar. Después abrí la camisa y observé sus pechos. Los pechos de una mujer madura, perfectos a mis ojos. Con una gran areola y un pezón atravesado por un aro, en ambos pechos. La mujer escondía sorpresas. O no. Ya había visto esos pechos antes en foto.

-Arrodíllate, perra -ordené con voz firme-

Ella obedeció.

-Ahora abre la boca y haz que merezca que haya venido a verte.

La mujer abrió su boca y metí mi pene en ella. Su lengua, sus labios, sus manos comenzaron a hacer un trabajo digno de la mejor de las sumisas, de la perra mas arrastrada, de la meretriz mas profesional. Agarré su pelo desordenado entre mis manos y comencé a clavar con fuerza mi pene en su boca, hasta su garganta. Ella lo intentó, aunque las arcadas interrumpían de vez en cuando el momento.

Me gustaba demasiado y ella lo hacía demasiado bien, así que me detuve y la ordené que se levantase. No quería correrme en su boca a los cinco minutos. Después la ayudé a ponerse a cuatro patas encima del sofá. Levanté su falda y observé su culo, dos cachetes dispuestos a ser azotados, manoseados o dormidos. Separé ambas nalgas y observé su ojete. No nos llevemos las manos a la cabeza a estas alturas del relato: era un ojete. No existe palabra mejor para definirlo. Escupí en el y metí un dedo, luego dos. La mujer se retorcía pero apenas se quejó. Entonces me quité los pantalones y la penetré analmente, con cuidado, pero con firmeza. Ella aguantó a pesar de algún gritito cuyo eco se perdió en el comedor.

Mientras la sodomizaba pregunté:

-¿Quién eres?

-Tu sumisa, amo.

-He preguntado quién eres, no que eres.

-Me llamo L.

-Tu nombre no es la respuesta correcta. ¿Quién eres? -pregunté clavando aun con más fuerza mi pene en sus entrañas.

Ella no contestó, se tomó unos segundos pensando la respuesta. Aguantando mis embestidas. Finalmente hizo lo que yo esperaba de ella: me dio la respuesta perfecta.

-Guau -ladró simplemente.

-Buena perra -dije yo.

Quizá esa fuera la verdadera clave de todo esto: descubrir que también puedes convertirte en alguien que nunca habías imaginado ser. Atravesar una frontera íntima y hacer algo que jamás encontraría espacio en una conversación cotidiana, algo destinado a permanecer en el territorio del secreto. Dar cuerpo a las fantasías más escondidas, no desde la culpa, sino desde la confianza compartida, el consentimiento y el cuidado. Permitir que aquello que solo había existido en la imaginación respirara, aunque fuera durante unas horas. Porque es en esos momentos cuando comprendes que la vida puede ser algo más que la repetición dócil de los días. Más que el despertador, el café rápido, el andén del metro, la oficina y el regreso. Más que esa sucesión de rutinas que, apaga la bombilla día a día. Porque la vida, cuando logramos desprendernos de algunas de las trampas que construye la mente, es también aquello que nos atrevemos a imaginar y, con un poco de fortuna, a vivir.

Y aunque no siempre alcancemos la existencia que deseamos, hay una forma de felicidad que nace simplemente de intentar acercarse a ella.


viernes, 24 de julio de 2026

Morder, imaginar, sexualizar, reflexionar... vivir

Si nuestros abuelos tuviesen internet (y algunos lo tienen) lo que dirían (o piensa) sería acerca de cuanta fresca hay suelta en las redes. Antaño se denominaba fresca a una mujer que actuaba con descaro, o que no mostraba la sumisión o el “decoro” esperado. Por supuesto, es una expresión que viene de una época donde la mujer, como se decía, no solo debía ser honesta sino parecerlo. Una mujer sometida al patriarcado. Una mujer a la que no se le permitía liberarse porque el patriarcado imaginaba que esa liberación significaría un retroceso en todas las ventajas que llevaban disfrutando como hombres apenas unos cientos de miles de años.

Hoy en día, las mujeres pueden mostrarse como deseen donde deseen sin miedo a que nadie piense de ellas que son unas “frescas”. Pero, como también dirían nuestros abuelos, toda “modernidez” tiene sus desventajas. La mujer puede mostrarse como desee en las redes, pero eso no evita que decenas, miles, cientos de miles, millones y mucho mas de hombres las sexualicemos por el simple hecho de mostrar una foto en bikini en sus vacaciones de la playa, una foto de unas piernas enfundadas en unas medias de rejilla sentada en un asiento del metro o, como la foto que acompaña este texto. Cualquier segmento de piel femenina mostrada en redes, hace que los hombres imaginemos cientos de (oscuros y equivocados) motivos por los que se muestra la mujer. ¿Y cuáles son los motivos de esas mujeres? Imagino que lo hacen porque quieren, porque pueden y porque vivimos en el año 2026. ¡Maldita sea!

Pero no, nosotros sexualizamos todo y le otorgamos unas intenciones provocativas. “Esa mujer pide guerra” piensa (o pensamos) la mayoría. Si una mujer enseña los pezones es porque quiere algo. Menuda fresca, pensarían nuestros abuelos. Que buena foto piensan la mayoría de las mujeres. Me encantaría morder esos pezones, pienso yo.

¿Veis? Acabo de sexualizar a la mujer de la foto.

La foto pertenece a una mujer cuyo perfil de Instagram me llamó la atención no porque se mostrase desnuda en todas las fotos (todo lo contrario), tampoco por su físico (y es hermosa, al menos desde mis estándares) sino por la aleatoriedad de lo que mostraba y la aleatoriedad de los textos que lo acompañaban. Cuando veo eso en Instagram pienso: aquí hay vida inteligente. Y me quedo a vivir en esas páginas.

Hoy, cuando he visto que ha publicado la foto que acompaña este texto he pensado “me gustaría morderle los pezones” e, inmediatamente me he arrepentido de esta idea. ¿Debería? Si es lo primero que he pensado es porque es la verdad mas absoluta sobre lo que me ha hecho sentir la foto. Después de esta primera idea, lo siguiente ha sido querer escribir sobre la foto. Pero tenía que adjuntarla a este texto para que me comprendieseis. Y lo he hecho (después de que ella me diese permiso). Porque debéis tener en cuenta siempre una cosa: las fotos pertenecen a las personas que las hacen, las postean o las protagonizan. No a los observadores.

Aunque en mi caso, viendo esta foto, soy mas un voyeur descarado que un observador.

Y eso me hace sentir mal porque no quiero sexualizar a nadie. Por muy sexual que me parezca la foto. Y quizás por eso estoy escribiendo este texto, a modo de disculpa porque siento que la pasión se ha impuesto a la razón. Y escribir es volver a la razón e intentar comprender porque ha sucedido eso. Analizar, comprender, enfriar la cerveza antes de beberla.

Reconozcámoslo, no es nada malo querer morder los pezones de una desconocida porque has visto una foto suya. Lo malo sería mordérselos sin su permiso. Lo malo sería perseguirla o acosarla.

Hace años conocí a una persona que me hizo entender que no me debo culpabilizar de mis fantasías porque son parte de mi y porque son eso: fantasías. No hago daño a nadie. Quizás por eso hace (demasiados años) comencé a practicar BDSM, porque muchas de esas fantasías podían hacerse realidad en un escenario seguro, sano y consensuado (SSC). Y una de esas primeras personas con las que lo practique fue esa persona. Ella trabajaba de psicóloga y era la mujer mas inteligente que he conocido nunca. Mucho de lo que soy, se lo debo.

Ahora veo de nuevo esa foto y sigo pensando que me gustaría ponerle un antifaz en el rostro para no ver sus ojos ni que ella vea los míos y simplemente morder y saborear esos grandes pezones hasta quedarme sin fuerzas. Y luego decirle adiós a la mujer sin habernos mirado nunca a los ojos. Eso es una fantasía. Y eso es aceptable. Incluso escribir esto es aceptable. Aunque signifique que he sexualizado una foto que quizás no tenía ese componente sexual para quien la hizo y la mostró.

¿Importa realmente eso? Vivimos en un mundo repleto de violencia, enfermedades, tragedias, desastres, guerras y confrontación por absolutamente todo. Imaginarme besando esos pechos y mordiendo suavemente esos pezones hace que, durante unos instantes, el mundo sea infinitamente mejor y mas excitante. Escribir ahora esto es intelectualmente satisfactorio (al menos para mi). No hablo de esas distracciones banales para olvidarnos de lo difícil de la vida. No hablo del pan y el circo de los romanos.

Hablo de algo que tiene todo el sentido en mi mundo: la pasión por lo que haces o por lo que observas.

Contemplar esa foto, esos pezones ahogados por la lencería y atravesados por dos aros, ver ese cuerpo real y tatuado. Imaginar a esa mujer en la puerta de mi casa con los ojos vendados… es lo que me hace sentir feliz. Aunque la sexualice, aunque nunca suceda. Porque esto está sucediendo en mis fantasías. Y ese es un lugar donde no hago daño a nadie. Contemplada también vosotros y vosotras, contemplad esta maravilla de foto y olvidaos (durante unos segundos) de todo lo malo que os rodea. De eso se trata.

 


jueves, 23 de julio de 2026

Corrección Vs Incorreccíon

“Trátame como una puta arrastrada”, ordenó ella en voz baja en cuanto nos quedamos a solas. Era el momento exacto cuando (teóricamente) yo debía comenzar a ordenar. Y ella a obedecer. No fue la primera vez que sucedía, tampoco será la última. Pero esta vez las consecuencias han sido diferentes, aquí, sentado frente a mi ordenador. Años atrás nunca me habría cuestionado la pregunta, ahora tampoco la cuestiono porque entiendo su contexto. Pero, a diferencia tiempos pasados, ahora me pregunto si es buena idea exponerlo aquí. Llevo 42 años hablando sobre BDSM en todo tipo de plataformas, revistas, podcasts, libros, etc. y nunca me he sentido tan censurado como en la actualidad. Quiero aclarar algo: la censura es autoimpuesta, es una sensación personal, no es la realidad.

Nunca nadie me ha dictado lo que debo escribir. O dejar de escribir. Las reacciones a lo que digo, es algo que escapa a mi control. Es decir, debería seguir siendo indiferente el escribir algo que realmente sucedió.

Pero ahora resulta que me autocensuro.

Contar hoy en día que una mujer me ha dicho “trátame como una puta arrestada” y la he tratado como tal es algo que no está bien visto, aunque exista consenso, aunque sea un juego de roles. El problema es la verbalización de una expresión que, hoy en día, es censurable. Porque reducimos un escenario a la mínima expresión. No nos preocupamos por contextualizar. Soltamos frases echas y vamos hasta el siguiente juicio de valor como el que cuenta granos de arena en la playa.

Trataré a una mujer como una puta arrastrada si ese es su dedeo, si lo dialogamos con claridad, si existe consenso y voluntad por ambas partes. Siempre ha sido así y es lo natural. Pero no puedo exponerlo en voz alta. Lo cual me parece ridículo porque si la crítica es bienintencionada, pero se hace desde el desconocimiento, es el arma del tonto que tira una y otra vez piedras a un rio.

Por supuesto que, si llegamos al consenso, desde nuestra libertad mas absoluta y de forma segura y sabiendo lo que vamos a hacer… la trataré como una puta arrastrada si esa su fantasía. Pero esa no es la fantasía de toda mujer. Los gustos, los espacios, los deseos y los miedos son diferentes en cada persona.

Pero eso si me dices que quieres algo relajado y tranquilo, ni se me ocurrirá hacerlo de otra forma. Pero si me dices que quieres que te pervierta… lo haré sin problemas, aunque me cueste expresarlo en voz alta.

Porque en el consenso entre dos personas y en las fantasías propias, todo está permitido.


domingo, 19 de julio de 2026

La que decidió mostrarse (relato)


Durante años, la mujer había vestido como quien se disculpa por existir. Camisas largas, colores neutros, telas que caían desde sus hombros como cortinas de un viejo teatro. No estrategia, era pudor. Una forma silenciosa de decir no miréis aquí, como si su cuerpo fuese un secreto que debía custodiarse por vergüenza, por decoro, por esa absurda expectativa social que dicta que la mujer, al hacerse mayor, debe volverse invisible.

Y un soleado día de Julio, la mujer cumplió cincuenta años y, mientras observaba el paisaje urbano desde la ventana de su comedor, sosteniendo el primer café del día, algo en ella se quebró. Una de ideas que se instalan de repente y sin permiso en tu cabeza. Como una explosión.

La mujer dejó el café sobre la encimera y fue hasta el dormitorio. Se miró al espejo. Ya no buscaba juventud porque no podía encontrarla. Ese había sido su error. De repente buscaba la verdad. Y la vio: el cuerpo de una mujer de cincuenta años: vivido, marcado, hermoso en su propia gramática. Un cuerpo que había sostenido hijos, trabajos, duelos, risas, amantes, derrotas y veranos. Un cuerpo que no debía esconderse, sino mostrarse para contar una historia. En ese mismo instante, abrió el armario como quien abre una ventana después de años de humedad. Sacó una falda roja que nunca había usado. Una blusa que dejaba ver los hombros. Un vestido que, según ella, era “demasiado” para su edad. Y se los probó uno por uno, como si estuviera eligiendo no ropa, sino versiones de sí misma.

Cuando salió a la calle, así vestida, sintió las miradas. Algunas curiosas, otras incómodas, otras admiradas. Pero lo que ayer le hubiese avergonzado ahora no le importaba, caminando con la serenidad de quien ha dejado de pedir permiso.

En el mercado, una mujer murmuró “a nuestra edad ya no toca ir así”. La mujer sonrió con una calma que desarmaba. “A nuestra edad toca lo que nos dé la gana. Nos lo hemos ganado”, respondió fingiendo una amable sonrisa. Y siguió caminando, dejando tras de sí un leve perfume y una declaración silenciosa: la madurez no es retirada, es la reconquista.

A cada paso, la mujer descubría algo nuevo: que la provocación no era un gesto sexual, sino un gesto político; que mostrar el cuerpo no era exhibicionismo, sino resistencia; que la libertad, a veces, empieza por un escote. No buscaba la aprobación en los demás, como había hecho los últimos años. Ahora buscaba aire. Y vaya si lo encontró.

Desde entonces, esa mujer se viste como quien celebra cada amanecer. Como quien se sabe dueña de su narrativa. Como quien ha comprendido que cumplir años no significa esconderse.

Ahora toca existir sin disculpas.

Y cada mañana, al elegir qué ponerse, se repite la misma frase:

“Por fin me veo.”


domingo, 5 de julio de 2026

Busco...




Buscamos mientras confesamos en voz alta que nada buscamos. Nos detenemos y observamos con curiosidad mientras aseguramos que solo estamos de paso. Indagamos cual detective de novela barata y cuando somos desenmascarados decimos que tan solo estábamos paseando por el parque, sin ningún otro propósito. No deberíamos avergonzarnos por reconocer que buscamos, pero nos pasamos el día asegurando lo contrario, desviando la vista, esperando algo que nunca llega. Nos encogemos de hombros cuando lo mas sencillo sería decir: "Claro que busco". En vez de eso nos escudamos en frases como "Yo no busco, pero si encuentro algo, bienvenido sea" o "Yo no busco aunque se lo que no quiero encontrar". Tópicos que caen en el mas común de los ridículos y nos arrastran hasta ese foso lleno de barro donde todos pelean por salir y nadie consigue escapar. Vivimos en la contradicción de esa vergüenza del que asegura no buscar cuando, por un motivo y otro (casi) siempre estamos buscando. ¿Por qué sucede? Si decimos que buscamos parecerá que no sabemos retener, parecemos desesperados o que estamos en un supermercado contemplando una estantería repleta de personas a quien escoger.

Pero la realidad es que buscamos, y en el BDSM buscamos mas aun porque una vez has probado las mieles de la práctica, no te gusta estar observando el partido desde el banquillo.

Conozco a cientos de personas y nunca soy capaz de reconocer que, de una forma y otra, estoy buscando a esa sumisa que quizás podía una de ellas. Incluso ahora, escribiendo esto siento que estoy haciendo algo reproblable porque este texto da a entender que busco a una mujer "sumisa" para practicar BDSM. Pero ahora mismo esa es mi circunstancia. Y no voy a pedir disculpas si las palabras "buscar", "bdsm" o "mujer sumisa" chirrían en las nuevas sensibilidades. Es lo que hay, no hablo de vosotros, hablo de mi.

Mucha gente en las redes sociales buscan encontrar a otras personas para cientos de propósitos diferentes. ¿Por que debería sentirme mal reconociendo que busco sumisa? ¿Me convierte eso en un fracasado? ¿Por qué alguien con mi experiencia no tiene sumisa ahora mismo? No creo que sea un fracasado pero tampoco me gusta pensar que alguien me juzga de esa forma...  "No será tan buen amo si no tiene sumisa...". Y una vez mas, temo que alguien, desde el desconocimiento, malinterprete que una persona diga "No tengo sumisa ahora mismo", como si las personas fueran una pertenencia transitoria.

Pero no puedo vivir constantemente mordiéndome la lengua por lo que piensen los demás. Asi que voy a pensar en mi mismo.

Si, busco. ¿Qué hay de malo?

El resto ya no depende de mi.

sábado, 20 de junio de 2026

Salir del molde


Las pulsiones internas escapan a toda lógica. Pretendemos acoplarnos al molde desde el que nos arrojaron a este mundo. Ese maldito molde del que todos dicen que no debemos salirnos. Pero estas pulsiones internas nos mueven a salirnos del molde. Y no lo asocio exclusivamente al sexo ni al BDSM (también se escribir sobre otros temas, ojo ahí). Me refiero a cualquier tipo de pulsión.

Tengo una amiga que le gusta mostrar su trasero en cualquier lugar, fingiendo que es una mala función de la ropa. Es una persona completamente normal (aparentemente, debería decir) a la que le divierte enseñar su culo de repente en cualquier lugar (especialmente en sitios concurridos con gente desconocida) para observar sus reacciones. Su número circense más conocido es aflojarse el pantalón o la falda, enganchar una esquina con una mano contra la silla y, al levantarse, la falda o el pantalón se deslizan hacia abajo mostrándonos a todos su trasero oculto por un ilusorio hilo de tanga. A continuación, finge que está azorada y sube rápidamente la ropa que ella misma ha bajado con la técnica del mejor de los magos. Su técnica está perfeccionada hasta tal punto que incluso aciertos a ver un ligero rubor (voluntario) en sus mejillas. Es una artista de enseñar el culo. Y lo mas divertido es que no es nada sexual, finge vergüenza y comienza a pedir perdón a los presentes mientras su alma se parte de la risa (literalmente) por dentro. Los escenarios de su espectáculo son también la calle o en un supermercado, done afloja su falda cuando esta inclinada sobre una cesta de frutas y el ropaje se desliza para mostrar su culo.

¿Es mi amiga una exhibicionista o es que simplemente le gusta salir del molde porque le parece divertido? Quizás sea ambas cosas. O quizás sea que el pudor para ella es algo inexistente y le divierte mostrar su culo sin más.

He dicho que no iba a escribir sobre sexo ni sobre BDSM y debo aclarar aquí que el visionado del culo de mi amiga nunca lo he visto como algo sexual sino como un chiste realmente divertido. Ver las caras de los demás es hilarante... y ella no hace daño a nadie. Un exhibicionismo que significa salirse (unos milímetros) del molde por las risas. Pero es un ejemplo de actos que podemos hacer a diario, rompiendo de un martillazo la rutina propia y las ajenas. Es echarle un poco más de pimienta al estofado. Es volver a subirte a la atracción de la que acabas de bajar. Es mostrar una foto diferente en Instagram para dejar a todos con la boca abierta.

Al final de lo que hablamos es de libertad. Porque salirte del molde es salirte de la fila. Y eso, si lo consigues, es auténtica felicidad, la más pura y desinteresada.

Salgámonos del molde ya sea mostrándole el culo a la gente, ya sea bailando alocadamente en un vagón de metro o ya sea diciéndole algo amable a una persona desconocida. Alegremos más nuestros días y los de los demás. Olvidemos la vergüenza y echemos un golpe más de pimienta a la vida.


miércoles, 17 de junio de 2026

Locura Vs Locura

Dicen que somos animales racionales. Es una de esas frases que la humanidad repite con la misma convicción con la que se comprar un televisor nuevo cada vez que se celebra un mundial de fútbol. La teoría sostiene que actuamos guiados por la razón. Hasta cuando hacemos algo manifiestamente estúpido, lo hacemos después de haber construido una elaborada justificación que nos permita dormir tranquilos. ¿Entonces podemos llegar a ser realmente irracionales? Si alguna conexión eléctrica deja de funcionar bajo nuestro elegante peinado, quizá protagonizaremos un acto genuinamente irracional. Pero no estamos hablando de cerebros averiados. Los siniestros hospitales que aparecen en las películas de miedo ya tienen lúgubres departamentos para eso donde se experimenta con los humanos (o al menos eso me gusta imaginar). En realidad, hablamos de cerebros aparentemente funcionales, de esos que pagan impuestos, compran yogures desnatados y opinan sobre geopolítica en redes sociales cuando no saben localizar Polonia en un mapa.

También dicen que acostarse con un desconocido es un acto irracional. La afirmación resulta curiosa porque suele proceder de personas que llevan veinte años compartiendo su vida con alguien a quien tampoco conocen demasiado. En cualquier caso, acostarse con un desconocido puede ser impulsivo, arriesgado, temerario o una magnífica anécdota para dentro de diez años. Pero irracional no parece la palabra adecuada.

¿Dónde reside entonces la irracionalidad humana?

La respuesta depende, naturalmente, de la disciplina desde donde se formula la pregunta. Y ciertas disciplinas académicas tienen la encantadora costumbre de explicar la realidad utilizando palabras rimbombantes para poder discutir entre ellas durante décadas. Desde la psicología, por ejemplo, la irracionalidad se encuentra en los límites de nuestra capacidad de procesamiento. No disponemos de información perfecta, ni de tiempo infinito, ni de un comité de expertos instalado permanentemente en el córtex prefrontal, como en esa película de animación donde las emociones eran personajes de diferentes colores. Así que tomamos atajos. Simplificamos. Automatizamos decisiones. Aunque también compramos por internes cosas que no necesitamos porque es el Black Friday. Quizá algunos de esos comportamientos puedan calificarse de irracionales.

El problema, como casi siempre, son las etiquetas. Un tema del que me apasiona escribir.

La humanidad siente una fascinación enfermiza por clasificar las cosas. Necesitamos poner nombres, categorías y diagnósticos a todo lo que se mueve. Si alguien se sale ligeramente de la línea, inmediatamente aparece un experto dispuesto a asignarle una palabra terminada en "-dad" o "-ismo". Necesitamos porner etiquetas a las cosas para no profundizar demasiado en ellas y así poder ver una serie de Netflix de diez capítulos en una tarde.

Yo hago cosas que otros podrían considerar irracionales. Sin embargo, las hago desde una lógica perfectamente construida. Una lógica que puede ser discutible, extravagante o incluso absurda, pero lógica al fin y al cabo. Mi lógica.

¡Ah, entonces hablamos de locuras!

Pues tampoco porque las locuras, en sentido estricto, las hacen los locos. Y hasta donde alcanza mi conocimiento médico (que es lo que aprendo de esas películas donde un mad doctor experimenta con pacientes) todavía no estoy loco. Aunque reconozco que la frontera entre la excentricidad y la patología es un territorio que algunos exploramos con excesiva curiosidad y visto desde fuera puede empujar a los otros a regalarte una camisa de fuerza por tu cumpleaños.

Por ejemplo, si una persona a la que no conozco me dice que quiere cometer una "locura" conmigo, ni siquiera me planteo responder que no.

Sí, estamos hablando de sexo.

O de BDSM.

Y aquí es donde la sociedad suele adoptar una especie de preocupación colectiva. Como si todos acabasen de descubrir que existen personas adultas haciendo cosas adultas por decisión propia, fuera de la norma

¿Es una locura?

Depende.

Sin precauciones, por supuesto que lo es. También lo es conducir a doscientos kilómetros por hora, escalar una montaña o intentar montar un mueble de Ikea siguiendo únicamente tu intuición. Pero vivimos en el siglo XXI. Hemos conseguido una hazaña extraordinaria: hacer locuras de forma razonablemente segura. Hoy em día las aventuras “comunes” vienen con protocolos, formularios de consentimiento y, metafóricamente hablando, casco homologado. Nos lanzamos en parapente sujetos por tres arneses, restauramos fachadas colgados de veinte sistemas de seguridad distintos y practicamos actividades que habrían escandalizado a nuestros bisabuelos después de leer guías más extensas que algunos contratos hipotecarios. Y es que la modernidad consiste, en gran medida, en convertir el peligro en una actividad reglamentada.

¿Por qué escribo todo esto? Sinceramente, no tengo la menor idea. Anoche dormí poco. A veces el insomnio tiene la cortesía de infiltrarse incluso en mis sueños.

Tengo la sensación de estar encadenando ideas que probablemente sean tópicas, confusas o poco desarrolladas. Aunque, bien pensado, esa descripción encaja con una parte considerable de la historia del pensamiento occidental. Quizá por eso no voy a corregir este texto. Porque los textos son también fotografías mentales. Capturan un instante concreto y, como ocurre con todas las fotografías, es mejor no analizarlas demasiado de cerca. Corremos el riesgo de descubrir detalles que preferíamos ignorar.

Así que lo dejaré aquí.

No estoy loco, pero cometo locuras. No soy irracional, pero hago cosas que otros consideran irracionales. Y sospecho que la diferencia entre ambas afirmaciones es exactamente la misma que separa a un aventurero de un imprudente: quién es el que cuenta la historia al día siguiente.


miércoles, 10 de junio de 2026

La luz de la tarde (relato)




La luz de la tarde entraba por la ventana con amable tibieza, bañándolo todo de una luz suave y casi dorada. En el silencio de la inmensa instancia, dos presencias ocupaban ese espacio. Nadie mas. No hacía falta hablar. Bastaba el sonido leve de una página al pasar, el movimiento pausado de unas manos, la forma en que la respiración parecía acompasarse con el aire inmóvil. Leyendo, observándose en silencio. Aunque la mirada de una de las dos personas era algo mas insistente, sin ser agresiva, firme pero sutil. Como quien contempla el mar sabiendo que no puede poseerlo, pero sabe que siempre volverá a esa playa.

En esta escena hay detalles imposibles de ignorar. La curva de una sonrisa fugaz que aparecía sin previo aviso. La inclinación de la cabeza al concentrarse. La manera en que la luz encontraba siempre un lugar donde quedarse sobre la piel. Cada encuentro, cada tarde, se añadía nueva información a un deseo cuidadosamente escondido. Nunca decían nada. Tampoco debían, en una biblioteca lo primero que lees es “silencio” así que guardaban las palabras tras miradas inocentes, saludos breves con un movimiento de cabeza que dejaban un eco persistente. Y sin embargo, bajo esa superficie tranquila, crecía una tensión dulce y persistente.

A veces imaginaban acercarse un poco más. No para romper el silencio, sino para compartirlo. Sentarse cerca, sentir el calor de aquella presencia mezclándose con el propio. Descubrir si ese otro corazón latía con calma aparente o escondía tormentas semejantes a la suya.

Nunca se acercaron porque la imaginación es un territorio seguro. Un escenario donde podían abusar de los pequeños gestos, de las miradas casuales que tal vez significaban algo o tal vez nada. Podían permitirse pensar en la cercanía de unas manos rozándose por accidente, en cruzar la mirada demasiado rato, en la electricidad sutil que nace cuando dos personas perciben la existencia de una posibilidad y ninguna se atreve a nombrarla.

Los días avanzaban lentamente. Cada tarde, la luz transformaba lo dorado en algo tenue. Luego la artificial luz blanca lo invadía todo.

Y mientras esos días desaparecían y volvían a comenzar, el deseo seguía allí, igual de intacto que de silencioso. Sin exigir. Sin reclamar. Sin poseer. Simplemente habitaba el espacio entre esas dos personas como una llama pequeña que se niega a extinguirse. 

Quizá nunca llegaría el momento de hablar. Quizá todo quedaría reducido a recuerdos construidos sobre gestos. Pero, por alguna razón, había una belleza especial en ese tipo de relación. En desear sin poseer. En mirar sin invadir. En guardar dentro del pecho un secreto que hacía de los días algo infinitamente mejor.

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(En este relato, si lo vuelves a leer, verás que, en ningún momento, se menciona el género de los personajes. Ahora hazte una pregunta: ¿qué géneros has imaginado y por qué?)


domingo, 7 de junio de 2026

Prejuicio sin orgullo






Quienes nos rodean también nos observan. De forma inconsciente y, en segundos, construyen una primera idea de cómo somos. Nosotros hacemos exactamente lo mismo. Juzgamos a desconocidos por una frase, una camiseta, un tatuaje o la forma en que caminan. Como es imposible saberlo todo de todos (sería agotador, además) llenamos esa falta de información con imaginación y también con prejuicios. Completamos el puzle aunque nos falten piezas.

La RAE define “prejuicio” como “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”.  Lo de “previa y tenaz” lo entiendo. Pero ¿por qué asumimos que tiene que ser desfavorable? ¿Quién decidió que, si juzgamos rápido, necesariamente vamos a juzgar mal? Quizá porque sabemos que, cuando improvisamos, solemos meter la pata con la precisión de un reloj suizo. Algo precipitado casi nunca es acertado, a no ser que seas corredor profesional de los cien metros lisos.

Usamos “prejuicio” como si fuera sinónimo de “maldad humana”, cuando en realidad consiste en formarnos una opinión aparentemente sólida con información insuficiente. Como hacer una tortilla de patatas para diez comensales con un solo huevo y media patata: técnicamente posible, pero no recomendable.

La gente que trabaja cara al público suele ser prejuzgada de forma aun más salvaje. En primer lugar porque suelen ofrecer un servicio a otros (remunerado o no) y eso hace que les observemos con cierto aire de superioridad (creemos que están a nuestro servicio), Pero también por la brevedad que suele salir de ese encuentro: son personas que veremos solo un momento, no permanecerán en nuestra vida para los restos, lo que hace que les prejuzguemos de forma mas superficial, abonando el terrero para el mas equivocado de los prejuicios.

Vivimos en un mundo desinformado, y cuando por fin nos llega información veraz, viene tan sesgada que parece escrita por alguien con intereses ocultos. Entre tanto ruido, es normal que acabemos intentar juzgarlo todo por nosotros mismos, y comenzamos a hacerlo basándonos en la apariencia o en un primer comentario. Aunque ese comentario sea sobre el tiempo meteorológico. Aunque sea un “buenos días” a un vecino al entrar en el ascensor.

Tengo una amiga abogada tatuada desde los nudillos hasta el cuello. Es brillante en su oficio (y personalmente creo que es la persona más brillante que conozco), pero muchos no la toman en serio porque creen que los tatuajes restan neuronas (también porque es mujer). Tengo un amigo informático que va siempre con camisas hawaianas, sus compañeros y sus jefes no le toman en serio porque, al parecer, la seriedad profesional está reñida con los estampados de flores.

Si quienes me ven supieran que me gusta el BDSM, que tengo una obsesión casi clínica por el cine o que cocino como si me fuera la vida en ello, tendrían otra imagen de mí. ¿Deberían saberlo? Imaginad un mundo donde, al ver a alguien, supiéramos absolutamente todo sobre esa persona. ¿Quién sobreviviría a ese escrutinio? Nadie. Ni el Papa de Roma (especialmente el Papa).

Lo más sano es mantener partes privadas, no solo para esquivar prejuicios, sino porque eso nos mantiene únicos. Incluso en pareja, guardar un pequeño territorio íntimo no es traición: siempre lo he defendido como higiene emocional. No es una mentira, siempre que no sea algo que vaya en contra, claro; no estamos hablando de llevar una doble vida.

Somos únicos. Mantengamos eso. Y, si puede ser, juzguemos un poquito menos… o al menos juzguemos con más imaginación. Y, sobre todo, que no nos afecten los prejuicios ajenos. Que fácil parece ¿no? Pues no.


sábado, 6 de junio de 2026

Recuerdos íntimos


Hay recuerdos que son activados sin saber el motivo, vuelven para señalarnos lo que ya no somos. Los recuerdos vinculados al sexo ocupan un lugar incómodo: no hablan solo del cuerpo, hablan de una versión de nosotros diferente a la actual. Una versión más confiada. O quizás una versión que aún no sabía lo que era perder algunas cosas. No recordamos la fisicidad del acto sino el contexto: quién éramos, qué esperábamos, qué ingenuidades todavía no habían sido desmontadas. A veces recordamos un gesto, una risa, una torpeza compartida, y lo que duele no es la escena, sino la certeza de que aquella forma de estar en el mundo ya no nos pertenece. Con el tiempo, esos recuerdos se convierten en advertencias. Nos dicen: “Mira lo que fuiste capaz de sentir”. Que en nuestra cabeza se traduce en “Mira lo que ya no está”. Sentimos que hemos perdido la capacidad de entregarnos sin miedo a la pérdida. Quizá por eso los recuerdos asociados al sexo son traicioneros. No solo evocan placer o amor, evocan una identidad. Y cuando esa identidad ya no existe, lo que sentimos no es deseo, sino pena por la persona que fuimos. Al final, recordar consiste también en aceptar que hubo un antes irrepetible. Y, aun así, seguimos recordando, como quien toca una cicatriz para comprobar que sigue ahí. En esa memoria late la prueba de que alguna vez estuvimos vivos de una manera que hoy nos cuesta reconocer. Un recuerdo bonito pero también doloroso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Cosas que juras que nunca harás


"Nunca lo haré", lo repites caminado con la espalda bien recta (como te decía tu madre) y con tu brillante dignidad (recién pulida), convencida de que hay ciertos actos que pertenecen a otros, a esos que llaman “desviados”, a los que se permiten grietas en la moral porque son amorales. Tu, en cambio, eres de esas personas que mantienen la compostura incluso cuando nadie mira. 

Pero un día sucede el accidente y haces algo que juraste no hacer nunca. Y lo haces sin épica, sin música de fondo, sin luces de neón brillantes iluminando la noche. Lo haces casi sin darte cuenta, como quien mete la mano en un charco sabiendo que se va a manchar, pero la mete de todas formas. Cuando lo haces, sientes ese golpe seco en el pecho: hay mucha culpa, algo de vértigo y una especie de placer que no estabas preparada para reconocer.

Es un placer sucio, pero no por lo que implica, sino por lo que revela de ti misma.

La piedra donde has estado grabando ese "Nunca lo haré" durante tantos años, acaba de estallar en pedazos. Observando todas esos restos en el suelo, te das cuenta de que no era que no quisieras hacerlo: era que no querías admitir que querías hacerlo. Tu moral, tan firme, tan orgullosa hasta este momento, se deshace como un terrón de azúcar en café bien caliente. Y descubres que algunos de tus principios mas sólidos eran más bien decorativos, como esas plantas de plástico que parecen vivas hasta que las tocas. Y lo peor (aunque pronto descubrirás que es lo mejor) es que te gusta de una forma que te deja descolocada. Te gusta porque te libera, porque te muestra una versión de ti que no sabías que existía o que preferías mantener encerrada en un cajón con llave. Te gusta porque te obliga a mirarte sin la narrativa estoica que habías construido alrededor de tu moral y tus convicciones.

Te gusta porque es un placer prohibido. También porque entiendes que la suciedad no está en el acto, sino en el miedo a hacerlo. Entiendes que lo prohibido no es oscuro (o no siempre). Lo que era prohibido se ha convertido en algo honesto. Entiendes que la vida no es un manual de instrucciones que seguir a rajatabla, sino un borrador lleno  de frases que pueden ser tachadas para ser reescritas. Entiendes que, lo verdaderamente inmoral, era vivir sin permitirte la posibilidad de sorprenderte a ti misma.

Si lo has hecho es que has aprendido algo. 


martes, 12 de mayo de 2026

Preguntas y mas preguntas



Hace 41 años que practico BDSM, siempre como dominante. No lo expongo aquí como un orgullo, ni una marca. Tampoco es una losa. No es algo que luzco a la primera de cambio. Para mí es solo una parte más de mi (no la más importante). ¿Por qué comienzo diciendo esto? Por el contexto.

Cuando alguien sabe que soy un dominante que nunca ha probado a ser dominado, la pregunta instantánea que surge es “¿Por qué no has probado nunca a ser dominado?”. Como si tuviésemos que probar todo, especialmente el negativo de la foto. No tienes que probarlo todo en la vida para saber que algo no te gusta. A eso se le llama autoconocimiento aunque otros lo ven simplemente como “cerrazón mental”. Sinceramente, me da igual lo que piensen de mí. ¿Menuda forma más egocéntrica de comenzar no? Sigamos... La siguiente pregunta siempre es la misma “¿Con cuantas sumisas has estado?” Siento que me están haciendo una encuesta. Me niego a contestar a esta pregunta por dos motivos: porque no sabría cuantificar algo así y porque cuantificarlo sería meter a todas las personas en el mismo saco y contarlas una a una como ovejas. Y eso es una soberana falta de respeto. Lo mismo que si una persona dominada enumera todos los dominantes que ha tenido. Lo importante no es con cuantas has estado sino como eran esas personas, como dejaron un poso en ti o como las recuerdas. Reducirlas a un número sería menospreciarlas. La siguiente pregunta suele ser “¿No te cansas de ser dominante después de tantos años?”. La respuesta es otra pregunta: ¿te cansas tu de aquello que te gusta o te apasiona? ¿alguna vez te has cuestionado porque llevas toda tu vida comiendo pizza y te encanta? Cuestionar la intensidad de nuestras pasiones es cuestionarnos a nosotros mismos. Si algo te gusta: disfrútalo. Da igual que cada día hagas lo mismo: disfrútalo. Y, por último, la pregunta más delicada que llega cuando algunas personas cuestionan tu moral preguntando algo parecido a "¿Por que te gusta pegar, humillar, usar o azotar a otras personas?" La respuesta es sencilla: nunca pegaría, humillaría, usaría ni azotaría a nadie en mi vida. NUNCA. Pero si alguien siente placer o desea probar eso, entonces si… lo haré, incluso aunque no me guste. ¿Te gusta pegar a una mujer? Por supuesto que no, me parece un acto lamentable. No me gusta pegar, no me gusta humillar ni abofetear ni azotar… soy un ser humano que respeto a los otros seres humanos. Lo que mucha gente no entiende son los roles, los límites y los gustos: ¿me gusta dar placer a la otra persona? A todos nos gusta. ¿Me gusta satisfacer a los demás sea como sea? Si la otra persona nos importa... a todos nos gusta satisfacerla. Por eso solo hago todas esas cosas cuando a esa persona le causa satisfacción todas esas cosas. Es una cuestión de consenso, así de simple. Y porque consigo placer dando placer.

Hay muchas más curiosidades, pero siempre son las mismas preguntas. Y siempre las mismas respuestas. Pero este texto no es un reproche, porque cuando yo me siento frente a alguien que hace algo desconocido para mí, posiblemente le haga preguntas igual de tópicas o desinformadas. 

Nos hacemos una primera opinión de algo para, a posteriori y con mejor información, cambiar ese prejuicio. Porque opinamos a través de lo que percibimos, no de lo que conocemos. Opinamos desde la subjetividad. 

Para eso están las respuestas: para informar.